stimado Sr:
Posiblemente en este momento mi carta navegue sobre la mesa de su despacho, ausente y
fría, embozada en un sobre sospechoso pese a su inocente y esplendorosa blancura, un
sobre de papel satinado y terso. Idéntico al que Ud. utilizó para dirigirse a mí
solicitando el distinguido cargo que ahora desempeña.
Hay cartas, amigo, que nos atrapan de por vida, y peor son las consecuencias que de ellas
se derivan.
Pero no hay por qué avergonzarse, no somos pordioseros. Pedimos desde la suntuosidad que
ofrece el poder y ello nos implica en un juego de reprocidad y mutuo apoyo. Ya sé que
estoy refiriendo obviedades, pero así ha de ser, para ir cimentando los razonamientos que
sustentan el ruego que le formulo.
No me cabe la menor duda que aún antes de abrirla sabrá que la ha
leído, y conocerá como es lógico las pretensiones que encierra, es más, tendrá ya
formada opinión y resuelta la postura a adoptar en relación con lo que en ella se
demanda. Y no es que sea una premonición, o que tenga Ud. dotes de adivino, sino que como
ya he dicho es la consecuencia lógica del devenir, en este caso nefasto, de los
acontecimientos de los que sin duda habrá tenido sobrada información.
Por todo ello deberían sobrar las palabras, tal como Ud. decía en su
carta, que he desempolvado de uno de los cajones de la mesa de mi despacho y en la que leo
textualmente: "no deberían avalarme mis palabras y la exhaustiva narración de mis
méritos e inquebrantables adhesiones, sino el sólo peso de mi nombre. No obstante en
atención y comprendiendo sus muchas ocupaciones, he de referirme a ellos aunque me
resulte bochornoso expresarme en estos términos". Sabias palabras, porque en verdad
era así, no debiera haberse visto en la necesidad de resaltar lo que saltaba a la vista y
ser su nombre aval más que suficiente. Y es que es cierto, su nombre me lo susurró
alguien al oído meses antes de que comenzara a debatirse la composición de ese órgano,
pero en mi cabeza habitaba en ese tiempo el estado, y el estado amigo mío, está plagado
de nombres y de notabilísimos servidores y de sus innumerables e inombrables servicios.
Por ello hizo bien en recordármelo, como yo lo hago ahora.
Seguramente le temblará el pulso cuando sienta que ha llegado el
momento de decidirse, que es ahora el momento y no como todos creen cuando llegue el
recurso que se está redactando y que firmaré. Un recurso lleno de tecnicismos, sabia
jurisprudencia y demás argucias legales. Y es que cuando eso ocurra Ud. ya habrá debido
tomar partido, y su razón se pondrá al servicio de una causa que le llevará a
contradecir y desmontar los argumentos de aquellos que se opongan a la feliz resolución
del caso.
Lo duro, estimado amigo, es la génesis de la batalla, cuando uno se prepara para decidir
y comprende que ya está decidido, que su decisión no depende sino de una lógica que nos
induce a implicarse sin más razonamiento que el de devolver el favor. Yo lo he tenido que
hacer. En su caso, recuerdo que fue a pesar de sus méritos particulares. Otros tenían
mejor currículum profesional que Ud., sin embargo yo los obvié y puse su nombre allí
donde debía, y es que el poder es así: hermoso y altanero sobre el cielo del universo
social, y bajo y ruín en las guaridas, en los entresijos y podridos meandros de sus
cloacas.
Ud, tal vez piense que el caso no es comparable, y le vendrá a la
cabeza la figura delictiva que Ud. tanto teme, pero le diré que para un político el
nepotismo y el favoritismo partidista no es menos delictivo y denigrante.
Ahora estimados amigos soy yo el que le pide que ignore otras razones y cumpla con la
causa que nos ocupa y constriñe, para que yo pueda seguir con decencia en la vida
pública o al menos disfrutar del merecido reconocimiento, lo que sin duda puede
reportarle en el devenir de los acontecimientos nuevas satisfacciones. No olvide, por si
le asalta alguna duda que a nosotros nos avala la voluntad popular y a Ud. sólo la
voluntad de los elegidos. Y si bien es verdad que la gloria se diluye y hasta resulta
cansina, pero no así la ambición, que siempre demanda a nosotros otras metas que nos den
a la par que poder, renombre y prestigio.
En sus manos estamos, en las suyas y en las de otros muchos que ahora
tienen sobre su mesa el mismo sobre, que contiene una carta escrita en parecidos
términos, a las que le faltan, es cierto, argumentos jurídicos, pero le sobran razones.
Sin más me despido con un afectuoso saludo.