Sabe usted en
qué momento Oscar Pimentel, el autor de "Las oscuras razones de los animales de
compañía", se dio cuenta de que la evolución del perro no era casual y que detrás
del gran éxito alcanzado por este animal alentaba una estrategia inteligente? ¿Lo sabe?
No, no; no fue exactamente así. La suya no fue una deducción razonada, una tesis que se
va formando poco a poco por un proceso deductivo. Toda la teoría la intuyó de golpe, en
un segundo. Su libro lo concibió en un abrir y cerrar de ojos y tardó en escribirlo tres
meses; para ser más exactos 97 días, como él puntualizó después hasta la saciedad.
La historia es apasionante desde el principio y el calendario es un
maratón inquietante que carece de momentos muertos; una carrera sin desfallecimientos.
Como ha demostrado el profesor Arangüren en su libro y Cela en sus intervenciones en la
Academia de la Lengua, no hay precedentes en la historia de la literatura o el ensayo. El
fenómeno es único. Antonio Gala lo calificó de "explosiva inspiración literaria
que rompe el orden natural de las cosas", creo que fue, textualmente, lo que dijo.
Oscar Pimentel había llegado al fondo de su degradación personal y
cuando formaba parte de esa legión de mendigos sin casa, de esa población que se mueve
sin cesar de cubo de basura a cubo de basura, de ciudad en ciudad, de vaso de vino peleón
a vaso de vino peleón, vio detrás de una ventana de un chalecito adosado a un niño que
le sonreía con simpatía y a un setter irlandés que seguía con mirada inquisitiva todos
sus movimientos. El hombre hurgaba en un cubo de basura para conseguir algo de comida;
tenía un aspecto lamentable: sucio, cubierto de harapos, con el pelo desgreñado lleno de
piojos y una barba entrecana que le llegaba casi a la cintura. El niño le saludó con la
mano y el perro, entonces, le enseñó los colmillos. Fue sólo un segundo, los expertos
le dijeron más tarde delante de las cámaras de televisión que el gesto del animal no
pudo ser tan fiero como él lo describió, que el setter irlandés es un animal bondadoso
y nada inquietante, de carácter apacible y confiado. Otra cosa hubiese sido la mirada del
doberman, el ladrido del dogo, la carrera enloquecida del pastor alemán o ese movimiento
aleonado del chow-chow; pero, ¡por Dios! el setter, no, el setter no puede nunca causar
ese pavor.
Oscar Pimentel que hasta aquel momento había sido un vagabundo y un
alcohólico, dejó de rebuscar en el cubo de basura y se convirtió en otro hombre. Se
sacudió los andrajos, se lavó y se peinó en una fuente cercana, tiro la botella de
coñac que llevaba en uno de sus bolsillos e hizo recuento de todas sus pertenencias:
tenía, exactamente, 187 ptas. Localizó el número de teléfono de su hermana Leonor y
puso una conferencia a cobro revertido.
-¿Aceptan ustedes la llamada de un caballero que dice llamarse don
Oscar? -preguntó la telefonista-.
A Leonor casi le da un síncope. Llevaba 15 años sin saber
nada de su hermano y lo habían dado por muerto.
-¿Eres tú? gimoteó por el teléfono.
Oscar la saludó. Y después, con toda desfachatez, inventó una historia para justificar
su prolongada ausencia. Le mintió sin ningún tipo de reparo y le contó a grandes rasgos
su vida imaginaria en la Argentina, sus años difíciles en Buenos Aires, su experiencia
en la Pampa, sus amoríos y posterior matrimonio con doña Guadalupe de Salvatierra, dama
bonaerense de las mejores familias de la República y el fallecimiento de su amada al dar
a luz a los gemelos don Oscarín y doña Trinidad.
-¡Tengo dos sobrinos! -exclamó la pobre mujer alborozada.
-No, no. Murieron a manos de los esbirros de Videla cuando
la gran represión -puntualizó él y suspiró con resignación cristiana.
