
No podemos dejar en manos
del gobierno lo que nosotros no somos capaces de hacer y conseguir, porque
si culpamos a los demás de nuestro infortunio dejamos en ellos nuestra
autonomía y nuestro hacer, y eso, a fin de cuentas, es nuestra vida. |
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A
UN LECTOR DE CADIZ
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
Tu
reflexión sobre la sociedad en que vivimos, que he leído en el número
anterior de esta revista, ha puesto el dedo en la llaga al definir
perfectamente la injusta realidad en que vivimos, que en definitiva no
potencia más que la desigualdad y la marginalidad.
Sí, todo lo que dices es la pura y dura verdad, una verdad que insulta,
agrede y humilla a los que día a día luchamos por vivir dignamente,
aprendiendo más, retomando la voluntad que nos abandona ante la
injusticia y cultivando, sin tregua, la motivación que necesariamente
hemos de tener para alcanzar las pequeñas metas que vamos diseñando.
Y en este deambular vemos, con desagrado, con rabia y con impotencia, que
lo que conseguimos con esfuerzo sin límites son simples migajas comparado
con lo que otros muchos consiguen por el morro, por salir en la tele, o
por su nacimiento.
Estamos de acuerdo en esto, pero a partir de aquí empieza el desacuerdo.
Tú consideras, esperas o sueñas, que quizá un gobierno honesto pudiera
cambiar el curso de los acontecimientos. Yo no lo creo porque los
gobiernos están formados por personas y mientras de las personas no quede
desterrado el afán de poder, la envidia, el egoísmo, la competitividad,
que tristemente ha desplazado a la colaboración, la avaricia y, en
definitiva la necesidad de ignorar, marginar y, si acaso, pisotear al más
débil, nada se podrá conseguir.
No podemos dejar en manos del gobierno lo que nosotros no somos capaces de
hacer y conseguir, porque si culpamos a los demás de nuestro infortunio
dejamos en ellos nuestra autonomía y nuestro hacer, y eso, a fin de
cuentas, es nuestra vida.
Yo creo, estoy convencida que podemos, si queremos, contribuir a que la
sociedad cambie, podemos rebelarnos contra muchas cosas, podemos decir sí
o no a otras, podemos consumir lo que nos venden sin pensar si nos
conviene o, por el contrario, podemos consumir aquello que necesitamos y
podemos buenamente adquirir.
Podemos hacer mucho, más de lo que pensamos, al menos podemos negarnos
a jugar cuando a ello se nos invita por interés solamente. Veamos algunos
ejemplos.
Neguémonos rotundamente a ver algunos programas de televisión: De un tiempo
a esta parte, referido al tema que nos ocupa, o sea, la injusta
distribución de las riquezas, algunos programas televisivos están
embolsando billones y algunos sujetos millones, muchos, más de lo que tú
y yo probablemente vayamos a ganar en toda nuestra vida, a costa de contar
sus miserias, sus cuernos, sus noches de pasión con algún que otro
famosillo de tres al cuarto. Otros, como los de Gran Hermano, cobran
cifras sorprendentes por aparecer en determinados eventos y lugares, y
ello porque la masa borreguil, no me retracto, los aclama como si fueran
grandes estrellas.
Otros adivinan el futuro a través de frutas, hortalizas, eructos y no sé
que más majaderías y la gente ve y escucha porque si no fuera así no
estarían ahí.
La gente normal y corriente, que habla y tanto critica, ensalza, a la
vista está, a la categoría de estrella a putas, travestis, caraduras,
adivinos y mangantes y pisotea al que vale, al que lucha por su justo
lugar y esto es, sin duda, porque adorando a sujetos imbéciles y anodinos
cualquier día, visto lo visto, puede ser su día.
No conseguiremos que el mundo sea perfecto, ni conseguiremos que el
trabajo sea repartido equitativamente pero, al menos, dejaremos a los
inútiles y aprovechados donde estaban y así quizá el trabajo que ellos
hoy desempeñan podría ser desempeñado por una persona capaz, válida y
preparada.
El grano no hace granero pero ayuda ¿quién lo duda?
No vayamos al fútbol hasta que este deporte sea algo más serio,
porque sin quitar méritos a los profesionales, yo les quitaría parte del
sueldo. Me parece un agravio a muchos seres humanos que un jugador cobre
por temporada cientos o miles de millones. Con algo menos viviría, digo
yo. Un sueldo digno y a currar como todo quisqui.
No compremos revistas que solamente se ocupan del cotilleo y otras
basuras, no nos sirven de nada, no nos enseñan nada y no colaboran a
nuestro bienestar, solamente colaboran a hacer la piscina o el chalet de
quien vende su vida y amores.
El producto existe y enriquece a gente sin escrúpulos solamente porque
hay gente que lo consume.
No adulemos a algunos en detrimento de otros, no abandonemos a los que
siempre fueron amigos porque ahora nos han surgido otros que tienen más o
aparentan más.
Neguémonos a comprar tantos bienes de consumo como se nos ofrece para dar
el pego, porque si no es para parecer ¿por qué comprar, por ejemplo,
cada teléfono móvil que sale al mercado si el viejo, si es que se
necesita, cumple perfectamente la función que es, sin más, la
comunicación? Nosotros empobrecemos para aumentar los beneficios de
quienes ya tienen las arcas llenas.
Ya ves ¡qué ironía!
Podríamos negarnos a muchas cosas y bloquearíamos, sin duda, el sistema,
no sé si sería más justo pero pondríamos a muchos entre las cuerdas y
tendrían que pararse a reflexionar y, desde luego, a considerar a los
demás de otra manera.
Pero las cosas son así porque el pueblo es así, porque sigue el juego y
consiente, porque aquí a nadie conmueve la injusticia, ni la miseria, ni
el hambre, siempre que sean los demás quienes la padecen.
Y para despedirme, amigo de Cádiz, también te digo que has hecho una
buena reflexión, muy buena, pero se te ha olvidado la otra parte del
mundo, tú no tienes piscina pero tienes un grifo y una habitación donde
dormir, otros se acuestan en el suelo y muchos se mueren de sed.
¿Acaso ellos no tienen derechos? ∆ |