
Lo pasado, pasado está. Mi vida ha
sido como ha sido hasta estos momentos. En el futuro ya no podreis asustarme porque desde
estos momentos, para bien o para mal, voy a dirigir mi vida. He vivido mucho tiempo la
vida de los demás y jamás consentiré que esto vuelva a suceder. |
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PSICOLOGIA
Y SOCIEDAD
EL FANTASMA DEL PASADO
POR RAQUEL BUZNEGO
De niña era
maravillosa, físicamente hermosa y despierta como nadie. Sus primeros años fueron más o
menos felices, o mejor, entretenidos y activos. Vivía en un pueblo y jugaba diariamente,
muchas horas, en compañía de unos primos de su misma edad. Como la vida da sorpresas, un
día, sus amiguitos desaparecieron y jamás volvió a verlos; nadie le había dicho nada,
andando el tiempo supo que, junto a sus padres, habían emigrado a un lejano continente en
busca de mejor fortuna.
Así que lloró y lloró hasta que no pudo más. Los días pasaban tristemente y
tristemente discurrieron muchos años. Ya no tenía con quien jugar y su única compañía
era su madre, que mujer extraña, como pocas, a fuerza de tanta locura y tanta extrañeza
haría de la niña un ser profundamente traumatizado.
He aquí, que sin saber porqué y para qué, disfrutaba escondiéndose
de su hijita. Esta lloraba desconsoladamente y llamaba a su madre hasta que su voz se
quebraba y ahogaba de tanto miedo y tanta desesperación. Su madre había desaparecido,
como sus primos. Entonces aparecía la madre, como si nada hubiera ocurrido.
Un día, dejó de llamar a su madre, su voz enmudeció y era incapaz, por más que lo
intentaba, de pronunciar palabra. Desde aquel día no volvió jamás a pronunciar la
palabra "mamá".
Creció la niña en medio de un constante miedo, a todo y a todos. Su madre le contaba
extrañas historias, no debía dejarse tocar por nadie con un lápiz, en la escuela, pues
si esto ocurría podía morirse; si comía naranjas había de ser tremendamente cuidadosa
porque el mínimo trozo que tragara de piel sería un veneno que la mataría; si olía
alcohol también ponía en peligro su vida, etc.
El miedo era tan intenso que la niña llegó a comer a duras penas y enfermó, durante
todo un curso no pudo asistir a la escuela.
A los quince años decidió proseguir sus estudios, para ello, tenía
que desplazarse a la villa más cercana donde tenía la oportunidad de formarse en una
profesión, pero comenzó a sufrir ataques de ansiedad y, como quiera que desconocía lo
que le ocurría, decidió que estaba muy enferma y que en cualquier momento podía
morirse. Dejó de estudiar y de nuevo pasó muchas horas con su madre, su vida fue un puro
y duro infierno.
A los diecinueve años se casó, por circunstancias, que no recuerdo, siguió viviendo en
casa de sus padres. Ni que decir tiene que su padre no contaba para nada ya que era
constamente criticado por su madre. Cuando el pobre hombre se vio enfermo, en el hospital,
solamente deseaba que su hija le acompañara, ésta se dio cuenta de lo que para ella
significaba su padre y del daño cruel y despiadado que a todos había hecho su madre.
Demasiado tarde. A veces en la vida las cosas ocurren así, y así es como el resto de la
vida pasamos horas y horas lamentando aquello que se pudo hacer y no se hizo o aquello que
se debió decir y no se dijo.
A los treinta años la conocí, de eso hace algunos años. El problema
inmediato que me planteó fue no poder salir a la calle ya que, en el momento que se
alejaba unos metros de su casa, se producían intensos ataques de ansiedad. Había leído
en algún artículo que la terapia cognitivo-conductual disponía de técnicas que podían
ayudarle a superar el problema, así que, cansada de acudir de uno a otro psiquiatra, que
solamente le recetaban medicamentos, decidió cambiar de terapia.
Comenzamos a trabajar y comenzamos por el tema que más prisa corría ya que la
incapacitaba totalmente: la agorafobia.
Su marido se prestó a contribuir pero se cansó pronto, sin embargo ella, paso a paso,
metro a metro, fue exponiéndose a situaciones cada vez más difíciles.
La primera semana logró alejarse de su casa unos treinta metros aproximadamente, pero en
las dos o tres semanas siguientes llegó a alejarse ochocientos o mil metros. Los ataques
de pánico se produjeron, pero ella informada, como estaba, de lo que estaba ocurriendo y
de cómo debía proceder, simplemente se paraba y esperaba el cese de la crisis. Hacía
las cosas tal como yo le decía y poco a poco, sin prisa pero sin pausa llegó a dominar
el miedo. De los fantasmas del pasado nos ocupamos algo más tarde, los llamamos al
presente y les vimos las caras. Hecho esto mi clienta llegó a decirles:
-Lo pasado, pasado está. Mi vida ha sido como ha sido hasta estos momentos. En el futuro
ya no podréis asustarme porque desde estos momentos, para bien o para mal, voy a dirigir
mi vida. He vivido mucho tiempo la vida de los demás y jamás consentiré que esto vuelva
a suceder.
Le recomendé libros de autoayuda que nos ayudaron a reflexionar y a
aclarar muchos puntos oscuros. Sin duda contribuyeron de una forma bastante significativa
en su evolución.
Su madre que, en el momento en que yo la conocí, ya no vivía con ella, le reprochaba
constantemente el haberla dejado sola y le pedía que mantuvieran una estrecha relación,
pero ella había decidido mantenerse a cierta distancia y a mí me parecía saludable su
decisión. No había cortado relaciones, pero cada cual en su casa. Una madre es una
madre, pero esa madre destrozó, consciente o inconscientemente, muchos años la vida de
su hija.
Hace unos días la llamé para ver cómo le iban las cosas, al otro
lado del hilo telefónico me respondió una voz alegre. Todo marchaba bien, sus miedos y
su fobia eran agua pasada; seguía leyendo libros de autoayuda a los que se había
aficionado y tenía una autonomía que jamás había soñado.
Colgué el teléfono llena de satisfacción, aquella muchacha había cambiado mucho,
estaba viviendo su propia vida y el pasado jamás podría impedirlo.
Ya lo dice el refrán: "Nunca es tarde si la dicha es buena". |