Todo era falso, él nunca había salido de España. Oscar Pimentel que había tenido una
vida gótica era barroco para la mentira y en aquella ocasión lo único que pretendía
era obtener trescientas mil pesetas prestadas para poder escribir el libro que se le
acababa de ocurrir.
-Mándalas, por favor, a la lista de Correos de Madrid. Necesito tenerlas en mi poder
dentro de una hora o la mafia calabresa me irá cortando los dedos uno a uno.
Leonor, que en apenas media hora había recuperado a un hermano muy querido y perdido
a su cuñada y a sus dos únicos sobrinos, le envió por giro postal todos sus ahorros.
Oscar Pimentel tres horas después de haber sufrido la amenaza del
setter irlandés había cambiado diametralmente de vida. Se desprendió de los andrajos,
se vistió de pies a cabeza en un gran almacén y localizó una pensión con buena pinta y
contrató una habitación por tres meses que pagó por adelantado; consiguió una máquina
de escribir de segunda mano y compró en una librería cercana quinientos folios y media
docena de bolígrafos; rogó a la patrona que no se le molestase, salvo para anunciarle
que la comida estaba servida, y se puso a escribir compulsivamente mañana, tarde y noche.
A los 97 días "Las oscuras razones de los animales de
compañía" estaba terminado. Era un libro espléndido, brillante, un original
tratado de la evolución del mundo, la crónica de la lucha de dos inteligencias que se
solapan, que se complementan; la descripción de una seducción que dura siglos. Oscar
Pimentel, en su libro, desenmascaró al perro y denunció por primera vez la conspiración
de los animales de compañía.
¿El éxito? Inmediato. Cuando dio por finalizado el trabajo se puso en
contacto telefónico con Lara, el editor, y le mandó el manuscrito. Su actitud fue
calificada por testigos presenciales como inconveniente y poco habitual; sabía que su
libro era una revelación escandalosa y se atrevió a darle un ultimátum al patrón de
Planeta. Le dijo textualmente: "Le doy diez días para estudiar el manuscrito. Ni uno
más. Contésteme o me iré a otro editor".
A los cuatro días tenía el contrato de edición encima de la mesa y a
los treinta el libro estaba en las librerías y en las listas de éxito. Dos meses más
tarde se había traducido a veinticinco idiomas y un año después se habían vendido más
de diez millones de ejemplares y Pimentel, que era un hombre rico y mundialmente famoso,
no había conseguido convencer a nadie aunque había fascinado a todos sus lectores; su
éxito había sido calificado de clamoroso pero su teoría de acientífica; su tesis fue
aplaudida por ingeniosa pero nadie tomó en serio sus amenazas ni el anuncio de las
catástrofes venideras que anunciaba en el libro. Sólo la teoría central, la de la
lealtad, fue aceptada por todos e incorporada inmediatamente por las multinacionales que
querían mejorar su productividad y, curiosamente, el perro, elevó la cota de su
estimación social y fue puesto de ejemplo entre los maridos, los padres, los empleados
fieles y los patriotas. Para alcanzar la excelencia, el óptimo reconocimiento, había que
ser un animal, había que ser bueno, cariñoso, sacrificado y leal como un animal de
compañía. Había que ser un perro.
Pimentel dio conferencias y se desgañitó inútilmente en los foros
más prestigiosos del mundo. ¡Qué gran ingenio el suyo!, decían sus admiradores y
aunque le elogiaban con todo entusiasmo lo hacían siempre con una sonrisa en los labios
porque sus argumentos eran aportaciones literarias y no aseveraciones científicas. El
público sonreía y valoraba la brillantez de sus tesis pero, en el fondo, no le tomaba en
serio; tenía prestigio, sí, pero el prestigio de los hombres de letras, la buena fama de
los poetas y la falta de credibilidad de los que se empecinan en predicar brillantemente
en el desierto.
Oscar hizo un estudio riguroso de la evolución del perro y su
adaptación a la vida del hombre; describió con toda minuciosidad la variedad de
tamaños, caracteres, funciones, y habilidades de la población canina. Uno de los axiomas
de la vida moderna es un sitio para cada perro y cada perro en su sitio.
