Kennedy fue asesinado por motivos
que le acabo de indicar. La humanidad le consintió que intentase cambiar el mundo, que
hablase de ideales a una sociedad desencantada, que enseñase a soñar a los pobres y a
los negros, pero no le permitió que introdujese modificaciones en los calzoncillos de los
infantes de Marina.
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EL DÍA QUE MATAMOS A KENNEDY (II)
POR JOSE MANUEL VILABELLA
Resumen de la primera parte: El escritor de
cuentos fantásticos intentaba convencer al señor Lera, el poderoso editor, de que
publicase sus relatos.
Aparentemente parecía tratarse de un autor de tercera fila, pero uno de sus relatos
llamó poderosamente la atención del editor "El día que matamos a Knnnedy".
Parecía una versión rigurosamente auténtica de la muerte del presidente, que detallaba
las causas del crimen, los autores...
-(...) Insertó anuncios solicitando nuevos contactos. "¿Dónde estás
"B"?, preguntaba desde las columnas de mdia docena de periódicos.
"¿Dónde estas "B"?, gritaba angustiado en la jungla de papel de los
anuncios por palabras. Nunca recibió respuesta. A "B" se los había tragado la
tierra.
-¿Qué hizo entonces?
-Era un hombre de grandes recursos y se dijo a sí mismo: "Ya que no puedo localizar
a mi contacto, voy a intentar descubrir al que nos ha pagado a todos: al patrón. Voy a
desenmascarar a "A". Y se trasladó a Washington porque intuía que en la
capital americana podía estar la solución de todos sus problemas.
-¿Logró averiguar algo?
-Sí. Le costó mucho trabajo, pero al fin encontró la entrada del laberinto.
-¿...?
-Revisó uno a uno cientos de libros de la Fundación Kennedy, que como usted sabe está
abierta al público, y en un estudio nostálgico y poético del escritor Jimmy Campanela,
donde se detallaban las entrevistas que el presidente Kennedy llegó a concertar, pero que
no pudo llevar a cabo por impedírselo la muerte, encontró una frase que le hizo
sospechar: "El presidente, sin duda por consejo de su esposa que tenía ideas
revolucionarias desde el punto de vista estético, quería cambiar los uniformes del
Ejército de los Estados Unidos, y para hacerlo tenía concertada una entrevista con el
manager de la Memphis Inc.Co".
-Lo siento, pero no entiendo nada. ¿Qué tienen que ver los uniformes con
el atentado?
-Los intereses económicos. El dolar, señor Lera, el dolar. La Memphis Inc. Co. era la
proveedora exclusiva del Pentágono para todo lo referente a los calzoncillos, camisas,
camisetas y uniformes del Ejército yanqui. Se trataba de un negocio de cientos de
millones de dólares. Un negocio segurito hasta que a Kennedy se le ocurrió la peregrina
idea de introducir modificaciones en los diseños. Esto implicaba cambiar procedimientos,
modificar cadenas de montajes, tener que destruir importantes "stocks" de
productos terminados. La Memphis, que tenía unos contratos en exclusiva desde los tiempos
de Roosvelt, era una multinacional que fabricaba sus productos en varios países del
mundo. En Hong Kong, en Thailandia, en Sabadell, en Francia, en Italia. El imperio de la
Memphis se podía venir abajo, sobre todo porque, de acuerdo con las disposiciones
antitrús, sería necesario que la concesión para el suministro de los nuevos uniformes
saliese a pública subasta. La Memphis corría el riesgo de perder su exclusiva. Era la
ruina.
-¿Insinúa usted que al presidente le mataron por cuestiones económicas?
-Yo no lo insinúo. Lo aseguro. Kennedy fue asesinado por motivos que le acabo de indicar.
La humanidad le consintió que intentase cambiar el mundo, que hablase de ideales a una
sociedad desencantada, que enseñase a soñar a los pobres y a los negros, pero no le
permitió que introdujese modificaciones en los calzoncillos de los infantes de Marina.
Eso era un cambio demasiado radical.
-¿Qué hizo su hermano cuando descubrió esos
datos?- pregunté alucinado.
-Se trasladó a Milwauker, donde la Memphis tenía las oficinas centrales con objeto de
investigar in situ.
-¿Y qué descubrió?
-Que la Memphis Inc. Co. había quebrado y que el propietario se había suicidado.
-¡Sorprendente!- exclamé.
-Un caso de desgracia; de auténtica mala suerte. El destino que castiga sin piedra ni
palo. Los uniformes que la Memphis confeccionaba estaban fabricados a base del componente
F-128, un producto acrílico derivado del petróleo. Los calzoncillos de la Memphis eran
suaves, elegantes, lavables y duraderos, pero, también, ¡ay! luminosos.
