Resumen de la primera parte: El señor Armengol,
director de un importante periódico, se atrinchera en la azotea del edificio, con el
teletipo y una botella de whisky, para vivir la noche más larga del milenio. allí recibe
la inesperada visita de un anciano que dice ser Manfred Köll, uno de los criminales más
peligrosos de la Alemania nazi.La historia que contaba aquel individuo
empezó a interesarme. La duda se había metido poco a poco en mi cerebro.
¿Se trataba de Manfred Köll o era, solamente, un pobre desequilibrado? Como soy
espléndido por naturaleza le serví otro whisky de 12 años y le invité a que continuase
su relato.
Tuvo usted más ingenio que sus enemigos. Los nazis perdieron la guerra pero usted, amigo
mío, ha ganado la paz. Si ha conseguido su propósito ¿qué es lo que pretende? Ahora es
usted un hombre libre...
-Eso es lo que yo creía hasta que hace unos meses quise recuperar nuevamente mi verdadera
identidad y ser, otra vez, Manfred Köll el monstruo de Auschwitz. Mi drama, señor
Armengol, es que no puedo retroceder al pasado. He perdido el plano del laberinto. Soy el
esclavo de mi disfraz, la víctima de mi propio talento. No me ha sido posible convencer a
nadie. Todo el mundo sonríe, como le ha ocurrido a usted hace unos momentos, cuando
cuento mi historia. Yo digo que soy un monstruo y un asesino pero todos me toman por un
viejo loco. No provoco odio como en mis mejores tiempos, ahora causo lástima.
-Pero ¿por qué usted quiere ser nuevamente usted? Si se avergüenza
del pasado no entiendo por qué quiere volver a él.
Entierre a Manfred Köll y sea feliz, caramba.
El hombrecillo me pareció todavía más poquita cosa, su desvalimiento era absoluto.
-Quiero regresar para ser alguien, por vanidad, para que unos me odien y otros me quieran.
Ocultarse por más tiempo es una tontería. Los que ayer éramos criminales de guerra,
somos hoy para muchos compatriotas nuestros, unos héroes legendarios. Hemos recuperado el
prestigio y el honor y somos otra vez la gran Alemania que se levanta, que resucita, que
renace de sus cenizas.
El fascismo regresa y yo quiero regresar también... aunque haya dejado de ser fascista.
Sí, se lo juro, el paso del tiempo me ha hecho cambiar. Me he convertido en una persona
tolerante y comprensiva; en un liberal moderado. ¡Qué asco! Ya no soy un monstruo; ahora
soy, simplemente un don nadie por fuera y por dentro.
-¿Cree usted que el mundo podría olvidar y perdonar sus delitos?
Don Manfred no lo dudó ni un instante.
-Estoy seguro. Vivimos la época del perdón, de la amnistía y tanto las víctimas como
los verdugos somos unos pobres viejos.
Noto en sus ojos que usted casi me ha perdonado. Fatalmente ya no me odia o por lo menos
no me odia con tanta intensidad como antaño. Quiero volver a Alemania por dos motivos
principales: por vanidad, para ser alguien y por las hortensias, quiero cultivar
hortensias en Munich; toda mi vida he soñado con ser jardinero.
-Su historia es fascinante pero adolece de varios puntos oscuros. Le
confieso que todavía no sé si es usted un impostor.
¿No tiene en algún lugar del mundo, amigos, cómplices, encubridores?
Cuando Manfred Köll iba a contestar a mis preguntas el teléfono directo sonó casi como
un suspiro y lanzó su pitido discreto y mesurado. Mis subordinados lo habían programado
así para llamarme en todo momento de una forma respetuosa. Al otro lado de la línea
telefónica Ramírez, el bueno de Ramírez, me informó con palabras medidas y un tono
sumiso de cómo iba transcurriendo la noche más larga de la década. Al parecer las
posturas ya no eran tan hostiles, el buen sentido empezaba a abrirse camino y era
previsible que en muy pocas horas el conflicto estuviese prácticamente resuelto: "Yo
creo que es cuestión de un par de horas como máximo", aseguró Ramírez exultante,
con la seguridad del experto que conoce su oficio.
Respiré tranquilo y le dediqué a don Manfred la mejor de las sonrisas
disponibles.
