
¿Y los
políticos? Incoherentes totales. Quieren saber lo que necesita el pueblo,
lo que siente el pueblo y para ello aparecen, casualmente en tiempo de
campaña, con la cámara detrás, por los mercadillos, estrechando manos y
departiendo sonrisas con los parroquianos. |
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INCOHERENCIAS
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
Las que
se oyen, las que se observan y las que cometemos a veces. Pero las hay que
llevan la palma, son tan descaradas y tan evidentes que me quedo
idiotizada y, lo que es peor, sin capacidad para poder hacer nada.
Para incoherentes los famosos, son como niños, llega el verano y montan
unas pataletas que hay que ver. Y es que, ya se sabe, van a los sitios
guay, o sea donde saben que necesariamente van a ser vistos, reconocidos y
fotografiados, y luego salen en los medios diciendo que no pueden gozar de
unas tranquilas vacaciones. No sé si son tontos o es que quieren hacer a
los demás. A lo que voy, si quieren disfrutar de paz y tranquilidad ya
pueden llamarme, les sugeriré un montón de lugares donde no los va a
conocer ni el Tato. Bares, terrazas, playas y montañas, para disfrutar a
lo grande, sin fotos, sin autógrafos, y sin moscones ante su presencia.
Les garantizo un veraneo de miedo.
¿Y los políticos? Incoherentes totales. Prometen unas cosas y hacen lo
que les da la gana, total son los que mandan. Quieren saber lo que
necesita el pueblo, lo que siente el pueblo y para ello aparecen,
casualmente en tiempo de campaña, con la cámara detrás, por los
mercadillos, estrechando manos y departiendo sonrisas con los
parroquianos, también se interesan, eso sí, por el precio de los tomates
o por la cosecha de los garbanzos. Y la gente encantada, que son unos
señores muy majos y muy llanos. Como el pueblo mismo.
Pues también se me ocurre algo. Si de verdad quieren conocer el sentir
del pueblo que cojan el coche, un utilitario, y se pierdan por los
pueblos, por las aldeas. Que entren en un bar, pongamos por caso, y como
quien no quiere la cosa que escuchen a las gentes sencillas. Otra
estrategia, muy adecuada, es que hagan uso del transporte público, de
esos que unen pequeños núcleos de población, y que pongan la
parabólica a funcionar, se sorprenderán, conocerán muchas cosas de la
gente, de qué hablan, qué les preocupa y cómo viven su vida.
Y, tengo algo más, una vez que lleguen a casa y depositen sus posaderas
en el sillón de cuero deberían completar su reflexión, si es que la
hacen, con un libro: "El disputado voto del Señor Cayo", apunto
que es de Miguel Delibes, ¡por si acaso!.
A los teóricos también les sugiero algunas cosas, sí hombre a esos que
viven de exponer sus pensamientos en radio, en televisión o en cualquier
columna de cualquier publicación. Son de miedo, hablan de todo, del
racismo, del horror de la pena de muerte, de las injusticias sociales, del
consumismo, etc.
Cuando hablan del racismo ¡cómo lo bordan! Pero estoy segura que son los
primeros que pondrían el grito en el cielo si alguno de sus retoños se
hiciese amigo de un niño gitano. Y es que mucho hablar y poco practicar.
Hace años observé en un bar de una aldea, algo que merece especial
consideración. Entraron un grupo de gitanos que se habían asentado en
los aledaños y pidieron sus consumiciones, la dueña les dijo que no les
iba a servir y en esa postura se mantuvo aunque trataron de intimidarla
(hay que decir que no les servían en ningún bar por su comportamiento y
por su sucia indumentaria).
Uno de ellos le pidió a un cliente que le dejara tomar unos tragos de su
consumición a lo que el hombre asintió, que la solidaridad hay que
practicarla. Cuando se hubieron marchado aquel hombre que les dio de beber
en su vaso, solicitó que le cambiaran la consumición, no porque le diera
asco, pero por si acaso. Tal como pidió el cliente le sirvieron una nueva
consumición. Consumición que no abonó. Daría por supuesto que debería
el establecimiento reparar el agravio.
Estas historias traen a mi memoria una anécdota que el Doctor Cristian
Barnard relata en su novela "Tensión". La historia discurre
mayoritariamente en un hospital de Ciudad del Cabo, aproximadamente en la
década de los setenta. En cierta ocasión el superintendente puso el
grito en el cielo porque un niño negro, por orden del cirujano jefe, fue
instalado en la UVI junto a una niña blanca (las leyes lo prohibían) que
era hija de un parlamentario declaradamente racista. El doctor fue llamado
al orden, pero en contra de la tormenta que esperaban se produjera, el
hombre blanco, el parlamentario, acudió a visitar a su hija con un
regalo, le dio las gracias al cirujano por haber salvado la vida de su
pequeña y se interesó por el niño negro. Después decidió darle a
éste el regalo que llevaba para su hija.
Es una novela, yo lo dije, pero me sentí impresionada, porque en verdad y
en no pocas ocasiones, hay que temer más a los corderos que a los propios
lobos.
Finalmente la práctica cotidiana pone al descubierto más incoherencias
que las que puedo entender y asimilar, así que lo mejor es que muchos se
dejen de soltar rollos y que se comporten, porque luego, a fin de cuentas,
se sabrá de cualquier manera quién es quién. ∆
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