
Yo no creo que el populacho acierte
siempre, sino que se equivoca en masa, que no es sino una forma como otra cualquiera de
acertar. Y no es que al pueblo le falten luces, sino que se halla deslumbrado de tantas
luces falsas como instalan a su alrededor. |
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¿QUÉ ME QUIERES ELECTOR?
POR JOSE ROMERO SEGUIN
Somos la mar de listos,
no lo digo yo, lo dicen nuestros representantes políticos. No por tan vanidad de
vanidades, ni mucho menos, es simple y llanamente la alta valoración que tienen estos
esforzados de la cosa pública de su querido pueblo. Y yo voy y me lo creo, porque es
cierto, el elector nunca se equivoca. Pero ¿a quién le he escuchado eso antes? ¿a qué
privilegiado cráneo? ¡Ah! ya recuerdo, al noble tendero de la esquina, y también al
afamado directivo de una marca de coches. Juraría que había sido a alguien de más,
digamos enjundia intelectual, y referido por supuesto a cosas menos materiales y
prosaicas, como puede ser la fruta de temporada o el coche del año.
Pero es así, porque eso de que el cliente siempre tiene la razón y
otras frases de la misma índole son de uso habitual en el lícito mercadeo de todos los
días.
Me pregunto pues ingenuo, ¿son acaso nuestros políticos tenderos? Qué tontería, claro
que sí. Y algo más, ¿será cierto como propugnan que el pueblo jamás se equivoca? Pues
cómo no, claro que se equivoca, es más, es lo justo y necesario.
Aunque el pueblo soberano sumido en su soberana soberbia lo desmienta con rotundidad.
Dicen los líderes políticos derrotados después de las elecciones:
"hemos entendido el mensaje, hemos captado la sensibilidad social del electorado y
por dónde han de ir las directrices socio-políticas y económicas del devenir
democrático".
Quien lo diría, lo que hace unos días era su cisma, su carisma, su catecismo, su
irrenunciable postura programática, se revela ahora como algo vacío y falto de sentido.
Pero así es, qué importan los ideales, si estos no dan acceso directo al poder no son
sino absurdas consignas que no venden, caducos modelos de diseño social que no convencen,
en fin, laberínticas y errabundas galerías de topo que urge abandonar.
No hay que alarmarse, debe ser así, pues quien las vende hoy como si fuesen alma de su
alma, no es un filántropo, ni un humanista, sino un comercial de sueños orientados a
administrar poder. Por ello no es de extrañar, por muy ideal que sea, que se deseche sin
demora.
Deberían pensar si fuesen lo que debieran, que quien reniega con tal
ligereza de su ideal no puede ser hombre de confianza. Pero reconocerlo sería de hombres
con cierto sentido de la dignidad y la ética. Y en ese caso ellos no valdrían al
partido, porque no han de ser para ellos esos valores o virtudes, sino defectos. Deben por
tanto cambiar el producto, renovar los sondeos para atemperar el género a los gustos del
grupo mayoritario. Si esto no vende hay que fabricar una nueva utillería política y
social, y para ello nada mejor que decir "digo, donde antes dije Diego", y sean
esas sus flamantes virtudes, sus nuevas y firmes creencias, sus irrenunciables e
irreductibles postulados, y a ver lo que opina en la siguiente el mercado.
Pero señores, el producto no es de feria, sino de la sutil materia de
que debieran estar hechos los sueños sociales. Bendita sea pues el agua que bendice al
hombre que cree que posee las claves de una sociedad más justa, más solidaria, más
tolerante. Y pese a los resultados incide y reincide respetuoso en su noble intención.
Porque eso hoy no vende, hoy lo que se lleva es la falsa seducción, esa que te susurra al
oído ¿qué me quieres elector?
Yo no creo que el populacho acierte siempre, sino que se equivoca en
masa, que no es sino una forma como otra cualquiera de acertar. Y no es que al pueblo le
falten luces, sino que se halla deslumbrado de tantas luces falsas como instalan a su
alrededor. Y cuando no hay razones ideológicas serias, no puede haber sino mentiras
enteras y a medias, cómo pues no engañarse si parte del engaño.
Pero es más, el pueblo se equivoca, el elector miente y no sólo eso, no es siempre
consecuente, ni honrado, ni mucho menos justo. El elector es hoy un comprador en día de
rebajas, que se pasa por las covachas de los mercadillos de sueños sociales buscando lo
que mejor le viste, sin importarle para nada el bien común.
Tenemos lo que queremos y no, como sostienen, lo que merecemos. Merecer contiene en sí
mismo un algo de inocencia, y no somos como pueblo inocentes de nada que no sea corromper
el sistema en torno a nuestros corruptos intereses.
No digo yo que la evolución sea mala, pero sospecho de quien con tal
rapidez y fanática contundencia cambia de postulado, no es oportuno, sino -¡ojo amigos!-
de oficio oportunista. |