Revista Fusión

 Subscripción RSS

FUSION también eres tú,  por eso nos interesan tus opiniones,  tus reflexiones y tu colaboración  para construir un  mundo mejor

Recibe nuestras noticias en tu correo

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dositeíño murió en Verdún como un héroe en una guerra un poco tonta que nunca entendió nadie en la familia. ¡Qué se le había perdido a un Vilabella en aquella pelea de franchutes!

breviario
LAS MEMORIAS REMOTAS
POR JOSE MANUEL VILABELLA

Doña Encarnación y don Dositeo vivían en Lugo, en la calle de la Cruz, con la fotografía de Luisito y dos docenas de ratones que salían a pasear de improviso y a todo correr y que eran prácticamente como de la familia. Todos habían llegado del campo unos años antes, montados en una camioneta cochambrosa, y aunque vivían en un segundo piso se comportaban como si todavía estuvieran en Meira y fueran aún unos hidalgos de pueblo con el árbol genealógico plantado en el jardín al lado de unos manzanos, como si los bisabuelos y los parientes lejanos tuviesen todavía el sabor ácido de las reinetas; hacían una vida sana y rural, no salían nunca de casa, cultivaban patatas en macetas en una habitación muy soleada a la que llamaban la huerta y tenían casi siempre dos gallinas ponedoras picoteando por el pasillo poniéndolo todo perdido con su mierda blancuzca y churretosa.

Doña Encarnación y don Dositeo se comunicaban con el mundo por medio de la asistenta, una mujer renegrida que se llamaba doña Carmen, a la que mandaban a la compra cada mañana. Doña Encarnación le daba una peseta y una relación de cosas que era necesario traer y don Dositeo, echaba una ojeada al papel y añadía el dinero necesario sin que lo supiera su esposa. Doña Encarnación nunca llegó a sospechar que con una peseta de papel de los años cuarenta no se podían comprar centollos, quesos de tetilla, higos, canutillos de Confitería Madarro, vinos de Albariño, chorizos de mucha confianza, unto, nabizas, grelos, membrillos, velas, matamoscas, aceite, vinagre, sal y El Progreso para ver en las esquelas los muertos del día y poder exclamar ¡Oh, Dios mío, se murió don Atilano!. Doña Encarnación vivía en el limbo y se creía que un billete de peseta era como aquellas monedas de oro de cuando ella era soltera allá por 1870, por esto tal vez, le daba cinco céntimos a los pobres que llamaban a su puerta, o le entregó con mucha solemnidad a su sobrina preferida, a Josefina Carro, un billete de cinco pesetas el día de su boda con el consejo de que lo invirtiese en algo útil y provechoso, que cuando se es joven hay que mirar para la vejez y no dilapidar los caudales...

El autor, cuando tenía 5 ó 6 años pasaba temporadas en casa de sus abuelos y allí aprendió a rezar el rosario y a tomar vino caliente con azúcar. Jugaba con su primo Luisito que sabía levitar y hacerse transparente, hablar con los ratones y meterle el dedo en el culo a las gallinas. Luisito era un niño muerto hijo de Luis, el hermano mayor del padre del autor, que había fallecido de tuberculosis veinte años antes, pero como sus abuelos no lo querían reconocer lo trataban como si estuviese vivo y él seguía haciendo travesuras y se fugaba por la noche por la chimenea y se iba volando y regresaba a las tantas y, además, excitado y sudando de tanto jugar. El autor nunca tuvo un amigo imaginario pero en cambio tuvo un primo muerto que sabía volar como los gorriones. Doña Encarnación y don Dositeo estaban cansados de guerras y de muertes violentas: habían enterrado al bisabuelo Nicasio que murió con la boina puesta en una guerra carlista, al primo Alfonso que fue el penúltimo de Filipinas, al capitán Irimia que falleció en Cuba e incluso al cabeza loca de Dositeíño que murió en Verdún como un héroe en una guerra un poco tonta que nunca entendió nadie en la familia. ¡Qué se le había perdido a un Vilabella en aquella pelea de franchutes! Doña Encarnación y don Dositeo enterraron a sus padres, a catorce hermanos y a sus dos hijas, por eso cuando se murió Luisito dijeron basta y no lo quisieron reconocer y se metieron en casa y nunca volvieron a salir a la calle porque afuera estaban la desdicha y el dolor y olía a meados de gato y a la muerte mezquina de provincias.

