Nosotros, los jueces, estamos
siempre muertos de miedo porque la responsabilidad nos agobia, el miedo a hacerlo mal nos
aterroriza. |
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SEÑOR JUEZ... (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
RESUMEN DE LA PRIMERA PARTE
"¿Vió usted como el acusado, presunto autor de la agresión que nos ocupa,
apuñalaba con rabia a doña Maria de la O Fernández mientras le llamaba "putón de
mierda, pingo y mala pécora?". El juez Don Severino y el escribiente Carrasco
intentan desentrañar una enrevesada trama de pasiones, infidelidades y celos.
El
ujier, con aire melifluo, me aseguró que el señor ministro me recibiría en seguida.
-Dentro de breves instantes estará usted ante su excelencia -musitó- que me ruega le
transmita sus disculpas por hacerle esperar.
Efectivamente, a los pocos minutos el ministro de Justicia en persona abrió la puerta y
me saludó efusivamente.
-Pase, pase, Martínez. No sabe usted lo mucho que me alegra verlo por aquí.
Que un ministro le diga a un modesto juez de instrucción una cosa así
es, prácticamente, un milagro. Los ministros son seres superiores, casi ángeles,
criaturas etéreas que están a la diestra y a la siniestra del señor presidente ideando
leyes, imaginando decretos. Lo mínimo que es capaz de firmar un señor tan importante es
una orden ministerial, una disposición de obligatoria observancia y, en cambio, el juez
es quien dice lo que es bueno y lo que es malo, lo que les corresponde pagar a los
infractores, penar a los delincuentes, sufrir a los transgresores. Nosotros, los jueces,
estamos siempre muertos de miedo porque la responsabilidad nos agobia, el miedo a hacerlo
mal nos aterroriza. Somos guardas jurados del fiel de la balanza, los que le hablan al
oído a la ciega Justicia, los que pronuncian las últimas palabras -y algunas veces, en
latín- para absolver o condenar, para perdonar o castigar al prójimo.
-Estoy a disposición del señor ministro. -dije con un hilo de voz.
El sonrió y me tranquilizó con un gesto.
-No se preocupe, Martínez, no le voy a encargar que resuelva uno de esos espinosos
expedientes, una de esas causas difíciles con connotaciones políticas. No. La misión
que le voy a encomendar no tiene nada que ver con el terrorismo ni con la corrupción
política. Es, sencillamente, una causa por delitos de sangre, por agresiones con arma
blanca.
No lograba entenderlo. En España el cuarenta por ciento de los delitos tienen esas
características y los ministros no llaman a los jueces para que dicten sentencia. Esos
casos son rutinarios, habituales, de todos los días.
El ministro adivinó mis pensamientos y dijo:
-Este proceso, sin embargo, es algo diferente. Nosotros, los que estamos por nuestro
trabajo en la cúspide de la justicia, los que tenemos perspectiva histórica, conocemos
mejor a los españoles. Usted y yo sabemos de la miseria humana, del barro del que está
hecho este pueblo nuestro. Aquí casi todos los delitos son tristes, sórdidos, violentos.
En España se delinque por el sexo, los celos, el amor, el desamor. Se mata por orgullo,
se muere por la soberbia racial, nos jugamos el futuro por el gesto, nos perdemos por el
ademán. De ese barro incongruente y miserable, despreciable y generoso estamos hechos
todos: los jueces y los delincuentes, los pícaros y los santos, los criados y los
caballeros. La educación, la moral, el código ético deslinda normalmente a unos y a
otros, pero en ocasiones los papeles se confunden, las pasiones se desatan, y al final
todos se desnudan y comprueban que son iguales: telúricos, tremendos, desgarrados,
patéticos.
El señor ministro me tendió un grueso expediente.
-Aquí tiene usted un ejemplo, un triste ejemplo de lo que le estoy diciendo.
Hojeé todo el legajo y leí con avidez el primer folio.
-No parece muy complicado, en principio... -murmuré.
-Y no lo es. No debiera haberlo sido, por lo menos. Una mujer engaña a su amante para
vengarse y el amante, que es español, machista e ignorante, la apuñala. Ocurre todos los
días.
Se intercambian insultos, se quieren y se odian, se acusan y se perdonan. Rutina.
-¿...?
-Sin embargo este caso se complica por la actuación de un juez recién salido de la
escuela judicial. Un hombre bueno e ingenuo que se encuentra con España de sopetón.
Interviene decisivamente un escribiente con aficiones de sociólogo, una señorita de las
mejores familias de Bilbao. En principio no había ningún problema. Se tomó declaración
a los protagonistas del drama y cuando el juez iba a procesar al acusado, los testigos,
los curiosos, los auxiliares, abandonan sus respectivos papeles y se convierten en
protagonistas. La pasión les salpica a ellos también; les pone en movimiento el
sentimiento. "Tiene usted que perdonarlos, señor juez", dice un escribiente con
más de treinta años de experiencia. "Hay que tener corazón", opina sin venir
a cuento un guardia de la escolta, un tal Verdicio. "Si condenas a ese hombre no
quiero volver a verte, Severino", amenaza la novia del juez. Todos se vuelven locos.
Viven el drama, lo sienten en su propia carne, se reconocen a sí mismos en las pasiones
primitivas: El Cid, Santa Teresa, Torquemada, Estebanillo, Quevedo, don Alonso Quijano
están ahí, pesan demasiado. España, Martínez, es una bomba de relojería que puede
explotar sin avisar. España es una bomba que todos los españoles llevamos dentro.