-Contésteme, por favor ¿no tiene usted a nadie en el mundo que quiera echarle una mano?
-Sí, pero o no me creen o no pueden ayudarme. Lo primero que hice para recuperar mi
identidad fue visitar al doctor Herman Mayer, un compatriota residente en Londres, que me
operó hace cuarenta años, que desfiguró mi rostro, y cual no sería mi sorpresa cuando
el Herman Mayer que me recibió resultó ser una persona distinta: su nieto, un jovenzuelo
que no sabía de mí.
El especialista que me cambió las huellas dactilares, el inglés Stevenson, está
recluido en un manicomio desde hace años y cuando me vio no pudo reconocerme, y el
francés René Charman, que me operó de las cuerdas vocales, se ha quedado ciego e
incapacitado para testificar en caso de necesidad, porque el pobrecillo es muy mayor y
chochea...
-Pero, ¿tendrá usted familia, amigos?
-Todas las amistades que tengo son de los últimos cuarenta años y se creen que soy un
piloto de la RAF. He falsificado tan bien mi pasado que incluso la Reina Isabel, su
graciosa majestad, me invita una vez al año a la recepción que se organiza en palacio
para recibir a los héroes nacionales. Por un instinto de conservación elemental evité
relacionarme con mis antiguos camaradas y familiares, ya que como usted no ignora los
servicios de caza y captura que durante mucho tiempo utilizó el estado de Israel, basaban
su eficacia en la vigilancia de las relaciones epistolares y telefónicas que los
perseguidos mantenían con sus familiares y amigos. Así fueron cazados Hans Müller, Karl
Stregensen, Igor Manisky y más de un centenar de antiguos nazis que habían rehecho sus
vidas en Argentina, Uruguay, Chile...
Don Manfred era un perfeccionista y eso le estaba costando muy caro.
¿Tiene usted familia en Alemania?
-Sí, tengo mujer e hija.
-¿Y qué le dicen? ¿No le pueden ayudar testificando en su contra, hablando mal de
usted?
-¡Qué va, ya lo intenté! Mi hija apenas me trató; era sólo una niña cuando terminó
la guerra. Ahora vive en Munich. Me presenté ante ella y le conté mi historia. Por un
momento leí en sus ojos que me creía; pero después su instinto de conservación fue
más fuerte que la llamada de la sangre -¡de casta le viene al galgo! y me despidió con
cajas destempladas, pues se percató inmediatamente de que si me reconocía como a su
padre, yo recuperaría mi fortuna -la lechería de la familia Köll- y podría dejarla a
ella en la miseria.
-¿Y su mujer? ¿Qué dijo su mujer? -inquirí.
-Mi tierna esposa me reconoció inmediatamente. Teníamos demasiados recuerdos comunes;
habíamos sido muy felices.
¿...?
-Pero lo negó, y no le culpo a la pobre, pues ya tiene nietos de otro hombre. Sería un
escándalo en la familia y ella es muy mirada para esas cuestiones. ¡Menuda es Isabelita
para las cosas de la honra! y si lo pensamos fríamente: ¿qué podía hacer ella con dos
maridos a los ochenta años? Fingió que no me conocía pero al despedirse me dijo muy
bajito: "Lo siento, Manfred". Y me dio con la puerta en las narices.
La historia del monstruo de Auschwitz me pareció más patética que
triste. Manfred Köll era sólo un pobre diablo que se buscaba a sí mismo por todos los
países del mundo.
-Tengo una idea- le dije en un momento de inspiración- ¡No sé en qué estábamos
pensando! La solución es bien sencilla: los judíos.
Usted tiene que entregarse al estado de Israel, y allí, aunque le juzgarán con rigor, no
se atreverán a condenarle a muerte, como hicieron con Eichmann, porque la presión
internacional sería tan grande que un acto de violencia feroz, de venganza, constituiría
un grave error político.
