: Fue en una casa modesta, en un suburbio humilde. Uno de mis
colaboradores me dijo. "Es extraño, pero han aparecido 137 tablillas escritas en
caracteres cuneiformes. Parece una tomadura de pelo de la historia. Es algo
anacrónico".
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BREVIARIO DE FALSEDADES
EL VIOLINISTA INEXPERTO (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Resumen de la primera parte: El
famoso arqueólogo y el religioso ilustre, amigos desde la infancia, se reúnen en el
ocaso de sus vidas para tratar sobre un asunto de importancia fundamental: el
descubrimiento de Meliria, una ciudad que hace cientos de años desapareció sepultada por
las cenizas de un volcán. Pero hay algo más. En las ruinas se ha hallado algo que hace
temblar de miedo al jerarca de la Iglesia al formular la pregunta:
-¿Cómo y cuándo aparecieron las tablillas?
A
partir de ese momento sólo tuve que repetir lo imaginado. La escena, las preguntas de
Lucas, su curiosidad, la emoción del momento, sus dudas, habían sido previamente
imaginadas por mí.
Llevaba dos semanas ensayando mentalmente las respuestas. Para mí aquello era, sobre
todo, una liberación.
-Fue en una casa modesta, en un suburbio humilde. Uno de mis colaboradores me dijo.
"Es extraño, pero han aparecido 137 tablillas escritas en carácteres cuneiformes.
Parece una tomadura de pelo de la historia. Es algo anacrónico".
-¿Por qué motivo la situación resultaba anacrónica?
-Porque las épocas no se correspondían. Era tan absurdo como utilizar ahora paneles de
bronce o chapas de oro para dejar un mensaje; como si un hombre actual quisiera dejar
constancia de su paso por la vida esculpiendo en piedra sus pensamientos en lugar de
plasmarlos en un papel. Lo anacrónico era el soporte.
Hace dos mil años, para escribir, se utilizaba el pergamino y a los pergaminos se los
llevó el viento; los pudrió el paso del tiempo. Poco, casi nada, sabemos de la cultura
hebraica por medio de documentos originales. Creo que los manuscritos del Antiguo
Testamento más vetustos son, si exceptuamos los descubiertos en 1948 en el Mar Muerto,
los llamados "Codex Cairensis", que datan del siglo IX después de Cristo. Los
documentos originales han desaparecido hace cientos de años; sólo se dispone de copias
que a su vez proceden de otras copias. Por el contrario y aunque parezca paradójico, de
civilizaciones anteriores, como por ejemplo los persas, los babilonios y los arcadios, se
poseen miles de testimonios directos, porque el soporte que utilizaron para plasmar sus
pensamientos resistió el paso del tiempo. Las tablillas de arcilla con escritura
cuneiforme son los documentos originales, no son transcripciones. Son tan auténticos y
tan vivos como los folios y cuartillas de tu escritorio.
-¿No te llamó la atención encontrar tablillas al excavar las ruinas
de un período histórico en que ya no se utilizaban?
-¡Por supuesto! pero esa circunstancia aunque singular era posible desde el punto de
vista científico. Imagínate que entras en una casa en donde viven personas cultas, gente
con formación universitaria, escritores, intelectuales ¿no es frecuente encontrar libros
escritos en latín o en griego clásico? Eso mismo ocurre, con relativa frecuencia, en los
descubrimientos arqueológicos. Encuentras testimonios de la época que excavas y de un
pasado más o menos remoto. Son objetos que están allí como curiosidades exóticas. Por
eso aquel descubrimiento nos sorprendió y divirtió al mismo tiempo, pero no le dimos
excesiva importancia. Quise, no obstante, examinarlas y ordené que llevasen las tablillas
a mi taller de trabajo y nadie se preocupó más del asunto.
No quiere pronunciar su nombre; no se atreve a hablar de El directamente. Primero quiere
conocer los detalles técnicos del descubrimiento; el estudio detallado de mis reacciones.
-¿Cómo es posible esa indiferencia ante un hallazgo tan importante? -preguntó
estupefacto.
