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CONTRAPUNTO

 

 

Donde había que decir deseo de conocer más, dijeron codicia, lujuria, avaricia, egoísmo, lascivia y una retahíla de palabras malsonantes que enfadaron a Eva y la hicieron marcharse del paraíso dando un portazo. No la echaron: se largó.

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EVA
POR CAROLINA FERNANDEZ

Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quien desama: entendieron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que yo los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés. Y se lo creyeron.

Eduardo Galeano.

Sentada en el ancho alféizar de la ventana, Eva ve llover. Llueve como si el cielo se estuviese abriendo en dos y desparramase todos sus jugos sobre los mortales. Abajo, en la calle, los mortales van y vienen a toda prisa, buscando donde guarecerse del chaparrón traicionero, corriendo, huyendo siempre, escondidos detrás de paraguas de colores, chubasqueros y gabardinas, escondidos siempre. Eva observa el ajetreo que provoca el agua y piensa en el mundo. El mundo ha cambiado rápido, desde el principio de los tiempos hasta hoy. Decir el principio es estirar mucho el tiempo, pero el tiempo depende de quién lo mida. No es para tanto, qué son un manojo de siglos. Eva se codea con la eternidad. Ya puede dar todo mil vueltas, ponerse del derecho y del revés, de cara o de canto, que a ella no la engaña nadie, no señor, porque ella fue la primera, no la segunda, y conoce los secretos del mundo. Por algo es tan vieja como él. Se tratan de tú. Ya lo ven. ¿Creían que ya no estaba? Ja. Estamos hablando de una personalidad.

Eva se acomoda en la ventana. La tormenta descarga toda su magia y su enfado sobre la ciudad. Eva está a gusto. Es cómplice de los rayos y saborea con avidez cada uno de los latigazos de luz. Los dioses hablan en las tormentas y Eva, que es vieja como la tierra, ha aprendido a escuchar. También observa desde la ventana, observa y reflexiona; perdón, diré mejor que taladra con la mirada y lee en los genes de las personas su historia. Y en todos encuentra un pedazo de sí.

Ella fue la primera. Eran otros tiempos, entiéndase. Paseaba lindamente por un jardincillo cuando vio algo que que le llamó la atención. ¿Una manzana? Bueno, es una forma de decirlo. Es curioso cómo los que escriben la historia a todo tienen que darle un nombre conocido, identificable, tocable y hasta saboreable. Debe resultar familiar, para ayudar a la comprensión. Si el historiador se acababa de comer una manzana, sea pues una manzana la que pase a la historia. Pero dejemos claro que igualmente podría haber sido un melón, o una berenjena, o un par de higos, o tal vez algo menos denso, pongamos que algo no tangible, una melodía por ejemplo, un color, sensación quizá, una idea, varias ideas, un libro lleno de conocimiento, ¿existían libros?, me falla la memoria: pues conocimiento sin más. El caso es que estaba prohibido. ¿Por qué? A saber, sus razones tendrían. Todo el mundo sabe que para no perder el puesto y además subir escalones, no debes dejar que el de al lado sepa lo que tú sabes, ni que sepa lo que tú no sabes, ni que sepa que sabes lo que él no sabe, vamos, nadie se haga el sueco, es la primera lección para trepar en cualquier empresa. Las estrategias se repiten a lo largo de la historia, hay muy poco de original. Pues con artimañas y patrañas y artificios varios lograron meterle el temor en el cuerpo, no a ella, sino al otro, a Adán, que dudaba y dudaba, retorciéndose las manos y sudando de nerviosismo. Eva todavía sonríe al acordarse. Vaya críos. Le viene a la mente con la misma ternura que una travesura antigua o que un amor añejo. La prohibición lanzó la manzana, o lo que fuese, lejísimos, fuera del alcance de Adán. Pero Eva no vio la señal de stop y se lanzó a coger lo que deseaba. ¿Por qué? Porque lo deseaba. Porque era valioso. Y porque estaba prohibido. ¿Hace falta decir más?

Y le tendió a Adán su conquista, no por hacerle cómplice del agravio, sino por compartirle la novedad, con una sonrisa de oreja a oreja y la alegría sincera y nueva del descubrimiento -lo amaba, por si no se habían dado cuenta-. El la tomó agradecido, pero la culpa no perdona, y el bocado se le atragantó y llegó malamente al estómago, donde le provocó una acidez histórica que le duró siglos. Así fue. Y entonces se armó el follón. Se les echaron encima. También entonces había prensa sensacionalista, que seguramente no se llamaba prensa sensacionalista, pero valga el símil para este caso. Se tiñó de amarillo lo sucedido y se magnificó el evento, y donde había que decir deseo de conocer más, dijeron codicia, lujuria, avaricia, egoísmo, lascivia y una retahíla de palabras malsonantes que enfadaron a Eva y la hicieron marcharse del paraíso dando un portazo. No la echaron: se largó. Fue ahí cuando Adán y ella emprendieron caminos separados. Y así ha estado, recorriendo los siglos, buscando a Adán, que a su vez busca a Eva, jugando a desencontrarse, siguiendo el rastro de lo prohibido para desearlo y abrirle las puertas, y esperando que alguien le reconozca, no la infamia, sino la valentía.

 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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