Cada necesidad tiene su animalito y cada quehacer un
compañero.
El muestrario es una delicia; hay modelos para todos los gustos y precios para todos los
bolsillos: Chihuagua para llevar metido en el bolso, pekinés para acompañar a la anciana
dama con posibles, caniche para la pareja sin hijos, scott-terrier para los amantes de la
aventura, bóxer para los que no se dejan llevar por las apariencias, pastor alemán para
los que desconfían de la noche y se sobresaltan con los ruidos misteriosos, bulldog para
cuidar a los niños traviesos, collie para darle sentido a los soliloquios, dogo para las
gentes con complejo de inferioridad.
Demostró que ninguna criatura del universo tenía tal variedad de
tamaños y formas; cada año surgía un perro nuevo que venía de lejanos países. Había
perros dotados para sobrevivir en minúsculos apartamentos y enormes animales que sólo
podían habitar las grandes granjas. Los perros servían para todo: guíar ciegos, salvar
náufragos, encontrar fugitivos, detener delincuentes, detectar drogas, oler enfermedades,
acompañar enfermos, hacer equilibrios circenses. Se aseguraba que una dolencia cardíaca
que no se podía detectar con procedimientos científicos era capaz de olfatearla antes de
que fuese irreversible un fox-terrier de pelo blando, que el sida se quedaba estacionado
cuando se convivía estrechamente con un cocker, que los solteros que compartían su vida
con un pekinés tenían 5 años más de esperanza de vida que los que vivían solos.
El perro, siempre el perro. El inevitable perro. El que mata un perro
va a la cárcel, el que abandona a un perro sufre un linchamiento social. Hay que
desconfiar del que no tiene perro.
Por un perro que mató mataperros le llamaron.
Con estadísticas en la mano Oscar Pimentel demostró que el nivel de
vida, atención médica, satisfacción culinaria, equilibrio sexual y educación cívica
de un perro del primer mundo era muy superior al de un ser humano del segundo mundo; su
vida era diez veces mejor que la de un hombre del subdesarrollo y cuarenta veces más
satisfactoria que la de un habitante del cuarto nivel. Un perro en los países de vida
difícil valía más que un hombre y corría menos riesgo que un niño. "¡Quién
fuese perro!", exclamaban los pobres del mundo con nostalgia y ellos también
ladraban a la luna. En Nigeria era más barato un esclavo que un perro y el tunecino
Mohamed Ben Turiol se hizo pasar por un galgo del desierto y estuvo viviendo en París
durante diez años como animal de compañía; aprendió a ladrar y a mover el rabo, roía
huesos, corría como un loco tras una pelotita amarilla y tuvo relaciones sexuales con su
dueña y fue desenmascarado, por casualidad, por un veterinario cuando le estaba poniendo
la vacuna antirrábica. Naturalmente los dueños lo echaron a la calle y fue sacrificado
en las perreras municipales con una inyección de estricnina. "Te juro, René, que no
sabía que Cuqui era un señor y para más inri un tunecino. ¡Qué horror!", no
dejó de lamentarse durante el resto de su vida la propietaria del falso perro.
La industria que en Occidente se mueve en torno al perro ocupa el
décimo lugar en el ranking. Y es el sector productivo más rentable de la Economía, el
que engorda el producto nacional bruto, el que tira de todos los demás. En España
cuatrocientas mil personas viven del perro, para el perro y a pesar del perro:
veterinarios, entrenadores, cuidadores, psicólogos. Existen hoteles, peluquerías,
hospitales, restaurantes, jugueterías, clínicas dentales, cementerios y tiendas de
alimentación para perros. El perro ladra a su antojo, orina donde quiere, hace sus
necesidades como le viene en gana. El perro es el rey de la casa y la calle es suya,
porque, ay, el perro es el cliente y el cliente siempre tiene razón.
