s esta una sociedad dada a los títulos, a las etiquetas, a las
condecoraciones y agasajos de índole moral. De ese modo quien es una vez tolerante, goza
de esa virtud por el resto de su vida, pese a que lo suyo no fuese sino un mero accidente,
lo de la tolerancia digo.
Es la tolerancia como tantas otras virtudes sociales un bien no
enajenable, ni por supuesto sujeto a reglas de herencia, como tampoco susceptible de
conquista, y es así porque es algo que atañe a lo más íntimo de cada uno de nosotros,
y es por lo tanto una cuestión de íntima militancia, un pulso que hemos de echarnos cada
día a nosotros mismos. Ser tolerante, queda claro, no es tampoco un oficio que se aprende
y ya está, ni un impulso genético, ni una moda, es algo mucho más complejo, pese a que
a la mínima no dudemos en ponernos estupendos, para plantarnos ante el espejo y decirnos
"¡Joder!, hay que ver lo tolerante que soy: acepto los maricones, paso de meterme
con negros y gitanos y saludo a los sudacas".
Hago esta reflexión porque a menudo nos escandalizamos cuando alguien
al que hemos etiquetado de intelectual va y arremete contra los homosexuales. Como es el
caso de D. Camilo, pero este escritor y premio Nobel, de puerta para fuera no es sino lo
que hemos hecho de él, por lo tanto quizás debíamos sentirnos decepcionados por haberlo
endiosado a él como a tantos otros en detrimento de nosotros mismos. Y es que la
esperanza de que se produzca un cambio no radica en cultivar excepciones, referentes y
portavoces, sino en conseguir que lo intolerante sea de verdad la excepción y no al
contrario, como lo es hoy. Pero lo cómodo es eso, tener a quien culpar, de quien
escandalizarse y avergonzarse, porque ello nos permite ser tolerantes de esa especial
manera. Es decir, ejercer de mentirijillas o en la realidad virtual por ser más moderno,
una realidad de la que no siempre somos partícipes.
A D. Camilo J. le preguntaron desde la intolerancia de quien desde su
mansa y mediocre tolerancia cree defender el derecho del homosexual excluyéndolo de la
normalidad, pues lo normal es que los homosexuales no tengan por qué ir en grupo ni
colectivo a este o aquel acto, sino que si van o dejan de ir no sea sino una simple e
individual cuestión de apetencia o compromiso social.
Nadie le preguntó al Nobel si le gustaría que fuese a un homenaje de
él un centenar de heterosexuales. Es decir, se planteó la pregunta desde la diferencia,
desde la clasificación, en este caso dada por su tendencia sexual. Por lo tanto la
tolerancia no está a mi juicio en admitir que los homosexuales puedan ejercer en libertad
e igualdad de derechos su sexualidad y por supuesto su afectividad. Ese estado de
compasión compulsiva contiene casi siempre grandes dosis de rechazo solapado. Para mí,
la tolerancia radica en dejar de utilizarnos como indicadores del grado o salud tolerante
de un país como ahora se hace, por cierto con demasiada frecuencia y vendiéndolo casi
siempre como el mejor y más solidario apoyo.
Porque con ello no se está sino marginándolos. Los homosexuales
están necesitados de la más absoluta normalidad, ese es su innegable derecho. Y eso es
algo que hoy por hoy no se da. Curiosamente durante la emisión de un reportaje sobre el
barrio de Chueca de Madrid donde sus vecinos son mayoritariamente homosexuales, la editora
hacía hincapié en la existencia de comercios y entrevistaba a una señora que regentaba
uno, a la que sus vecinos y clientes le habían dado un premio, al parecer por su
tolerancia y cariño, y la señora hablaba de ellos, cómo no, con el cariño pastoso de
la compasión, con la bobalicona sensibilidad de quien ha descubierto en ellos rasgos de
normalidad. Y no es eso, porque qué duda cabe que entre ellos los habrá de toda
condición y carácter y como es lógico unos te pueden caer bien y otros no, sin que ello
sea pecado, pues si de algo no son dignos es de especial compasión. Pero este país es
así, o todos unos maricones de mierda o todos unos santos martirizados. Entiendo yo que
se le da demasiada importancia como para finalmente no ignorarlos en lo esencial como
ahora se hace.
Sostengo por ello que la tolerancia debe ser militante, es decir debe
ser un sentimiento que te lleva a entender sin ignorar, a aceptar sin ira ni recelo, a
competir con ellos sin reservas ni para la victoria ni para la derrota, en una palabra a
tratarlos como seres libres y en plenitud de facultades y derechos, nunca iguales, la
igualdad en lo que se refiere al espíritu o psiquis es una imposición aberrante y
criminal, cuando no una pretensión estúpida.
En cambio, cuidado con la tolerancia de andar por casa, la que se
aprende en tertulias y saraos televisivos, puesto que no es sino pasto de tiempos de
tregua, que nunca van a servir para establecer los de paz y armonía, en una palabra de
normalidad.
Por ello debemos gritar con claridad, cuidado con la intolerancia de los tolerantes,
porque de ella van a nacer los peores y más tempestuosos vientos de intolerancia.