odos éramos conscientes de que aquella iba a ser la
noche más larga de la década. Se anularon los permisos de fin de semana, los que estaban
de vacaciones regresaron al periódico sin que fuese necesario ponerles un telegrama
urgente y los que habían cumplido ampliamente el turno de mañana se reengancharon y
continuaron al frente de sus quehaceres con entusiasmo renovado. Me sentí orgulloso de
ellos. Todos estaban allí, tensos, expectantes, ojerosos; algunos llevaban más de
veinticuatro horas sin dormir y casi todos tenían, al lado del ordenador, una humeante
taza de café. Había que aguantar y cada uno lo hacía a su modo. Di instrucciones
concretas a mis directores y éstos las transmitieron a los redactores jefes que a su vez
las hicieron llegar a los jefes de sección. El secreto consistía en que cada nivel
tenía que recibir y transmitir las órdenes, el entusiasmo y la ilusión. La cadena
resistiría si todos los eslabones se mantenían unidos. Lo que contaba era el equipo.-Voy a estar en el palomar- le dije a mi asistente y él me sonrió con
complicidad. Me conocía demasiado bien. En múltiples ocasiones me había oído decir la
frase mágica: "los jefes no sudan; cuando la tensión es excesiva lo mejor es el
aislamiento y el misterio. Dios tiene prestigio porque nadie puede observarlo mientras se
afeita".
Utilicé el ascensor privado y me instalé en el palomar con toda la
artillería preparada: zapatillas de gamuza, un whisky de doce años y Mozart en la
lejanía. El teletipo, a mí me gustaba llamarle el teletipo aunque ya no lo fuera,
imprimía sin cesar, silencioso y eficaz, las noticias que se producían en el planeta:
Todos hacían declaraciones grandilocuentes; estaban hablando para los libros de historia.
Consulté el reloj de sobremesa: eran las 23:45. Sonreí al darme cuenta de que si aquella
noche no prometiese ser la más larga de la década, hubiese dicho las 11:45 o, casi con
toda seguridad, las doce menos cuarto.
Hojeé una revista, encendí un cigarrillo que saboreé después de tantos meses de
abstinencia y me preparé a superar la larga espera mientras abajo, en el hormiguero, se
trabajaba febrilmente.
"Tranquilízate, hermano; el hombre no puede ser tan tonto y al
final ganarás más dinero que nunca. Mañana venderás el doble de ejemplares". Fue
entonces cuando sonaron unos golpecitos tímidos en la gruesa puerta de caoba y antes de
que pudiese decir adelante, la puerta se entreabrió y una cabeza diminuta
apareció y con toda humildad preguntó: ¿Se puede? Le miré fijamente y un poco
enfadado. Sobre todo enfadado con la ineficacia del sistema que me costaba un riñón y
que había fallado estrepitosamente.
¿Dónde diablos estaban los guardas jurados de la puerta? ¿Es qué nadie vigilaba el
ascensor privado? pero, ¿es que cualquier pelagatos podía colarse impunemente y acceder
al lugar más reservado del periódico? ¿No habiamos quedado en que el palomar era la
cripta sagrada donde sólo podían acceder los elegidos?
-Perdone- le dije con un tono desabrido- pero ¿quién diablos es usted?
El hombrecillo carraspeó y creo que, incluso, se azaró un poco cuando
se dio cuenta e que su llegada no había sido un éxito y que, prácticamente, se le
recibía a patadas.
-Lo siento- se disculpó- creo que he sido inoportuno.
Su aspecto era tan frágil, su aire tan desvalido, que me humanicé y le invité a pasar
con un gesto.
-Gracias... -dijo el desdichado y se plantó ante mi mesa sin saber que hacer con las
manos; dudó unos instantes y optó por adoptar la posición de firmes; el gesto castrense
estaba tan fuera de lugar, era tan poco marcial que resultaba patético y ridículo al
mismo tiempo.
-Siéntese, siéntese, por favor -le dije tratando de ser amable, y procuré imprimir a
mis palabras una cordialidad que estaba muy lejos de sentir- ¿En qué puedo servirle?