Y en este punto del discurso Oscar Pimentel se pregunta: ¿por qué el
perro ha logrado desbancar a los otros animales de compañía que le hacían la
competencia? ¿Por qué el gato ha perdido la guerra, la tortuga está de capa caída, el
loro se ha quedado mudo y el canario ha perdido la voz? ¿Qué cualidades tiene el gran
seductor y cuál es el secreto de su éxito?
Pimentel es rotundo: la lealtad. El perro sólo tiene una cualidad
sobresaliente que lo distingue del resto de los animales: el perro es un amigo, es fiel
hasta la muerte, capaz de cualquier sacrificio por su amo, no conoce del egoísmo ni la
envidia, es generoso y valiente. El perro es el amigo del hombre, sí, aunque habría que
decir para ser más exactos que un perro, uno concreto y determinado, es el amigo de un
hombre con nombre y apellidos y enemigo de todos los demás. La relación hombre/perro es
unívoca, de hombre a perro pero, sobre todo de perro a hombre. Su lealtad no es abstracta
ni espontánea, tampoco es desinteresada o gratuita. No. El perro sabe muy bien lo que
hace y dónde deposita el cariño y a quién le hace las carantoñas.
Si la gallina cacarea cuando pone un huevo para que todo el mundo se
entere, el perro escandaliza cuando llega su amo para que su cariño y su lealtad sean del
dominio público; quiere con desmesura y lo demuestra con exceso. Y el primer sorprendido
es el amo del perro que se extraña de que alguien pueda llevarse ese alegrón por el mero
hecho de verlo entrar por la puerta. "No soy tan malo como dicen en la oficina y
buena prueba de ello son las muestras de afecto de este perro". "Soy un violador
y un asesino, pero, coño ¡como me quiere mi perro!". El perro lava conciencias y
adormece remordimientos y si bien no todos los que tienen un perro son unas malas personas
está demostrado que todos los monstruos tuvieron un perro en su vida al que querían como
a un hijo: Hitler lloró únicamente cuando murió su perro Pierre, Nerón dormía con su
perrita Porcia, Calígula hizo general a su caballo y filósofo a su perro y el
estrangulador de Boston tenía cinco pekineses que compartían con él su vida y su
destino. Y en este punto del discurso Pimentel se pregunta: ¿Finge el perro su fidelidad?
¿Es todo una representación teatral?
Comparemos al perro con el gato, su íntimo enemigo, su competidor más
cualificado. El gato quiere sólo a quien se lo merece; su amor es selectivo, crítico,
limitado; el gato no quiere para siempre, su afecto tiene altibajos, supera crisis y un
buen día se termina como las íntimas amistades y el gato vuelve a la selva, se convierte
en un tigre, saca las uñas y le da un zarpazo a su casero. El gato no renuncia a su
animalidad jamás y el perro, en cambio, es cada vez más humano. El gato no tiene dueño
ni señor: tiene caballeros que le hospedan, amigos que le reciben en sus casas,
admiradores que lo acogen en sus hogares; el gato es libre y se rebela cuando le viene en
gana; te da su afecto y te lo quita, te mira con cariño o te retira el saludo; si les
llamas viene o no viene, el perro no. El perro escoge a un hombre y lo quiere para
siempre, le dedica su existencia, lo adopta; le adora la margen de sus cualidades y de su
comportamiento. Su lealtad es ciega y perruna, un poco revulsiva y viscosa. El perro
quiere a quien lo merece y a quien es odioso por naturaleza, no cuestiona la cualidad
moral de su amo; es siempre un cómplice. Al perro le vale todo y puede ser entrenado para
lo más sublime o lo más abyecto; puede guíar a un ciego o torturar a un niño. "Si
quieres un amigo cómprate un perro", dicen los americanos con cinismo y una pizca de
desilusión y Oscar Pimentel completó la frase: "Pero si quiere un compañero que te
diga la verdad comparte tu vida con un gato. Te divertirá a veces, lo admirarás casi
siempre, lo odiarás con frecuencia y casi seguro que no te hará feliz; posiblemente
porque no te lo merezcas".