Aunque el señor ministro no me hizo más confidencias, comprendí el
problema y le quedé agradecido por confiar en mí. Aquel proceso era algo más que una
triste y sórdida historia de amor; era, con pocos personajes y una anécdota sangrienta
como fondo, la historia resumida de la España de siempre, donde unas criaturas alucinadas
y feroces se habían perdido por los intrincados caminos del laberinto y ya nadie podía
hacer nada por ellos, porque morirían fatalmente buscando sin esperanza la salida.
-¿Qué personaje desencadenó la tragedia? -pregunté.
-La chica. La novia del juez, doña Pilarina Zarracina. Es una mujer joven, educada, muy
fina, un poco cursi. Ya sabe usted: una infancia con institutriz, un internado suizo, un
papá que paga todas las facturas y proporciona todos los caprichos. Un día conoce a don
Severino, un joven abogado con las oposiciones ganadas, y se prometen a los dos meses.
Aleluya. Sin embargo cuando don Severino tiene su primer juicio y le describe la
personalidad del acusado, se siente irresistiblemente atraído por él. Es el prototipo
del macho, del garañón: cerril, torpe, apenas sabe hablar. Violento. Muy español. La
chica imagina, o sueña, o intuye que siente algo más que curiosidad por ese hombre que
no conoce y trata de influir en su prometido para que le perdone sus delitos. "Tú
puedes hacerlo, amor mío. El es, sólo, un pobre hombre". El juez se resiste y ella
se enfada. Rompe con don Severino y empieza a visitar a su protegido en la cárcel. Se
enamoran separados por una reja y se ven, cada quince días, en un vis a vis que uno
imagina feroz y aberrante. Y en aquel ser bestial, ella, que es tan fina, tan delicada,
encuentra las respuestas a todas sus preguntas, el ideal de su vida.
-Un melodrama... -puntualicé
-Sí, un drama absurdo con música de fondo. En este país las historias desembocan a
menudo en el melodrama, por eso el género está tan desprestigiado. Es lo típico, lo
tópico.
-¿Y el juez? ¿Qué ocurrió con don Severino?
-Hace una semana estuvo sentado en la misma butaca que usted ocupa ahora. Vino a
explicármelo todo y me entregó la carta de renuncia. Dimitió de su cargo y me anunció
que se marcha a Venezuela a empezar una nueva vida. Se va con doña María de la O que ya
está repuesta de sus heridas. Una mujer trece años mayor que él, con cicatrices en el
alma, con un desgarrador pasado. "Me necesita -me dijo el pobre hombre- es necesario
que alguien la redima; quiero educarla, hacerla feliz y además, es tan hermosa", y
me enseñó una fotografía de doña María de la O en bikini.
Las historias vulgares me acongojan y la que contaba el señor ministro
lo era en grado sumo, sin embargo sonreí. Aquello no era un drama, era una zarzuela, una
astracanada sin pies ni cabeza.
-Le agradezco su sonrisa, Martínez. Yo, en otras circunstancias, también sonreiría ante
un caso como éste. Le he escogido a usted porque tiene cincuenta y cinco años, cinco
hijos y siete nietos. Es usted un hombre feliz en su matrimonio; equilibrado, sereno, sin
tendencias neuróticas, odia la violencia y cree en la justicia. No parece usted español.
-¿Qué desea usted que haga, señor ministro?
-Acabe usted con este asunto. Sustituya a don Severino y termine el caso lo más rápido
que pueda; pero hágalo usted con cuidado, sin poner el corazón. Investigue, pregunte,
inquiera, pero permanezca al margen; no permita que nadie le complique.
-Descuide, señor ministro.
Me acompañó hasta la puerta. Estaba emocionado y temeroso y al
entregarme el grueso legajo sus manos temblaban.
-Tenga cuidado, Martínez. -fue lo último que me dijo y me dio un abrazo de despedida.
Llegué a la estación muy temprano. Soy un hombre ordenado y me gusta coger el tren con
tiempo suficiente. El mozo instaló mi bolsa de viaje en el portamaletas y yo me acomodé
al lado de la ventanilla. El departamento estaba vacío, todavía faltaban veinticinco
minutos para comenzar el viaje. Como no había comprado nada para leer, abrí la cartera y
extraje el sumario y empecé a estudiarlo. Era un caso vulgar, sin ninguna dificultad
técnica. Poco a poco me fui quedando dormido; el sopor, ese calor pegajoso que siempre
existe en las estaciones, el cansancio...
Cuando desperté el tren había comenzado su marcha hacía horas y
avanzaba regularmente; el legajo descansaba en mi regazo. Tardé unos segundos en darme
cuenta de que no estaba solo. Era una mujer joven, bien vestida; tenía, vista a la luz
amarillenta que envolvía el departamento, un aire fantasmal, mágico.
-Perdone... -dije, y me erguí en el asiento, me atusé el pelo y coloqué correctamente
mis gafas. Ella sonrió.
-¿Es usted Jacinto Martínez, el juez que lleva el caso de Manuel Seisdedos, verdad? -me
preguntó.
Con estas palabras se inició mi participación en la tragedia. No podía sospechar
entonces que mi carrera empezaba a desmoronarse, que en aquel momento iba a comenzar a
perder a mi familia, a degradarme para siempre. Para mí había empezado la cuenta atrás,
señor juez... |