El hombrecillo, sin decir nada, me entregó un ajado recorte de periódico que, en
principio, no reconocí.
-Ese reportaje- dijo mi interlocutor con un leve acento extranjero- lo
escribió usted hace más de treinta años. ¿Lo recuerda? Era usted, por aquel entonces,
un joven e impetuoso escritor que realizaba estudios e investigaciones en torno a las
víctimas de la segunda guerra. Empezaba a especializarse en sobrevivientes de los campos
de exterminio como Dachau, Auschwitz, Mauthausen, Treblinka; y también se hablaba de
usted como un prometedor cazador de nazis...
Al mirarlo otra vez reconocí el recorte de periódico. Se trataba de uno de mis primeros
trabajos; un artículo encendido y violento, vengativo, apasionado e, incluso, un poco
histérico.
Era casi el trabajo de un colegial; la obra de un periodista que empezaba a hacer sus
primeras armas.
-Efectivamente- dije poniéndome un poco rojo- me temo que este artículo es un pecadillo
de juventud...
Mi visitante sonrió por primera vez.
-En casi todos sus trabajos de aquella época se preguntaba usted,
inflamado de santa indignación, que había sido de los criminales nazis, quiénes les
protegían, dónde se escondían. Era usted el ángel vengador; la voz que demandaba
justicia. Toda su obra rezumaba un odio que prometía no debilitarse nunca por el paso del
tiempo.
-Hombre... ¡odio eterno nunca lo prometí! -dije no sé muy bien por qué- aunque todos
aquellos asesinos cometieron crímenes que no prescriben nunca.
En la mansedumbre de su diminuto rostro me pareció percibir un destello de esperanza, de
renovada ilusión; y lo comprendí todo de golpe: era un judío, un sobreviviente de uno
de los campos de exterminio, que acudía a mí en demanda de ayuda.
-Empiezo a entender, señor mío, cuál es su drama y quiero que sepa que cuenta con toda
mi simpatía. Es usted un mártir y me descubro ante sus sufrimientos. Le ruego que me
perdone por la falta de cordialidad con que le he recibido y permítame usted que le
ofrezca una copa. ¿Qué le apetece beber?
El hombrecillo sonrió complacido y dejó que le sirviese un whisky con agua y hielo que
empezó a consumir a breves sorbitos.
-Gracias... es usted muy amable, aunque me temo que ha sufrido un error de apreciación.
-Usted dirá...
Mostró nuevamente el viejo recorte de periódico y con palabras entrecortadas comenzó su
insólita confesión:
-En este artículo menciona usted a Manfred Köll, el monstruo de
Auschwitz, el asesino de dos millones de judíos, el degenerado verdugo de una raza
perseguida.
Asentí con la mirada y le invité a que continuase, a sabiendas de que los recuerdos le
traerían otra vez dolorosas sensaciones.
-Este artículo, lo he conservado en mi poder, señor Armengol, porque se trata de un
monumento al odio que no se acaba y a la venganza que no prescribe, pero también, ay,
porque yo, aquí donde me ve, soy el auténtico, el genuino, el verdadero Manfred Köll.
Procuré que no se notase mi sonrisa para no herir su susceptibilidad, ya que los
desequilibrados que buscan la notoriedad en los periódicos, suelen ser violentos si se
les lleva la contraria frontalmente; son gentes, casi siempre muy enfermas, que carecen
totalmente del sentido del humor. Recordé que años atrás otro pobre desgraciado me
golpeó violentamente porque no quise creer que él fuese el fauno violador del río
Narcea y que, recientemente, un caballero impecable le propinó un fuerte puntapié en las
nalgas a uno de mis directores -al bueno de Ramírez- por negarse a admitir que se trata
de la reencarnación de Rodolfo Valentino, e incluso el agresor, para más inri, quiso
cantarle un tango. Pero el hombrecillo misterioso adivinó mis pensamientos y me
preguntó:
-Usted no me cree ¿verdad?
