n esta sociedad en que vivimos todo el mundo anda preocupado por
todo, por hablar bien, por vestir bien, por estar a la altura de las circunstancias, por
saber más, etc.
Me parece perfecto. Todo aquel que quiera desarrollar sus potencialidades en su derecho
está. Si además produce satisfacción, nada que objetar.
-Quiero ser un buen orador.
A veces recibo peticiones de este tipo y además algunos creen que tengo una varita
mágica mediante la cual, en un tiempo muy corto y sin gran esfuerzo, estarán en
disposición de arrebatar al auditorio.
Con calma y entrenamiento -digo.
-Pero debe haber alguna técnica que yo pueda utilizar y que me asegure
un buen resultado.
Hay pautas eso sí, pero el camino hay que recorrerlo y en el camino hay dificultades. El
aprendizaje es la clave de todo, como en todo, no nos vamos a engañar.
Hace algunos años tuve que prepararme para hablar en público, no recuerdo exactamente si
mi primera conferencia convenció o no, estaba muy nerviosa, la preparé con cuidado
durante varios días y hasta representé la obra ante el espejo. Fue una especie de
ensayo, pero perdí el miedo a hablar en público.
-Pero eso es muy artificioso.
Lo fue en su día, nadie lo duda, hoy forma parte de mi conducta y mi forma de exponer.
En posteriores ocasiones seguí estando nerviosa pero sabía que podía hacerlo y que en
definitiva, lo de estar nerviosa sólo lo sabía yo.
-Pero puedo bloquearme.
Es muy improbable que esto ocurra, el nerviosismo acaece en los primeros minutos pero al
concentrarse progresivamente en lo que se desea comunicar va desapareciendo. Finalmente
uno se siente cómodo.
-Es que no soporto ponerme nervioso, me asusta, temo hacer el
ridículo.
Ahí está la clave, el ridículo y el deseo de estar totalmente relajado. No creo que
todo buen orador esté absolutamente relajado. Cada conferencia puede ser diferente y ante
un público diferente, y se quiera o no, el público evalúa.
Hay cursillos para aprender a hablar en público, posibilidad que hay que contemplar al
menos si uno se considera especialmente necesitado de ayuda, pero además hay que
trabajárselo mucho y enfrentarse a la situación, teórica y práctica, no cabe duda, y
lo mejor para enfrentarse a la práctica es tener siempre presente las siguientes pautas.
-Preparar con sumo cuidado aquello que se quiere dar a conocer. Llevar
las cosas prendidas por los pelos es un mar difícilmente subsanable. Si el tema se ha
estudiado bien, se han consultado varias investigaciones al respecto, si se tiene plena
seguridad en la documentación que se aporta siempre habrá de qué hablar aunque "el
santo se nos haya ido al cielo".
-Los ejemplos, las anécdotas, estudios curiosos, etc. son recursos que
a mí me parecen especialmente importantes, rompen la monotonía del discurso y lo hacen
mucho más atractivo.
Algunos oradores utilizan estos recursos de forma espontánea, sobre la marcha y las
necesidades, yo construyo esa espontaneidad, llevo anotado el ejemplo que conviene, la
anécdota que me parece oportuna y hasta la frase que considero significativa. Algunas
personas me preguntan ¿cómo se te ocurren tantas cosas al margen del rigor del discurso?
Estudio, es la respuesta, muchas lecturas del tema y muchas horas para contrastar
información.
Así, aunque tenga un lapsus siempre tengo información a la que recurrir.
-Ser natural. Nada más atractivo. Cada conferenciante ha de conservar
su identidad, nada de tratar de hacer como fulanito o como menganito, sería un fraude.
Naturalidad es mostrarse como se es, con sencillez, sin fingimientos pero con
conocimientos.
-Amabilidad y simpatía. Cuesta lo mismo mostrarse simpático que
antipático. Y a fin de cuentas siempre es más rentable.
Si no lo eres trabaja en ello, muéstrate cordial y afable, el público que acude a
aprender de tus conocimientos se lo merece, observarás que se establece una corriente de
simpatía muy gratificante para ambas partes, orador y auditorio. La amabilidad se
convertirá en tu mejor estrategia.
-Resolver incidentes. Siempre puede haberlos y con ellos se ha de
contar, por si las moscas. El micrófono que no funciona, el aparato de las diapositivas
que no aparece a última hora, algún individuo que lo cuestiona todo, etc.
Si la tecnología no funciona hay que salir del paso, conviene además de llevar
diapositivas u otras alternativas, llevar notas debidamente ordenadas, es un recurso
perfecto que ayudará a conservar el orden y a no quedarse en blanco.
Respecto a las interrupciones o cuestiones que plantee alguien deseoso de entrar en
polémica, se le invitará de forma cortés pero tajante a hacerlo al final.
-No leer. Nada hay más aburrido que un conferenciante que lea todo el
tiempo. Asistí en alguna ocasión a alguna conferencia de este tipo y me agobió
soberanamente. Se puede leer una frase puntual o un dato específico que enfatice o aclare
lo que se quiere decir, más allá de esto me parece una falta de respeto al público.
-Presencia física. Acorde con la circunstancia, el sentido común
recomienda adaptarse al público, a la conducta colectiva.
El pelo, las uñas, el maquillaje y los detalles que convengan, han de cuidarse, lo justo,
sin remilgos, sencillamente con sencillez.
-El olvido. Si ocurre no pasa nada, en vez de comenzar a buscar
información entre las notas nerviosamente, que siempre se notará, se pasará a la idea
siguiente, sin más.
Un truco que utilizo siempre es el siguiente: llevo mis notas debidamente ordenadas y
subrayadas, pero por si cometo omisiones o algo se me olvida, también llevo información
adicional, que tiene que ver con el tema pero que no pienso exponer. En caso de que me
sobre tiempo recurro a esa información. Casi nunca la necesito, pero me da seguridad.
-Entrenamiento. Todo el que convenga, cuanto más mejor, en casa con un
magnetófono, ante el espejo, ante amigos, como se pueda, que siempre hay recursos. Saber
que se sabe, es un aval necesario y casi siempre infalible.
El éxito estará asegurado.
Pero, no olvides, si los conocimientos son escasos ya puedes pensar en ampliarlos, porque
el público no perdona.