¿Qué vio Oscar Pimentel en el setter irlandés que le amenazó desde
el otro lado del cristal? El aseguró que inteligencia, reflexión, astucia. Estaba limpio
y bien alimentado; vivía espléndidamente y lo único que tenía que hacer era mover el
rabo y dar unos saltitos cuando llegaba el dueño de la casa. Con aquella muestra externa
de alegría se ganaba el pan. Aquel perro esperaba; pero ¿qué esperaba? ¿Se
contentaría con un plato de comida caliente y una buena atención sanitaria? ¿Tenía
ambiciones de poder?
El éxito de Oscar Pimentel y su encumbramiento científico y literario
tuvo una importancia decisiva en el estudio del mundo canino pero, sobre todo,
revolucionó las relaciones sociales y laborales. A partir de la aceptación de la Teoría
Pimentel se exigió a los trabajadores del mundo civilizado la lealtad sin mácula, el
sometimiento absoluto y ciego, la actitud perruna y servil. El perro fue un ejemplo a
seguir. El hombre se convirtió voluntariamente en esclavo, se colocó él mismo las
cadenas y sonrió alborozado ante la explotación. Fue un humillado mimoso, un criado
cordial, un sirviente divertido. La lealtad ciega era recompensada públicamente. La
lealtad sin reflexión, instintiva, complaciente, automática: "Déjese llevar por la
lealtad, abandónese en brazos de la fidelidad, disfrute del acatamiento sin reservas y
viva feliz con su hueso y como un perro".
Oscar Pimentel llegó a la cúspide de su popularidad cuando denunció
que abortadas todas las revoluciones del mundo se estaba preparando una revuelta canina,
la revolución de los perros. ¿Qué es lo que les falta hacer? preguntó. Y la respuesta
era obvia: hablar. Los perros lo hacían todo menos hablar. ¿Su evolución culminaría
cuando pudiesen mantener una conversación? Entonces sí que serían el mejor amigo del
hombre y el mejor amante de la mujer. Las largas conversaciones con el perro, las veladas
íntimas, los paseos campestres, las discusiones filosóficas, la marginación social, el
feminismo: ¿Tratamos igual a las perras que a los perros? ¿Qué nos diría nuestro boxer
cuando regresásemos a casa después de una larga jornada laboral? ¿Sería como una
esposa? ¿Nos reprocharía que nunca pensábamos en él? Se valoraría su capacidad
dialéctica, su facilidad para aprender idiomas, sus sabios consejos. "Nadie asesora
en cuestiones financieras como un fox-terrier de pelo blando". "A mí la renta
me la hace un caniche. Qué talento tienen para los números".
Su segundo libro fue un fracaso: "¡Sacrificad al can!",
escrito entre admiraciones carecía de la brillantez del primer discurso. Fue calificado
de panfleto, de delirio de alcohólico. Las cañas, en aquella ocasión, se tornaron
lanzas y los ataques fueron inmisericordes.
-Está loco. El éxito se le ha subido a la cabeza
-dijeron los que le habían seguido hasta entonces con veneración-.
Había que matar al perro, a todos los perros; había que
exterminarlos sin piedad y con urgencia. El perro, el can, era el enemigo. Ellos habían
evolucionado más que nosotros, su selección natural había sido más estricta, su
entrenamiento más duro, sus ambiciones más desmesuradas.
-¡Ellos o nosotros! gritaba el ilustre escritor y para predicar con el ejemplo
maltrataba a todos los perros que se encontraba por la calle, los pateaba sin ninguna
consideración y llegaba a su casa desgreñado y tumefacto porque aunque los pobres
animalitos apenas se defendían sus dueños respondían con inusitada violencia y le daban
unas palizas de muerte.
Su última intervención televisiva fue patética y todavía la
recuerdan con rubor los directivos de Televisión Española. Oscar Pimentel llegó a los
estudios desgreñado, sucio, sin afeitar y posiblemente borracho; eructó delante de las
cámaras, se metió el dedo en la nariz en vivo y en directo y con las palabras
entrecortadas describió un futuro dantesco.
