A partir de ese momento me
convertí en un contador de historias, en un niño problemático que se dejaba llevar por
la fantasía y que no distinguía la realidad de la ficción.
El adivinar con varios años
de antelación los sudores de Pablo VI, la elección de Juan Pablo I y su fallecimiento 33
días después de su coronación como Sumo Pontífice y la subida al trono vaticano de
Juan Pablo II me dio prestigio entre mis amistades. |
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LAS MEMORIAS REMOTAS (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Resumen de la primera parte:
El autor relata los recuerdos infantiles en la casa de sus abuelos, en Lugo, la
relación con el difunto primo Luisito, compañero invisible, el trágico final de los
ratones de la casa, y la peculiar perspectiva histórica de las dos ramas del tronco
familiar: la de los Gómez y la de los Vilabella.
Hasta
los nueve años no supe que mi visión de los personajes sagrados era diferente al resto
de los niños. Me di cuenta en el Colegio del Corazón de María, en Gijón, cuando el
padre Azcarai, un cura vasco bestial y torturador, me dio una bofetada que me puso el
moflete colorado y que casi me hace perder el equilibrio.
"¡Eres un hereje!", gritó mientras salía del confesionario remangándose la
sotana dispuesto a darme mi merecido y aunque todos nos miraban estupefactos me persiguió
por el pasillo encerado tratando de propinarme puntapiés en el culo. El oficiante
interrumpió la misa y los dos monaguillos nos observaron sonrientes y divertidos. El
padre Delfín, desde el púlpito, trató de calmar a su colega inútilmente. "Por
favor, padre Azcarai, repórtese"... Le hice un par de regates pero al final me
alcanzó cerca de la puerta de salida y me pudo patear a gusto durante unos segundos.
Cuando nos separaron yo estaba magullado y sorprendido y él horrorizado y echando
espumarajos por la boca. "¡Ese niño está poseído por el Diablo!", gritaba el
pobre hombre mientras se lo llevaban al botiquín para darle un par de cucharadas de agua
de azahar.
Dos días después hacía una confesión de mis creencias delante de mi padre y de dos
sacerdotes en el despacho del director del Colegio. Lo dije todo. Hablé largo y tendido
del papa negro, de las sirenas calvas, del Anticristo, de Estrellita Paradela, del
desierto de Terrachá y del obispo Severino. Dije que el inquisidor Estébanez había ido
con Cristóbal Colón a descubrir América y que había gritado ¡Tierra, coño, tierra! y
les conté como don Reverendo y sus compañeros dejaron Londres para establecerse en
Galicia. Aguantaron en silencio hasta el momento en que les hablé de Lutero. Lutero en
1949 tenía muy mala prensa.
Me llamaron mentecato y botarate y si mi padre no hubiera estado allí sin duda me
habrían molido a golpes. Naturalmente me expulsaron. En la calle mi padre quiso saber de
dónde había sacado aquella historia. "Me la contaron los abuelitos", contesté
sin vacilar y como doña Encarnación y don Dositeo habían muerto el año anterior, no se
habló más del asunto, aunque desde entonces percibí en la mirada de mi padre un aire de
preocupación.
A partir de ese momento me convertí en un contador de historias, en un niño
problemático que se dejaba llevar por la fantasía y que no distinguía la realidad de la
ficción. Fui de médico en médico enseñando la lengua y diciendo treinta y tres; me
hicieron análisis de sangre, tuve que orinar en un frasquito y me fotografiaron de frente
y de perfil por dentro y por fuera.
Los especialistas me observaron con extraños adminículos por todos los agujeros del
cuerpo para tratar de descubrir si había algo o alguien dentro de mí que me impulsara a
contar la historia del Anticristo y de los profetas de Meira; me dieron duchas frías, me
pusieron al bañomaría y hasta un dominico calvo -el padre Fructuoso- me sometió a unos
exorcismos en latín para que el maligno abandonase mi cuerpo y dejase en paz a mi
atormentada alma inmortal que según decían los expertos estaba a punto de perderse para
siempre. Todo resultó inútil, yo seguía erre que erre con mis crónicas del pasado que
cada día se hacían más largas y rocambolescas. Y, de pronto, todo cambió; me hice
adulto de la noche a la mañana y negué la veracidad de mis historias.
