¿Quién era Avellaneda, el autor
del Quijote espurio; el mal poeta que se había burlado de la manquedad del glorioso
lisiado de Lepanto y le había querido robar su mejor personaje?
El técnico no se atrevió a decirlo
y escribió el nombre en un papel y se quedó anonadado. ¿A quién podía dirigirse para
descargar su alma y denunciar al ladrón? La Real Academia era un reino de taifas en el
2014; media docena de ancianos iracundos hacían la guerra- la guerra civil de las letras-
por su cuenta.
El de Avellaneda es un Quijote
fallido pero un gran Quijote, tal vez sea el más patético, el más cervantino, el mejor.
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¿DONDE ESTAS, AVELLANEDA?
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Como le querían tanto,
los cervantistas del mundo quisieron desenmascarar al pérfido Avellaneda, al canalla que
quiso robarle la gloria y los dineros a don Miguel. "¡Decapitemos al ladrón!",
gritaron las gentes cultas, exigieron los catedráticos, pidieron los poetas. La Real
Academia de la Lengua exigió para sí el honor de dirigir el proyecto y los sesudos
varones del lenguaje confeccionaron una lista de sospechosos. ¿Quién era Avellaneda, el
autor del Quijote espurio; el mal poeta que se había burlado de la manquedad del glorioso
lisiado de Lepanto y le había querido robar su mejor personaje? Unos miraron a Lope y
otros a Góngora y todos llevaron un nombre o dos ante el tribunal y les acusaron
públicamente de robo; entraron a saco en la honra de los padres y los abuelos de las
letras hispanas, la flor y nata del siglo de oro. Se desenterraron cuchillos viejos y
odios añejos y prepararon el cadalso con tiempo para cortarle la cabeza al tapado que se
ocultaba tras quinientos años de misterio. Era una inquisición de papel pero no por eso
menos cruel y avasalladora.
La lista de sospechosos estaba formada por 96 hombres de letras entre los cuales se
escondía el ladrón de honras que cinco siglos atrás habían querido despojar a un viejo
de todo su patrimonio: la gloria venidera. Se investigó a los sospechosos uno a uno, se
repasaron una y otra vez sus textos, se desandaron sus escritos, se miraron sus adjetivos,
se desnudaron sus verbos, la cadencia de sus versos y la imperfección de sus
concordancias; con lupa y mala intención se analizaron sonetos y madrigales, coplillas y
acrósticos, novelas, discursos, sermones, ensayos y obras de teatro. Con potentes
ordenadores se comparó el texto del Quijote falso con las obras completas de los
sospechosos. ¿Dónde estás Avellaneda?, gritaban los especialistas. El lenguaje es como
las huellas dactilares y deja un surco profundo por donde pasa; a las palabras no se las
lleva el viento y todos somos lo que es nuestro lenguaje. El alma es el conjunto de
vocablos que llevamos dentro y la forma en que estas palabras se echan a andar
conversación arriba y configuran el habla de cada cual, ese esqueleto en que se asientan
las razones y las pasiones y que llamamos idioma, tierra, patria, nostalgia, memoria,
tristeza, niebla, recuerdo, historia. Somos lo que es nuestro discurso.
Todos hablamos y escribimos de forma diferente y singular; hay tantas lenguas como
seres humanos, tantos idiomas como contribuyentes. Cada vez que un hombre se muere se
lleva a la tumba todas sus palabras y un idioma desaparece. Aquí se entierra a cada
parlante con su parla, a cada difunto con su sintaxis.
