
La indefensión que padecen las
víctimas de los malos tratos domésticos es una derrota del sistema. |

VIOLENCIA DOMÉSTICA
Ha sucedido de nuevo. El
mes pasado, un mancebo despechado zanjaba de un plumazo su relación sentimental con dos
puñaladas estupendas que dejaron a una mujer tendida en el suelo de una furgoneta, atada,
amordazada y fría como un témpano. The end. Otro capítulo más con el mismo final. Otro
caso de malos tratos a mujeres con saldo negativo: muerte de la protagonista. Las muertes
como esta, anunciadas hasta por televisión, son las más estúpidas, porque podrían
haberse esquivado si alguien hubiese escuchado, si algún responsable de algo hubiese
acudido, si la llamada de auxilio no se hubiese perdido entre la desidia burocrática que
sufre nuestro sistema judicial, si la opinión pública, que es caprichosa como un niño
tonto, hubiese apadrinado a la mujer temerosa que contó su historia en la televisión. El
caso es que todos los resortes fallaron, y como la divina providencia no tuvo a bien
intervenir, la historia terminó en tragedia una vez más, una tragedia estúpida y
anunciada.
Vale la pena refrescar nuestra memoria para recordar que a finales de
1997 tuvo lugar en nuestro país un fenómeno social sin precedentes. La muerte de Ana
Orantes, quemada viva por su marido, conmocionó a la opinión pública. También ella le
había denunciado por televisión. En las principales ciudades españolas cientos de
ciudadanos salieron a la calle para reclamar protección para las víctimas y el fin de la
violencia doméstica. Las diputadas de todos los partidos se unieron para pedir reformas
legales. Los medios de comunicación empezaron a prestar atención a un problema
tradicionalmente silenciado. "Sólo es la punta del iceberg", advertían los
responsables de los servicios sociales. Se conocen únicamente los casos que se denuncian.
Y se denuncian muy pocos.
Han pasado ya dos años, y la sensación de impotencia no ha variado.
Hoy por hoy, las noticias sobre malos tratos a las mujeres aparecen en la prensa por
oleadas. Sólo cuando llega la sangre al río y se comete un crimen con premeditación,
alevosía, recochineo, tracas y poco menos que anuncios por megafonía, entonces se
produce un estallido de indignación popular que dura un poco más o un poco menos, pero
que acaba extinguiéndose sin que se hayan tomado realmente medidas eficaces para evitar
males futuros.
Poco a poco, con demasiada lentitud, la sociedad va tomando conciencia de un problema que
miles de mujeres viven todos los días en silencio. Tanto desde los medios de
comunicación como desde los diferentes organismos se las anima a hablar, a romper el
aislamiento de los cuatro muros de su casa, sin embargo una vez dado el primer paso, o
bien no se dispone de medios, o bien no existe la agilidad suficiente para hacerlos
funcionar, o bien no hay una voluntad clara de ponerse de parte de la víctima potencial
en vez de facilitarle la labor al potencial agresor.
¿Quién tiene la culpa? Cuando sucede algo grave vuelven a revisarse
sentencias antiguas que ahora parecen absurdas, pero que entonces nadie se preocupó de
rectificar. Resulta sorprendente que a la juez de Vigilancia Penitenciaria que le aseguró
la libertad condicional a este homicida reciente, que ya en una ocasión le había pegado
cuatro tiros a una novia embarazada, la recibiesen con ovaciones en un día en que
deberían haber declarado una jornada de reflexión, a la que una parte de los jueces
españoles se ha sumado ya. No es tolerable una respuesta corporativa: tapar las
deficiencias del sistema o esconder las reponsabilidades personales. Ningún juez puede
lavarse las manos diciendo que "se ha limitado a aplicar las leyes". Mientras la
justicia, o parte de ella, no admita su responsabilidad en casos como estos, no hay nada
que hacer. La indefensión que padecen las víctimas de los malos tratos domésticos es
una derrota del sistema, que se muestra incapaz de dar la mano a quien solicita ayuda. Los
entresijos de la justicia, sus complicados métodos y razonamientos, son un misterio para
la mayoría de los españoles, que sin embargo sí entienden el lenguaje del miedo y sí
distinguen cuando la judicatura olvida el lado humano de su labor.
En medio de tanto sinsentido, resulta refrescante la intención
crítica de las declaraciones de Manuela Cármena, vocal del Consejo General del Poder
Judicial, que admite que a pesar de todas las discusiones aún no se han logrado
resultados ágiles y eficaces. Y mientras tanto ¿qué?. "Como mínimo, protección
policial a la víctima. Muchos de los inútiles servicios de escolta a personalidades
estarían mejor dedicados a ese fin".
¿Han oído? Todo es querer./ C.F. |