iéntese,
por favor- le dije al escritor de cuentos fantásticos mientras le indicaba con un gesto
la silla de las visitas, esa que algunos autores conocen con el nombre de "el potro
de los tormentos". -Dígame lo que desea y si es posible sea usted breve.
El escritor no pronunció una sola palabra y de una ajada cartera de
negocios extrajo unos recortes de prensa. Le miré por primera vez. Era un hombrecillo
insignificante: calvo, carirredondo, miope, vulgar...
-Le he traído unos relatos escritos por mí, para ver si es posible
publicarlos en forma de libro. Son unos cuentos...
"Es un pesado, un poeta, un loco", me dije para mi coleto.
"Es necesario ser muy insensato para pensar que pueda haber un editor en el país que
se atreva a publicar un libro de cuentos". Como soy un hombre pragmático y no me
gusta perder el tiempo inútilmente decidí decapitar sus sueños de gloria de un solo
tajo; quitarle todas las esperanzas de una vez para eliminarlo definitivamente del mundo
literario. Lo hice por su bien, porque en España lo que sobran son escritores de tercera
fila.
-Amigo mio, se nota que su ignorancia sobre el mundo editorial es
verdaderamente enciclopédica. Actualmente no interesa la literatura. La poesía no la lee
nadie, la novela es un género caduco y los cuentos hace muchos años que no se publican
por la sencilla razón de que han dejado de venderse. Un libro de cuentos no tendría
aceptación; es un producto que nadie quiere. Hoy lo que priva es el sexo, la violencia,
la política, la corrupción, el insulto personal, el levantar falsos testimonios.
El visitante no se dio por vencido.
-Estoy de acuerdo con usted, señor Lera. Hay géneros literarios que
han pasado a la historia, pero, no obstante, estos cuentos son especiales porque palpitan,
laten, están vivos...
-¿Vivos?
-Sí. Como usted ve han sido publicados en diversos periódicos. Han
sido titulados como si se tratase de noticias. El lector no sabrá nunca si lo que tiene
en sus manos es una verdad con aire de cuento o se trata de una elucubración literaria
disfrazada de actualidad.
Me hizo gracia su desvergüenza. Aquel hombrecillo ponía entusiasmo a
la hora de vender sus productos.
-¿Son, acaso, algo así como una tomadura de pelo; una inocentada?
-No, no, en absoluto. Un servidor tiene demasiado respeto al público.
He distorsionado la vida, estirado la verdad, injertado las noticias con fantasía. He
cortado, añadido, falseado, cambiado, sustituido, pero los hechos siguen palpitando en
los relatos. Todos ellos son, en cierto modo, auténticos, verdaderos.
De la mesa fui tomando una serie de recortes de periódico. "El
Sagrado vínculo de las amanitas", "Icaro", "El Eco". Uno de los
cuentos me llamó especialmente la atención: "El día que matamos a Kennedy".
-¿Qué me dice usted de este relato? ¿Es auténtico?
El escritor de cuentos se quedó repentinamente serio. Adquirió un
aire de preocupación que llegó a interesarme.
-Sí. Este relato es verídico. Los restantes solamente lo son a
medias. La literatura tiene que ser un complemento de la realidad. La ficción debe llenar
el vacío de la vida, pero cuando ésta es fantástica e increible es mejor dejarla como
está. No retocarla.
Leí de un tirón "El día que matamos a Kennedy", y a pesar
de que no suelo asombrarme ante los originales, porque entonces los escritores tienen la
desvergüenza de envalentonarse y pedir un anticipo sobre los derechos de autor, no pude
evitar el decir una palabrota malsonante.
-¡Cáspita!, exclamé como un ordinario gañán.
El escritor de cuentos fantásticos sonrió complacido, aunque en el
fondo de sus ojos, concretamente de su ojo izquierdo, advertí un destello de temor.
-Tengo que confesarle, señor Lera, que la serie de cuentos que he
publicado fue en realidad una cortina de humo para poder editar ese que usted tiene en sus
manos. "El día que matamos a Kennedy" es una versión rigurosamente auténtica
de la muerte del presidente americano. Yo sé quién mató a Kennedy, y lo que es más
importante, sé porqué lo mataron.
Comprendí, pues no en vano soy un editor de éxito desde hace más de
quince años, que estaba ante un auténtico best-seller. Aquel hombre decía la verdad.
-Procedamos por orden- dije sin aparentar el menor interés-. Empecemos
por el principio: ¿Por qué no escribió antes esta historia?
El escritor de cuentos fantásticos se empequeñeció un poco más, se
acurrucó en el sillón y con un hilillo de voz me confesó:
-Tuve miedo. Un miedo tremendo, espantoso. Todos los testigos han
muerto. Han sido asesinados. A uno lo atropelló un coche, otro se ahogó en un lago
canadiense, el tercer responsable falleció en el quirófano como consecuencia de una
operación de fimosis, y el cuarto hombre, mi hermano Sebastián, dejó de existir en un
sospechoso accidente de tráfico. Yo y el auténtico cerebro del asesinato de Kennedy
somos los únicos que sabemos la verdad.
Mi interlocutor estaba aterrorizado. Temblaba de pavor. Intenté
tranquilizarle.
-¿Por qué no se calla lo que sabe sobre este asunto y vive seguro el
resto de su vida?
El hombrecillo se rebeló. Todavía tenía coraje.
