
Por los síntomas se podía intuir y
digo intuir, no saber con certeza, que nos hallábamos en el buen camino. Pero he aquí
que cuando sus familiares se dieron cuenta de que podía hacer algunas cosas decidieron
que podía hacer otras, y comenzó la catástrofe. |
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PSICOLOGIA
Y SOCIEDAD
UN CASO SIN RESOLVER
POR RAQUEL BUZNEGO
Hace algún tiempo recibí en mi consulta a una joven con un cuadro
depresivo muy arraigado. En su segunda visita temí que no pudiera hacer nada; en la
tercera atisbé un rayo de luz; en las siguientes sentí pena e impotencia ya que, como en
la segunda, algo me decía que las cosas progresarían mal.
La chica había tenido una infancia y adolescencia difíciles. En años tan cruciales de
su vida su madre era alcohólica (actualmente ha logrado vencer esa adicción) y su padre,
incapaz de hacer otra cosa que criticar a su mujer, depositaba en la niña un cariño
total. Ella fue la preferida entre los demás hijos, y ella no perdió la oportunidad de
aprovechar el caos de la situación para hacer lo que le venía en gana, llegando incluso
a pegar a su madre.
En este contexto creció la niña sin más norte que el "libre albedrío", sin
que nadie la enseñara, sin que nadie le pusiera o impusiera normas y sin que nadie la
motivara a formarse para afrontar la vida adulta. Tenía complejos, muchos, estudiaba mal
o más bien nada, se sentía inferior a sus compañeros y empleaba el tiempo en leer
novelas de amor y soñar con un futuro mejor.
Se casó joven y creyó que el matrimonio le proporcionaría la felicidad total, la de las
novelas, aquella que no tuvo jamás. Su marido, una buena persona, paciente y tolerante,
procuró ofrecerle una vida positiva, un proyecto común; pero las cosas que andan mal con
uno mismo tiene que solucionarlas uno mismo, aunque las circunstancias positivas ayudan
¿quién lo duda? Y como no fue así la pobre chica se vino abajo, creyendo que la vida no
le deparaba lo que tanto anhelaba.
Tuvo un hijo y sufrió depresión post-parto. Como quiera que, hasta pasado el tiempo, no
supo lo que le ocurría, no hubo solución y las cosas rodaron de mal en peor. De eso hace
ya alrededor de siete años.
Hace unos años comenzó a preocuparse, y empezó a peregrinar por distintos profesionales
sin resultado alguno. Uno de estos profesionales le recomendó mi consulta y así nos
conocimos. Cuando me llega uno de estos casos, me pongo a temblar, es un decir, puesto que
aunque no quiero sospechar, sospecho que el cliente busca milagros, y como no los
encuentra abandona de forma precoz cualquier terapia.
La chica no salía de casa, no llevaba el niño al colegio y se pasaba la mayor parte del
día sufriendo por lo que no sabía hacer, por tener un hijo al que no sabía cuidar, por
tener el pelo que no le gustaba, por tener poca formación, por todo.
Como por las tardes se encontraba anímicamente mejor que por las mañanas decidí
comenzar por ahí. Con la ayuda de su marido, habría de salir tres días a la semana a
caminar. Mi intención, como primer paso, era movilizar el organismo y ver qué ocurría,
luego se vería cómo continuar y qué otras pautas introducir.
También le proporcioné un sencillo manual sobre Depresión, manual que instruye acerca
de lo que está ocurriendo, que ayuda, que motiva y que abre una puerta a la esperanza. Al
proporcionarle tal lectura esperaba que encontrara una frase de aliento allí donde yo no
podía estar.
Teníamos también otro recurso: un antidepresivo que un psiquiatra le había recetado.
Terapia integrada, nada más recomendable y rentable en la mayoría de las ocasiones y,
sin embargo, ni lo uno ni lo otro, ni ambas cosas juntas parecieron fructuosas.
La primera semana hizo las tareas tal como le dije pero la semana siguiente volvió a la
inactividad; al preguntarle qué le impedía hacer las cosas tal como se le encomendaban
me volvió a citar sus complejos, esto unido a que la mayor parte del tiempo lo empleaba
en envidiar a los demás gestaba el caldo de cultivo idóneo para una inmovilidad total.
Decidió que quería seguir trabajando en su problema y para ello debimos retomar las
tareas donde las había dejado, moverse, salir de casa y observar el entorno en el que
transcurrían sus movimientos; para empezar me parecía suficiente. Tendría que anotar en
una libreta estas conductas y también las observaciones que habría de hacer del entorno
en que se ejecutaban esas conductas. Se trataba de mirar alrededor, de ver que la vida
está también fuera del propio mundo interno, que hay cosas bellas, que hay cosas por las
que merece la pena vivir y que hay muchas cosas que pueden alegrarnos. Para decirlo en
palabras de B. Russell: "Todo interés externo inspira alguna actividad, que mientras
permanece activo, nos previene por completo del tedio".
Volvió a hacer las cosas que le dije, con altibajos, cosa que tampoco sorprende, como es
lógico comprender. Lo importante es comenzar, y para comenzar hay que poner a
disposición del depresivo tareas fáciles. Una vez realizadas van configurando una
sensación de capacitación necesaria para los pasos siguientes que necesariamente se han
de introducir.
La tensión muscular, los vómitos y el llorar continuo habían desaparecido casi por
completo. Por los síntomas se podía intuir y digo intuir, no saber con certeza, que nos
hallábamos en el buen camino. Pero he aquí que cuando sus familiares se dieron cuenta de
que podía hacer algunas cosas decidieron que podía hacer otras, y comenzó la
catástrofe. Y comenzó porque se cansaron de esperar sin que ella hiciera más de lo que
yo le aconsejaba (en esos momentos ella estaba en casa de sus padres, conviviendo con
estos y dos hermanos más) y la pusieron de patitas en su casa con un hijo al que atender
sin poder. Y como se vio sin apoyo, porque, según ella, sólo le decían cosas crudas y
duras, regresó a la cama de su casa nuevamente a llorar.
Llegó a mi consulta el día de nuestra quinta o sexta cita, no recuerdo exactamente, a
decirme, hecha un mar de lágrimas, que confiaba en mí, que estaba contenta conmigo pero
que no podía continuar porque ya nadie confiaba en ella. Todos estaban cansados de tanto
peregrinar de profesional en profesional y creían que ya nada se podía hacer.
¿Hemos fracasado? Pues no lo sé. De cualquier forma no hay culpables, porque para saber
si algo funciona o no hay que llevarlo a la práctica. Si el médico dice que hay que
tomar una pastilla con el desayuno, es así, sin más. No sirve tomar dos o ninguna porque
si ha dicho el cómo y la dosis, será que tiene motivos para pensar que así será mejor
y, según la evolución, considerará que así se seguirá o que se habrá de añadir o
quitar. Y en la misma tesitura nos encontramos con las pautas psicológicas: siempre hay
razones para mandarlas ejecutar de una forma y no de otra y, por supuesto, siempre se
mandan con una finalidad que generalmente acaece.
Y no hay más vueltas que darle. |