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Dicen que en el libre movimiento
del dinero está el progreso. No
dijeron el progreso de quién. La realidad es que circula, sí, pero
tan arriba que nadie sabe por
dónde exactamente.

 

 

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EL DESEQUILIBRIO MUNDIAL

Estamos empezando a tomar la última curva hacia un cambio de siglo que promete ser lo más caótico, despilfarrador, hortera y barroco que hemos visto en mucho tiempo. Pero todos los fuegos artificiales que se vayan a lanzar de aquí a fin de año no van a pagar las cuentas pendientes que nos llevamos al 2.000.

El mundo desarrollado, precisamente porque es el desarrollado y como tal tiene más tiempo de ocio para dedicarlo a pensar -ya saben, usar la cabeza- debería darse cuenta de que la desigualdad no es mucho más que un puñado de ricos y millones de pobres. Es la garantía de que en algún momento, cuestión de tiempo, algo va a reventar. No es posible vivir eternamente en el desequilibrio. En algún momento, la tremenda bomba de relojería en que se ha convertido el planeta empezará su cuenta atrás. Quizá la haya empezado ya, por mucho que muchos, los que no pasan hambre todos los días, se nieguen a mirar hacia una realidad tan evidente. La riqueza se está convirtiendo en un oasis en medio de un infierno de pobreza. La riqueza cada vez es más abundante y está más y más concentrada, así hasta que se vuelva un absurdo, un esperpento, como un traje de noche en medio de un campo de batalla. Y la solución no está en levantar alambradas más altas en las fronteras, para que los pobres del continente vecino se mueran de hambre al otro lado de la verja, y no en territorio nacional. A decir verdad, no sabría decir cuáles son las soluciones a estas alturas. Quizás se nos hayan escapado ya. Lo que sí es cierto es que esta humanidad no va a llegar muy lejos arrastrando las penurias de cien millones de refugiados que no dejan de caminar, buscando algo tan complicado de encontrar como es un lugar para vivir con un mínimo de dignidad. Tampoco llegaremos muy lejos con el atraso que supone vivir con los millones de personas para las que no se ha sabido -o no se ha querido- generar un empleo. No es concebible que pueda seguir adelante indefinidamente un mundo en el que un puñado de doscientas personas concentra la riqueza que habría que repartir entre millones. El dinero sumado de este grupo de ricos supera el Producto Nacional Bruto combinado de todos los países menos desarrollados y sus 600 millones de habitantes.

Y las diferencias crecen en el tiempo que se tarda en escribir estas líneas.

De los 35 países más pobres del mundo, 29 son africanos. El continente negro es una bomba de relojería. Las hambrunas, el problema de los desplazados, las guerras interétnicas... millones de personas viviendo en el límite de sus posibilidades ponen al mundo desarrollado en una delicada situación, por mucho que quiera hacer oídos sordos cuando la inmigración llama a la puerta de casa. Es una bonita factura para la "civilizada civilización" blanca, que durante décadas sangró Africa a placer, alegremente, sin preocuparse de las consecuencias.

Además de Africa, los trabajadores vienen a oleadas de Asia, América Latina y más recientemente del este europeo, ofreciendo lo que tienen, sus brazos, por un precio de risa.
Son las víctimas de la llamada globalización, del correr del dinero invisible, de bolsa en bolsa, sin parar ni un momento, quizás porque si se detuviese alguien podría intentar tocarlo y darse cuenta de que es un espejismo. Dicen que en el libre movimiento del dinero está el progreso. No dijeron el progreso de quién. La realidad es que circula, sí, pero tan arriba que nadie sabe por dónde exactamente.
Consecuencia de la globalización es que los estados ya no mandan. Mandan las empresas, que compran a los estados. Y manda la banca, que compra a las empresas. A la banca no la compra nadie porque no hay más dinero para comprar que el que tiene la misma banca.

Mientras tanto, las empresas han emprendido su particular ola migratoria a los países pobres, que es donde no les hacen ninguna pregunta. De esa manera es como aumenta el paro entre la gente pobre de los países ricos. La empresa pone las condiciones: dice cómo, dónde, y cuánto. Si una empresa no está a gusto -porque la gente forme sindicatos, pida mejoras salariales o los ecologistas protesten- no tiene problema en marcharse a cualquier otro país igual de pobre e igual de desesperado. Hay donde elegir. Y con ella se lleva el dinero y la posibilidad de que los obreros vivan esclavizados fabricando camisetas o zapatillas deportivas que luego multiplicarán por lo infinito su valor en el mercado occidental. No ha surgido la primera multinacional que se haya preocupado de generar riqueza a su paso, para que el país anfitrión crezca a la par.

Muchos hablan ya de que hay que generar un desarrollo sostenible, lo que da a entender que lo que tenemos ahora mismo es un desarrollo insostenible. El desequilibrio se alimenta consciente y premeditadamente. Hay que ser burros, con perdón para los burros. ¿Cuánto pensamos que va a durar? Hagan sus apuestas./ C.F.

 

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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