-Por la relativa frecuencia con que aparecen. Hay miles de tablillas. Se amontonan en los
museos, se almacenan en las fundaciones. Han aparecido bibliotecas completas y a ningún
profesional le impresiona su descubrimiento. Encuentras unos pergaminos hebreos mil años
más modernos que las tablillas y el mundo de los arqueólogos se conmociona, pero
desentierras cinco mil tablillas y nadie se inmuta. "Póngase a la cola -te dicen-
que antes hay que traducir estos montones que se descubrieron primero".
-Entonces, ¿por qué te quedaste con ellas?
-Fue una intuición, una extraña sospecha. Si hubiesen aparecido en un palacio o en un
templo no tendría nada de particular, pero se trataba de una casa modesta, de una
vivienda de suburbio. ¿No te llamaría la atención encontrar un incunable en la casa de
un fontanero? Sospeché del lugar, no de las tablillas. Creo que fue una revelación.
Afrontamos directamente el problema sin más rodeos. Las ambigüedades se habían
terminado entre nosotros.
-¿Cuándo adquiriste conciencia de su importancia?
-Unos meses más tarde; al empezar su traducción. ¡Dios mío, el autor estaba hablando
de Jesús! Sentí una impresión indescriptible, tremenda. Allí estaban todos: Jesús,
los apóstoles, la Magdalena, el pueblo de Israel, Pilatos, Barrabás.
Las tablillas aquellas eran el testimonio directo y personal de un espectador de
excepción. El manuscrito de un testigo de la vida de Jesús, de un contemporáneo del
Hijo de Dios.
Lucas suda copiosamente. Ya no es un ser hierático; es sólo un anciano rebasado por los
acontecimientos. En apenas unos minutos le ha salido una arruga profunda que le cruza la
frente.
Dos mil años de tradiciones corren el riesgo de desmoronarse ante sus ojos. El peso es
excesivo para sus hombros cansados.
-¿Qué se sabe de la personalidad del autor? ¿Quién era?
-Un testigo, un espectador, un hombre que miraba. Algo así como un reportero;
posiblemente un comerciante de paso por Jerusalén que quiso dejar constancia de un viaje
y de unas gentes que le parecieron singulares. Era, simplemente, el quinto evangelista.
Creo que fue en aquel momento cuando Lucas empezó a llorar. No trató de disimularlo; las
lágrimas manaban de sus ojos sin cesar mojándole las manos; eran lágrimas saltarinas
que brincaban como insectos y corrían como hilillos vivos por las arrugas de su rostro.
Lloraba como si su llanto no fuese a tener fin, con pasión, con desesperación, con rabia
contenida. Sus gemidos había momentos en que parecían gritos sin sentido, la petición
de ayuda de un torturado; cerraba los puños con fuerza y lloraba como una bestia herida;
pero al otro lado del llanto había más llanto todavía y las lágrimas anunciaban la
llegada de otras lágrimas nuevas. Era el suyo un llanto espantoso, no era de este mundo.
Poco a poco se fue apaciguando y otra vez la dignidad y la compostura le protegieron y
unos minutos después volvió a ser el mismo, tal vez algo quebrantado, posiblemente un
poco más viejo.
-¿Qué dicen las tablillas? -preguntó con dulzura.
Yo estaba horrorizado por lo que acababa de contemplar y tardé unos segundos en
reponerme.
-Se trata de una visión esquemática, casi periodística de los conflictos de la época.
No es en sentido estricto una relación de hechos de la vida de Jesús. El autor no es un
exégeta, es un cronista. En el relato se hacen consideraciones políticas y
sociológicas; se describe a personajes conocidos y se dan nombres de gentes que
influyeron en la vida de Cristo pero que los cristianos no conocen. Se habla de opresión
y de nacionalismo, de independencia, de luchas, de hambres, de injusticias, de represión.
Jesús entra y sale de la crónica, aparece y desaparece en el discurso. Es un personaje
político importante y sus enemigos se cuentan por cientos. Es perseguido pero también es
perseguidor. Y pierde la guerra y al final muere en la cruz. El autor lo vio
personalmente. Lo conoció, lo vio morir, lloró por él y no estuvo de acuerdo con sus
teorías. No eran adversarios políticos, pero tampoco compartían las mismas ideas; el
evangelista era un discrepante que discutía violentamente con Jesús.
