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Volveré a recogerte. Espérame", me dijiste. "No te preocupes, amor mío, lo comprendo", te contesté. Pero mentíamos los dos. "Se ha muerto para mi", pensé entonces y desde aquel momento te convertiste en mi difunto, en el fantasma que sufre mi soledad, en el recuerdo imborrable de lo que pudo haber sido.

breviario
EL ECO (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA

Resumen de la primera parte:  
Doña Engracia y el fantasma de don Jacinto, el marido ausente, habitan desde hace años un piso antiguo y desvencijado.
Al piso de arriba acaba de trasladarse una pareja a quienes Doña Engracia bautiza como don Claudio y Ramona.
Por el ruido de sus pisadas Doña Engracia desgrana los ires y venires de la pareja, cuya historia poco a poco se mezcla y se confunde con su propia historia.

Después la acosó tenazmente. Fue una seducción lenta, hecha con sabiduría de golfo de pueblo, una mezcla de promesas y de piropos; de ternura y de sexualidad. Tú me confesaste después de dar la campanada, que en principio sólo querías acostarte conmigo. "A esta me la tiro yo", pensabas cuando decías que tu vida era un fracaso, que te habías casado con tu mujer por las tierras, que en los pueblos ya se sabe, las clases sociales son muy rígidas y un señorito no se puede casar con una criada. Don Claudio se enamoró como un tonto de Ramona. El seductor, una vez más, se dejó seducir por la pobre-chica-que-defiende-su-honra-porque-es-el-único-tesoro-que-tiene. "Eres lo que más quiero en este mundo", me decías, Jacinto, y yo sé que en aquel momento no mentías. Si don Claudio hubiese sido soltero lo habría tirado todo por la borda. "¡Qué se vayan al carajo los del Círculo Mercantil: me caso con ella y que sea lo que Dios quiera!", pero, claro, tú tenías dos hijos, tu padre te mantenía, porque tu padre te mantenía, Jacinto, que las fincas serían tuyas el día de mañana y por eso las trabajabas, pero mientras viviese el viejo eras como un empleado distinguido. "Lo nuestro es una locura, Claudio". Yo soy una mujer decente", le dijo sin duda Ramona, y tú, entonces, tomaste la decisión de huir. Me hablaste por primera vez de Venezuela, de hacer las Américas, de empezar una vida nueva donde nadie nos conociese. Ramona es una buena chica, no es ningún pendón, tú lo sabes muy bien, y es la primera que piensa en los hijos de don Claudio; "que se van a criar sin padre, que la van a odiar a ella aunque esté lejos, que el odio atraviesa montañas y el que la hace la paga", te decía yo cuando la conciencia me acusaba. Don Claudio piensa en sus hijos como tú pensaste en los tuyos y razona: "Mira, Engracia, a los niños no les faltará nada, porque todo el dinero será suyo. El mío y el de su madre. Nosotros nos marchamos, desaparecemos y a ellos se lo dejamos todo". Todo es un decir, claro. Se sobreentiende que si don Claudio y Ramona quieren empezar una nueva vida necesitan un capitalito para comenzar porque no van a vivir del aire. Teníamos que gestionar los pasaportes y el visado , pagar los pasajes y tener algo y tener algo para los primeros tiempos. "Yo trabajo de lo que sea con tal de estar a tu lado, Claudio; que sabes muy bien que no soy egoísta". Salimos en el correo de madrugada. El jefe de estación te reconoció, ¡qué apuro!: "¡Qué, don Claudio! ¿a los madriles?..." Tú le contestaste como si tal cosa, sin darle importancia. "A resolver unos asuntillos a la capital". En el maletín llevabas cincuenta mil pesetas; todo el importe de la cosecha y si los comparas con los tres millones que trajo don Claudio no sé quien tendría mayor poder adquisitivo, que la vida en estos últimos cuarenta años se ha puesto por las nubes. Ramona se quería marchar inmediatamente a Venezuela. Romper las amarras cuanto antes, pero tú te negaste. "No, hay que hacer las cosas bien. A América hay que llegar relajados y tranquilos. Como un matrimonio". Y decidiste alquilar un piso para vivir una luna de miel con intimidad. "Es lo mismo llegar a Venezuela tres meses antes o tres meses después. Tenemos toda la vida por delante". Alquilamos este piso porque lo encontramos muy atractivo: recién pintado, seminuevo, amueblado con cierto gusto. "Es nuestro nido de amor", dijo don Claudio, que es bastante cursi el pobre, y yo que tenía sólo veinte años, fíjate bien, veinte años, me reí como una tonta.EL ECO (II)

Sus pasos llegan a nosotros con toda claridad. Es lo único que se oye. Algunas veces las voces se perciben en la lejanía, pero sólo excepcionalmente, cuando a altas horas de la noche la ciudad se queda silenciosa y los automóviles dejan de funcionar.

Llegan palabras sueltas que no tienen ningún significado: "Pobre", "dolor", "prisa", "amor", "reproche", "duda", "dinero", "honra", "abandono". Cojo las palabras como si fuesen pájaros heridos, ¿serán pájaros heridos las palabras, Jacinto?, y las anoto en un papel para que no se me olviden y después las repito una y otra vez para intentar desentrañar su significado. Ya sé, ya sé, que las palabras nos gritan siempre algo, pero los pasos son mucho más expresivos, significan muchas más cosas. Las palabras tienen un entorno, un tono. ¿cómo es eso que dicen ahora tanto en la televisión?, una... unas connotaciones. O sea el ambiente, lo que rodea a las palabras, el hábitat, porque las palabras y los pájaros tienen un sitio donde están cómodas y calentitas, donde se encuentran a gusto y son felices.

