
He de reconocerlo, no estaba
preparada para la hecatombe: los pollos habían intoxicado la cocacola. Dios mío. |
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APOCALIPSIS
POR ELENA F. VISPO
Se acaba el mundo. No me
llamen tremendista, por favor, no hablo del inevitable desastre ecológico ni de la
tercera guerra mundial, ni del efecto 2.000. No. Y tampoco es que se acabe el mundo; el
mundo-mundo, quiero decir, a no ser que a alguien se le escape una bomba de protones y se
vaya todo al tacho. No se acaba el mundo, insisto; nos acabamos nosotros.
Efectivamente, los humanos nos estamos extinguiendo como el lince
ibérico, como vulgares dinosaurios, como cucarachas ante un spray. Los humanos nos
extinguimos sin apelación, como siempre montando bulla y echando la culpa al vecino de
enfrente, que se está muriendo como nosotros.
Los métodos son variados: de hambre, de guerra, de sida, de accidente de tráfico, etc.
Pero lo que nadie nos puede negar es el mérito de la originalidad macabra. Si vive usted
en la parte norte del planeta, tan desarrollada ella, es posible que su muerte sea mucho
menos vulgar y más elaborada. Señoras y señores, prepárense a morir intoxicados.
La cosa saltó a los medios gracias a la Gran Bretaña. El follón de
las vacas locas pilló a una amiga mía en Inglaterra y se pasó dos meses comiendo pollo.
Pollo a la plancha, pollo asado, pollo con patatas, pollo a las finas hierbas, guiso de
pollo... No se asusten, sobrevivió. Menos mal que por entonces no se había oído hablar
de las dioxinas y daba igual de dónde fueran los pollos mientras la ternera fuese
gallega. Primera regla de la dieta sana: no comer carne.
Un buen día nos enteramos de que la mayor parte de los conservantes y estabilizantes y
demás porquerías que les ponen a la comida para que no se nos pudra en la nevera, es
cancerígena, y además una mierda para el estómago. Segunda regla: no comer nada que no
sea fresco.
Luego están los transgénicos, alimentos manipulados genéticamente
que han encontrado en España su mercado ideal. Así que podemos eliminar de nuestro
desayuno las galletas maría, de nuestras meriendas las galletas de nata y el chocolate y
en general de nuestra vida los potitos de bebé, el maíz, la soja, los tomates, las
patatas, y ya paro que me mareo. Tercera: no comer nada que tenga los genes alterados. Si
la comida se envasa en España basta con leer los ingredientes para saber si lleva
transgénicos o no, pero en el extranjero no lo especifican. Es decir, alegraos los
xenófobos, cuarta regla: no comer nada de importación.
Pero eso no es todo. La degeneración de la comida es un hecho normal
teniendo en cuenta cómo está el planeta. Hasta lógico, si me apuran. Y con el tiempo es
posible que algún científico enrollado se invente la pildorita mágica y ya no haga
falta cocinar, ni comer, ni fregar los platos. Y yo seré la primera de sus fans. Puedo
asumir la restricción total de mi dieta. Puedo pasarme a los complejos vitamínicos.
Puedo incluso renunciar a los espaguetti.
La prensa diaria me ha ido preparando para ese momento crucial en el que tenga que dejar
de comer. Pero hace unas semanas, he de reconocerlo, no estaba preparada para la hecatombe
que me atacó desde el avance del telediario: los pollos habían intoxicado la cocacola.
Dios mío.
Saltó la noticia y se desató el pánico. Las conversaciones se
redujeron a la pregunta del millón: ¿y tú qué tomas? "Hombre, no sé, dicen que
si está etiquetada en español, en fin..." La gente se debatía entre la prudencia y
el impulso, y yo temblaba. Y tiemblo. Mi vida sin cocacola.
No se engañen. No piensen que no es para tanto. La cocacola no es una bebida; es un
símbolo. Es el triunfo de la civilización occidental, los valores que nos mueven y nos
sostienen. La crisis de las dioxinas nos dejó de golpe sin sensación de vivir, sin el
refresco del verano, sin la chispa de las fiestas, sin Navidades con burbujas. Nos
mintieron. No habrá siempre cocacola. Ahora tendremos que tragarnos esa birria aguada que
es la competencia, con la sonrisa en los labios para disimular la amarga verdad: algo va
muy mal en el mundo. Esto ya no es lo que era.
Ya lo profetizaron los REM en una canción que es un clásico: es el
fin del mundo tal y como lo conocemos. Y con eso le ha ganado por la mano a Nostradamus y
a todos los profetas que en el mundo han sido. De hecho, creo que la tercera profecía de
Fátima hablaba justamente de esto, pero no se hizo pública para evitar el pánico
mundial.
Se acaba el mundo. No podremos comer más que lo que cultivemos en las macetas del
balcón, y eso controlando dónde compramos las semillas. No podremos beber más que agua
mineral, porque la del grifo sale un día marrón y otro apestando a lejía. Pues nos
está bien. El Tercer Mundo lleva años muriéndose de hambre por cortesía del Primero.
Ironías del destino, ahora los países desarrollados tenemos montones de comida que nos
podemos meter donde nos quepan, porque hay que escoger entre el envenenamiento y la
inanición. A lo mejor la justicia era esto, mira tú. |