Excepto si el hombre deja su alma pasada a limpio y por escrito, si le dicta a un
pendolista sus temores y sus ausencias y lo hace de tal modo que las gentes adoptan sus
imágenes como propias y reconocen en sus palabras las palabras de todos. Cuando esto
ocurre el hombre está condenado a la inmortalidad porque los escritores, algunos
escritores, no se mueren nunca. ¿Dónde estás Avellaneda? gritaban los poetas. Todos
tenemos a lo largo de nuestra vida un número limitado de palabras y cada día aprendemos
unas pocas y olvidamos otras. Cada día pronunciamos palabras por última vez, decimos
adiós a compañeras de viaje y renovamos nuestro vocabulario, pero hay palabras, las
ajenas, que nunca tomaremos cuando tomemos la palabra porque son distantes y misteriosas y
no sabemos su significado. Hay gentes que se vacían a veces de palabras, que se desarman
y parecen muertos vivientes porque no tienen nada qué decir y no toman jamás la
iniciativa en las conversaciones, no saben, no contestan. El silencio es la muerte. Hay
épocas, en cambio, en que los vocabularios se amplían y las razones se ensanchan y que
el alma engorda y crece, y vale por dos o por tres por lo mucho que tiene que decir y por
lo bien que lo dice. ¿Dónde estás Avellaneda? gritaban los siervos de la gleba y todos
miraban a los técnicos de informática que cribaban el lenguaje de los sospechosos y
comprobaban la veracidad de sus coartadas. Las primeras noticias fueron esperanzadoras:
Lope de Vega era inocente. El mejor y más íntimo enemigo de don Miguel no había querido
robarle; al fénix de los ingenios le sobraban historias y personajes y desde el más
allá enviaba una enérgica protesta: él había tenido mujeres, odios, amores, amoríos,
fervores, amistades, enemigos, historias, personajes; lo único que le había faltado era
tiempo para vivir tres vidas. El Quijote, además, era una mala novela y no le interesaban
sus moralejas y con su pan se lo coman el autor y su personaje, el caballo, el caballero y
su leal escudero. Y tampoco era culpable el críptico Góngora, el poeta difícil, el
hombre enrevesado que se perdía en la complejidad de su propio laberinto. Demostraron su
inocencia Agustín de Rojas, Villamediana, Pacheco de Narváez, Juan de Mariana, Luis
Velez de Guevara, Tirso de Molina, Mateo Alemán, Mira de Amescua, Pérez de Montalbán,
Salas Barbadillo.
Se investigó a poetas y prosistas y cuando se terminó con la lista de sospechosos se
hizo una nueva y se volvió a empezar pero esta vez con talentos de menor cuantía, con
los recuelos del ingenio. Terminado el oro del siglo se continuó con la plata, el bronce,
el cobre y el hierro. Se analizó a los malos poetas del siglo de plomo; a los de la rima
plúmbea y el ripio malo. Todo resultó inútil. ¿Dónde estás, Avellaneda?, se
preguntaban sólo unos pocos al final. La investigación se redujo porque los presupuestos
menguaron; se cancelaron contratos de lingüistas, filólogos, gramáticos, expertos en
informática; se desmanteló la red de ordenadores y cuando sólo quedaba, en la enorme
sala vacía, un técnico y una máquina, una comprobación rutinaria y un pálpito de
última hora del solitario investigador desenmascaró al ladrón, desveló el misterio y
apareció el culpable. Coincidían las imágenes, las metáforas, el ritmo, el
vocabulario. No cabía ninguna duda, el culpable era... El técnico, un joven ingeniero,
no se atrevió a decirlo y escribió el nombre en un papel y se quedó anonadado. ¿A
quién podía dirigirse para descargar su alma y denunciar al ladrón? La Real Academia
era un reino de taifas en el 2014; media docena de ancianos iracundos hacían la guerra-
la guerra civil de las letras- por su cuenta. Camilo José Cela preparaba su primer
centenario y el Nobel no concedía entrevistas ni hacía prólogos; era un clásico y como
tal se comportaba y el poeta Rafael Alberti le daba la replica y arrastraba su cabellera