Ellos hablan, pero sobre todo caminan. Van del cuarto de baño a la cocina y del cuarto de estar al dormitorio. Están en constante movimiento. Algunas veces se quedan parados en el pasillo. "Ahora se dan un beso, Jacinto", le digo a mi difunto, recordando los besos que él me daba. Al principio salías de la habitación impecablemente vestido. Hasta la corbata de lunares te ponías. "Hijo, si no piensas salir, no sé porque te pones tan elegante". "pues no sé -contestabas- me gusta estar bien vestido". Los primeros días parecías una visita y a mi me daba un poco de rabia, porque yo, que siempre fui más natural, me ponía sólo una batita de estar en casa. Y no era por comodidad. No. Era para convertir el piso en un hogar y a nosotros dos en una familia.

Don Claudio, hoy, no se ha puesto los zapatos. Noto sus pisadas como más mullidas, como más lejanas. Si no se puso los zapatos, significa que, por fin, se quitó la chaqueta y prescindió de la corbata. Ramona, que es incapaz de estar mano sobre mano, ha empezado a calcetar. Está haciendo una chaqueta de punto para don Claudio. "Te la hago clarita para que sea más sufrida". Don Claudio lee el periódico. Catorce días llevaba el pobre sin saber nada del exterior y ahora devora las noticias. "Este Suárez es un caso. Se pasa la vida hablando de política y los problemas de España no son políticos. Son económicos". A ti te gustaba criticar a Azaña. Y a Prieto no lo podías ni ver. ¡"Qué pelotas tiene Calvo Sotelo!" decías cuando el buen señor aseguraba en el Congreso que él tenía las espaldas anchas. Dejaste de lavarte y de cepillarte los dientes, y salías del dormitorio en pijama. Ni siquiera te vestías, Jacinto, por eso encuentro razonable que a Ramona no le guste ver a don Claudio todo el santo día zascandilenado por la casa. Ya ni se afeita. Y los hombres mayores tenéis que cuidar la higiene y el atuendo. Bien vestidos y limpitos los años se notan menos, pero hechos unos guarretes no podéis engañar a nadie. Las patas de gallo, las entradas y lo que es peor, la barba canosa, os acusan. Porque hay momentos en el día en que los años no perdonan. Tú tenías la barba blanca y algunas veces me sorprendía a mi misma pensando: "Es un anciano. Podía ser mi padre".

Hoy he madrugado. Sé que ha llegado el día, la fecha irreversible, el momento crucial. Hoy no haré ningún calzoncillo. Estaré pendiente de sus pasos. Para adelantarme a los acontecimientos leo y releo el periódico tratando de adivinar cual será la noticia que le afecte; en que se basará para vestirse precipitadamente y huir. El periódico dice lo de siempre: Huelgas en Hunosa, la visita del presidente del Uruguay y un muerto en Euzcadi. Esa es la noticia. Se trata de un guardia civil de 22 años natural de Villanueva de la Serena, provincia de Badajoz. Era sólo un niño, se llamaba Pedro Martín Lazaga. Posiblemente el muerto sea un sobrino de don Claudio. Un hijo de su hermana la viuda. "Lo siento, Ramona, tengo que volver". Tú dijiste algo parecido. "Los militares se han levantado. A España sólo la arreglan los espadones", y te afeitaste a todo correr. No podía detenerte; ni siquiera podía llorar por ti. Te ibas por un motivo serio, pero, en el fondo, los cincuenta y siete días de soledad se habían convertido en hastío. Te aburrías conmigo como don Claudio se aburre con Ramona. El amor, vuestro mal amor, había llegado a su fin, y la historia disfrazada de levantamiento militar o de atentado de ETA venía a liberaros de la rutina, de la locura pequeñita, de la botaratada de señorito de pueblo. Ante un acontecimiento nacional, ante una desgracia familiar de mayor cuantía, ¿qué importancia podía tener una canallada como la tuya? "Volveré a recogerte. Espérame", me dijiste. "No te preocupes, amor mío, lo comprendo", te contesté. Pero mentíamos los dos. "Se ha muerto para mi", pensé entonces y desde aquel momento te convertiste en mi difunto, en el fantasma que sufre mi soledad, en el recuerdo imborrable de lo que pudo haber sido.

Don Claudio se ha ido. El sonido de sus pasos se pierde en el descansillo y se confunde para siempre con los ruidos de la gran ciudad. Ramona, al fin, se ha quedado sola. Llora ante la puerta durante largo tiempo. Dejémosla. Es bueno llorar; las lágrimas lo curan casi todo. A media tarde se dirige al cuarto de estar. Sus pasos han cambiado, ya no corretea. A partir de ahora dejaré de oírla. Sus pasos serán tan solo el eco de mis propios pasos y su dolor una copia exacta del mío. Tengo que volver a los calzoncillos. El trabajo me espera. Mañana vendrá don Jovino a recoger la remesa terminada, y, ¡voy tan retrasada, Jacinto!...
 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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