ara diagnosticar a un paciente como demente senil es necesario proceder a un
riguroso estudio ya que, a determinadas edades, como bien dice la frase anteriormente
citada, cualquier síntoma puede parecer que es producto de un cuadro demencial y, sin
embargo, puede ser debido a otras causas, a saber: ingesta de fármacos, depresión,
anemia, hipotiroidismo, deficiencia de vitamina B, etc.
Una vez que se ha descartado cualquier causa que pueda generar oscuridad y confusión a la
hora de proceder a un diagnóstico, es cuando se está en disposición de plantearse si
realmente se está ante un caso de demencia senil.
Alois Alzheimer descubrió en el año 1907, en la autopsia de una mujer
de 50 años, una "degeneración amiloide" en las placas del cerebro. El nombre
que se le dio a esta patología, causa de demencia, lleva, por tanto, el nombre de su
descubridor.
En el cerebro de las víctimas de Alzheimer se observa la pérdida de
gran cantidad de neuronas, así como la de los niveles inferiores de un neurotransmisor
llamado acetilcolina.
La causa de esta degeneración no es aún claramente conocida aunque existen diversas
hipótesis en las que se está trabajando, especialmente a nivel genético.
La enfermedad presenta un amplio abanico de signos y síntomas, pero básicamente se puede
resumir en la presencia de un deterioro progresivo de varias funciones mentales; los
demás síntomas se dan por añadidura. Generalmente los primeros síntomas palpables son
los olvidos, el enfermo se percata de ellos y bien por miedo a lo que pueda estar
ocurriendo, por vergüenza o por considerarlos propios de la edad, lo que hace es
ocultarlos.
Al principio lo consigue bastante bien, ya que se trata de olvidos poco significativos.
Conviene, sin embargo, prestar atención a estos síntomas porque indican que algo puede
estar ocurriendo.
Otro problema, quizá de observación más tardía, es el olvido de los nombres de los
objetos. Para paliarlo utilizan frases que describen la función de lo que se quiere
nombrar; por ejemplo, esa cosa que sirve para peinarse.
También comienza la alteración lingüística, el lenguaje se hace
cada vez más reducido, inventan palabras nuevas, sin sentido, que son utilizadas en vez
de las que se han olvidado, también pueden producirse cambios silábicos y otras
anomalías por el estilo. Cuando la enfermedad está muy avanzada el mutismo se va
apoderando del sujeto.
Las funciones de cálculo también están transtornadas, las operaciones sencillas son
realizadas muy torpemente, posteriormente no será capaz de realizarlas.
En estadíos tempranos, y quizá no tan tempranos, cuando la enfermedad aún no es
profundamente devastadora, el sujeto se percata de su pérdida de capacidades. Ello le
incapacita y, por tanto, le indigna, dando lugar a comportamientos hasta entonces
inusuales como son la irritabilidad e incluso la agresividad; también puede darse un
comportamiento claramente antisocial.
La desorientación espacio-temporal también se dará, al principio el sujeto comenzará a
desorientarse en lugares que le son poco comunes, finalmente también se desorientará en
lugares que para él son muy conocidos, incluso en el propio domicilio. Es frecuente que
desconozca la hora en la que se encuentra y el día o el año en que vive.
Todo ello hará que, cada vez con más frecuencia, se pierda, lo cual puede prestarse a
situaciones muy dramáticas como son el vagabundeo y los accidentes.
Las alucinaciones (alteraciones visuales y acústicas) son muy
frecuentes en estos enfermos. Ven lo que no es y oyen lo que no se dice; sus conductas
interaccionan con esas alucinaciones y, por tanto, su comportamiento responde a ellas.
El cuadro sintomático es aún mucho más amplio, he citado algunas de las conductas,
quizá las más llamativas, que se presentan en la demencia que nos ocupa. Es de todos
sabido que el enfermo termina siendo incapaz de todo y se convierte en un ser
absolutamente dependiente de las personas con las que convive, que terminan siendo
prisioneras del enfermo y abocadas a una calidad de vida muy limitada para ellas mismas si
no planifican, con ayuda, la forma de cuidar al enfermo.
¿Qué se puede hacer ante un cuadro tan despiadadamente devastador?
Ante los primeros síntomas, los olvidos, hay que actuar. La persona
debe acudir al médico que procederá al diagnóstico. Si se corrobora que se trata de
este tipo de demencia hay que buscar los canales de información adecuados que dispensen
las correspondientes pautas de actuación.
Aún no existe un fármaco capaz de tratar la enfermedad de Alzheimer, entre otras cosas
porque la causa está aún por determinar, sin embargo parece que está siendo muy
interesante la utilización de fármacos que inciden en los niveles de acetilcolina,
intensificando y manteniendo la comunicación neuronal. No son fármacos curativos, pero
han mostrado que su uso mejora determinados parámetros cognitivos, al menos en estadíos
de la enfermedad leves y moderados.
Hay que tener en cuenta otras vías de actuación complementarias a cualquier fármaco que
el especialista considere pertinente, se trata de pautas que se han de realizar
diariamente y que tienen la finalidad de conservar la autonomía del enfermo durante el
mayor tiempo posible. Estas pautas, cognitivas y conductuales, merecen atención especial
y, por consiguiente, espacio suficiente. Las abordaré ampliamente en el próximo número
de esta revista.
Entretanto deseo finalizar con una frase que me parece muy interesante para la
reflexión: "Menos bailes, menos viajes y más aulas de estudio que incluso obliguen
a la gente mayor a un mayor rendimiento académico. Se trata de obligar al cerebro a que
trabaje". (Doctor J. Martínez-Lage)