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La infancia retornó durante unos momentos por el calor del abrazo. Fue sólo un instante fugaz lo que duró el afecto. Mentí, claro; mentí, como era natural, cuando le dije con un cinismo absoluto.
-No has cambiado, Lucas; sigues siendo el mismo.

BREVIARIO DE FALSEDADES
EL VIOLINISTA INEXPERTO (I)
POR JOSE MANUEL VILABELLA

En la cara del anciano y sobre todo en el fondo de los ojos reconocí, remotamente, a mi inseparable compañero de juegos.
Había desaparecido el flequillo rebelde y la vivacidad dormitaba, acaso para siempre, entre los pliegues de su túnica. Ya no quedaba nada de inocencia en su cara y la ingenuidad había dejado paso a la astucia, a la habilidad aprendida a fuerza de ocultarla, a la diplomacia sutil de un profesional de la política que negocia para un Estado sin Estado, para una nación que se desparrama por los caminos del mundo. La infancia retornó durante unos momentos por el calor del abrazo. Fue sólo un instante fugaz lo que duró el afecto. Mentí, claro; mentí, como era natural, cuando le dije con un cinismo absoluto.
-No has cambiado, Lucas; sigues siendo el mismo.

Habló al fin, antes me estuvo observando durante unos segundos que me parecieron eternos. Su voz se había acomodado a las grandes estancias. Era armoniosa, con eco, algo meliflua y con muchas horas de escenario, forjada en las ceremonias solemnes, porque al final de la vida, ay, cada uno tiene la voz que se merece.
-Somos viejos... -dice con algo de coquetería, pero rectifica sobre la marcha- o por lo menos relativamente viejos; eso que ahora se llama hombres maduros.
Ríe y hay en sus carcajadas algo de femenino.
-Tú sí que te conservas perfectamente; me imagino que será el sol y el viento, la vida al aire libre. Tú sí que nos has cambiado; te reconocería entre una multitud y lo haría, no cabe duda, por tus ojos.

Nos abrazamos de nuevo como dos viejos camaradas y Lucas, toma mis manos y con parsimonia de obispo tridentino, me conduce a unos sillones cercanos.
-Nos sentaremos aquí, porque quiero que me hables en principio de ti; deseo saberlo todo: tus experiencias, lo que has hecho con tus talentos, qué esperas del futuro y si eres lo suficientemente grande -yo creo que sí lo eres- como para renunciar a la vanidad en aras de un interés superior. A muy pocos seres humanos les ha sido posible desenterrar la historia, descubrir el pasado y poder invertir la vida en algo tan digno y provechoso. Me imagino que habrás sido un hombre feliz.
Era obvio que Lucas no tenía ninguna prisa y que contábamos con varias horas por delante. Los asuntos urgentes se habrían quedado olvidados en la carpeta del día siguiente y sus más íntimos colaboradores se preguntarían extrañados: "¿Quién será ese extraño visitante?". La Iglesia está aliada con la eternidad y con la nada. Son los conceptos que mejor manejan: el cero y el infinito, el instante fugaz y el perpetuo gotear de las horas.

"La precipitación conduce al caos, es el caos, y el caos tiene siempre algo de revolución, de gesto subversivo", me dije a mi mismo admirado al comprobar como Lucas sabía jugar con el tiempo y hacia de la calma una herramienta de trabajo.

-Creo que sí; me parece que, inexplicablemente, he sido un hombre feliz. Invertí mi tiempo en buscar algo que no sabía exactamente en qué podía consistir, y al final me enteré de lo que era cuando lo encontré. Desde que salí de la universidad hasta hace unos años lo único que hice en la vida fue agujerear montañas. Terminé dos carreras y varios masters para trabajar como un peón de albañil. Empecé a excavar cuando era un jovenzuelo y un buen día me miré al espejo y me di cuenta de que me había convertido en un anciano. La vida había pasado y yo solamente la había visto de refilón, como en un espejo.
Lucas se ríe con ganas; creo que ahora sus carcajadas son de verdad. Toca una campanilla y un camarero aparece a los pocos instantes.
-¿Qué quieres tomar? ¿Té, café, una copa de licor, un whisky? Yo tomaré un whisky porque el médico me lo recetó como una medicina.
Ya sabes: el endurecimiento de las arterias, los vasos dilatadores. Todas esas aclaraciones que las gentes de cogulla tenemos que hacer para poder tomar una copa sin escandalizar a los feligreses.
La barrera se había roto definitivamente y los dos nos reíamos sin protocolo, ruidosamente, como entonces.
-Bueno si insistes tomaré un whisky. Beberemos juntos como viejos camaradas de frente.

Me miró con ternura y sin afectación. Juraría que ahora estaba pasando un rato agradable con mi compañía; sin duda pensaba en nuestra infancia; los dos teníamos algo de sobrevivientes de una pobreza remota, que se había quedado en el pueblo con la roña, el hambre, la necesidad, la incultura, el pasado.
-¿Cómo vive un arqueólogo famoso? ¿En qué consiste exactamente tu trabajo?
La verdad es que su pregunta no tenía nada de original. Todas las semanas me la formulaba algún reportero y siempre les contestaba de forma distinta. Era como un ejercicio de ingenio. Pero a él tenía que decirle la verdad.
Mi vida ha sido absurda. Todo en este oficio es absurdo. En la universidad te enseñan las técnicas y los procedimientos, pero el éxito o el fracaso depende de la suerte y sólo en algunos casos de la intuición o de la inspiración. Los grandes hallazgos arqueológicos se consiguen por casualidad. Debajo de nosotros está el pasado y la forma de llegar a él es excavando, pero ¿dónde? He trabajado como un peón de sol a sol con la esperanza de encontrar a la hermana de la Venus de Milo. Cada golpe de piqueta trae aparejada la esperanza y la desilusión. La arqueología es cruel. No te decepciona del todo; siempre te miente con promesas que se cumplen a medias: no encuentras a Venus pero sí desentierras una villa romana, unos baños griegos, una tumba egipcia de poca importancia. No consigues el premio gordo, pero te toca el reintegro de vez en cuando.

