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LA VOZ DE KAOS
MUJER Y MATERNIDAD
Alguien se
inventó un día que la máxima realización de la mujer estaba en el hecho de ser madre.
Esta idea, arropada por la concepción machista de la vida y apoyada plenamente por la
Iglesia, relegaba de una forma absoluta a la mujer al papel de tener hijos y, de paso,
servir a su marido, tanto en la cama como en sus obligaciones hogareñas.
Así, la mujer a través de la historia ha sido una esclava del hombre, sometida a sus
caprichos sexuales, encadenada a parir, cuidar y sacar adelante una prole que, en la
mayoría de los casos, dependía en número de la decisión del macho o de su insaciable
apetito sexual.
El hombre echaba el polvo y con eso ya se consideraba muy macho, el resto, el embarazo, el
parto, los cuidados y la educación de los hijos corrían a cargo de la mujer.
Y eso aún sigue ocurriendo de una forma generalizada.
Con ello, el sagrado y precioso acontecimiento de ser madre, de producir, albergar y
educar nuevos seres, se convertía en una tarea obligatoria que marcaba los topes máximos
de realización de la mujer y también su condición de inservible, de inútil, si no
podía tener hijos.
Hoy en día las cosas han cambiado un poco. La mujer moderna no cifra,
en general, su máximo anhelo en ser madre, y si lo hace no es obligada y condicionada por
el macho, sino por su mismo deseo de tener hijos.
Y si las cosas han cambiado no es precisamente porque el macho haya claudicado o que apoye
a la mujer en sus derechos como ser humano, sino porque la mujer ha ido despertando poco a
poco de su letargo de siglos y ha empezado a darse cuenta de que ella es la dueña de su
vida, y también de que su capacidad como mujer de ser madre no es algo que esté marcado
arbitrariamente por el hombre, sino que es un don divino, superior, más allá de la
concepción machista de la vida.
El concepto madre, relacionado con la mujer, y visto desde el Origen de las cosas, no es
algo que esté en función únicamente de tener o no hijos.
La mujer es la Madre por excelencia. Su instinto maternal está vivo
independientemente de tener o no hijos. Su capacidad de darse, de entregarse, su espíritu
de sacrificio, su innegable sentido de la renuncia y de la adaptación, es algo heredado
de la Madre Tierra, grabado a fuego en el polo negativo, en el aspecto femenino de la
creación.
Pero la mujer también es inteligente, creadora, luchadora y capaz de llevar perfectamente
compaginadas su función como madre, como hija y como responsable de su trabajo en
cualquier campo de la sociedad.
Ha sido el hombre quien ha relegado, desde siempre, a la mujer a su
única función de parir hijos.
Ha sido la Iglesia, club de machistas y reprimidos, quien ha elevado esa función al grado
de "divina", condenando así a la mujer al ostracismo y colocándole la etiqueta
de pecadora si se rebelaba contra tal mandato.
Ha sido el Orden quien ha manipulado el sentido puro de la creación, quien ha creado la
Eva impura del paraíso y ha impregnado como consecuencia a la mujer con la mancha eterna
del pecado original, cuando en realidad la actitud de la primera mujer, de la primera
Hija-Madre, ha marcado el principio de la liberación futura no sólo para la mujer, sino
también para el hombre.
La valentía de la primera mujer al recibir en sí, en su cuerpo, la
semilla de la rebeldía y transformarla en Vida, no fue sino sentar el principio del fin
de las fuerzas retentivas, de los valores contrarios a la evolución.
La consecuencia no es el caos en la humanidad, tal y como los seres oscuros del Orden
hicieron creer, sino la guerra contra esas fuerzas opresoras, guerra que continúa
todavía y que está próxima a su final.
Y en esa guerra la mujer es el principio y el fin, la Hija del rebelde, la Madre de los
rebeldes.
La maternidad física es sólo una expresión de la auténtica maternidad, de haber parido
una humanidad que lleva en su interior, en sus genes, el símbolo de Kaos.
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