Después del último disco de Amistades Peligrosas, Cristina del
Valle se sentía madura para encarar en solitario un nuevo trabajo. Durante un año ha
vivido fuertes experiencias personales, mezclado sonidos de diferentes culturas y se ha
dejado la piel en unos textos que cuentan, desde la metáfora y la poesía, parte de su
vida. Acaba de dar a luz "El dios de las pequeñas cosas".
¿En qué cosas se esconde este dios cotidiano del que hablas?
El título lo saqué del libro de Arundhati Roy. Yo le llamo "dios de las
pequeñas cosas" a todo lo que he aprendido, a todas las cosas que me han hecho
elaborar una manera nueva de sentir y pensar. Lo que he visto dentro de todas las personas
que he conocido me ha enseñado a valorar y a ver la vida de otra manera.
Con este disco aseguras que has vuelto a la Cristina adolescente.
¿Cómo eras a los quince años?
Pues era una guerrillera, peleona, indómita, muy asalvajada, que estaba en contra de
todo porque había percibido un mundo duro desde mi infancia, que no era el mismo para los
hombres que para los mujeres, y donde había un montón de cuestiones de realidad social
que había puesto en tela de juicio. Tenía una visión negativa de todo y muy dura. Yo
creo que el tiempo me ha hecho reencontrarme con esa Cristina en la esencia, pero con otra
madurez y otros puntos de vista.
Cítame algunas formas de explotación encubiertas aceptadas por
nuestra sociedad.
Hay muchísimas, pero las dos claves son la prostitución y el narcotráfico. Las dos
son negocios que se mantienen como ilegales porque así dan más rentabilidad.
¿Cuál es la esclavitud de la mujer moderna?
Pues que a veces el trabajo ocupa el lugar de nuestros afectos. Nos obsesiona el
competir, porque en la sociedad tienes que demostrar las cosas el doble de veces. En
ocasiones me doy cuenta de que me obsesiona tanto el trabajo que ocupa parte del afecto y
eso a veces es peligroso.

Foto
cedida por Cristina del Valle |
¿Cómo sueñas a la mujer del futuro?
A mí me gusta imaginármela como una mujer dentro de una sociedad con igualdad de
condiciones, con una educación basada en el respeto, y no sólo basada en el no sexismo,
sino en el no racismo y en el no clasismo. Me la imagino femenina, cargada de emotividad,
cargada de dulzura y de profesionalidad, y con la posibilidad de compartir su vida y su
trabajo con un compañero. Y con un sistema legal justo donde las mujeres tengan los
mismos derechos y las mismas oportunidades, donde haya una conciencia -sobre todo desde la
infancia- de que la sociedad no está dividida por sexos, ni por razas, ni por nada.
¿Cuál es la cuenta pendiente entre el hombre y la mujer?
Llegar a entendernos para convivir juntos.
¿De quién se está olvidando la política gubernamental actual?
De toda la gente que no tiene voto: las prostitutas, los presos, la gente
económicamente débil, la gente de la calle. Por eso los que estamos en otra posición
tenemos que crear presión social desde la información de otras realidades. Porque cuando
una sociedad conoce lo que tiene -yo creo que el hombre es bueno por naturaleza-,
presiona. Es lo que ha pasado con los malos tratos: cuando está en la calle el clima de
denuncia, los políticos tienen que hacerse eco de eso, aunque sólo sea por imagen.
¿La libertad es un objetivo posible?
Por supuesto, sin duda. Es una utopía pero yo creo que las utopías son realizables,
si no soñáramos no lucharíamos por las cosas. Y se consigue. Es una lucha diaria del
ser humano, y se consiguen cotas de libertad diariamente