
La vejez es una etapa más a la que
hay que sacar partido. Se pueden hacer muchas cosas, se puede disfrutar de muchas cosas y
se puede crecer aún en muchas facetas, si se quiere y se pone empeño. |
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VIEJOS VERDES
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
Hallábame en un parque,
de los que ahora están de moda. Mucho verde para ver y para pisar, para tumbarse al sol,
para jugar los niños y para esparcimiento de los mayores que disfrutan jugando a las
cartas, refunfuñando cuando a un niño se le escapa la pelota, mirando y, si acaso
molestando.
Era un cálido y hermoso día de primavera, y puesto que había de esperar a mi hija que
nadaba en la piscina, decidí disfrutar del agradable sol de las siete de la tarde, me
tumbé en la hierba, como otras muchas personas y cerrando los ojos, en pocos minutos, me
sumí en una reconfortante relajación. Escuché a alguien chistar sin cesar. Ni caso;
pero como quiera que quien lo hacía seguía insistiendo abrí los ojos. Plantado ante mi
hallábase un setentón. Le miré con cara de pocos amigos; supuse, sin más, que mi
mirada le habría fulminado.
Había gente cerca, así que recuperé mi posición porque no quise
mostrarme asustada y porque, francamente, creí que se habría largado. De cualquier
forma, y como estaba con la mosca tras la oreja, volví a mirar, allí permanecía el
hombre en la misma posición y en la misma condición, mirón y molestón.
Me levanté como una posta y me situé en el otro extremo del parque, al abrigo de
bastante gente. Decidí olvidar el incidente y seguí disfrutando del tiempo que aún me
quedaba.
Y nunca mejor dijo: "Vuelta la burra al trigo". El hombre, nuevamente plantado
ante mí y nuevamente chista que te chista. Tuve que marchar, no me quedaban ganas de
jugar al escondite.
Ganas sentí de ponerle verde y, si digo la verdad, de partirle la
cara, porque el viejo verde alteró mi tiempo, mi relax y mi disfrute. ¿Por qué no lo
hice? Había en el lugar bastantes hombres y mujeres de su edad y quizá alguno diría que
yo le había provocado.
Y son esos viejos verdes quienes hablando con los suyos dirán, probablemente, que los
jóvenes están perdidos y pervertidos porque son unos maleducados y unos sinvergüenzas.
Los pervertidos, sinvergüenzas y maleducados son ellos, los que se comportan tal cual he
expuesto y que, con la excusa de pasear para el cuerpo y salud mantener, salen de casa
zumbando hacia parques y playas a babear y a molestar a quien tranquilamente está
disfrutando de su precioso tiempo.
Y algunas mujeres creerán y publicarán que su marido es un santo, no como otros, que no
bebe, no agrede y hace vida sana, que disfruta con pocas cosas y con unos simples paseos;
paseos cuya finalidad es, sin más, incordiar a los demás.
Pues he aquí mi indignación y mi repulsa a los hombres que así se comportan y que mal
que me pese, y en honor a la verdad hay que decir que suelen ser mayores, bastante
mayores.
La vejez es una etapa más a la que hay que sacar partido. Se pueden
hacer muchas cosas, se puede disfrutar de muchas cosas y se puede crecer aún en muchas
facetas, si se quiere y se pone empeño. El divertimiento, la distracción y el placer
están a disposición de todos, de varias formas y maneras, pero jamás a costa de los
demás.
No tengo nada en contra de nadie, porque necesariamente todos llegaremos, si coincide, a
edades críticas, a edades en que somos más vulnerables, a edades donde el hacer
cotidiano cambia necesariamente, a edades donde obviamente uno se plantea que los años
que quedan por vivir probablemente no sean tantos como se desea y visto así, algunas
personas pierden el norte y, en condición de la edad, creen que pueden hacer y decir lo
que instintivamente les apetece, pero la condición de ser racional no se debe aparcar
jamás sino que se debe cultivar, mimar y fomentar.
Respetar a los demás es la obligación que todos tenemos, es, además,
algo sencillo y gratificante porque si bien respetamos necesariamente estamos en
condiciones de exigir el mismo respeto.
Sencilla y llanamente el bien será para todos. |