-No lo comprendo
-Es muy sencillo. Durante la guerra del Vietnam el alto mando americano se dio cuenta de
que los comandos yanquis que salían en misiones nocturnas eran eliminados
sistemáticamente. No regresaba ni uno. "Hay que revisar los camuflajes, decían los
generales. Y los comandos se disfrazaban de palmeras, de cocoteros. Parecían macetas, los
pobrecillos, pero a pesar de todo no volvían. Al fin un científico descubrió el motivo:
el producto acrílico F-128 era reflectante y los norvietnamitas se habían dado cuenta de
que utilizando determinado tipo de gafas, los soldados norteamericanos brillaban como
luciérnagas. El enemigo los cazaba porque en la noche asiática refulgían como gusanos
de luz. Naturalmente esto supuso la quiebra instantánea de la Memphis Inc. Co. y el
suicidio para su propietario, porque en América, ya se sabe, la pobreza es algo peor que
una desgracia. Es una vergüenza.
-O sea, que todos los componentes de la confabulación iban siendo eliminados por uno u
otro procedimiento.
-Todos... excepto uno, "B", el organizador del atentado, el cerebro que
proyectó el magnicidio, el verdugo de sus compañeros de confabulación. Mi hermano
murió en un accidente de tráfico. Un accidente estúpido. Creo que él también fue
asesinado.
El escritor de cuentos fantásticos había terminado de contar su historia. Se había
confesado. Ya no tenía miedo. Compartía conmigo sus inquietudes.
-¿Qué podemos hacer, señor Lera? Es preciso que el mundo se entere de la verdad del
caso Kennedy. Tenemos el deber cívico de gritarlo a los cuatro vientos. El nuestro es un
compromiso histórico.
Lo que me vi obligado a hacer fue un doloroso sacrificio. Lo juro. Aquel hombrecillo me
resultaba simpático. Era astuto, inteligente, tenía intuición y sabía contar sus
historias. Habría triunfado como escritor porque tenía talento. Yo no soy un sádico,
pero no podía tirar por la borda mi posición actual. El pasado tormentoso, mis contactos
con la Mafia, el dinero sucio, el crimen organizado eran sólo un recuerdo; como un mal
sueño para mí. Tomé la decisión en aquel instante. Me vi obligado a reaccionar
violentamente para sobrevivir. A grandes males grandes remedios, ha sido siempre mi lema.
Esa es la ley de la jungla y de la vida.
-Lo siento, amigo mio -le dije, y del cajón del escritorio saqué un revólver y
apuntándole a la cabeza le disparé.
Me consta, porque lo leí en sus ojos, que el escritor de cuentos fantásticos comprendió
mis motivos. No se trataba de nada personal. Me vi obligado a matarlo porque yo soy
"B". Yo organicé, modestia aparte, el asesinato de Kennedy y aquel pobre hombre
lo sospechaba.
-Por favor, señorita, póngame con la Comisaría de Policía -le ordené por teléfono a
mi secretaria.
Observé la herida que mi nueva víctima tenía en la cabeza. Un orificio limpio, redondo,
le horadaba el cráneo a la altura de la sien derecha. "¡Espléndido!", me dije
y le coloqué el revolver en la mano. "Es un suicidio perfecto".
-Señor Lera, tiene usted al comisario de policía al otro lado de la línea telefónica
-me comunicó mi secretaria.
-Señor comisario, tengo que poner en su conocimiento un hecho muy desagradable. Un
escritor desconocido, un pobre hombre, se acaba de quitar la vida en mi despacho porque no
quisimos publicarle un libro de relatos. Me temo que con esa decisión he sido, en cierto
modo, el responsable.
Los minutos que transcurrieron hasta que llegó la policía los invertí en leer,
nuevamente, el relato del escritor de cuentos fantásticos. Después encendí un puro y en
la chimenea de mi despacho convertí el cuento en cenizas. Las llamas lo devoraron
lentamente. Era la liberación definitiva. La última prueba de un crimen histórico.
"El día que matamos a Kennedy" por José Manuel Vilabella, leí un segundo
antes de que aquel espléndido trabajo literario se convirtiese en humo.
El cadáver del autor me miraba fijamente y me di cuenta, entonces, de que el escritor de
cuentos fantásticos tenía un ojo postizo. Era un ojo brillante, acusador, irónico,
inclemente, cínico, socarrón, hiriente. Un ojo de cristal color verde botella. |