Con una desfachatez impropia de mi edad me desdije de lo dicho y donde dije dije, dije,
sencillamente, Diego. El día que cumplí los quince años estrené una sonrisa cínica
que desde entonces me acompaña fielmente, que me protege como un escudo; negué
rotundamente mi vida anterior y prometí solemnemente no volver a mentir. La reacción de
la familia fue muy emotiva: mis padres me cubrieron de besos y gritaron ¡aleluya!, el
tío Manolo me regaló una bicicleta y los médicos me dejaron en paz. Estaba curado. A
los quince años aprendí la lección de que la verdad conduce a ninguna parte y que es
lícito fantasear siempre y cuando no se conculquen los mecanismos del sistema. A la
autoridad competente hay que dejarla tranquila. No hay que molestar al tigre mientras
duerme. Mantuve mis historias en secreto hasta que cumplí los veinte años y cuando las
volví a contar me protegí con el escudo de la literatura; la ficción me ayudó a
disfrazar la verdad; añadí algunos personajes, Gil Brea, Sotero, don Pierino, don
Martín. Como quería ser fiel a la memoria remota de mis antepasados y articular mis
recuerdos de una forma coherente utilizaba personas que habían tenido una dimensión
física y les añadía vidas absolutamente falsas. Mentía sólo a medias. Obtenía sus
nombres de las escrituras de arrendamiento del siglo XVII que mi padre guardaba en un
cajón de su despacho. Era como robarle a la muerte un difunto, como redimir un cautivo
del más allá. Desenterraba sus cadáveres de papel apolillado y les insuflaba una vida
nueva. Después de cuatrocientos años de olvido mis personajes se ponían en pie y
andaban como Lázaro y algunos, incluso, se echaban a correr con la alegría feroz de los
resucitados. Las personas importantes dejan el rastro de su paso por la vida en los libros
de historia, el resto apunta su nombre como puede en el protocolo de los notarios, en los
expedientes de nobleza de sangre, en las escrituras de compra venta, en los recibos de la
contribución.
Fui encajando las historias que me habían contado con las imaginadas y me puse a
escribir un libro que cada año destruía y volvía a empezar; un libro que se iba
haciendo a sí mismo, que se nutría de lo que aportaban sus propios personajes. Durante
más de treinta años fui un contador de historias y sólo cuando la vida me alcanzó y
algunos personajes de papel se hicieron reales cambié mi condición de visionario por la
de vidente y, para mis amigos, dejé de ser un trapalón irredento y me convertí en una
especie de profeta. El adivinar con varios años de antelación los sudores de Pablo VI,
la elección de Juan Pablo I y su fallecimiento 33 días después de su coronación como
Sumo Pontífice y la subida al trono vaticano de Juan Pablo II me dio prestigio entre mis
amistades; fui desde entonces una especie de Almanaque Zaragozano, un monstruo que podía
echar una ojeada a la historia venidera y otear discretamente el porvenir.
"Vilabella ¿qué hay al otro lado del tiempo?", me preguntaban a partir de
entonces. Yo contestaba que no veía nada, que a pesar de mis esfuerzos no lograba
distinguir el futuro, que había perdido mis cualidades de vigía y que el tiempo, que no
perdona, me había convertido en un mal profeta, pero lo decía con la boca pequeña y
para darme importancia, por presumir. Por aquel entonces un servidor ya tenía un
prestigio como vidente pues, como era público y notorio, era el primer hombre que había
adivinado que el Anticristo se llamaría Justo Mellado Aránzazu, como aquel franciscano
de cara diminuta y redonda que desapareció sin dejar rastro un día que quiso comprobar
que el general Pinochet sonaba como los relojes de bolsillo y hacía tic tac, tic tac,
cuando se quedaba transpuesto en su despacho.
El autor regresó a Lugo cincuenta años después y se paseó por sus calles como un
forastero, como un turista. Era de aquella ciudad pero no tenía allí a nadie a quien
querer. Se sintió un extranjero en su tierra. Fue a la catedral, circunvaló la muralla
romana y asistió una vez más al milagro de los tejados florecidos. ¡Qué locuras puede
hacer el viento!, se dijo a sí mismo una vez más, medio siglo después de haber sentido
por vez primera el asombro de la primavera. Cuerda de santos, infames y profetas,
el libro de su vida, estaba terminado pero todos sus artífices había desaparecido;
incluso Lorenzo Goñi, el genial dibujante que había convertido las palabras en imágenes
acababa de morir en Suiza; su muerte había sido dulce y silenciosa y sobre todo discreta.
