ay que fastidiarse! Con
los tiempos que corren y el pasar de los años debo estar haciéndome mala, quizá no sea
la palabra exacta, pero tanto da, porque si no es exacta es aproximada.
El otro día recibí a un cliente -se trataba de su primera cita- que
me había sido derivado por un eminente profesional, al que acuden en busca de cura y
ayuda todo tipo de gentes.
El problema es que la fama de este profesional ha llegado lejos y ha
calado hondo, así que a él acuden personas con cualquier tipo de problema o dolencia,
física y psíquica, sin cuestionarse siquiera si será o no de su competencia
profesional.
Como quiera que el hombre es honrado, cuando algo no le compete, remite
al cliente a los profesionales que considera oportuno y necesario. Pues así llegó a mi
consulta el cliente. El primer día, veinte minutos tarde, nada que objetar en principio,
pero si además de llegar tarde, llega protestando, empieza a enfadarme el tema. Comienzo
a escuchar y a anotar, que todo lo anoto, porque de lo contrario se me olvidaría. Y en mi
campo los matices, las dolencias, la interpretación de las dolencias, la vida, la
personalidad, etc. son lo que me permiten formular una rigurosa y sopesada hipótesis. El
diagnóstico vendrá más tarde.
Pues he aquí que el señor me llama la atención por tomar notas y me
reprocha que si tomo notas no atiendo y no entiendo. Dificultades preveo, para entenderme
con él, porque no estoy por la labor de hacerle caso, así que le explico que es
rigurosamente necesario que anote y que, desde luego, soy un poco mayor para que me digan
lo que tengo o no tengo que hacer.
Jamás he mirado la hora cuando atiendo a un cliente. Si acude a mí es
porque lo necesita y ahí estoy, que para eso me paga, pero como la historia era tan densa
y extensa, a la hora y media (era el último cliente) decido ir recapitulando. Nueva
dificultad, porque va y me dice:
-¡Ah! ¿Ya te cansaste eh?
Duro de pelar y borde de remate. Intento ser amable, entiendo que
necesita ayuda y sobre todo que me lo envía una persona que en mí confía; sigo
escuchando un poco más y finalmente le doy trabajo para cumplimentar y aportar en la
próxima sesión.
Semana siguiente: quedamos a las siete, pero el hombre llega, como si
tal cosa, a las ocho menos veinte. Si te dejas te exprimen, te manipulan, te presionan
emocionalmente y ¡encima! intentan hacerte sentir culpable.
Así que la paciencia se agota; me negué en rotundo a atenderle, el
hombre se enfadó y vociferó pero no cedí ni un milímetro, le espeté que mi servicio
es riguroso y el estudio detallado pero que nadie me toma el pelo, aunque algunos lo hayan
hecho. Si lo deseaba lo recibiría a las ocho del siguiente día.
Y volver, volvió, pero en la segunda sesión no me reprochó que
anotara y, desde luego, fue cauto con su hora, porque si yo quiero excederme me excedo,
pero no por imposición sino por devoción.
El cliente para mí es tremendamente importante, sagrado, alguien que
necesita ayuda, que necesita de mis conocimientos y que debe exigir que estos sean
rigurosos, científicos y renovados. Cuando alguien quiere solucionar su problema, su
estrés, su depresión, sus preocupaciones o lo que se tercie, encantada estoy y
agradecida de que a mí acuda, que de eso he de vivir a fin de cuentas. Si la persona
colabora, pone empeño, lucha y practica tal como le digo, sabe que estoy a su
disposición. Mi teléfono puede usarlo cuando lo necesite porque es mi cliente, un
cliente que se deja ayudar. Pero si me utiliza, termino las concesiones.
Luego dicen: los médicos se deshumanizan y los psicólogos están
chiflados; estoy harta de tanta etiqueta y tanto rollo. Admiro a los médicos que no se
deshumanizan y creo ser humana y estar cuerda, pero todo tiene un límite y para
permanecer cuerdo y humano hay que hacer acopio de mucha fortaleza física y mental, mucha
motivación, mucha ilusión y mucho amor a la profesión. Y por si fuera poco, renovarse
diariamente, en ello estoy y estaré pero sin que el cliente se pase porque si se pasa y
abusa, conmigo ha terminado.
¡Han cambiado los tiempos! Hace no muchos años, y sucede en
ocasiones, quien acudía al médico, al abogado o al dentista, no se atrevía ni a
"gurgutar". Hoy con tanta información, tanto autodidacta y tanto listo incluso
le recomiendan al profesional cómo actuar y qué recetar.
No digo que no se deba "gurgutar", hablar y exponer, sin
reservas lo que ocurre, lo que siente y lo que piensa y, si es el caso, hasta sin recelos,
¡por supuesto!, pero de ahí a decirle lo que tiene que hacer hay un trecho, y ese trecho
es infranqueable.
Pues he quedado más tranquila y es que para que la adrenalina no
ascienda excesivamente, nada mejor que desahogar. Y yo lo he hecho al hablaros de estas
cosas.
Hasta parece que respiro mejor.