-¿Discutir? ¿Cómo es posible discutir con el Hijo de Dios?
-Porque era uno de sus contemporáneos, porque le conocía.
Jesús era la vanguardia más extrema, quererle era difícil por su intolerancia. Jesús
tenía largos los cabellos y complicadas las ideas.
-¿El autor cree que Jesús era el Hijo de Dios?
-No se lo pregunta. El Jesús de este Evangelio es de carne y hueso; es un vagabundo, un
guerrillero urbano, un luchador incansable. Es militante y despreocupado. Va siempre al
fondo de las cosas; las formas le interesan poco. Lucha contra Roma porque es el sistema,
el enemigo común, el imperio.
-¿Qué es lo más sorprendente del relato? ¿Hay alguna revelación que contradiga lo que
dicen los otros... los otros evangelistas?
Tuve que decírselo en aquel momento. Lucas había intuído el misterio. El porqué de mi
renuncia. Tenía que hablarle de aquel ser singular e incomprendido, vapuleado sin
clemencia por millones de verdugos anónimos. "Todos, sí, hemos matado a Jesús
-pensé entonces una vez más- pero también todos hemos torturado a Judas y todavía lo
seguimos haciendo al maldecir su memoria, al hacer de su nombre el símbolo de la
traición; al incorporarlo al lenguaje no como un nombre, sino como un insulto".
-Judas. Es necesario que hablemos de Judas. El autor de las tablillas asegura que murió
en los calabozos de Pilatos; fue torturado porque no quiso traicionar a su amigo. Era un
hombre leal y murió por la causa de Jesús. Su cuerpo apareció destrozado, mutilado
días después de la muerte de su amigo. Le habían descoyuntado los brazos y las piernas,
le habían arrancado los ojos y roto la columna vertebral.
-Judas, leal... -musitó Lucas horrorizado.
-Sí, no cabe la menor duda. Jesús murió por cuestiones políticas.
El testigo se pregunta en varias ocasiones. "¿Existió una confabulación?".
"¿Quién traicionó a Jesús?". "¿Quién estaba detrás de todo
aquello?".
-¿Existe, por lo tanto, un traidor que no ha sido descubierto?
-Por supuesto. Un traidor que ha permanecido oculto durante dos mil años; un hombre
hábil, peligroso, que se ha metido en nuestras conciencias y en nuestras plegarias
disfrazado de santo.
Nadie, nadie está libre de sospechas. Es preciso descubrirlo, desenmascararlo. El testigo
insinúa, da ciertos nombres, sugiere veladamente lo que se comentaba en los cenáculos
políticos judíos; lo que opinaban los romanos de calidad con los que pudo establecer
contacto. Hay partes del relato en que el quinto evangelista escribe en clave; emplea
metáforas, criptogramas, acrósticos. Da, conscientemente, falsas pistas y lleva al
lector por un complicado laberinto que termina en el absurdo: Jesús se desdobla, se hace
hermano de sí mismo, Judas es su gemelo, tienen un tronco común que comparten a veces,
son como siameses del alma. Para proteger la verdad que palpita en el relato, el testigo
se convierte en maestro del disimulo, en malabarista que hace juegos de manos con las
palabras, que confunde conceptos y engaña al más astuto de los lectores. Pero la verdad
está ahí, escondida, camuflada. Cualquiera de los doce apóstoles salvo Judas pudo ser
culpable. Todos tenían motivos para traicionar a Jesús; unos por vanidad, otros por
celos, algunos por intereses económicos y casi todos por ambición, pero sólo uno de
ellos lo traicionó; sólo uno se atrevió a levantar la mano contra su Señor. ¿Quién
fue el traidor?
Lucas enmudeció durante unos interminables minutos. Su rostro
descompuesto fue recuperando el color y la serenidad, hasta ser otra vez hierático y
distinguido, distante; su voz, que unos momentos antes era ronca y temblona, adquirió
otra vez el tono justo, la inflexión correcta. La suya era, nuevamente, la voz de las
grandes basílicas, la apropiada para dirigirse a los hombres en quince idiomas; una voz
que siempre tenía acento extranjero, que a fuerza de ser del mundo entero ya no era de su
pueblo ni del mío.
