Los niños son astutos, casi tanto
como los constructores, e intuyen que las viviendas pequeñas, las paredes desconchadas,
las habitaciones lóbregas, crean un estilo de vida, una tristeza especial que se
convierte en hábito, en rutina. |
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EL ECO
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Sí, han
alquilado el piso de arriba, le digo a mi difunto. Tardaron seis meses en hacerlo, porque
ya nadie quiere las viviendas viejas, que tú, Jacinto, no le das importancia a esas
cosas, pero las maderas crujen, las cañerías sonoras y las humedades irreversibles llega
un momento que se te meten en el alma y las goteras se transforman en ácido úrico y los
desconchones en cólicos nefríticos, que tú te reirás por mis ocurrencias, amor, pero
para mí la fontanería tiene mucho que ver con el colesterol.
Los matrimonios jóvenes son mucho más listos que nosotros, y una
servidora opina que es cosa de la Universidad, de la cultura y de los libros por
fascículos. La gente que ahora lee, Jacinto; las nuevas generaciones ya no se duermen en
los laureles como nos ocurrió a nosotros, y se preparan para encararse con el futuro con
conocimiento de causa. Ni tú ni yo hemos leído nunca un libro, ¿para qué, vamos a ver,
para qué, íbamos a necesitar nosotros los libros si en nuestro pueblo estaba mal visto?
¿No te acuerdas de que al maestro le llamaban sobaco ilustrao porque siempre
llevaba un libro debajo del brazo? Tú, sí, tú, tú te reías como un tonto, como un
palurdo, que dicho sea de paso es lo que eres, y le gritabas: "¡Ahí va el sabio,
ahí va el sabio!" y el pobre hombre se ponía colorado y no sabía dónde meterse.
La gente joven ya es otra cosa. Ahora entienden de orientaciones, por eso prefieren una
casa en las afueras en uno de esos barrios nuevos y bonitos, construidos en pleno campo,
al sol del mediodía. La orientación es muy importante, es fundamental Jacintín, que el
sol sale para todos, ya se sabe, pero el muy puñetero se mira siempre en los mismos
espejos y a quien le da la espalda lo condena a la luz eléctrica, que una cosa es el
calor y otra la luz y sino que se lo pregunten a mi madre cuando viene del pueblo, que
está siempre muerta de frío la pobre y no deja de repetirme: "¡Ay, mujer!",
¿por qué no compras una catalítica, aunque sea a plazos?".
El dueño muestra el piso siguiendo invariablemente la misma técnica. Es
un hombre astuto que conoce su oficio. Primero les enseña la cocina, después el cuarto
de baño, se para un momento en el pasillo para explicar, sin duda, lo céntrica que es la
casa, y por último les muestra el dormitorio y esa pieza que él llama salón. ¿Por qué
le llamarán salón a un cuartucho de quince metros cuadrados, e inodoro al retrete y
cuarto de la plancha a un trastero abuhardillado? Los constructores, los propietarios, los
agentes, juegan con el idioma, nos engañan con la semántica.
Vinieron muchos a ver el piso. Oí sus pisadas, su ir y venir, sus cortos paseos. Algunos
traían a los niños, que correteaban por el pasillo. Se paraban de repente, como si la
casa se terminase de improviso. "Papá, no alquiles esta casa que es muy pequeña y
aquí no se puede jugar", dirían, con desilusión, al comprobar lo insuficientes que
pueden resultar cincuenta metros cuadrados para una vida en común. Los niños son
astutos, casi tanto como los constructores, e intuyen que las viviendas pequeñas, las
paredes desconchadas, las habitaciones lóbregas, crean un estilo de vida, una tristeza
especial que se convierte en hábito, en rutina.
Mi difunto sonríe. Lo hace siempre que yo filosofeo. "No se dice filosofeo,
se dice filosofo", me dice mientras hojea distraídamente el periódico. Lleva
leyendo ese mismo periódico cuarenta y tantos años. Concretamente desde el 18 de julio
de 1936. "Los militares se han levantado. A España sólo la arreglan los
espadones", murmura. Como el pobre se ha muerto, como sólo es un difunto, un
muertecito, no se entera de nada. Es lo mismo que le repitas una y otra vez la historia de
España. Que si la guerra y el triunfo nacional, que si los veinticinco años de paz, que
si Franco murió, que si la democracia y Martín Villa; él, erre que erre a lo suyo.
Lleva cuarenta y tantos años en pijama zascandileando por la casa, leyendo un periódico
ajado y metiéndose el dedo en la nariz. "¿Sabes lo que te digo, moreno? ¡Que te
vayas a la mierda!", le suelto cuando me harta, porque vivir encerrada con un señor
que no envejece, que siempre está tal cual mirando hacia el pasado, puede llegar a ser
agobiante.
