Revista Fusión

 Subscripción RSS

FUSION también eres tú,  por eso nos interesan tus opiniones,  tus reflexiones y tu colaboración  para construir un  mundo mejor

Recibe nuestras noticias en tu correo

 


 

 

EL ALEPH

 

Ser tolerante no es un oficio que se aprende y ya está, ni un impulso genético, ni una moda. Es algo mucho más complejo, pese a que a la mínima no dudemos en plantarnos ante el espejo y decirnos: "¡Joder! hay que ver lo tolerante que soy: acepto los maricones, paso de meterme con negros y gitanos y saludo a los sudacas".

EL ALEPH
LA INTOLERANCIA DE LOS TOLERANTES
POR JOSE ROMERO SEGUIN

Es esta una sociedad dada a los títulos, a las etiquetas, a las condecoraciones y agasajos de índole moral. De ese modo quien es una vez tolerante, goza de esa virtud por el resto de su vida, pese a que lo suyo no fuese sino un mero accidente, lo de la tolerancia digo.

Es la tolerancia como tantas otras virtudes sociales un bien no enajenable, ni por supuesto sujeto a reglas de herencia, como tampoco susceptible de conquista, y es así porque es algo que atañe a lo más íntimo de cada uno de nosotros, y es por lo tanto una cuestión de íntima militancia, un pulso que hemos de echarnos cada día a nosotros mismos. Ser tolerante, queda claro, no es tampoco un oficio que se aprende y ya está, ni un impulso genético, ni una moda, es algo mucho más complejo, pese a que a la mínima no dudemos en ponernos estupendos, para plantarnos ante el espejo y decirnos "¡Joder!, hay que ver lo tolerante que soy: acepto los maricones, paso de meterme con negros y gitanos y saludo a los sudacas".

Hago esta reflexión porque a menudo nos escandalizamos cuando alguien al que hemos etiquetado de intelectual va y arremete contra los homosexuales. Como es el caso de D. Camilo, pero este escritor y premio Nobel, de puerta para fuera no es sino lo que hemos hecho de él, por lo tanto quizás debíamos sentirnos decepcionados por haberlo endiosado a él como a tantos otros en detrimento de nosotros mismos. Y es que la esperanza de que se produzca un cambio no radica en cultivar excepciones, referentes y portavoces, sino en conseguir que lo intolerante sea de verdad la excepción y no al contrario, como lo es hoy. Pero lo cómodo es eso, tener a quien culpar, de quien escandalizarse y avergonzarse, porque ello nos permite ser tolerantes de esa especial manera. Es decir, ejercer de mentirijillas o en la realidad virtual por ser más moderno, una realidad de la que no siempre somos partícipes.

A D. Camilo J. le preguntaron desde la intolerancia de quien desde su mansa y mediocre tolerancia cree defender el derecho del homosexual excluyéndolo de la normalidad, pues lo normal es que los homosexuales no tengan por qué ir en grupo ni colectivo a este o aquel acto, sino que si van o dejan de ir no sea sino una simple e individual cuestión de apetencia o compromiso social.

Nadie le preguntó al Nobel si le gustaría que fuese a un homenaje de él un centenar de heterosexuales. Es decir, se planteó la pregunta desde la diferencia, desde la clasificación, en este caso dada por su tendencia sexual. Por lo tanto la tolerancia no está a mi juicio en admitir que los homosexuales puedan ejercer en libertad e igualdad de derechos su sexualidad y por supuesto su afectividad. Ese estado de compasión compulsiva contiene casi siempre grandes dosis de rechazo solapado. Para mí, la tolerancia radica en dejar de utilizarnos como indicadores del grado o salud tolerante de un país como ahora se hace, por cierto con demasiada frecuencia y vendiéndolo casi siempre como el mejor y más solidario apoyo.

Porque con ello no se está sino marginándolos. Los homosexuales están necesitados de la más absoluta normalidad, ese es su innegable derecho. Y eso es algo que hoy por hoy no se da. Curiosamente durante la emisión de un reportaje sobre el barrio de Chueca de Madrid donde sus vecinos son mayoritariamente homosexuales, la editora hacía hincapié en la existencia de comercios y entrevistaba a una señora que regentaba uno, a la que sus vecinos y clientes le habían dado un premio, al parecer por su tolerancia y cariño, y la señora hablaba de ellos, cómo no, con el cariño pastoso de la compasión, con la bobalicona sensibilidad de quien ha descubierto en ellos rasgos de normalidad. Y no es eso, porque qué duda cabe que entre ellos los habrá de toda condición y carácter y como es lógico unos te pueden caer bien y otros no, sin que ello sea pecado, pues si de algo no son dignos es de especial compasión. Pero este país es así, o todos unos maricones de mierda o todos unos santos martirizados. Entiendo yo que se le da demasiada importancia como para finalmente no ignorarlos en lo esencial como ahora se hace.

Sostengo por ello que la tolerancia debe ser militante, es decir debe ser un sentimiento que te lleva a entender sin ignorar, a aceptar sin ira ni recelo, a competir con ellos sin reservas ni para la victoria ni para la derrota, en una palabra a tratarlos como seres libres y en plenitud de facultades y derechos, nunca iguales, la igualdad en lo que se refiere al espíritu o psiquis es una imposición aberrante y criminal, cuando no una pretensión estúpida.

En cambio, cuidado con la tolerancia de andar por casa, la que se aprende en tertulias y saraos televisivos, puesto que no es sino pasto de tiempos de tregua, que nunca van a servir para establecer los de paz y armonía, en una palabra de normalidad.
Por ello debemos gritar con claridad, cuidado con la intolerancia de los tolerantes, porque de ella van a nacer los peores y más tempestuosos vientos de intolerancia.

 

   

   
INDICE:   Editorial Nacional, Internacional, Entrevistas, Reportajes, Actualidad
SERVICIOS:   Suscríbete, Suscripción RSS
ESCRÍBENOS:   Publicidad, Contacta con nosotros
CONOCE FUSION:   Qué es FUSION, Han pasado por FUSION, Quince años de andadura

 
Revista Fusión.
I  Aviso Legal  I  Política de privacidad 
Última revisión: abril 07, 2011. 
FA