uando yo era adolescente, hace de ello algunos años, comenzaron a
llegar a mi aldea, y a otras próximas, los veraneantes. Eran personas que compraban su
trocito de campo y tirando de bajas laborales, en muchos de los casos, ayudaban a la
construcción de su casita de recreo.
Aquello, pensé yo, alegraría la vida de la aldea, y
ciertamente así fue, ya que lo que era silencio, paz y mucha arboleda, se convirtió,
fines de semana y veranos en un alegre bullicio de niños que corren, juegan y, cómo no,
que se arrean algún que otro tortazo.
Dos chicas jóvenes, una de la aldea y otra de la ciudad, se conocieron
por aquel entonces y congeniaron estupendamente; ambas iban al instituto, que no al mismo,
y ambas tenían ganas de divertirse. En bicicleta, ya se sabe: las bicicletas son para el
verano, recorrían la aldea, charlaban, se divertían y contactaban con los jóvenes del
lugar.
Cuando la joven de la aldea terminó el bachillerato su padre
premió sus buenas notas con un flamante "Vespino". Ella y su amiga pasaron unos
veranos estupendos, aparcaron las bicicletas y con la moto anduvieron felices por todos
los alrededores; la playa era el centro de reunión, así que allí estaban todo el
verano.
Pasaron algunos años,y siguieron siendo amigas algunos más, ya que
seguían pasando los fines de semana en la bonita aldea que contempló su discurrir. Ya de
adultas, las cosas comenzaron a cambiar, una fue más favorecida por la suerte y poco
después de terminar su carrera y sin más lucha, se colocó en el centro donde había
cursado su escolaridad. Su marido también estaba bien situado y al morir sus padres,
desgraciadamente bastante jóvenes, heredó una pequeña fortuna. La otra siguió luchando
durante muchos años, terminó su carrera superior, se formó concienzudamente y comenzó
su andadura profesional sin pena ni gloria; llegó a conseguir algunas cosas, pero me
consta que aún le es muy difícil situarse adecuadamente y continúa en la lucha.
Sus vidas se fueron tornando diferentes y el dinero, ya se sabe, cambia
muchas cosas, penosamente hasta la humanidad y ¡por supuesto! la humildad.
Atrás quedó aquella joven de la ciudad, alegre y sencilla,
para convertirse en una mujer que se siente diferente y superior. Hoy en día no comparten
nada, salvo que sus hijos juegan juntos y que se hablan con distante cordialidad.
Atrás quedó, por tanto, una hermosa historia de juventud, de diversión y de amistad. La
niña rica ha cambiado mucho y la niña pobre sigue siendo muy parecida: reivindicativa,
contestataria, sincera e inconformista. Quizá no le queda otro remedio.
La aldea, aquella de mis años, no es tal. Han pasado muchas cosas,
para bien y para mal; los caminos ya no son pedregosos, los han asfaltado, los chalets han
sustituido a algunos bosques, las fuentes de agua cristalina y cantarina han quedado bajo
los cercados de las fincas y los labradores se han contagiado del maldito progreso de los
"domingueros".
Todo es más bullicioso y más alegre, los niños comparten,
juegan y ríen; más tarde se repetirá, en algunos casos, la historia de las jóvenes que
os he contado. Y es entonces cuando los niños, convertidos en adultos, sentirán que
tantas horas compartidas, que tantas horas de felicidad y que tantas promesas de eterna
amistad no han servido más que para algunos años. Es entonces cuando surgirá, quizá el
primer dolor, un dolor inmenso, al comprobar que aquel amigo al que se amó durante tanto
tiempo ya no forma parte del presente, hasta su número de teléfono habrá de ser omitido
en la nueva agenda telefónica.
Es el tiempo del progreso, del consumo y de la ostentación, y como no
todo el mundo puede seguir el ritmo trepidante que el mercado impone, es el tiempo de las
neurosis, de la lucha por tener y de la obsesión por parecer.
Y los niños, mal instruidos en los valores humanos, van a la
zaga; desprecian y se burlan de quien en su colegio va mal vestido, de quien vive
humildemente y de quien no tiene en su casa los avances que la tecnología impone.
Para eso están sus padres, para comprarles, desde bien pequeños, el ordenador, la
vídeoconsola más moderna, los juegos más caros y vistosos y la ropa de marca; a veces a
costa de que la madre aporte dinero extra fregando portales desde tempranas horas de la
mañana. Así su hijo parece el hijo de un rico. Pero su hijo, mal acostumbrado y mal
formado, algún día ocultará el trabajo de su madre, porque no es el trabajo que realiza
la madre de su amigo, el que viste como él.
Y así es, no le demos más vueltas, cada cual que viva como le venga
en gana, pero engañarse no sirve de nada; ricos y pobres parecen haberse mezclado, pero
sólo "parece", la realidad es otra.
Que cada cual saque partido a la vida, disfrute, se forme y se
desarrolle como persona válida y capaz, será la única forma de parecer lo que de verdad
se es.
Entretanto, dice un conocido mío: "deja el mundo rodar",
porque las cosas son como son. Así será, porque los errores que se cometen no siempre se
pagan de forma inmediata, pasan años, en ocasiones, para descubrir la pura y cruda
realidad.
El mundo rodará, con o sin mi opinión, pero como libre soy
de manifestarla así lo hago constar: estamos construyendo una hipócrita sociedad.
Pasará factura, no me cabe la menor duda.