arecer de autoestima
significa una mayor probabilidad de fracaso en varios ámbitos de la vida y, lo que es
peor, creerse inferior a los otros, indigno de cualquier cosa y hasta sentirse culpable
por ser incapaz de afrontar varios problemas y situaciones.
Autoestima, tal como la palabra indica, significa estimarse a sí
mismo, valorarse, apreciarse y aceptarse, lo cual da lugar, sin duda ninguna, a un mayor
bienestar personal y social.
Cuando la autoestima es baja la persona se siente constantemente
amenazada y cualquier situación de la vida cotidiana se puede convertir en un peligro
para su equilibrio psicológico. Su monólogo es negativo y las frases que se dice a sí
mismo son descalificadoras: no valgo, soy poco interesante, si hablo meteré la pata, no
estoy a la altura de los demás, etc.
La persona, presa de estos pensamientos, y otros similares, no tiene ni
un resquicio de tiempo para meter baza en las conversaciones y si lo hace, de forma
tímida, no es más que para, posteriormente, mortificarse diciéndose que lo que ha dicho
es una estupidez que a nadie debía interesar.
Debería ser mejor, debería hablar mejor, debería saber más; son la
consecuencia que sigue a cualquier actuación y que lógicamente antecede a la siguiente,
de manera que su vida se convierte en un círculo vicioso y penoso que cada vez incrementa
más su desvaloración y su falta de implicación en cualquier actividad.
No sorprende, por tanto, que termine la persona que así piensa de sí
misma, abocada a la preocupación constante, a la ansiedad y a la depresión.
¿Cómo se gesta una autovaloración negativa?
A veces, desde la propia infancia, aunque sin duda ninguna es algo que
se va perfilando y construyendo durante toda la vida.
El niño construye su valoración a través de las valoraciones que los
demás hacen de él, de los padres, de los profesores y de sus amigos. Si esta valoración
es negativa su percepción será negativa y se habrá puesto el primer ladrillo de la
personalidad de forma poco o nada constructiva.
En la adolescencia, disminuye, que no desaparece, la importancia de la
valoración de los padres y maestros y se incrementa la importancia de las valoraciones
que hagan el grupo de iguales, la pandilla y los compañeros de clase.
Hay, en esta etapa, un progresivo aumento de la autonomía pero los
padres aún siguen desarrollando un papel tremendamente crucial en esta época de la vida,
es por ello que sigue siendo necesario prestarle al adolescente todo tipo de apoyo, hay
que reforzar todas aquellas conductas y actitudes positivas. El interés por sus cosas, la
aceptación como persona singular, sin comparaciones, y la aprobación, son el antídoto
por excelencia para la baja autoestima.
En la edad adulta la valoración de la persona, depende más de sí
misma, de sus propias creencias que de la valoración de los demás.
No es raro, sin embargo, encontrar a no pocas personas que hablan,
actúan y se comportan en función de lo que los demás esperan de ellas, tratan de
engañar a los demás en la tesitura de gustar más, la deseabilidad social, y sin embargo
las únicas engañadas son ellas mismas.
Si, en esta edad, o en cualquier edad, la persona se siente algo o muy
identificada con lo que aquí se ha descrito nunca es tarde para comenzar a trabajar en
una autovaloración más provechosa.
¿Cómo comenzar?
-Reformular el diálogo interior, el que cada persona sostiene consigo
misma. Si este diálogo es derrotista y negativo así será la conducta, una conducta
desvalida y mutilada por los complejos y las incapacidades.
-Identificar los miedos. El miedo incapacita y paraliza, y sin embargo
la mayoría son totalmente irracionales. Hay que conocer qué miedos son los que nos
controlan, clarificarlos y enfrentarse a ellos de forma progresiva. No se trata de
erradicar las emociones negativas, se trata de observarlas y aceptarlas porque tal como se
han aprendido irán desaprendiéndose.
-Erradicar la culpa. Si algo no se hizo bien o no se afrontó bien,
hecho está; se hizo tal como se supo y se pudo en el momento en que ocurrió. Pudo ser
triste y doloroso pero la tristeza y el dolor no van a cambiar las cosas. Hay que aprender
de los fracasos, puede parecer utópico pero no queda otro remedio, pongámonos como nos
pongamos.
-No esperar constantemente un golpe bajo. Hay mucha gente que siempre
está a la defensiva, siempre pensando y esperando que cualquiera la va a traicionar, a
engañar, a criticar. En la sociedad en que vivimos individualista, competitiva y
materialista, puede que esto ocurra muchas veces, pero si así pensamos constantemente nos
cerramos a la posibilidad de conocer gente nueva y gente buena, que está en cualquier
parte y puede aparecer en cualquier momento.
-Olvidarse de la perfección absoluta. No existe y si la buscamos
constantemente estamos abocados a ser unos neuróticos perdidos en pro y en busca de algo
que jamás encontraremos.
-No dejarse inmovilizar por el pasado. El pasado forma, sin duda, parte
de nuestra vida y contribuye a conformar lo que hoy somos y sabemos pero ha pasado, para
bien o para mal y, por tanto, no es posible cambiarlo pero sí podemos cambiar nuestra
actitud, nuestra interpretación y nuestra forma de pensar en el presente y para el
futuro.
-Cuidarse físicamente, es necesario para sentirse mejor y para estar
mejor. La salud física influye en nuestras emociones pero el percibir una imagen cuidada
también proporciona bienestar psíquico.
Si no te valoras suficientemente pon en funcionamiento éstas y cuantas
estrategias se te ocurran, porque como dijo Henry Ford: "Tanto si piensas que puedes
como si piensas que no puedes, de cualquier modo estás en lo cierto".
No lo olvides, cambiará tu vida.