-Creo que no tengo derecho. El ser humano es contradictorio. Quiero
decirlo todo, pero sin arriesgarme. Hablar sin perder la seguridad. En pocas palabras,
señor Lera, quiero nadar y guardar la ropa, porque aunque no soy un cobarde integral,
tampoco tengo madera de héroe. Si es posible me gustaría dejar la verdad escrita en
clave. Que descubran ellos: los de las generaciones venideras.
Aquella historia me pareció apasionante. Estaba cautivado por las
palabras entrecortadas de mi interlocutor.
-Continuemos -dije precipitadamente-. Afirma usted en este escrito que
los auténticos ejecutores de Kennedy fueron cuatro bolivianos, compañeros de trabajo de
Oswald. ¿Cómo tuvo usted acceso a esta información?
-Me lo confesó mi hermano después de morir...
-¿...?
-O mejor dicho, al revisar los libros, papeles, documentos y objetos
diversos que me enviaron las autoridades americanas, pues Sebastián falleció en Nueva
York, me encontré con una cinta magnetofónica en la que mi hermano me contaba lo que
sabía del caso: él fue el que puso en contacto a "B" con "D". O sea,
señor Lera, no tengo más remedio que confesar, aunque eso sea una vergüenza para la
familia, que mi hermano era "C".
No supe que contestarle. Por un momento creí que el escritor de
cuentos más fantástico había perdido el juicio.
-En las confabulaciones, señor Lera, lo importante es la seguridad. El
control. Nadie debe de estar enterado de todo y todos deben de ser culpables de algo,
porque un inocente es mucho más peligroso que un culpable. No hay nada que hermane más a
los hombres que la complicidad. La sangre, la sangre del prójimo, es un vínculo
indestructible. En ese principio se basa el éxito de la Mafia, de los clanes políticos,
de los buenos negocios. La complicidad es el motor de la Historia escrita con mayúscula.
Gracias a la complicidad el mundo progresa.
El narrador, consciente del interés que despertaban sus palabras, hizo
una pausa y con parsimonia encendió un cigarrillo.
-El matar a un presidente es un arte, y un arte difícil. Es una labor
de expertos. Se trabaja en cadena como en la fabricación de automóviles. En Europa
matamos a los reyes y a los hombres públicos por cuestiones políticas, porque a los
europeos, ¡ay! nos pierde la ideología, eso que llaman ideales, y en cambio los
americanos, que son los seres más pragmáticos del planeta, lo hacen todo por motivos
económicos. En todas las confabulaciones USA hay siempre cuatro grupos que tienen un
interés común, pero que no se conocen entre sí. "A" es el que paga,
"B" el que organiza, "C" el que sirve de correo, de vehículo de
comunicación y "D" el que ejecuta. Mi hermano era "C". Su misión
consistía en pasar las instrucciones de "B" a "D". Conocía a los
verdugos, pero ignoraba totalmente quiénes organizaron el atentado y quiénes lo
financiaron.
-¿Y Oswald? ¿Quién era Oswald?
-Oswald era "E". El primo, el cabeza de turco, el hombre de
paja. Se le habló de política, de ideales. Se le convenció. Oswald era un pobre
muchacho. El 22 de noviembre de 1963 él disparó, efectivamente, desde el almacén de
libros contra el cráneo del presidente, pero simultáneamente otros tiradores hacían lo
mismo. El sistema funcionó de acuerdo a los planes previstos. Oswald murió a las pocas
horas y el resto de los implicados recibieron puntualmente sus honorarios, porque los
americanos son muy serios para los negocios.
El escritor de cuentos fantásticos continuó con su fabulosa historia.
Las gotas de sudor le caían por la frente. Estaba nervioso y atemorizado porque era el
único depositario de un secreto explosivo, mortífero. Le animé a que continuase su
relato.
-Confíe en mí, querido amigo. Publicaremos un libro en donde se
descubra toda la verdad y esa será su salvación. El día que todo el mundo sepa lo que
usted conoce eliminarlo a usted sería mucho peor que un error, sería una tontería.
Será necesario que se libere de todo lo que sabe. Que los nombres, fechas, lugares y
circunstancias que hacen de la muerte de Kennedy el misterio mejor guardado de la historia
contemporánea, se divulguen a los cuatro vientos. La información es lo único que le
puede salvar la vida. Es necesario que estalle la verdad.
Advertí en los ojos del narrador, concretamente en el derecho, el
brillo característico del hombre que confía en la vida. Ya no era un animalillo
acorralado. Se había convertido en un escritor que estaba a punto de conseguir un gran
éxito.
-Cuando mi hermano Sebastián se percató de que los protagonistas del
caso Kennedy estaban siendo sistemáticamente asesinados, empezó a investigar por su
cuenta. Naturalmente, no podía contar con la colaboración de la policía, porque él era
uno de los implicados en la confabulación, pero la soledad ante el peligro no le hizo
renunciar. Intentó localizar a "B" pero todos sus intentos resultaron
inútiles. Mi hermano no conocía a "B". Nunca lo había visto. Los contactos
que mantuvo con él fueron a través de llamadas telefónicas y de textos en clave
publicados en el "New York Times". Insertó anuncios solicitando nuevos
contactos. "¿Dónde estás "B"?", preguntaba desde las columnas de
media docena de periódicos. "¿Dónde estás "B"?", gritaba
angustiado en la jungla de papel de los anuncios por palabras. Nunca recibió respuesta. A
"B" se lo había tragado la tierra.
Continuará el próximo número..