
La cárcel, en la inmensa mayoría
de los casos, es la mejor y más clara prueba del estrepitoso fracaso del sistema. |
|

PRESUNTA JUSTICIA
POR CAROLINA FERNANDEZ
Me da un poco de sofoco
saber que vivo en un país donde la credibilidad del sistema judicial, la dudosa
aplicación de la justicia y los avatares de los jueces tienen menos impacto en eso que se
ha dado en llamar "interés nacional" que las excentricidades de Van Gaal y los
chismorreos de los primeros entrenamientos de la temporada. A mí me encoge un poco el
estómago, la verdad. Se me viene a la cabeza el dicho de acordárse de Santa Bárbara
cuando truena, es decir, que las injusticias siempre le suceden a los otros, salvo cuando
cambia la suerte y le suceden a uno. Entonces sí, entonces se clama al cielo y se pone a
Dios por testigo de que en cuanto el pleito se termine, si es que acaba antes del juicio
final, le pondremos una bomba al juzgado por darnos el gustazo de verlo saltar por los
aires. El sistema judicial en nuestro país es un bendito desastre. Pero cuando llegue el
momento de que nos decidamos de verdad de exgigir un mínimo de decencia en el ejercicio
de la profesión, ya habrá demasiado daño hecho.
Y no ha de ser tan difícil, digo yo, poner un poco de buena voluntad
-la llaman voluntad política- para organizar mínimamente todo este asunto. Pero no hay
intención, sencillamente porque es un tema de segunda, o de tercera, o de cuarta
categoría, un tema sin importancia. Y yo no lo entiendo, lo juro. No entiendo cómo puede
suceder que en un juicio en el que ha sido citado un presunto violador, junto con no sé
cuantas de sus presuntas víctimas, el presunto juez no se digne a hacer acto de
presencia. Es decir, un desplante con todas las letras, con toda la desvergüenza y con
toda la falta de respeto que hay que reunir en largos años de profesión, que le dan a
uno el par de narices suficiente como para mearse encima de aquellos que esperan de él
ayuda y soluciones. A mí, una humilde cuidadana con una mente sencilla, no me cabe en la
cabeza. Creo que cuando una persona llega a un desgaste tal que su conciencia le permite
mantener determinadas actitudes, debe retirarse de escena. Y si no, que alguien
-¿quién?- lo retire y le haga un favor a la humanidad. La responsabilidad es importante.
No es lo mismo ser panadero y tener ramalazos fascistas, que ser juez y tener ramalazos
fascistas. Que uno tenga un mal día tiene unas consecuencias bien distintas a que el otro
se levante con el pie izquierdo.
Y el papeleo, el puñetero, temible y odioso papeleo. Me comentaba una
persona, miembro de una ONG, que en una ocasión tuvo que coger un tren y desplazarse
quinientos kilómetros sólo para que un funcionario del juzgado hiciese el tremendo
esfuerzo de mover un expediente de una carpeta a otra, porque por alguna incomprensible
razón le había cogido algún tipo de manía al caso que se traían entre manos, y no le
daba la gana de darle vía. Se trataba de una libertad condicional, así que imagínense
la urgencia para el interesado. Pero a quién le importa. Y así.
Y la lentitud. En los juzgados de una flamante capital de Comunidad
autónoma, empufada hasta las orejas por meterse en gastos grandes y tontos, las
secretarias hacen las copias de los expedientes utilizando papel de calco en las máquinas
de escribir, que debe ser algo así como hacer octavillas con la imprenta de Guttemberg; y
los ordenadores son esos enormes y aparatosos mamotretos, no sé si de primera
generación, pero casi, más lentos que el Papa en bicicleta. Y así uno se explica las
montañas de papeles, los expedientes atascados, el hastío de algunos funcionarios, y la
desesperación de los que creen en su profesión -que los hay- pero que se encuentran
atados de pies y manos por un sistema penosamente lento, arcaico y demasiado alejado de su
sentido original. Y se hartan, claro, como esos catalanes que cerraron el grifo, por
saturación: no más denuncias hasta que termine al año. Imposible dar abasto, hay que
desatascar primero. Estupendo, si por parte del funcionariado hubiese un plante general
para exigir más medios y mejor organización, pero si no hay mejoras globales el que paga
el pato -vaya novedad- es el ciudadano, que se come con patatas sus denuncias, sus quejas
y su impotencia ante la maquinaria de la administración.
Y las injusticias. Eso sí que es para asombrarse. Injusticia le llama
le gente de a pie, la que no entiende de leyes, a las cosas que no concuerdan, es decir,
cuando dos y dos no son cuatro. Pongo un ejemplo: la gente normal, entendiendo por normal
a todo aquel que no ha pasado por una Facultad de Derecho, entiende que si un 'pringao'
que le saca una navaja a un transeúnte para robarle mil duros, se pasa en chirona seis
veces más tiempo que un señor de corbata de Armani que le sisa a una entidad bancaria
unos cuantos cientos de millones, lo que ha sucedido es que se ha cometido una injusticia.
Y de ahí no nos apean. Claro que luego viene un letrado y te habla de lo de la
intimidación, que sube muchos puntos. En uno hubo navaja en otro no, por eso el pringao
se pudre en la cárcel y el otro se va a pasar el verano a Puerto Banús. Pues esas cosas
no se entienden, y la gente normal las llama sencillamente injusticias. Porque a veces
sobran leyes y normas y basta con un poco de sentido común y ganas de ayudar a la gente a
vivir mejor. Tema aparte es la cárcel, que ni reeduca, ni reinserta. La cárcel, en la
inmensa mayoría de los casos, es la mejor y más clara prueba del estrepitoso fracaso del
sistema.
En fin, que no se puede una ir a la cama tranquila pensando que si
mañana tiene un problema, la justicia se va a encargar de poner las cosas en su sitio.
Más bien cruzo los dedos para no tener que padecer jamás en carne propia las
arbitrariedades de una justicia de feria, desviada y vieja.
¿Hay alguien más? |