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EL ALEPH

 

 

Viejos mirando con ojos vacíos el vacío, su único compañero. Viejos que no eran sino muertos vivientes. Es ley de vida, dicen, pero yo sé que la ley de la vida es otra.

 

 

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EL FIN DEL MUNDO
POR JOSE ROMERO SEGUIN

Iba a hablar sobre el fin del mundo, os lo prometo, iba a predecir que el mundo se va a destruir irremediablemente en una hora, de un día y casi en un lugar, del que como dice César Vallejo refiriéndose al de su muerte, guardo ya recuerdo. Sí, yo también guardo recuerdo de ese día de destrucción, porque el mundo lleva viviendo un Apocalipsis continuo desde que el hombre cumpliendo con su destino, comenzó a elaborar su existencia. Así iba a ser, pero de pronto en un informativo de televisión saltó la noticia: en una residencia de ancianos, de Sevilla, creo recordar, se había detectado una epidemia de sarna. En la pantalla, un revoloteo de cámaras intentando acceder al interior de las instalaciones, sin éxito aparente, al ser repelidas de buenas pero enérgicas maneras por los cuidadores de los viejos sarnosos, ironías de la vida, que a veces te convierte por mor del desamparo, en eso, en un insulto. Al final uno de los eficientes ojos mecánicos, consiguió infiltrarse, y fue entonces cuando de verdad surgió la noticia, la terrible noticia que me sobrecogió el corazón. No, no fueron como pudiera parecer las pústulas o vesículas de los viejos, ni obviamente el microscópico ácaro sarcopetes, fue algo mucho más sencillo y terriblemente habitual: la soledad. Allí, en una de las salas de aquel almacén de corazones gastados, se vieron un puñado de viejos, rotos, derribados sobre sillones y mesas, dormitando y muriendo de soledad. Muñecos de mueca ausente y desharrapado aliño indumentario, que dirá Machado. Viejos mirando con ojos vacíos el vacío, su único compañero. Viejos que no eran sino muertos vivientes. Es ley de vida, dicen, pero yo sé que la ley de la vida es otra. La ley de la vida no tiene compasión, es cierto, con los viejos, los niños o los débiles, pero tampoco le roba a nadie la vitalidad, la voluntad y en definitiva la vida en nombre de un pacto de convivencia, de entendimiento apadrinado por el raciocinio y una supuesta espiritualidad, que se concreta en eso que llamamos alma, y que no es sino una justificación más para gobernar sin conciencia y actuar sin razón sobre la verdad de la vida.

A estos viejos se les robó un día la vida, en nombre de la civilización y dentro de ella y junto a otros valores, el del compromiso de los unos para con los otros. Y ahora en el ocaso de sus vidas, se les almacena en grandes y fríos edificios, como si fuesen trastos inservibles. Allí están atados de pies y manos a la soledad, esperando la muerte, esa ave sin rumbo que se enamoró un día de la vida y la va matando allí donde la encuentra, porque es la única manera de poseerla. Tal como la toma entre sus garras siente que se le va, e insiste una y otra vez. Pero los asilos no le son agradables, porque en ellos no encuentra vida sino apariencia de vida. Y no es que esos hombres y mujeres no la tengan, es simplemente que sabiéndose condenados ya para la vida y la muerte al desamparo y la soledad, no quieren verlas humilladas.

Va a terminar pronto el siglo de las esperanzas frustradas, pero esperanzas, y dar comienzo el siglo del dogma. Pronto, lo presiento, vamos a sentirnos todos como ese puñado de viejos sarnosos de soledad, y como ellos, nos vamos a dejar caer sobre nuestras miserias, sin importarnos ya nada, ni nadie. Si no está ocurriendo ya, va a ocurrir, lo sé. Hemos enmudecido para la vida, para la esperanza, para los únicos valores que justifican y justificaron el que un día bajásemos del monte.

No soy derrotista, constato sólo una realidad. Se han dictado leyes contra los más elementales derechos humanos, tanto en el ámbito de las libertades como en el laboral, y no he oído ni un murmullo. El otro día el pueblo rugió. Fue un murmullo rotundo y sordo como el del mar, me asomé a la ventana, no era la revolución, era, no me atrevo a decirlo, sólo un gol de Raúl. Cerré la ventana y me dejé caer sobre la silla, yo también fui en ese momento un viejo sarnoso, qué importa eso, la sarna no es sino una enfermedad producida por la vida, por la de verdad, lo otro es una enfermedad creada a la medida de unos pocos para pudrir la voluntad de muchos.

Iba a hablar del fin del mundo, os lo prometo, y no he parado de hacerlo sin tener que recurrir a complicados argumentos filosóficos. Simplemente observando la realidad se da uno cuenta de que el mundo, el nuestro, se pudre sin remedio, entre goles de Raúl y viejos sarnosos de soledad. Y por poner otro ejemplo, novios, o niños de bautizo, o señoras de mercadillo y churro de las pasadas elecciones catalanas, todos ellos con candidato incluido. Damos asco, y lo peor es que no tenemos otra cosa, y como no la tenemos nos empecinamos en seguir creyendo en las mismas mentiras, y profundizando como el peor de los ácaros, en las mismas necedades. Somos así, pero no sin remedio, el milagro está en nosotros. Pero para realizarlo, paradójicamente, debemos dejar de mirar sólo para nosotros.

Feliz año, felices años mil, felices vosotros porque sé que sólo así puedo ser feliz..

 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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