Asiente y mueve la cabeza como afirmando con un poco de melancolía; tal vez a su oficio le ocurra algo parecido porque todos los trabajos tienen un lado de miserable, una parte oculta a los ojos de la gente que termina por helarte el corazón.
Y musitó algo así como: "La rutina de la liturgia" o "la fe es un doloroso ejercicio". Hizo los comentarios a media voz, para sí mismo; se trataba de esas reflexiones íntimas que salen al exterior porque el subconsciente nos traiciona.
-Pero al fin apareció. La ciudad estaba allí y tú tenías que encontrarla.
-Sí. Hace años, cuando era un joven radical, pensaba que el azar juega a favor del que tenga el mejor sistema de búsqueda, que la suerte no existe; pero ahora, acaso porque soy viejo y medio descreído empiezo a pensar en la providencia; en la Providencia con mayúscula, pues soy creyente entreverado que afirma y niega al mismo tiempo y con conciencia de ser un puro contrasentido.
-¿Cómo sucedió exactamente?
-Fue un día agobiante. Conoces la zona y sabes perfectamente que las tres de la tarde es la peor hora. Dormitaba en mi tienda cuando uno de los ayudantes llegó gritando la noticia de que se habían desenterrado unas extrañas ruinas. Traía un cántaro en la mano y voceaba como un loco. Y allí estaban los sueños de cincuenta años de trabajo. Una casa primero; después otra. ¿Se trata de una villa? No ¡Es una ciudad!. ¿Comprendes? Una ciudad entera, intacta, sin que hubiese pasado por ella la historia puliendo las aristas. El descubrimiento se hace noticia de primera página y el éxito llega de repente. Me convierto de la noche a la mañana en un profesor ilustre, en un sabio doctor honoris causa de una docena de universidades. Y en la actualidad soy una gloria nacional, un pequeño déspota malhumorado que da órdenes a profesores y a reputados especialistas.

Lucas sigue mi monólogo con interés. Ha aprendido a escuchar; me estudia minuciosamente. Para él más importantes que las palabras es como se pronuncian; la música de la conversación: el tono, el matiz, el último significado, el silencio, las sombras, las insinuaciones. Me deja hablar y yo lo hago sin pudor, abiertamente. ¿Me estoy confesando? No lo sé, tal vez sí.
Le hablo, aunque sea con ironía dolorosa de mis vanidades, de mis éxitos.
-¿Cómo es Meliria? -pregunta y su voz se quiebra.
-Es una ciudad parecida a Pompeya. Calles estrechas y empedradas; frescos en las paredes de algunas casas; fuentes que ahora están secas. Y soledad.
-Creo que su final fue espantoso...

Hay en el tono de su voz un sentimiento de lástima que me asombra. Esos matices son los que nos diferencian. A mí sólo me afectan los dramas de las personas que me rodean; a él le pueden conmover las tragedias de hace dos mil años: los niños muertos de Meliria y el dolor del crucificado de Galilea.
-El final fue espantoso y repentino; como el de Pompeya y Herculano; como el de todas las ciudades que han sido devoradas por un volcán. Una erupción inesperada y la ciudad desaparece.
Una estupenda tragedia con la que soñamos todos los arqueólogos, porque nosotros ¿sabes? tenemos algo de carroñeros. La vida cotidiana es el principal enemigo de la historia porque es la historia misma; las ciudades cambian sin darse cuenta de un día para otro y al cabo de los siglos son irreconocibles, pero ¡oh maravilla! la tragedia repentina paraliza la vida, interrumpe todos los relojes y la inmovilidad de la muerte nos permite más tarde hacer deducciones y obtener conclusiones al captar el gesto, el tic, el ademán. No hay nada más histórico que lo cotidiano; con el paso del tiempo lo vulgar se hace sublime, lo corriente se convierte en extraordinario, para nosotros Meliria fue una bendición de los dioses porque los científicos nos nutrimos del dolor ajeno. Miles de vidas se extinguieron por la ceniza y la lava hasta que dos mil años más tarde, la varita mágica del arqueólogo hizo el milagro y renació la vida otra vez. Desenterramos niños que habían muerto mientras jugaban, soldados que se negaron a abandonar el puesto de guardia, perros que prefirieron morir junto a sus amos. Todas las ciudades se parecen un poco, pero las ciudades muertas mucho más. Son como hermanas gemelas; son las víctimas de la historia.

Nos estábamos acercando demasiado e intuí que la curiosidad de Lucas empezaba a convertirse en terror, en un miedo controlado que quería evitar a toda costa. El silencio se hizo opresivo e incómodo; le temblaba ligeramente la mano, una gota de sudor apareció en su frente y su cara que tornó lívida cuando formuló la pregunta que habíamos querido evitar desde el comienzo de la entrevista.
-¿Cómo y cuándo aparecieron las tablillas?

(continúa en el próximo número) 

 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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