Lorenzo Goñi, viudo, sordo, lúcido, residía en Suiza con su hija Inés desde el
fallecimiento de Conchita, su mujer. Esperaba a la muerte con algo de impaciencia y un
dandismo que podía parecer desprecio pero que sólo era indiferencia.
El autor recorrió las calles de Lugo y a la caída de la tarde se encaminó a la calle
de la Cruz y observó la casa de sus abuelos con la dulce tristeza de los viajeros que no
tienen a donde regresar. No reconoció el portal ni la escalera y sólo la puerta de la
vivienda le pareció la de su infancia; era sólida, de nogal, repintada de color marrón
y los apliques de bronce brillaban y olían a sidol recién frotado. Sin saber muy bien
por qué lo hacía pulsó el timbre y a los pocos instantes una señorita rubia le
franqueó la entrada y le invitó a pasar con una sonrisa en los labios. "¿Qué
desea?", le preguntó solícita. El piso se había convertido en una oficina, en la
sede de una compañía de seguros; media docena de administrativos trabajaba con desgana y
uno de ellos gritó "¡coño, dónde está el finiquito!" como si en ello le
fuese la vida. El autor explicó en cuatro palabras lo que quería a la señorita rubia
que se quedó visiblemente desconcertada, balbuceó un "espere un momento, por
favor"... y entró sin llamar en un despacho; un señor de mediana edad salió a los
pocos minutos: "soy el delegado...", dijo con un gesto que quería abarcar toda
la oficina y esperó las explicaciones del singular visitante. La situación era
ridícula; el autor, de pie en mitad del amplio recibidor les habló de don Dositeo y de
Luisito, el difunto que volaba como un gorrión y cuando les preguntó si habían
regresado los ratones el estupefacto delegado contestó que no, que allí, lamentándolo
mucho, no tenían ratones.
Todos le observaron como si fuese un loco pero como ponía tanta pasión en sus
palabras nadie se atrevió a interrumpirle. Sin duda imaginaron que se trataba de un loco
pacífico. El autor, con los años, se había quedado calvo y había engordado un poco y
tenía la apariencia de un hombre de orden; en ningún momento parecía un elemento
peligroso. "Esto está muy cambiado: justamente ahí, donde está sentado ese
funcionario bajito, era donde se ponía mi abuelo a escribir a máquina y por este pasillo
jugábamos mi primo el fantasma y yo al escondite". El autor recorrió la oficina
seguido del delegado y de la señorita rubia que obviamente no sabían qué hacer; abrió
puertas y curioseó en los armarios y en los archivadores, inspeccionó los rincones
tratando de encontrar algo que le permitiese regresar al pasado. "Es inútil; todo
está muy cambiado", susurró y cuando el delegado iba a contestar algo así como
"lo siento pero el tiempo todo lo arrasa", la señorita rubia se dejó llevar
por la compasión y tuvo lástima de aquel hombre pasmado que a ciegas buscaba unos
recuerdos falsos, unas imágenes traspapeladas en su memoria "Tal vez a usted le
gustaría ver la cocina; me parece que es la única parte de la casa que no se ha
modificado"... dijo compasiva. Lo guiaron hasta una habitación del fondo y le
dejaron solo ante una puerta que el autor abrió lentamente, con respeto reverencial,
nervioso como un colegial, tembloroso como un doctrino. La habitación estaba casi en
penumbra y un rayo de luz crepuscular, a punto de extinguirse, se colaba por la ranura de
la persiana. Abrió los ojos cuanto pudo y aunque tardó unos momentos en adaptarse,
distinguió algunos muebles que poco a poco se iban dibujando a su antojo hasta parecer
dromedarios en movimiento; a tientas acarició la mesa donde había cenado tantas noches
de niño y sus dedos descubrieron el nombre de la lejana ciudad que su abuelo había
grabado a punta de navaja: Habana mía, decía la inscripción. Antes de
distinguirlos, cuando todavía no había visto las lágrimas en los ojos de don Dositeo,
ni la emoción en la boca crispada de su abuela, ni la alegría en la sonrisa exultante de
Luisito, presintió que estaban allí y corrió hacia ellos enloquecido. Y supo que había
regresado al hogar cuando sintió el calor de sus abrazos en el rincón más oscuro del
cuarto. |