Sus ojos eran tan suplicantes y su aspecto tan patético que no tuve corazón para
mentirle.
-Francamente... ¡no! -le contesté en un arranque de sinceridad.
Don Manfred se encogió de hombros, encendió un cigarrillo, cruzó las piernas con
parsimonia, dio un corto sorbo al carísimo whisky de doce años y dijo mirándome con
desesperación.
-Empezaré por el principio y trataré de demostrarle la veracidad de mis afirmaciones.
Estoy en sus manos, señor Armengol, porque creo que es usted mi última esperanza.
Necesito con urgencia ayuda. Espero que su oddio no se haya debilitado con el paso de los
años y que siga pensando que los criminales tienen que ser desenmascarados. Soy Manfred
Ferdinat Köll, nací en Hamburgo hace ochenta y cinco años y durante la segunda guerra
mundial alcancé el grado de coronel de las SS; dirigí durante veinte meses el campo de
concentración de Auschwitz y confieso ser el máximo responsable de la muerte de dos
millones de seres humanos. No es por presumir y perdone usted mi falta de modestia, pero
un servidor ha sido, junto con Borman y Mengele, uno de los hombres más odiados y
perseguidos del planeta.
Le interrumpí con la mano y me acerqué a comprobar las noticias que
descansaban en la bandeja del teletipo. El hombrecillo aquel que con sus fantasías me
estaba haciendo olvidar que estábamos viviendo la noche más larga de la década. Las
novedades eran contradictorias: había personalidades que se negaban a admitir la
evidencia; otras, cínicamente, justificaban los últimos acontecimientos y el Papa, desde
su balcón de la Basílica de San Pedro, había dicho, pero eso sí, urbe et orbi, lo
siguiente: ¡Oremus!
-Continúe, por favor- le dije, después de comprobar que la noche seguía su curso.
El pobre hombre se aclaró la voz y continuó con su fantástica historia.
-Se me acosó como a una bestia, señor Armengol, pero aunque pude evitar todas las
trampas que me tendieron mis enemigos, caí ingenuamente en la red que yo mismo fui
tejiendo a base de astucia e inteligencia durante cuarenta largos años. Y ahora soy, como
dicen ustedes los españoles, un cazador cazado.
-Perdone, don Manfred- le dije con una pizca de ironía- pero no sé, exactamente, lo que
trata usted de decirme.
-En seguida lo comprenderá; no le molestaré durante mucho tiempo. Cuando finalizó la
guerra pude huir, por puro milagro, y ocultarme en Londres, ya que mi inglés es casi
perfecto y me imaginé, como así fue, que cuanto más cerca estuviera de los vencedores
mayor sería mi seguridad, pues los árboles son el refugio preferido de los grandes
bosques. Tenía una sustanciosa cantidad de dinero y mucho miedo, y me dediqué,
pacientemente, a borrar todas mis señas de identidad para que nadie pudiese reconocerme
en el futuro. Me hice la cirugía estética, eliminé mis huellas dactilares; me variaron,
con un sofisticado procedimiento, el factor RH; me sometí a una serie de intervenciones
en las cuerdas vocales que modificaron el tono de mi voz e, incluso, cambié de
caligrafía, asistiendo a unos cursos especiales de reeducación y, en la actualidad, ni
el más experto grafólogo podría encontrar un punto de contacto entre mis escritos de
ayer y mis cartas de hoy. Completé la labor de camuflaje suplantando la personalidad de
un inglés fallecido y fue eliminando sistemáticamente todos los vínculos que me unían
al pasado, hasta que no tuve ningún parecido físico ni administrativo -la vida es pura
burocracia y todos somos esclavos de los papeles- con Manfred Köll. Me convertí en otro
hombre.
La historia que contaba aquel individuo empezó a interesarme. La duda
se había metido poco a poco en mi cerebro.
¿Se trataba de Manfred Köll o era, solamente, un pobre desequilibrado? Como soy
espléndido por naturaleza le serví otro whisky de doce años y le invité a que
continuase su relato.
(Continúa en el Próximo Número)