
Hay, a mi entender, dos
tipos de justicia, la que todos conocemos, la legal y hay otra que
preferimos desconocer y que es la moral, la que tiene que ver con nuestras
acciones y nuestros propósitos. |
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LAGRIMAS
DE COCODRILO
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
Todo el
mundo lloraba, no pocos clamaban por una justa justicia, y hasta hubo
algún desmayo cuando el último ladrillo selló, para siempre, cualquier
contacto entre la vida y la muerte.
Una mujer joven, una más, cualquiera, en cualquier parte, había dejado
de existir y también de sufrir. Dejó en este mundo a sus hijos, hijos
que no sabrán más que de odio, de rabia y de impotencia, porque tienen
una madre en el cementerio y un asesino, que es su padre, en el talego.
Y así, día tras día, de casa en casa, con la abuela, con la tía o en
cualquier lugar de acogida. Recuerdan constantemente a su madre cuando
estaba viva, pero más muerta que cuando yacía en el ataúd, no lo pueden
comprender porque aquella muerta aparecía desafiante, con un rostro
relajado, risueño y hasta podría decirse que rebosante de felicidad.
Solamente la muerte le había tendido una mano, mano que la liberó de las
garras del miedo, del dolor, del sufrimiento insufrible y de la
humillación.
Y sus hijos, junto al ataúd vieron llorar a los familiares, vecinos y mal
llamados amigos y entendieron rápidamente lo que antes no sabían
descifrar: la farsa social. Porque aquellas personas que ahora lloraban
fueron las puertas que se cerraron cuando la mujer pidió ayuda y auxilio,
y cuando las puertas, todas, se cierran no queda más que una abierta: el
retroceso.
Incluso su madre le había quitado importancia a las vejaciones y malos
tratos porque, según decía, era una cruz con la que había que cargar y,
en último caso, le serviría para el más allá, lugar en el que ella
sería premiada y el salvaje de su marido castigado.
Pero un día la mano que se escapa, cada vez más, termina, ya se sabe,
con un cuchillo ensangrentado y un cadáver a los pies. No hay
justificación, no hay razón y no debe haber perdón, porque quien
empuñó el arma ha segado la vida de una persona que quería vivir y que
tenía derecho a vivir.
Luego vienen las lamentaciones, la petición de justicia y, si acaso, las
manifestaciones que, eso sí, visten mucho y lavan muchas conciencias.
Pues, para no variar, hago pública mi más indignada crítica: hay, a
mi entender, dos tipos de justicia, la que todos conocemos, la legal y hay
otra que preferimos desconocer y que es la moral, la que tiene que ver con
nuestras acciones y nuestros propósitos, la que debe poner en práctica
cualquier persona para ayudar a quien pide ayuda, para consolar a quien
necesita consuelo y para comprometerse con cualquiera que sea víctima del
enemigo con quien convive que, en definitiva, no es más que un mierda que
utiliza la fuerza y la violencia para sentirse alguien o algo.
Y puestos a largar tela aprovecho para desenmascarar otra farsa, puñetera
farsa, como tantas otras, con las que convivimos tan ricamente y de la que
preferimos no hablar. Se trata de tanta publicidad y tanto rollo acerca
del trato que se debe dispensar a nuestros mayores. Ser mayor parece
llevar implícito el ser considerado, amado y respetado. No digo que no,
pero odio tanto discurso moralizador porque sabemos de sobra, aunque
callemos, que hay no pocos casos en que las madres, y también los padres,
saben que su hija está siendo vejada y maltratada por la bestia que tiene
en casa, que necesita ayuda, protección y salvación, y sin embargo no
ven, no saben y no oyen porque, ya se sabe, en cosas de pareja no conviene
meterse, amén de otros casos, que también hay, donde una hija es violada
por el padre sin que la madre haga mucho, o nada por enterarse y, claro,
andando el tiempo se llega a la vejez, al momento en que se puede
necesitar la ayuda que jamás se prestó.
Llega entonces la soledad, la indiferencia, la incomprensión y quizá el
abandono. Llegan también las críticas de los vecinos, los llantos de los
parientes y la censura de los amigos que no pueden comprender cómo los
viejos, los abnegados y luchadores viejos, están solos e indefensos ante
las puertas de la muerte.
Pero los hijos, o las hijas, no pueden contar la verdad de lo que en su
infancia ha ocurrido.
Nadie les creería. ∆ |