Dejé para el final,
premeditadamente, la terrible historia de la amanita faloides, la más peligrosa de las
setas, el ángel exterminador de los bosques. "...Piense usted, señorita, que esta
inocente seta ha causado más muertes que ninguna otra planta del universo.
|
|

EL SAGRADO VÍNCULO DE LAS AMANITAS
POR JOSE MANUEL VILABELLA
El orden
es una de sus manías. En esta casa todo está perfectamente colocado y la muletilla de
"un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio" ha llegado a ser un slogan
agobiante, una bandera que se enarbola para la educación de propios y extraños, un lugar
común. "Matilde, eres una excelente ama de casa: ¡qué limpieza, qué ambiente más
acogedor, qué rinconcito más delicioso!", le dicen sus amigas todos los viernes, a
las cinco y media de la tarde, cuando vienen a tomar el té y a jugar a la canasta.
-Dentro de unos minutos estará preparada la comida, amor. ¿Eres tan
amable de ayudarme a poner la mesa?
-Ahora mismo, Cuchi.
Ella me llama amor y yo a ella Cuchi. Es lo que queda del naufragio de nuestras vidas, de
diez años de matrimonio, de ciento treinta meses de rutina, de quinientas semanas de
aburrimiento. Nuestro matrimonio ha sido una sucesión monótona de bostezos. En diez
años he comido quinientos cocidos madrileños, mil menestras de cordero, doscientas
cincuenta paellas de mariscos y tres mil seiscientos huevos fritos. Y cincuenta mil setas.
Setas de todas clases; desde el rebozuelo al boleto amarillo, desde la colibia de los
robles a la misteriosa foliota de piel dorada. El amor a la micología nos mantiene
unidos. Somos una pareja ligada por el sagrado vínculo del hongo; nuestras vidas están
entrelazadas por el irresistible encanto de la amanita faloides.
-¿Cómo has pasado la mañana? ¿Has tenido mucho trabajo? -me
pregunta desde la cocina, y yo no le respondo porque sé que su interés es sólo un rito,
una comedia. A Matilde no le interesa nada excepto Matilde. Se considera a sí misma como
el ombligo del mundo; como el ser más educado, fino, distinguido y cortés de la
creación. Dios hizo al mundo como una disculpa para poder hacer a Matilde. Todo fue una
coartada del Señor, un subterfugio para crear a este robot limpio, aséptico, aseado,
amable y repugnantemente perfecto. Matilde no tiene barrillos, ni patas de gallo, ni
caries, ni varices. Matilde no padece de lumbago ni de gases, ni se pone rulos en el pelo,
ni cremas hidratantes, ni fajas, ni pestañas postizas. Matilde no engorda, ni se queda
hecha una facha con el paso del tiempo. Matilde, ¡ay!, está siempre tal cual, nuevecita.
-¿A qué no sabes lo que te he preparado, amor? -me pregunta la desdichada como si
después de diez años pudiese sorprenderme con algo.
-Pues no caigo... -le contesto, aunque sé que el menú estará formado por un revuelto de
agaricus silvaticus, una ensalada de lechuga y tomate y un filete a la plancha.
"Pesada, que eres una pesada", me dan ganas de gritarle, pero, como siempre, me
contengo. Hoy comeremos revuelto de setas, porque ayer tuvimos suillus veriegatus
con bechamel y mañana tendremos tortilla de gonfideo mucoso. Es el precio del
otoño; el impuesto que hay que pagar por los largos paseos del fin de semana, por la
relativa soledad del bosque. "Tú vete por ese camino y yo iré por este otro. Nos
encontraremos aquí dentro de dos horas", le digo todos los sábados, y ella alegre y
confiada desaparece entre los pinos y no la volveré a ver hasta que, sonriendo, regrese
con una cesta repleta de coprinos, rúsulas, nízcalos y políporos. Es inútil que los
hongos se camuflen en la espesura del bosque, que las setas se disfracen de helechos y se
vista con discretos ropajes. Ella los encontrará y con sus dedos largos y huesudos los
irá capturando uno a uno; los raptará para convertirlos en guarniciones de asados, en
revueltos, en tortillas, en ensaladas...
-¡Ah, se me olvidaba! -exclama mi santa esposa- Marichu tuvo por fin
una niña monísima. Pesó tres kilos y medio.
-¡Qué alegría! Estarán encantados ¿no?