blanca, de dos metros, por las calles de Madrid; era, sí, un marinero de tierra, un
navegante del asfalto que hablaba desde el desprecio; Cela y Alberti capitaneaban dos
maneras de hacer literatura: uno reivindicaba el poder del acento gallego y el otro la
independencia del gaditano, la lengua de los poetas andaluces; Cela hablaba en prosa y
Alberti en verso; los dos genios se respetaban a distancia pero sus respectivos seguidores
se odiaban y llegaban a las manos y ambos grupos querían quedarse con el espíritu de don
Miguel. Umbral, que no era ni de unos ni de otros, seguía siendo el mismo: intolerante,
brillante, madrileño, solo, solitario. Umbral decía que él no era miguelista ni
cervantista, que él era el auténtico don Miguel de Cervantes, que era un Cervantes
exquisito, sin libros malos y con libros breves, sin novelas ejemplares pero con relatos
bellos llenos de malos consejos y perversas intenciones, que la literatura y la moral
discurren por caminos distintos. Gala era Gala, pero un Gala viejo y con muletas y más
Gala que nunca, un dandi cojo de las dos piernas al que llevaban en hombros su monaguillos
porque se negaba a viajar en sillita de ruedas. Era un papa o un antipapa, lo que había
sido siempre y viajaba en su silla gestatoria y bendecía a sus admiradores urbi et orbi.
Delibes, enclaustrado en una habitación del Hotel Palace y más viudo y triste que nunca,
disparaba desde la cama a las perdices y mataba a las palomas de la paz de la Plaza de
Neptuno y hacía como si le fallase la puntería y pagaba las multas que le ponían los
municipales. Las letras españolas eran un caos y el joven ingeniero no sabía a quién
confiarle su secreto y decirle donde estaba y quién era Avellaneda. ¿Y el duque de
Alba?. se preguntó a sí mismo el descubridor del misterio. El duque escribía los
mejores prólogos y los epílogos más brillantes de las letras españolas y además
presidía la Institución con la elegancia de un aristócrata consorte; con los años se
había reducido su tamaño pero no había mermado su humor caústico y agresivo; medía
apenas un metro y cuarenta centímetros y su sonrisa seguía siendo pavorosa, su lengua
acerada, su mirada penetrante, su desdén cruel. El joven ingeniero con el nombre del
culpable en el bolsillo socilitó una entrevista y al no conseguirla siguió el rastro del
duque por las diversas residencias de la Casa de Alba; esperó en Madrid, en el enorme
recibidor del Palacio de Liria, hizo guardia a pleno sol delante del palacio de Sevilla,
viajó a Marbella, voló a Barcelona. Todo resultó inútil y a pesar del reguero de notas
que iba dejando en sus viajes en que decía para qué quería verlo y que el enigma había
sido resuelto, tardó tres meses en ser recibido por el anciano aristócrata. "Venga
a verme a Benidorm", decía en una nota escueta, y lo citaba en un club nudista. Se
reunió con el director de la Academia en la orilla del mar, en pelota picada, bajo un sol
de justicia, chorreando sudor. Fue una entrevista breve e inútil. Cuando le dijo quién
era Avellaneda ni se inmutó y cambió su secreto por otro secreto a voces. "Todos lo
sabemos desde niños. Todos los escritores de España sabemos que Avellaneda es Cervantes
y que cuando se roba se roba a sí mismo y cuando se insulta y se humilla lo hace mejor
que nadie porque el hambre es la mejor consejera de los infelices. Don Miguel se insulta
porque todos le ignoran. El insulto es un halago y el plagio una forma de amor. Cervantes
lucha contra la indiferencia y la estulticia y en lugar de degradarse con el autobombo se
ennoblece con el autoinsulto. El de Avellaneda es un Quijote fallido pero un gran Quijote,
tal vez sea el más patético, el más cervantino, el mejor". El joven ingeniero
destruyó el dossier, quemó los listados y los análisis filológicos y el centro
informático fue desmantelado. Y la gente siguió preguntándole al simulador y
preguntándose a sí misma: "¿Dónde estás, Avellaneda? |