
La comunidad internacional no se
sabe dónde está. Habrán sus dirigentes calculado qué les va a sus intereses en Timor
Oriental y la ecuación les ha salido igual a cero, nada. |
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CÓMPLICES SILENCIOSOS
POR JUANMARÍA GARCÍA CAMPAL
Es ocho
de septiembre y deberíamos andar Jazz, mi perro, y yo con el sentimiento un poco
nostálgico de otros verdes, de otros negros, de otras montañas y mares, de otra tierra
y, cómo no y muy principalmente de otros nombres. Que no en vano es hoy fiesta principal
de la tierra, Asturias, en que vi la luz y me formé de juventud y quién sabe si también
él, Jazz, no llegó aquí exiliado de amores y aventurero de esperanzas.
Pero sentir nostalgia hoy sería un frívolo lujo imperdonable, que ya
llevamos días con la mente avergonzada y buscando por los rincones de casa y hasta en los
urbanos y campestres paseos el orgullo que me pudiese quedar de pertenecer al género
humano. Pero nada, ni con mis torpes sentidos, no con su buen olfato, ni con el más
severo y ordenado de los métodos de rastreo no con todos ellos una y otra vez conjuntados
topo a mi orgullo. Eso sí, jirones de vergüenza vemos esparcidos por la casa, por las
calles, por los caminos y campos.
Y es que, como a muchos de ustedes supongo, a Jazz y a mí nos da temor
pensar en Timor, y después tener que seguir callados y viviendo avergonzados. Pero si uno
se calla, callamos, corremos el riesgo, grave, de no poder escuchar luego, con un mínimo
de dignidad, ni la más nimia de nuestras propias quejas, ni la más justificada de
nuestras íntimas esperanzas, amén de ser cómplices silenciosos. A no ser, claro, que
uno quiera acostumbrarse a defecar y vomitar sobre su propia dignidad por mermada que ya
pueda ésta estar. Aunque, sin duda, deber ser cosa de perseverar en el empeño y seguir
mirando hacia otra parte. Ejemplos tenemos muchos, en el cuerpo civil, en el militar y
cómo no en el eclesial.
Pero pensamos Jazz y yo, y nos lo preguntamos, qué se sentirá, de
seguir así, al escapar de nuestros labios, un día cualquiera, la palabra justicia, o si
uno se atreve, en cualquier momento, a contarse como demócrata, o a educar a un niño, un
hijo. ¿Nos atreveríamos simplemente a soñar de seguir manteniendo este silencio
vergonzante y vergonzable?
La comunidad internacional no se sabe dónde está en este caso. Seguro
que escondida. Habrán sus dirigentes calculado qué les va a sus intereses en Timor
Oriental para dar la respuesta proporcional y adecuada, y la ecuación les ha salido igual
a cero, nada. Se, nos, pregunta Saramago "¿Cuánto pesa el pueblo de Timor Oriental
en las balanzas políticas de Rusia y China? ¿Cuál es la cotización de un habitante de
Dili en la Bolsa de Nueva York?" Y en las preguntas nos da la respuesta. De nuevo,
nada.
La ONU dice Timor y se queda timorata con sus amenazas de cuarenta y
ocho horas para intervenir, que más parecen plazo para que los asesinos apuren su remate,
que voluntad de cumplir con su obligación moral. Porque si no es para esto, para qué
sirve tanto enviado especial y tanto presidente, y tanto funcionario de las rimbombantes
Naciones Unidas. No prever la reacción al organizar el referéndum no tiene disculpa
posible. Matizar su intervención día tras día es traicionar una vez más las esperanzas
en ella depositadas. El amo yanqui nada debe tener que vender o comprar en Timor. "Es
un problema interno" ha dicho esa señora que administra el poder del Tío Sam de
país en país, de interés en interés. Y quizá de ahí vengan otros silencios más
cercanos, más nuestros. La Unión Europea está de exámenes, centrada en su ombligo, y
Timor queda tan lejos, y son tan pocos, que... Y en España, aquí, tenemos otros
problemas a pesar de que esto va bien, dicen. Sí, siento vergüenza. Y rabia también.
Pero ¿y qué? Quizá no sea más que una nueva constatación de lo que en su
autobiografía dice Michael Caine que leyó un libro de psiquiatría y el problema sea, en
este caso referido a la humanidad, que "toda nuestra vida se basa en que llegamos a
ser lo que más temíamos", es decir: inhumanos.
No crean por todo lo escrito que me he aguado la fiesta, no. Lo hubiera
hecho de seguir callado, de haber acatado la silenciosa consigna de los poderosos y los
desarrollados de guardar silencio, si no hubiera dado tipo y forma impresa a la rabia y la
vergüenza de ser hombre, si me hubiera refugiado en decir "¿qué puedo hacer
yo?", si me hubiese conformado con llorar y me hubiese negado el exigente recuerdo de
Gabriel Celaya de que "nos queda la palabra" y de que ésta comparte con la
poesía el que sigue siendo "un arma cargada de futuro". Así, al menos, aunque
con dolor y esperanza, al menos, repito, a Jazz, mi perro, podré mirarlo de frente.
Les extraña que afirme, una vez más, y en esta ocasión con palabras de Albert Camus,
que "el mundo donde vivo me repugna, pero me siento solidario con los hombres que en
él sufren". Por ellos escribo hoy, porque ellos son mis compañeros, mis camaradas.
Y por ellos ladra hoy Jazz. Esto es otra sobredosis de realidad demasiado inhumana como
para entregarme a ficciones. No sería hombre si hoy me permitiese soñar. Sería como
mirar a otro lado. Únete a mí, no seas cómplice silencioso. Y Jazz ladra y ladra. No es
para menos. |