Al autor de estas páginas sus abuelos lo quisieron mucho y le mimaron con todo esmero. Los dos ancianos le llevaban a la cama, que tenía cinco colchones, lo desnudaban, le ponían el pijama, rezaban con él cuatro esquinitas y Jesusito, Jesusito eres niño como yo y le dejaban en la mesilla de noche un vaso de leche y una magdalena de pueblo que olía a Monforte de Lemos. Los dos viejecitos le daban unos besos apretados y un poco bruscos; le querían salvajemente porque era el único nieto vivo en una familia de difuntos; le trataban con una ternura feroz y un poco apresurada, como si sus besos fueran los últimos de la temporada y tuvieran prisa por dárselos; eran besos urgentes, de pasillo de hospital, que sonaban como campanas y a veces dolían como tiernos manotazos. De ellos aprendió que a los nietos hay que quererlos con cariño de estación de ferrocarril, caiga quien caiga, salvajemente, para que cuando pasen los años y las personas sean sólo un recuerdo tenue que se debilita por momentos, que se diluye y entremezcla con otros falsos recuerdos, sus ternuras se conviertan en un mensaje de ida y vuelta y ya viejo, el nieto pueda devolver el favor y decir emocionado: "No es porque fuese mi abuelo, pero don Dositeo era el hombre más bueno de Galicia". El autor, que era un niño solitario, empezó a hablar con la fotografía de Luisito para matar el tiempo pero cuando su primo se hizo real e intentó enseñarle a levitar y a fugarse por los espejos, se dio cuenta de que los espectros soportan mejor las caídas y se limitó a mirarlo mientras planeaba por el salón porque la vida está llena de limitaciones. Fue aquella una amistad que duró muchos años entre un niño triste y un niño muerto, entre un niño que volaba y otro que apenas sabía correr de puro pánfilo. Los abuelos les veían jugar y decían: ¡Qué ven se levan os dos nenos y canto falan!. A las cinco y media en punto doña Encarnación anunciaba: "¡Niños a merendar!" y los dos acudían a todo correr y el niño vivo se tomaba un plato de nata con azúcar y una rebanada de pan de mollete y el niño muerto dejaba su merienda sin tocar porque era un espectro remilgoso y mal comedor.

La casa de los abuelos estaba llena de fotografías de difuntos y de mariposas; había siempre cuarenta o cincuenta mariposas volando por el pasillo, jugando alrededor de las bombillas, mirando con curiosidad como don Dositeo escribía una carta a máquina, siempre la misma, a su primo Luis Cortón que estaba en las Américas haciéndose inmensamente rico. Doña Encarnación de lo único que presumía era de mariposas. "¿Te acuerdas Dositeo de las mariposas que tuvimos cuando murió Sarita?" preguntaba. "¡Me acuerdo, me acuerdo muy bien!. ¡Eran mil trescientas veintiocho!", contestaba don Dositeo, que era muy ordenado y le gustaba llevar al día las contabilidades inútiles.

Doña Encarnación afirmaba que su hija menor, Sarita, había sido una santa y que ahora estaba en el cielo y les miraba desde allí. "José Manuel no te metas el dedo en la nariz que la tía Sarita se pone muy triste si haces cochinadas", decía doña Encarnación.

A lo largo de su vida el autor siempre se ha sentido vigilado por aquella niña de tres años que lo mira todo desde el cielo y cuando tuvo que cometer pecados, muchos mortales, varios horrendos y algunos incluso más graves que meterse el dedo en la nariz, nunca dejó de pensar en la familia y decirse para su coleto: "Tía Sarita no mires que voy a pecar". La abuela lloraba por sus hijas muertas unas lágrimas redondas y enormes; como era una mujer fuerte, acostumbrada a sufrir, no sollozaba ni hacía pucheros, ni se lamentaba, sólo lloraba y las lágrimas bajaban rodando por su cara y se metían en las arrugas y sólo unas pocas lograban saltar y llegar al suelo donde se rompían en mil pedazos. Luisito y el autor intentaban coger al vuelo las lágrimas redondas de doña Encarnación pero nunca lo conseguían; eran unas lágrimas como goterones de lluvia y con ellas la abuela regaba la casa de una tristeza dulce que, ahora, de viejo, el autor comprende que sólo era una melancolía agradable que le confortaba y le ayudaba a mirar hacia atrás, a recordar.