La conocí hace once años en pleno bosque. Al principio me pareció un hada, un ser
irreal, una criatura fantástica. Iba vestida con un traje camisero y se tocaba con un
sombrerito de ante color salmón. Me pareció una mujer fascinante. Sobre todo me gustó
su ignorancia y su ingenuidad simplona. "Estoy tratando de encontrar alguna
seta", dijo tímidamente. "Eso está muy bien -le contesté- aunque debe usted,
si es una mujer prudente, tener mucho cuidado con las amanitas". Ella me miró con
arrobamiento y yo aproveché el mágico momento para demostrarle mi erudición. Le hablé
largamente de la amanita panterina, de la falsa oronja, de la verna,
de la amanita muscaria. Dejé para el final, premeditadamente, la terrible historia
de la amanita faloides, la más peligrosa de las setas, el ángel exterminador de
los bosques. "...Piense usted, señorita, que esta inocente seta ha causado más
muertes que ninguna otra planta del universo. El que tiene la desdicha de probarla está
sentenciado a muerte, porque los síntomas de envenenamiento no aparecen hasta el día
siguiente de haber sido ingerida, cuando la sustancia venenosa ya ha pasado a la sangre y
no sirven de nada los vómitos y las purgas". "¡Oh, que horror!", exclamó
Matilde, y puso una cara de cretina tan encantadora, que creo que en aquel momento me
enamoré perdidamente de ella. Nuestro noviazgo duró exactamente tres meses. Fueron
noventa días de errar por los bosques, de buscar alucinados exóticos ejemplares de Craterellus
cornucopioides, de amarnos en el silencio de los pinares y robledales. La vida del
micólogo es siempre solitaria; el ciudadano de a pie no nos comprende; somos seres
estrafalarios e inclasificables que tenemos algo de gastrónomos ansiosos, de científicos
sin porvenir, de brujos, de vagabundos. En Matilde había encontrado, al fin, mi media
naranja. Escuchaba embelesada la descripción de las características de la Macrolepita
procera y se ruborizaba como una virgen cuando mencioné de pasada al "falo
hediendo" y al "cuesco de lobo". Perdone usted mi impertinencia -le dije
contrito- pero esas denominaciones tan ordinarias son los nombres vulgares por los cuales
se conoce a dos hongos de formas caprichosas".
Cuando seis meses después pude comprobar que Matilde sabía mucho más que yo del mundo
de las setas -¡hasta latines decía la muy desgraciada!- era demasiado tarde para anular
el matrimonio. Fue una seducción en pleno bosque; una violación con premeditación y
alevosía; un engaño científicamente proyectado.
-Creo que a Jacinto lo van a trasladar a la Central. ¿Horrible,
verdad? No le dejan opción: A Madrid o a la calle.
-Ah! -le contesto, porque sus historias me cansan, su parloteo me levanta dolor de cabeza.
En la comedia de la felicidad ella representa el papel del protagonista y tiene la
obligación de recitar todo el parlamento. Yo sólo soy un personaje secundario, que
contesta con un "¡Ah!", un "tal vez", un "bueno" y en caso
de necesidad uno queda muy ricamente con un "¡no me digas!".
-Mi madre escribió. Te manda un beso...
A los dos años justo de matrimonio se me ocurrió la idea de matarla. Fue un pensamiento
fugaz, repentino. Matarla, liberarme, volver a la soledad, al desorden, a la anarquía, al
delicioso aburrimiento de los fines de semana, a las partidas de póquer con los amigos, a
la resaca de los lunes. Matarla. No quiero que se muera, no. Quiero matarla; quiero ser el
responsable de su muerte; el que le de el empujoncito; el que le facilite la morcilla, el
matarile. LLevo nueve años pensando, proyectando, analizando. Por supuesto, soy
incapaz de utilizar la violencia física. El puñal, el revólver o el martillazo en la
nuca me horrorizan. Nada de sangre, que uno es un caballero, un ser sensible. La amanita
faloides es la mejor solución; la más aséptica. Pero, ¿qué ocurrirá con nuestros
ahorros, con el piso y el chalet de Benidor? Se lo llevarán sus sobrinos. El cincuenta
por ciento de nuestros bienes irán a parar a las manos de esos indecentes pasotas; habré
trabajado duramente seis meses al año para financiar porros y viajes a la India. Ni
hablar. "Cuchi, ¿qué te parece si hacemos un seguro de vida a dos cabezas?",
le pregunté un día sin darle importancia. Ella sólo contestó: "Bueno..."
Dejé pasar el tiempo porque el que quiera cometer un crimen perfecto tiene que tener
paciencia. La precipitación es el principal enemigo de los asesinos, aunque matar a
Matilde no es un crimen, es un acto de justicia, la corrección de un error de la
naturaleza.
A los cuatro años de vida en común hicimos testamento, "por lo que pueda pasar, que
una desgracia ocurre en las mejores familias y no quiero que tengas problemas el día de
mañana" y siguiendo los consejos del Notario ella testó a mi favor y yo al suyo.
-Me llamó Purita para preguntarme si podíamos cenar con ellos el
sábado. No le dije que sí porque sé que no te cae bien su marido. ¿Qué te parece?...
¿Vamos?
-Lo que tú quieras, Cuchi; aunque pensándolo bien casi me apetece más que vayamos al
bosque a recoger setas. Estamos en plena temporada.
