
Fueron años generosos con nosotros. Todo el
planeta estaba sembrado de pequeños brotes de violencia que, convenientemente alimentados
para evitar que se apagasen, mantenían nuestro negocio con una salud envidiable... hasta
que nos dimos cuenta de nuestro error. |
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MALA HIERBA
POR CAROLINA FERNANDEZ
B ueno, verá, la verdad
es que me coge un poco de sorpresa, pero procuraré prestarle toda la ayuda posible.
¿Quiere que le sirva algo? Yo tomaré un brandy. Se lo recomiendo. Créame, a mi edad
puedo permitirme muy pocos placeres, y este es uno de los que conservo. Pero no quiero
hacerle perder el tiempo con tonterías de anciano. Me pide que retroceda en el tiempo
hasta una época que, le digo la verdad, hace tiempo que no rememoraba. Pero su franqueza
me ha sorprendido gratamente, de modo que le haré el favor con mucho gusto. He de
decirle, no sin orgullo, que a mis 99 años recién cumplidos, conservo una memoria
nítida como un espejo, así que espero responder ágilmente y sin dificultad a sus
preguntas. ¿Seguro que no quiere probar este brebaje de los dioses? Me gusta usted, un
hombre no debe echarse atrás en sus decisiones, es síntoma de debilidad. Tómelo como un
consejo, joven, a mí no me ha ido mal. Pero dígame, dígame, me hablaba de un trabajo de
investigación. Así que es usted historiador, una de esas ratas de biblioteca que hurgan
en el pasado para revolver la porquería. Creía que ya no había de eso. No, amigo mío,
no se lo tome a mal, siempre he considerado las humanidades como el colmo de la
inutilidad, y no querría parecer un hipócrita delante de usted, eso es todo. Continúe,
es un tema interesante. Sí, efectivamente. La última década del siglo XX yo era un
joven ambicioso, inteligente, agresivo y dotado de una envidiable intuición para las
finanzas. No lo entienda como petulancia: es la realidad. No me ruboriza reconocer mis
cualidades. A mediados de los 90, unas desgraciadas circunstancias familiares que no le
voy a detallar, me brindaron la oportunidad de ponerme al frente de lo que ya se había
consolidado como uno de los imperios económicos más importantes del planeta. Tenía 30
años. Imagínese. No tengo ningún problema en decírselo: mi familia se dedicaba desde
los años 40 al comercio de armas. Desde la Segunda Guerra Mundial en adelante
suministramos armas a todos los gobiernos del mundo, a todos los bandos. Teníamos el
monopolio, el mercado era nuestro. Qué tiempos. Créame, la gente siempre está dispuesta
a matar a su vecino, sólo es cuestión de motivación. ¿Cómo? Bueno... yo no lo diría
así, pero es cierto que pasamos épocas de relativa calma en las que hubo que, digamos,
sugerir a algún gobierno que motivase, en el sentido que antes le comentaba, a sus
ciudadanos. Nuestras sugerencias solían ser bien recibidas, porque iban acompañadas de
importantes inyecciones de capital que difícilmente podían ser rechazadas. Comprenderá
que no tengo ninguna necesidad de exagerar: éramos generosos en nuestras ofertas. Soy
consciente de que tuvimos una gran influencia en la política internacional de la segunda
mitad del siglo, pero no se confunda, nosotros no creábamos los conflictos. No éramos
políticos, sino comerciantes, fenicios, ¿entiende? Un oficio honorable. Sólo
aconsejábamos qué pasos dar para ayudar a la supervivencia del sistema. Nos veíamos
moralmente obligados a intervenir para reestablecer el equilibrio. ¿Qué hubiera sido del
mundo sin nosotros? La anarquía, téngalo por seguro. El barco se hubiera hundido
irremisiblemente. De acuerdo, las víctimas, miles, millones de víctimas inocentes.
Conozco el argumento. ¿Qué quiere que le cuente? Digamos que eran consideradas como
daños circunstanciales. Inevitables. ¿Confesar? Es usted muy joven, amigo mío, joven e
insolente. Discúlpeme, yo no confieso nada. Yo soy un hombre de negocios. Si me
preguntan, respondo o no respondo. Usted me ha preguntado. Nadie me había preguntado
antes. Yo sólo sacio su curiosidad. Puedo permitírmelo. En fin, es una conversación muy
amena, ¿desea saber algo más? Bien, efectivamente, fueron años generosos con nosotros.
Todo el planeta estaba sembrado de pequeños brotes de violencia que, convenientemente
alimentados para evitar que se apagasen, mantenían nuestro negocio con una salud
envidiable... hasta que nos dimos cuenta de nuestro error. Sí, efectivamente, cometimos
un error gravísimo. Un error estúpido, vergonzoso. Un error de principiante. Un error
del que todavía me sonroja hablar. Nos traicionó nuestro propio afán de superación. La
tecnología nos pasó la factura. En los años anteriores al cambio de siglo habíamos
dado un salto de gigante. Nuestros productos cada vez eran más sofisticados, más
específicos, más selectivos, más eficaces. En 1999 habíamos logrado colocar en cada
una de las balas que salían de nuestras fábricas un minúsculo microchip que nos
permitía saber a qué lote de fabricación pertenecía, quién, cuándo y dónde la
compró, y hasta el nombre del operario que la manipuló en la cadena de montaje. Con un
código específico podíamos localizarla vía satélite e incluso inutilizarla por
control remoto si el comprador no pagaba sus facturas. De lujo, lo sé. Pero nadie se dio
cuenta de que el cambio de siglo iba a poner en peligro nuestra industria. El maldito
Efecto 2.000, ya sabe. Nos encontramos con que todas nuestras armas, todas, hasta la
última granada, tenían fecha de caducidad. ¿Se lo imagina? Como un vulgar yogur. Se
volverán locas, nos auguraban nuestros expertos, no funcionarán. Un trabajo exquisito al
borde del cubo de la basura. La ruina. El apocalipsis. Era impensable plantearse la
reprogramación. Carísimo. Hubo que poner en marcha operaciones desesperadas para dar
salida a todo el stock que inundaba nuestros almacenes y salvar la empresa. De repente,
esas joyas de la tecnología que cuidábamos con mimo, esas preciosidades letales se
convirtieron en armatostes inservibles, cachivaches molestos de los que había que
deshacerse cuanto antes. Eso provocó una actividad frenética a nivel internacional. Lo
sabe, es historiador. El último año del siglo fue especialmente intenso. Naturalmente
hubo precios de saldo, vulgares rebajas, todo al 50%, dos al precio de una, lleve cuatro
pague tres. No lo logramos. No conseguimos remontar. No pudimos salvarnos de una
estrepitosa y definitiva caída. C'est fini. Se acabó la industria armamentística. Nadie
se atrevió a coger el testigo. Es una pena, no crea, era un buen negocio, pero demasiado
arriesgado. En fin, y aquí estoy, a punto de cumplir un siglo contándole mis recuerdos a
un joven demasiado impresionable. ¿Desea algo más? Cuando usted guste. Yo tengo toda la
eternidad. Deje, le acompaño a la puerta. No es tan fácil salir de aquí sin un guía.
Hay buenos guardianes en el infierno... ? |