Creo que tardaron en alquilar el piso porque la gente tiene un sexto
sentido para huír de la tristeza. Los ricos, ya se sabe, persiguen el éxito, pero los
pobres sólo quieren la felicidad. Son simples y un poco tontos y aspiran a llevarse bien,
a convivir sin sobresaltos, a envejecer juntos. "Tú, en cambio, estás como el
primer día", le digo a mi difunto, y él se limita a mirarme con cariño y a
sonreír, porque ha perdido la esperanza de que le haga caso, de que lleguemos alguna vez
a comunicarnos, a mantener una conversación coherente. Se es infeliz por costumbre,
desgraciado por rutina, y aunque tú no lo creas, Jacinto, una casa pequeña está
condenada al desorden, a la anarquía. A todas les falta un amplio armario empotrado para
apilar las latas de conserva y un lavadero donde instalar los electrodomésticos y poder
esconder la escoba y el recogedor, porque fíjate bien, amor, la escoba en reposo, puesta
allí en un rincón de la cocina, es un crimen estético, el responsable silencioso de
muchas discusiones domésticas, de los reproches contenidos. Ya sé, ya sé que soy una
novelera y que todo me lo creo; que llevo medio siglo metida en casa y que por eso me
llaman "la chiflada del quinto, la que hace los calzoncillos", pero yo te
aseguro que cuando el periódico dice que un marido mató a su mujer en un barrio humilde
como éste, las verdaderas causas del desamor primero no hay que buscarlas en el vino
peleón, ni en la falta de cultura, ni en las infidelidades esas que dicen las
estadísticas. No. La culpable es la escoba; ese testigo silencioso; ese dedo que señala
la mediocridad sin esperanza. La escoba es como una suegra que malmete, como una cuñada
desaprensiva, como una mala vecina que levanta falsos testimonios. Hay que huír, Jacinto,
de la escoba como de la peste, y el que logre vencerla habrá conseguido algo más
importante que la libertad. Habrá conseguido ser feliz.
Sí, han alquilado el piso de arriba, Jacinto. ¿Qué por qué sé que
no son matrimonio? Es muy sencillo; si estuviesen casados, aunque fuesen recién casados,
estarían más formales, más relajados, más serenos. El matrimonio sobre todo, garantiza
el futuro, da respetabilidad, y ellos no son gente respetable. Juegan a ser felices y se
esconden de algo. Lo noto por sus pisadas, por su constante ir y venir. Siempre están
juntos. Si él va a una habitación ella le sigue y hasta el pis lo hacen en comandita, en
equipo. Se quieren desesperadamente y apuran todos los momentos como si el día de hoy
pudiese ser el último.
Ayer don Jovino me trajo una nueva remesa de calzoncillos. Es un buen
hombre; explotador, sí, porque la vida es complicada y las personas raras como yo, que no
quieren salir a la calle, ni relacionarse con otras gentes, necesitan pagar caro el precio
de su independencia. "Qué manos tiene usted, doña Engracia -me dijo don Jovino-,
qué pespuntes, qué ojales... Es usted la mejor profesional que tenemos. ¡La reina de
los calzoncillos!"; y tal vez tenga razón el pobre hombre, porque en cuarenta años
he hecho más calzoncillos que nadie; he vestido a media España y desde el modesto
menestral al poderoso caballero todos protegen sus partes íntimas con prendas salidas de
mis manos. ¿Te acuerdas de aquella remesa de calzoncillos largos? ¡Qué risa, madre del
alma!. Tú decías: "¿Quién tendrá el valor de ponerse esos calzones?" Más
tarde vino la moda del calzoncillo hasta la rodilla, después el slip, que era como una
braguita y ahora el bermudas. "Se llevan, doña Engracia, y hay que seguir la moda o
desaparecer. Los industriales para sobrevivir tenemos que renovarnos". Es un buen
hombre aunque a ti no te resulte simpático. Explotador, sí, pero gracias a él como y
vivo y puedo quedarme aquí en casita la mar de tranquila sin tener que dar tres cuartos
al pregonero, con mis locuras de vieja sentimental y nostálgica.
He decidido ponerles nombres a los vecinos de arriba. No puedo seguir
llamándoles él y ella. Ya sé que para nosotros son tan sólo el ruido de unos pasos y
que nunca los veremos; nunca sabremos si sus nombres son auténticos y si su vida
corresponde a lo que imaginamos, pero si los vamos a tratar, si el ruido de sus pisadas se
va a meter en nuestra existencia, es preciso ser prácticos y darles una dimensión. Hay
que convivir, Jacinto. Hay que ser sociales y hospitalarios con los vecinos. A ella le voy
a llamar Ramona y a él, don Claudio. Ramona es bajita, joven, apasionada y bastante
ignorante y don Claudio es un señor maduro pero atractivo. Cojea un poco, ¿lo has
notado, verdad? pero, no obstante, tiene encanto. Es un caballero, o mejor dicho, un
señorito de pueblo; como eras tú cuando te conocí. Alto, distinguido, un poco cínico,
con un bigotito recortado y canoso. Son extremeños; de un pueblo pequeño. ¿Prefieres
que sean andaluces o gallegos? Decide tú, que a mi no me importa y después dices que no
te dejo ni opinar, que ni pinchas ni cortas. El, mejor dicho, don Claudio, es casado,
claro. Casado y con hijos. Ella es soltera, por supuesto. Don Claudio vio a Ramona por
primera vez en la plaza un día de primavera, ¿a que es romántica la historia? Le dijo:
"¡Qué buena estás, muchacha!" y Ramona se puso roja.
(Continuará el próximo número) |