¿Y si lo hago la próxima semana? Ya nadie puede sospechar. Somos un matrimonio
aparentemente feliz, bien avenido. Todos los otoños ocurren desgracias entre los
micólogos. Un despiste y ¡paf!, al otro mundo. Mentalmente verifico todos los pasos que
hay que dar: Recolectar dos buenos ejemplares de amanita faloides; recoger todas las Tricholoma
flavovirens que pueda, pues "la seta de los caballeros" es la más parecida
a la amanita, y, en el hornillo del despacho, preparar un revuelto. No necesito mucha
cantidad; solamente lo imprescindible. Lo pondré a un lado de la fuente del revuelto que
ella haya preparado y procuraré que se sirva una generosa cantidad. Veré complacido como
ingiere la mezcla mortal y le sonreiré con ternura. Después tendré que esperar
veinticuatro horas porque los buenos venenos son lentos. La haré feliz el último día;
la llevaré a bailar, al teatro; le regalaré flores y por la noche haremos el amor
apasionadamente. Dicen los filósofos que un ingrediente de la pasión es la muerte. Los
romanos cultos copulaban antes de morir. Después... el principio del fin. Sudores fríos,
nauseas, mareos. "¿Qué te pasa, Matilde? No me intranquilices, amor mío". Una
llamada a la Clínica de urgencias; la ambulancia de sirena estridente que se la lleva; la
larga espera y la cara contrita del médico: "Lo siento, pero no podemos hacer nada.
Hemos llegado demasiado tarde: el veneno está en la sangre. Su mujer está
agonizando". Tendré que llorar, sí, tendré que llorar. Me retorceré las manos en
un gesto de impotencia y en el último momento pediré permiso para estar a su lado.
"Ya no puede hablar -me dirá la enfermera- el fin está cerca". Ella me mirará
con terror; me apretará la mano: "no quiero morir, no quiero morir!, leeré en sus
ojos desorbitados. "Tranquilízate, Cuchi; yo estoy a tu lado, le diré para que la
enfermera compruebe lo mucho que nos queremos y cuando estemos solos sonreiré
triunfalmente y si estoy de humor le diré muy bajito lo pesada que es, lo mucho que la
odio y lo insoportables que me han resultado estos once años de vida en común. Matilde
comprenderá en el último momento y se irá al otro mundo con un regusto amargo en la
boca. "Adiós Cuchi, te perdono de todo corazón porque no soy rencoroso, pero te
recomiendo que en el más allá no seas tan pesada y no les des la lata a los santos, ni a
los bienaventurados, ni a los ángeles, ni a los arcángeles. Respeta al pobre San Pedro,
que es un señor muy mayor, y déjalo, por favor, dormir tranquilo el sueño eterno.
-¿Por qué sonríes así? ¿Te acuerdas de algo gracioso? Cuéntalo
anda...
La pobrecita no se entera de nada. Llevo nueve años proyectando su muerte y ella en las
nubes. ¿Tendré alguna vez el valor de ejecutar mi plan? Lo dudo. La madurez está basada
en la renuncia; con los años se dejan atrás definitivamente sueños y deseos. La rutina
nos amordaza y el odio y las zapatillas de felpa nos impiden salir de noche. Con el
escepticismo, llega la televisión, el whisky con hielo y "los grandes relatos".
Mañana, sin avisar, vendrá la calvicie, el estar fatal de la vesícula, el cobrar los
trienios, el no comprender la forma de vivir de los sobrinos, el ser de derechas...
-¿Quieres que te sirva el café en el salón?
-Bueno.
Primero fue un sudor frío e inmediatamente después llegaron las
náuseas. Una mano invisible me contrajo el estómago y un violento dolor de cabeza
impidió que me levantase del sillón y que pidiese auxilio. En un momento de lucidez
pensé: "Me estoy muriendo" y antes de caer de bruces tuve fuerzas para pedir
socorro: "Matilde, Matilde"
-¿Qué te pasa, amor? ¿Qué te ocurre? ¡No me asustes!
Entre nubes y estrellitas de colores vi su rostro demudado por el terror. Estaba
preocupada, pálida. Por primera vez noté unas minúsculas arrugas en torno a sus labios.
Ella también podía envejecer. En un instante recordé un viejo silogismo, una canción
de infancia, un poema de Machado -de Manuel, que le vamos a hacer- un anuncio por palabras
y la marca de un detergente. Cuando alguien cantó por el patio de luces: "Yo soy
aquel negrito del Africa tropical que mientras trabaja canta la canción del Cola-Cao, me
dejé llevar por la flacidez y el sopor. Si hubiese podido hablar, si no me hubiesen
abandonado ya las fuerzas, les habría dicho a los enfermeros: "No os apureis; no
hagais nada, las amanitas no perdonan", pero ellos cumpliendo con su deber me
introdujeron unas gomas por la boca y me zarandearon inclementes. Un médico me dio unos
cachetitos en la cara para tratar de reanimarme y al comprobar que yo no abría los ojos
me propinó dos fuertes bofetadas: "¡Caray!...", exclamé indignado. Un momento
antes de morir abrí los ojos. Estaban todos allí; expectantes, preocupados, solícitos,
estéticos. Matilde se acercó enjugándose las lágrimas y yo la miré con curiosidad
para tratar de desentrañar el misterio, para quedarme tranquilo y descansar en paz como
un señor, y allí, efectivamente, en el fondo de sus ojos, percibí, revoloteando como
una mariposa de brillantes colores, una chispa de ironía, de inteligencia, y me confesé
a mí mismo que Matilde era una mujer hermosa, ahora que, con las primeras canas del
otoño, se adornaba con el gesto burlón de los verdugos. |