
Saben que aunque
el régimen talibán haya recibido condenas verbales, incluso de países
tan radicales en su práctica del Islam como Irán o Arabia Saudí, nadie
hará nada si las principales víctimas son las que están detrás del
velo. |
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A LAS QUE NO SON DE
PIEDRA
POR MARTA F. MORALES
Sé que
no hace falta irse muy lejos para encontrar, si se las busca, a millones
de mujeres invisibles. Lo son todas aquellas que en este país realizan un
trabajo sin salario ni Seguridad Social. Lo son también las que no
aparecen en las estadísticas de la violencia porque su clase, su miedo o
sus heridas les impiden denunciar. Igualmente lo son todas las que luchan
día a día en asociaciones o en solitario para que en este mundo las
cosas no sean blancas o negras y empiecen a adquirir cierto matiz morado.
Sé que tengo mujeres invisibles tristemente cerca, pero hoy siento la
necesidad de viajar para recordar en un modesto homenaje a las mujeres
enterradas bajo el peso de la burka.
Ultimamente Afganistán, con su régimen talibán cruel e increíble, ha
estado más que nunca en el punto de mira de la prensa internacional. Pero
no porque sea el principal productor y distribuidor de heroína del
planeta; ni porque las mujeres allí hayan perdido todos sus derechos,
incluido el de la vida en muchas ocasiones; ni porque el 95% de sus
escolares estén apartados de la educación. Afganistán y sus monstruos
fueron atacados por la mayoría de los medios de comunicación de este
mundo, que damos en llamar civilizado, porque allí estaban amenazados
nada menos que unos budas gigantes de piedra con más siglos a la espalda
de los que ningún espectador, lector ni oyente sería capaz de
visualizar.
Y está muy bien que se defienda el patrimonio artístico de todas las
culturas. A pocos podría sorprender que se pusiera el grito en el cielo
si, por ejemplo, amenazaran con poner una bomba en la Torre del Oro o en
Santa Mª del Naranco. Pero lo que sí sorprende a algunas, es que ante la
amenaza a unos hermosos y enormes seres de piedra intervengan
personalidades clave de la política internacional (hasta en la ONU se
enfadaron mucho), pidan clemencia museos como el British de Londres, uno
de los más visitados e importantes, o se indignen hombres de todas las
partes del mundo, y sin embargo ninguna autoridad de peso haya siquiera
susurrado que tal vez, sólo tal vez, las afganas también merezcan un
poco de consideración por parte de los estudiantes fundamentalistas que
las gobiernan. Afortunadamente no todo fue silencio, y las mujeres que
trabajan por los derechos de sus hermanas sí pusieron el grito en el
cielo en tertulias, comentarios, y en la red. Recuerdo haber leído y
distribuido (la magia del correo electrónico) un mensaje que rezaba
"si las mujeres afganas fueran piedras...". Otro gallo
cantaría, que dirían las abuelas. Si todas las mujeres invisibles a las
que les han robado sus puestos de trabajo, su derecho a la educación y
sus libertades más elementales, fueran estatuas milenarias, podrían
esperar la solidaridad internacional. Ese ha sido el triste mensaje que
les han enviado los patriarcas del tan cacareado Primer Mundo. Y solas, en
sus casas, sin derechos de asociación, sin poder elegir qué se ponen,
cuándo salen, con quién hablan y si cantan o no, las mujeres afganas han
leído ese mensaje.
Una de ellas, que se hizo llamar Behjat Hamra (ni siquiera puede
permitirse el lujo de usar su propio nombre si ha de hablar de lo que
ocurre en su país), dijo con tristeza en reuniones con colectivos
feministas en varias ciudades españolas que la suya es la tragedia mayor
y más olvidada del mundo, y que nadie puede en realidad saber lo que
está sufriendo su pueblo, especialmente las mujeres y los niños. Porque
ella, y todas las que como ella están luchando en silencio, sabe que los
apoyos de los grandes no llegarán si "sólo" mueren las
mujeres. Saben que aunque el régimen talibán haya recibido condenas
verbales, incluso de países tan radicales en su práctica del Islam como
Irán o Arabia Saudí, nadie hará nada si las principales víctimas son
las que están detrás del velo.
Pero Behjat Hamra y sus compañeras de RAWA (Asociación Revolucionaria de
Mujeres de Afganistán: www.rawa.org) también son conscientes de que las
redes invisibles de mujeres que se han ido creando en el mundo tras años
de lucha incansable las han incluido a ellas. En España Mujeres de Negro,
entre otras muchas asociaciones feministas, ha apoyado la causa de RAWA;
corren por Internet cientos de mensajes de denuncia del régimen talibán
y sus atrocidades; se discute sobre ello en foros y jornadas, y lo más
importante, se colabora con las actividades valientes y fundamentales de
estas mujeres sin rostro. RAWA ha logrado crear escuelas para niñas
dentro de las casas, realiza cursos clandestinos de alfabetización para
mujeres, lucha por obtener ayudas para las que se han quedado solas y sin
trabajo, graba y fotografía violaciones de los derechos humanos para
denunciar con argumentos ante la comunidad internacional... y todo ello
poniendo en riesgo las vidas de quienes lo hacen. Por ese esfuerzo, por la
sangre derramada, por las lágrimas que siguen cayendo, a ellas, desde
aquí, el aplauso solidario de una que, ya saben, no es de piedra. ∆
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