Aunque lo intentó y puso en ello sus cinco sentidos, el autor nunca aprendió a levitar ni a hacerse transparente, por eso, en el fondo de su corazón, le tenía un poco de envidia a su primo Luisito que tenía la libertad de los fantasmas libres, de los niños que tienen toda la muerte por delante; a los cinco años se sueña con volar y con dominar a los ratones y mejor que tener un aro o un triciclo era irse por la chimenea o dar el triple salto mortal como si tal cosa. Tener un amigo fantasma es un privilegio que muy pocos han tenido. Luisito y su primo se sentaban en el suelo y estaban varias horas inmóviles hasta que los ratones empezaban a salir de sus escondites; al principio daban carreras de reconocimiento y era muy emocionante verlos pasar con un rabo muy largo y muertos de miedo, chillando de terror; salían uno a uno y sólo cuando se confiaban lo hacían en grupo y se comían el queso y el pan que les dejaban en un plato los dos primos. En una ocasión el autor pudo contar catorce ratones en la habitación y sólo uno de ellos consintió en que el niño le acariciase el lomo un instante, y cuando quiso cogerlo el pobre animal huyó despavorido y sus hermanos hicieron otro tanto y durante una semana no volvieron a salir de sus agujeros a pesar de que se les puso doble ración de queso de tetilla. Luisito decía que estaban en sus madrigueras temblando de pánico porque los ratones lo pasan muy mal por su imaginación calenturienta y pesimista; algunos se mueren de infarto por los disgustos que se llevan, y muy pocos llegan a viejos a pesar de que son animales de buenos instintos que se ayudan en caso de necesidad y que lo único que pretenden es que el ser humano los considere como animales de compañía, como a los gatos y a los perros, y no los persiga como si fuesen alimañas. Los ratones de la casa de doña Encarnación y de don Dositeo tenían serios motivos para ser desconfiados.

Todos murieron el mismo día envenenados por doña Carmen la asistenta. Acabaron en la fosa común del cubo de la basura. El autor, que era un niño rubio y pálido, lloró por ellos hasta la hora de la merienda y cuando los abuelos no miraban les acariciaba los bigotes y las orejitas que eran como de terciopelo; los ratones aquellos se murieron con los ojos abiertos y cara de susto; parecían fusilados. "José Manuel no metas la mano en la basura que te vas a poner perdido el mandilón", dijo la abuela y el autor que era muy obediente y muy bueno se despidió de los ratones y a partir de aquella misma noche empezó a jugar con las cucarachas de Luisito, que eran más sociables y se podían llevar en el bolsillo.

