olar con la mente es viajar a otros lugares donde no existe la
limitación del tiempo, del espacio, ni tampoco de la razón.
En estos viajes puedes descubrir muchas cosas. Cosas que
están rodeando nuestra vida pero de las que no somos conscientes.
En mi último viaje conocí a tres seres fantásticos, son los tres señores: el Señor
del Tiempo, el Señor del Movimiento y el Señor de la Magia.
Parece
que cuando uno piensa en el Guardián del Tiempo es inevitable imaginar a un ser encerrado
en una habitación en la que no queda ni un sólo rincón sin reloj: relojes suizos,
cucos, solares. De líneas antiguas o futuristas. Silenciosos o ruidosos. Pero no, la
realidad es que el señor del Tiempo posee un sólo reloj. ¿Que cómo puede ser?
Sencillamente porque el tiempo es una ilusión.
El señor del Tiempo mira de reojo su reloj. Ve caer lenta y rítmicamente, grano a grano,
esa sutil materia en la que se ha convertido la fina arena del desierto.
En silencio, los granos de arena se deslizan muy apretados hacia su
inevitable destino: caer.
El señor del Tiempo posee un gran tesoro, la paciencia. Sabe que el tiempo es el amigo de
la Verdad, de la Justicia y de la auténtica Ley.
También reconoce que es un enemigo despiadado de todo aquel que
pretende retenerlo. Pero él, que es un fiel guardián, no permite que ni el hombre más
rico, ni el más inteligente, puedan comprarlo, porque, sobre todo, el Tiempo es Libre y
nadie le detiene.
Enemigo de sus enemigos, de aquellos que tratan de retenerlo,
de aquellos que quieren encontrar la fórmula de la eterna juventud, o de los que viven su
vida derrochando con su silencio, con su egoísmo y con sus comodidades, sus preciosos
segundos.
El señor del Tiempo quiere mucho a sus segundos porque sabe que sin ellos nunca
existirían los minutos y mucho menos las horas.
Por eso, al despedirme de él me dio un consejo: Vive cada
segundo de tu vida consciente de lo qué haces, con quién lo haces y para qué lo haces.
Y recuerda lo valioso que es tu tiempo.
El señor del Movimiento es como un duendecillo alegre y juguetón. No
tiene una forma definida porque no concibe que la vida pueda ser siempre igual.
Es revolucionario y un poco anarquista, y lo que más le gusta
es el Orden. ¿Contradictorio? Bueno, lo que ocurre es que a él el Orden le gusta para
poder destruirlo.
Tal vez fue su espíritu inquieto y juguetón el que creó la variedad de movimientos:
hacia arriba o hacia abajo; a la izquierda o a la derecha, hacia uno mismo o hacia los
demás; hacia el pasado, el presente o el futuro, etc. etc. Y tal vez fue por su variedad
por lo que no comprende, ni admite, ni tolera, que el hombre se empeñe siempre en vivir
atado a un movimiento fijo, que haga día tras día las mismas cosas, que sea un ser
monótono, repetitivo y lineal, cuando en realidad fue creado para volar.
El Señor del Movimiento me dijo que si quería realmente ser yo, debería prepararme para
correr, saltar, volar, tropezar y caer, porque hasta en las caídas hay movimiento y
superación.
El Señor de la Magia es especial. Había permanecido a mi lado siempre
en un majestuoso silencio. Observando cada cosa, cada situación, cada visión.
Es difícil que se entienda al Señor de la Magia si se ha
perdido esa capacidad que se posee cuando se es niño de admirar todas las cosas que nos
rodean.
Si nunca has sentido la Magia es difícil explicarlo, pero era lo que de él salía cuando
hablaba. Su voz era música. Sus palabras eran una suave melodía, y cada una de ellas
dibuja formas mágicas en mi mente.
Con su dedo índice, el señor de la Magia trazó en el aire una figura y ésta tomó
vida. Era una blanca montaña.
Con un suave movimiento de su mano, apareció un gigantesco bosque, con árboles, agua y
animales.
Sopló sobre aquellas imágenes y todas se reunieron en un gigantesco cuadro lleno de
vida, color y sonido.
Pensé de que forma tan sencilla el señor de la Magia había dado vida a un espacio en el
que antes no había nada.
Luego, él me miró y sin decirme ni una sola palabra comprendí su
pensamiento. En el cuadro faltaba el hombre.
Cogió una parte de la roca, del agua, de los árboles y de
los animales y creó una nueva figura: el hombre.
Miré con admiración el cuadro que ahora sí estaba perfecto. Y el señor de la Magia me
preguntó. "¿Te gustaría conocer mi secreto?"
"Sí", le respondí.
"Pues es sencillo, -dijo- ama todo lo que te rodea y aprende y comprende que sin
ellos tú no eres nada".