-¿Qué vas a hacer con las tablillas? -me preguntó repuesto totalmente de la emoción.
-Nada. Entregártelas. Son tuyas. Tuve la tentación, como podrás imaginarte, de pasar a
la historia con mi descubrimiento sensacional, pero al final tuve miedo; me asustan las
enciclopedias. La responsabilidad es excesiva y por eso renuncio a la gloria y a eso que
vosotros llamáis las pompas y las vanidades, porque el trabajo que espera no es labor de
arqueólogo, es quehacer de policía, oficio de inquisidor. El traidor es vuestro y
vosotros tenéis el deber de desenmascararlo.
Un destello de orgullo brilló en sus ojos un instante. Las tablillas le pertenecen y la
responsabilidad es suya. Lucas vuelve a ser Pedro. El es el que guía, el pastor de almas,
el que decide porque sobre su torturada cabeza revolotea, hace dos mil años, la paloma
blanca de la otra conciencia.
-No dudes que aparecerá el culpable. Lo descubriremos y el mundo conocerá su nombre.
Acaso la investigación dure siglos, porque los inquisidores son desconfiados y se mueven
lentamente.
El testimonio que me entregas será analizado desde todos los puntos de vista que el saber
humano permita. Si es necesario inventaremos nuevas ciencias para aplicarlas como
herramientas auxiliares. Estudiaremos las conductas de todos los personajes bíblicos,
buceáremos en su pasado, analizaremos cada palabra, cada gesto, cada mirada y se lo
diremos al mundo, cuando el mundo pueda admitirlo, cuando esté preparado para la verdad.
Mis sucesores y yo tenemos a partir de hoy una nueva carga sobre los hombros. Mis
sucesores y yo nos hacemos responsables, a partir de este momento, de la mentira, del
fraude y de la estafa del pasado. Lloraremos todos los días por nuestro pecado, pero no
causaremos una nueva herida a ese ser muerto de miedo que es el hombre de nuestros días.
El mundo tendrá que esperar, porque el mundo necesita paz, no nuevos motivos de angustia.
Los notarios de la vida de Jesús fueron los cuatro evangelistas y este recién llegado es
sólo un testigo, un espectador. Dentro de uno o dos siglos, cuando los inquisidores hayan
terminado su investigación, el mundo será diferente y entonces habrá llegado el momento
para que el quinto evangelista grite su verdad, en el supuesto caso de que lo que está
gritando ahora sea, sólo, la verdad.
Lucas se levantó. Había terminado la audiencia. Un sacerdote de
mirada sumisa se acercó a nosotros.
-Santidad...
Lucas toma mis manos y las aprieta con fuerza.
-Gracias, viejo amigo... -e inicia el camino hacia sus habitaciones privadas; se detiene a
los pocos pasos y me pregunta:
-¿Cómo fue su muerte? ¿Qué dijo en los últimos momentos?
-El hombre escribió en las tablillas: "Expiró dando un gran grito".
-¿Y tú? ¿Crees en El?
Fui ambiguo pero sincero; por eso le respondí:
-A veces.
El Papa se alejó definitivamente. Esta vez no volvió la cabeza.
-Señor... -susurró a mi lado un sacerdote y me indicó con la mano la puerta de salida;
una salida de servicio, la de los cómplices, la salida reservada para las personas no
gratas.
Roma es una ciudad fría, tiene una leyenda que no se corresponde con la realidad. Todos
los arqueólogos de provincias sueñan con excavar algún día en Roma, pero a mí siempre
me atrajo el dorado desierto de Galilea, porque en sus arenas calcinadas se sigue
escondiendo, todavía, el misterio.
Crucé lentamente la Plaza de San Pedro y miré inconscientemente hacia la ventana del
dormitorio del Papa. Lucas estaba ya allí. Sin duda sufría, ya nunca dejaría de
hacerlo.
Sonreí y encogiéndome de hombros me puse a silbar una cancioncilla infantil que hace
más de sesenta años el Papa cantaba y bailaba con gracia y desvergüenza: "sí,
sí, sí; de los doce músicos que tocan el violín, el inexperto que engañó al maestro,
desafina"... |