Doña Encarnación y don Dositeo eran muy rezadores y piadosos pero sin saberlo eran algo priscilianistas. Hablaban de Jesucristo con fervor y con cariño pero le contaban a su nieto que don Dios vivía con los lobos y que sorbía la sopa como los pobres de solemnidad. Los abuelos contaban la misma historia pero con versiones distintas y los dos pretendían convencer al otro de que la suya era la verdadera. Eran unos viejecitos que se llevaban muy bien y que se hablaban siempre con mucha mesura y cariño pero en cuestiones de teología eran irreductibles y podían discutir incansablemente durante horas. Los dos habían nacido en Meira y como tenían la misma edad y había sido vecinos se conocían desde la cuna. Se habían enamorado cuando tenían cuatro años y todos los recordaban cogidos de la mano camino de la escuela. Jamás se habían separado y nunca habían pasado un día sin verse por eso tenían los mismos recuerdos agridulces de la infancia, los mismos miedos de la guerra y del hambre y los dos tenían en la memoria la imagen de aquel viajero extravagante -Monsieur René del París de la Francia- que a lomos de una mula llegó una tarde lluviosa a la plaza de Meira y les contó a todos los vecinos que él, de niño, había visto morir a Napoleón en Santa Elena, y que aquella casaca manchada de sangre y vómitos había pertenecido al emperador. Don Dositeo decía que el viajero francés se había cuadrado militarmente y que su actuación había concluido con un viva el emperador, pero doña Encarnación afirmaba que don René había pasado la bandeja y que después, pianito se había ido camino de Mondoñedo. Los dos contaban las mismas historias y hablaban de la misma gente, pero uno lo hacía desde la óptica de los Vilabella y la otra desde la memoria remota de los Gómez. Los dos hablaban de don Dios pero partiendo de las narraciones de distintos evangelistas. Había, no obstante, cuestiones en que ambos coincidían. En las dos historias don Justo Mellado el Anticristo moría empalado en el desierto de Terrachá y siempre el papa de Roma se llamaba don Clemente y en las dos familias a Lutero le llamaban don Eleuterio, con respeto, sí, pero sin ningún afecto. "¡Menudo pillabán era el célebre don Eleuterio!", exclamaba el abuelo cuando se cabreaba. Los abuelos discutían sobre todo por los Paradela, que según decían eran algo parientes de don Dositeo y sobre todo por Severino, que para unos era un santo varón y obispo de Mondoñedo y para la otra familia dejaba mucho que desear, pues además de malo e intrigante tenía cuatro personalidades, era como cuatro obispos metidos en la misma piel, como cuatro perversos diferentes y un solo obispo verdadero; había un Severino soberbio, otro ateo, otro cruel y otro tonto. Eran uno y cuatro y a veces eran cuatro y uno. En esas cuestiones nunca se pusieron de acuerdo y cuando el autor los conoció llevaban más de ochenta años discutiendo de lo mismo.

Doña Encarnación afirmaba que los Paradela habían muerto achicharrados y en cambio según don Dositeo los Paradela emigraron a las Américas y poblaron el nuevo mundo y gracias a ellos la vida allí era mejor y más justa. Cuando en El Progreso salía una fotografía de un señor importante que venía del Perú, don Dositeo se ponía muy contento y decía: "Mira Encarnación este señor tiene el perfil inconfundible de los Paradela, seguro que es primo mío". Pero la anciana no se dejaba convencer. "No seas terco, Dositeo, a los Paradela los mataron los porquerones de Rábade en la Iglesia de Meira; eso lo saben todos en el pueblo; pero, claro, como son de tu familia"... decía la abuela con retintín. Todas estas historias habían ocurrido en el año 1500 y pico y cuando el autor jugaba con los ratones y su primo Luisito planeaba por el salón sería alrededor del año 1944 y afuera, en la calle, la gente tenía miedo y frío y sonaban disparos a deshora, y los niños también sentían el miedo de los mayores, y el padre del autor llegaba tarde a casa porque era difícil ganarse la vida y había que trabajar mucho y sus hijos lo esperaban despiertos y lo veían llegar desde la ventana y oían el sonido de sus pasos por la calle mojada por la lluvia y creían que nadie pisaba tan fuerte como su padre, ni en toda la calle, ni en toda la ciudad de Lugo. Por aquel entonces el autor de este libro ya tenía ideas equivocadas y creía que el universo era la provincia de Lugo, que pertenecía a una familia de profetas muertos y que don Dios era un señor viejecito que vivía con los lobos a orillas del Miño, que como decían muy claramente todos los libros de geografía era mucho más largo que el Nilo, y más caudaloso que el famoso Amazonas, pues no en vano era el padre de todos los ríos.

Continuará el próximo número..

 

   

   
INDICE:   Editorial Nacional, Internacional, Entrevistas, Reportajes, Actualidad
SERVICIOS:   Suscríbete, Suscripción RSS
ESCRÍBENOS:   Publicidad, Contacta con nosotros
CONOCE FUSION:   Qué es FUSION, Han pasado por FUSION, Quince años de andadura

 
Revista Fusión.
I  Aviso Legal  I  Política de privacidad 
Última revisión: abril 07, 2011. 
FA