
No hay que demonizar a la India porque ha
hecho lo mismo que muchos otros, sólo que con banda de música y fuegos artificiales.
Todo esto demuestra que la locura nuclear no ha terminado ni mucho menos, sólo se ha
hecho menos evidente.
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CONTRAPUNTO
CARRERA NUCLEAR
POR CAROLINA FERNANDEZ
Nos van a freír a todos. Y si no al tiempo. Siguen dándole vueltas
al rollo nuclear, organizando sus pruebas, probando sus bombas, bombardeando los desiertos
o el fondo del mar, que es donde se hacen estas cosas, no por hacer menos daño, que eso
da igual al fin y al cabo, sino porque suele haber pocos curiosos, pocos mirones que luego
le vayan con el cuento a la opinión pública. Pero la opinión pública se entera, vaya
que sí, aunque mayormente sólo de lo que la dejan enterarse, porque entre otras virtudes
la opinión pública, cuando se le mete algo entre ceja y ceja, puede ser pesada como un
plomo. Y menuda lata da. Se encapricha con una cosa y monta el número por menos de nada.
Hace un tiempo, no mucho, la opinión pública ponía el grito en el
cielo porque Francia, haciendo una maniobra bastante rastrera para apurar los plazos de la
moratoria nuclear hasta el final, lanzó unos petardazos de cuidado en Mururoa. ¿Se
acuerdan? Y la gente le saltó al cuello al 'grand cochon', y se armó la de de dios en la
calle y también en el mar, porque allá se fueron muchos, a montar guardia en el atolón.
El gobierno francés se puso un tapón en cada oreja y terminó sus experimentos sin
pestañear siquiera. La gente volvió a sus casas y anotó en el calendario una batalla
perdida.
Ahora es la India la que entra en escena con desparpajo y chulería.
Podía hacer sus cosas con discreción y echar la bomba sin llamar a la prensa, como hacen
otros. Pero no, salta al ruedo con el traje de luces, blandiendo sus pruebas nucleares y
dispuesta a pasarse por el forro todas las voces. Tamaña provocación. Claro, que
también habría que saber cuáles son esas voces que llaman al orden a la India. Desde
luego Estados Unidos, que tiene sus desiertos como un queso gruyere, no es el más
indicado para dar consejos. Tampoco Francia debería abrir la boca. Y Rusia... Rusia no
necesita echar bombas porque es una bomba. La maltrecha Rusia carga con el peso de
la antigua Unión Soviética, que tanto se esforzó para mantenerse en la cabeza de la
carrera nuclear. La herencia que ha dejado es un país sembrado de material atómico que
se se oxida en los almacenes, vertederos en los que se desborda la basura radioactiva,
submarinos cargados con cabezas nucleares que se pudren en los muelles con el beneplácito
de la comunidad internacional. Así que no hay que demonizar a la India porque ha hecho lo
mismo que muchos otros, sólo que con banda de música y fuegos artificiales.
Todo esto demuestra que la locura nuclear no ha terminado ni mucho
menos, sólo se ha hecho menos evidente. La guerra fría terminó congelándose en su día
porque se había llegado a tal punto de sofisticación, que en el caso de producirse el
encontronazo final no habría más historia que contar. La guerra, que está concebida
para ganar o perder, es una palabra sin sentido si en la contienda desaparecen todos los
bandos. Entró en juego por primera vez el miedo a la destrucción total. Así que hubo
que aparcar la carrera atómica y, en la medida de lo posible, llevar los conflictos a
escenarios alejados del Primer Mundo. Había que mantener la industria armamentística,
sí, pero cuanto más lejos de casa, mejor. Desde luego que la especie humana pasará a la
historia por ser la que más empeño ha puesto en buscar fórmulas para aniquilarse a sí
misma. Y para eso la bomba atómica es una bendición caída del cielo que no se puede
dejar escapar porque haya cundido el pánico en alguna ocasión. La energía nuclear es
ahora mismo la más poderosa que conocen, y el que logre controlar sus efectos tendrá una
valiosísima ventaja sobre todos los demás. Como ven, vamos a entrar en el nuevo siglo
con la misma mentalidad defensiva que tantos problemas nos ha causado. Pero así de chulos
somos.
Mientras tanto, se experimenta en la tierra y en el mar provocando
explosiones y estudiando sus efectos, aún sin saber qué repercusiones tienen esos
cañonazos a nivel planetario.
El volcán Pacaya no tiene nada que ver con la India ni con sus experimentos, como
tampoco tienen que ver las más de dos mil personas que tuvieron que ser evacuadas cuando
el volcán entró en erupción al otro lado del mundo, en Guatemala, los días en que los
indios estuvieron jugando. Ya sé que la posible relación entre una cosa y la otra es
ahora mismo indemostrable; por la misma razón, nadie puede asegurar que una sacudida en
un lugar del mundo no implique un reventón en otra parte para mantener el equilibrio
alterado. Todavía hay que aprender que el planeta tierra no es una suma de países
aislados, sino un cuerpo sobre el cual hemos acampado y al que no dejamos de clavarle
banderillas. La factura, que debe ser descomunal, nos la ha empezado a pasar ya. |