
Cargaban sobre sus hombros
una pesada incertidumbre sobre el sentido futuro de sus vidas si el equipo, como se
esperaba, abandonaba con el rabo entre las piernas la Primera División. Todo eran
preguntas al aire. Quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos. |
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CONTRAPUNTO
EL FOROFO
POR CAROLINA FERNANDEZ
Llegada
la hora Manolo se vistió de domingo, se colocó con ceremonia la bufanda del Club sobre
los hombros, se miró al espejo y reconoció en su cara el rictus grave de los condenados.
Bajó con parsimonia las escaleras, ignorando con un gesto altivo las miradas curiosas de
los vecinos que asomaban la cabeza para ver el paseillo último de Manolo, el del octavo.
Manolo, el presidente de la comunidad de vecinos. Manolo, el orgulloso padre de familia.
Manolo, el forofo.
Podemos tener la seguridad de que, al menos hasta ayer, Manolo era
durante seis días a la semana un trabajador entregado que repartía la jornada entre su
puesto en la gestoría familiar, la atención al público en la carnicería de barrio que
regenta su señora, y la vida social en El Económico, tugurio apestoso, mezcla de tabaco
negro, lomo frito y orines, donde Manolo jugaba a las cartas y bebía licor café hasta
que su señora lo avisaba, de un telefonazo, que la cena estaba en la mesa. No importa
qué es lo que estuviera haciendo, Manolo se levantaba sumisamente, dejaba unos duros en
la barra, y desaparecía hasta el día siguiente a la misma hora.
Manolo de día era un contable eficiente en los números, serio en el
trato, parco en palabras, aburrido en los corrillos. Manolo de noche era abnegado jugador
de tute cabrón, fan de Médico de familia y amante cumplidor. Manolo de fin de semana se
convertía en una bestia futbolera, un encarnizado defensor de los colores del Club, del
honor del Club, de los jugadores del Club y del buen nombre de la madre de los directivos
del Club. Manolo de domingo era un animal liberado de las cadenas que lo ataban a las
obligaciones del lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado, un animal dispuesto
a saltar con ferocidad en cuanto algún mentecato nombrase al presidente del Club en vano.
Esa tarde el aire estaba espeso y dulzón. Amenazaba tormenta. Nubes
oscuras y cargadas de agua se cernían sobre el inmenso estadio de fúbol iluminado
momentos antes de comenzar el encuentro. Era extraño el silencio. Resultaba inquietante
la absoluta ausencia de cualquier tipo de ruido que no fuese el eco metálico de las
pisadas de los que aún buscaban su sitio en el graderío, o el roce de los abrigos. Hubo
incluso algún sacrílego que se atrevió a engurruñar una bolsa de patatas fritas
recién terminada, y tuvo que recibir las miradas reprobatorias del resto de los fieles,
ofendidos por el estruendo del papel al caer al suelo. Ni pitidos, ni bengalas, ni bombos,
ni gritos, y mucho menos carcajadas. Manolo se colocó delante de su asiento, de pie,
recto, las manos cruzadas, mirada al frente, gesto preocupado. El equipo, que este fin de
semana jugaba en casa, iba a descender a Segunda si dios y toda su corte celestial de
serafines y querubines no hacían algo por evitarlo. De momento, el ambiente, la tensión,
y las nubes oscuras preparándose para descargar su furia sobre los asistentes, hacían
presagiar más bien lo contrario. Algún mal augurio flotaba en el aire. La hinchada es
muy sensible y esas cosas las nota enseguida. De ahí el respetuoso y fúnebre silencio
que inundaba el estadio, un silencio cargado de fatalidad, suspiros resignados y cierta
desazón. Sí, los individuos reunidos allí esa tarde acusaban todos una especie de
desorientación interna, de vacío vital. Cargaban sobre sus hombros una pesada
incertidumbre sobre el sentido futuro de sus vidas si el equipo, como se esperaba,
abandonaba con el rabo entre las piernas la Primera División. Todo eran preguntas al
aire. Quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos, preguntas esenciales que todo ser
humano necesita responderse a sí mismo a lo largo de su existencia.
"¿No le estarás dando demasiada importancia, Manu? Después de
todo no es el fin del mundo". Se lo dijo su mujer cuando le vio salir de casa, con la
bufanda amorosamente enroscada al cuello y casi con lágrimas en los ojos. "Sólo es
un partido de fútbol". Eso sí que no, rugió Manolo. No era sólo un partido. Cómo
explicarle que toda la semana vivía para llegar al domingo, que si no había esos
domingos su vida perdería el norte, la razón de ser, el alimento de todas las semanas.
Ella no podía comprender que el vacío resultaría insoportable.
En el descanso se desató la tormenta. Y cuando el árbitro pitó el
final del partido el estadio era una tumba. Una tumba calada hasta los huesos. Los goles
se habían sucedido uno detrás de otro, sin descanso. Resultado final: 0-3. El desastre.
El fin del mundo. El Apocalipsis. Cómo podía suceder algo así. Los miles de aficionados
comenzaron a abandonar las gradas en completo silencio, con la cabeza gacha, tratando de
reflexionar sobre lo ocurrido, tanteando las posibilidades de volver a reconstruir su
rutina diaria después del cataclismo.
Justo a la salida del estadio, una nube de reporteros de televisión se abalanzó
literalmente sobre la muchedumbre. Las cámaras recogían las primeras reacciones de la
hinchada. Un muchacho joven con cara de rata de biblioteca se acercó a Manolo.
"Perdone, estamos haciendo una encuesta para el CIS sobre la influencia del fútbol
en la sociedad española. ¿Podría contestarme a una pregunta?". Manolo lo miró con
una peligrosa mezcla de incredulidad, odio y repugnancia, lo que el inexperto muchacho
interpretó como un vía libre: "¿No cree que le estamos dando demasiada importancia
al fútbol, señor?".
Salió en el telediario de la noche. Un remolino de gente alrededor del
cuerpo del muchacho con cara de rata de biblioteca, y entrando en el coche de policía,
Manolo, el del octavo. Manolo, el presidente de la comunidad de vecinos. Manolo, el
orgulloso padre de familia. Manolo, el forofo.
Llovía a mares. |