Manfred Köll se rió en mis narices y me preguntó con aire altanero,
incluso chulesco:
-¿De dónde se cree usted que vengo? Hace un mes me entregué a las autoridades de Israel
y les dije: "yo soy el monstruo de Auschwitz. Reconocedme" y los judíos, que ya
sabe usted como son de concienzudos, me estuvieron interrogando durante dos semanas, y al
final llegaron a la conclusión de que yo, efectivamente, era Manfred Köll, el hombre
más buscado por su servicio de inteligencia, el criminal nazi más odiado en el Estado de
Israel, pero, no obstante, no supieron qué hacer conmigo, pues la política está por
encima de los sentimientos y en esta vida hay que ser prácticos. Los judíos me pusieron
en la frontera y me dijeron. "No venga usted más por aquí. No nos cae
simpático". Y uno de ellos, se lo juro, me dio una patada en el culo.
El pobre Manfred Köll era la viva imagen de la desdicha. Era el hombre
que nunca existió o, tal vez, el hombre que había existido demasiado.
-En fin, amigo mío, creo que dice usted la verdad -le dije suspirando-; su historia es
patética, pero lo que no sé es qué puedo hacer por usted. ¿En qué puedo ayudarle?
Don Manfred sonrió aliviado. Yo era la primera persona a la que lograba convencer. La
salida del laberinto no estaba lejos. Había un resquicio de esperanza.
-Según he podido averiguar -me dijo el hombre muy ilusionado- en Auschwitz estuvieron
recluidos varios cientos de españoles procedentes del maquís francés, entre los cuales
había varios de esta región, y he llegado a la conclusión de que los únicos que pueden
hacer algo por mí son mis víctimas. Necesito sus testimonios, sus odios, sus desprecios,
sus acusaciones porque sin ellos no existo. ¿Me comprende usted, amigo mío? Necesito
también su colaboración porque usted tiene conmigo una deuda de odio y las deudas de
odio son deudas de honor. La prensa es el cuarto poder; los periódicos llegan a todos los
lugares.
Quiero que encuentre a mis víctimas para que yo pueda encontrarme a mi mismo; quiero que
el mundo me devuelva mis señas de identidad, que los doctores me operen otra vez y me
devuelvan mi cara y mis arrugas, exijo ser otra vez RH negativo y dar clases de
caligrafía para recuperar la letra de mi infancia. ¿Dónde estoy señor Armengol?
¿Dónde está Manfred Köll?
En el momento en que le iba a prometer mi protección, un instante
antes de decirle que le iba a denunciar desde mi periódico para que el mundo conociese
sus crímenes, que le iba a perseguir sin clemencia para que todo el mundo supiese qué
clase de persona era, nos sobresaltó el ruido estridente del teléfono y la línea
normal, la que no había sido programada por mis colaboradores, indicaba con urgencia que
el aparato quería ser atendido inmediatamente. Descolgué alarmado y Ramírez, el bueno
de Ramírez, parecía haberse vuelto loco y gritaba como un histérico.
-Pero Ramírez, hombre de Dios ¿qué dice usted? -le pregunté para tranquilizarle.
Pero mi colaborador colgó sin ningún respeto por la jerarquía y me
dejó con la palabra en la boca. En la bandeja del teletipo estaba la solución del
misterio: USA había bombardeado Bagdad, los serbios habían volado París, Londres había
dejado de existir por el efecto fulminante de una bomba rusa y un proyectil olvidado en
una posición de Ucrania, una chatarra nuclear de la guerra fría se había puesto en
movimiento, mitad por error y mitad por mala leche, y venía hacia nosotros sin prisas
pero sin pausas. Consulté mi reloj y comprobé la información que indicaba el teletipo.
Apenas nos quedaban diez minutos, no teníamos tiempo de huir ni sitio adonde hacerlo:
todos estábamos atrapados; todos éramos Manfred Köll.
-La tercera guerra mundial ha estallado, -le dije a mi invitado-.
-Se veía venir, -contestó el desdichado monstruo-.
-Apenas nos quedan diez minutos de vida. A los rusos, ya sabe usted como son de chapuzas,
se les ha escapado un proyectil que viene directamente hacia aquí.
-¡Son unos manazas! -contestó sin inmutarse.
Le serví el tercer whisky y yo me puse lo que quedaba de la botella.
-A su salud, -le dije y sin saber por qué hice un comentario idiota: parece que esta
noche va a ser la más larga del milenio.
El asesino se encogió de hombros, levantó su copa y sonrió como un dandi.