-Los perros nos dominarán y nos convertirán en sus
esclavos, -gritaba mientras miraba fijamente al puntito rojo de la cámara-.
El entrevistador no sabía que hacer y despistaba como
buenamente podía. Oscar describió las diferentes etapas de la revolución de los perros
y su estrategia para conseguir el poder.
Si durante siglos nos habían seducido con su lealtad después nos dominarían con sus
palabras, más tarde nos esclavizarían con su fortaleza y posiblemente nos eliminarían
con su crueldad.
-¡Los perros son feroces! -gritó un momento antes de venirse abajo al recordar la
sonrisa del niño y los colmillos del setter.
El presentador le miró aterrado. Y él fue concluyente.
-Que Dios os proteja, amigos -fue lo último que dijo,
lo que susurró antes de caerse de bruces y quedarse profundamente dormido. Durante quince
años no se supo nada de Oscar Pimentel; se esfumó sin dejar rastro y hasta que su
hermana Leonor lo dio por desaparecido y tal vez por muerto:
-¿Qué habrá sido del pobre Oscar? Era bueno pero un cabeza loca; ¡qué pena de
hombre! Lo tenía todo, Sultán, y dilapidó su fortuna por aquella locura idiota de
vuestra revolución, la rebelión de los perros. ¿Cómo puedes hacer tú una cosa tan fea
con lo bueno que eres? -le decía la anciana a su cocker negro que la escuchaba con
adoración mientras movía el rabo para demostrar su alegría.
-¿Qué habrá sido de él? Pobrecillo...
Palmero, el comisario de Policía, fue el que lo reconoció después de
examinar las fotografías de su cadáver durante horas.
El lado izquierdo de la cara apenas había sufrido daños y a
pesar del tiempo transcurrido el perfil era inequívoco.
-Este hombre es Oscar Pimentel; bueno, lo que queda de él-, se dijo para su coleto
el policía.
El otro lado de la cara y el resto del cadáver era una masa informe e irreconocible.
Había aparecido cubierto de hojas en el Parque del Retiro; al parecer llevaba muerto un
par de días y apenas quedaban restos de sus harapos; los zapatos estaban al lado del
cuerpo y una bolsa con trapos y otros objetos personales no había sido violentada por los
asesinos. El guardia los desparramó sobre el césped y los analizó uno por uno con
curiosidad: una navaja de cachas de nácar, un pañuelo sucio, un par de calcetines
descabalados, un anillo de latón, una bombilla y un ejemplar gastado de un libro:
"Las oscuras razones de los animales de compañía", leyó a duras penas el
funcionario.
Palmero esperó pacientemente en el Instituto Forense a que el doctor
Cabezas hiciese la autópsia. Tardó seis horas en concluirla y cuando salió el rostro
ceniciento del médico y el temblor de su voz denotaba una mezcla de pánico y estupor:
-Murió devorado -le
dijo al policía-, y sus asesinos dejaron claramente sus huellas en el cadáver. Fueron
más de trescientos sus matadores y no han querido pasar desapercibidos. Y lo malo es que
aunque sabemos quienes fueron nunca vamos a tener la oportunidad de detenerles. Su cuerpo
es un pliego de firmas, un documento lleno de rúbricas. Se nota claramente las
dentelladas del scott-terrier, los mordiscos del dogo, los colmillos del pastor-alemán,
las huellas del caniche, las mordeduras diminutas del pekinés, las señales del boxer,
los rastros del galgo, las dentelladas del bulldog.
-¡Qué horror! exclamó el policía.
-El que terminó con él, el que le arrancó el corazón de una dentellada feroz fue el
setter irlandés.
-¡No puede ser, doctor! acertó a decir Palmero. Y después justificó la defensa que
hacía del asesino: el setter irlandés es un animal bondadoso y apacible, de carácter
tranquilo, sumamente manso. Le aseguro que el setter irlandés es un encanto de perro; yo
mismo tengo uno en mi casa. Es un perro muy inteligente; sólo le falta hablar...