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EDITORIAL
NAVIDAD
Es Navidad. En una
improvisada tienda de lona y cuerdas un niño acaba de nacer. Su infantil llanto recorre
el campamento de refugiados llenando de lágrimas los ojos de las madres que dejaron a sus
hijos enterrados a lo largo del camino, con una cruz encima del montón de tierra y
piedras, cruz que también está relacionada con la Navidad, señalando el final del
camino, el inexorable destino de Aquel que hoy nació.
El niño es precioso y parece sano, contrastando con la palidez de sus padres, con sus
profundas ojeras que enmarcan unos ojos tristes, cansados y llenos de preocupación por un
futuro que no poseen.
Hoy es Navidad, pero esta vez es distinta.
En el campo de refugiados no se oirá el redoble de campanas anunciando la buena nueva, el
nacimiento del Dios del Amor.
En el campo de refugiados no se comerá turrón, ni brillarán las guirnaldas de colores,
ni se oirá el canto alegre de los villancicos.
Los que están allí son desterrados, perseguidos por la "justicia" del hombre,
escapados del horror, del odio y de la sed de sangre de los que nunca comprendieron que
existe la Navidad porque existió un niño que vino a mostrarnos el camino de la
fraternidad universal, de la igualdad de todos ante su Padre, de la renuncia y de la
aceptación, del respeto y del perdón.
Es Navidad, y el niño recién nacido, en su improvisada cuna, ha
dejado de llorar. Sus ojos se abren mirando a su alrededor, comenzando a descubrir un
nuevo mundo, el mundo que le ha tocado vivir o que él ha elegido vivir, quién sabe.
El frío penetra por los rotos de la tienda transportando con él la soledad de un
exterior de barro y nieve. Ni siquiera el sol acompaña este nacimiento, como si ello
fuera un presagio de lo incierta que esta vida que comienza será.
No hay animales que den calor al bebé, como ocurrió en Belén.
No hay pastorcillos que vengan a visitar al recién nacido, ni Reyes Magos que le ofrezcan
regalos.
Esto es tan solo un campo de refugiados, uno más, lejos del consumo y de la fiesta, lejos
del recuerdo de los Reyes y de los Magos, de todos los poderosos que esta noche brindarán
con Champagne rodeados de sus familias y al calor de una chimenea.
Pero al niño le da igual, porque él no sabe de estas cosas inventadas
por el hombre. El acaba de llegar a este mundo y nada conoce de sus mezquindades, de sus
injusticias, ni de sus mentiras.
Con suerte crecerá en el campo de refugiados bajo la mirada triste de sus padres que
desearían para él una escuela, juguetes y un futuro.
Correrá descalzo entre el barro y a lo mejor sobrevive a las enfermedades, al hambre y al
odio.
En cualquier caso será un niño marcado, cuyos sueños tratarán de ir más allá de la
alambrada, volará su imaginación buscando otros lugares, otras gentes, otros niños como
él.
Preguntará muchas veces por qué están allí encerrados, y sus padres le responderán
con evasivas, porque tampoco ellos saben exactamente la respuesta, aunque tiene que ver
con el egoísmo humano.
Cuando llegue de nuevo la Navidad querrá saber quién era Jesús y por qué le mataron, y
comprenderá, mejor que ningún otro niño del mundo, la razón por la que nació Jesús,
la necesidad tan grande de Amor que la humanidad tiene.
Pero todo eso, tal vez, será en el futuro. Hoy es Navidad y el niño, en su improvisada
cuna, no tiene que comer. Su madre no tiene leche. Demasiada hambre, demasiado dolor.
La desesperación flota entre los destartalados muebles que alberga la
tienda junto al humo del fogón que intenta combatir el frío que se cuela.
El niño vuelve a llorar. Tiene hambre.
Alguien aparta la tela de la puerta y penetra en la tienda. Una mujer ofrece su leche para
el niño y otra trae algo de comida para la madre.
Un hombre ha fabricado un sonajero con unas piedras y una cajita de madera. Es el primer
juguete. Tal vez el único.
La cara de la madre, poblada de arrugas, se contrae en una mueca que parece ser una
sonrisa de agradecimiento.
El padre, entre la emoción y el dolor, sale de la tienda. Necesita estar solo. Ha dejado
de nevar.
Llorando de rabia e impotencia mira al cielo, ahora lleno de estrellas, buscando una
respuesta a tanto dolor, a tanta injusticia.
Pero no la encuentra, tal vez porque el cielo ya dio su respuesta hace dos mil años, una
respuesta que fue un mensaje de futuro, una llamada y un aviso, un camino y una
advertencia.
Hoy es Navidad, pero el hombre aún no comprendió su significado, por
eso, tal vez, el planeta entero pronto se convertirá en un campo inmenso de refugiados. |