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Oscar Pimentel, en su libro, desenmascaró al perro y denunció por primera vez la conspiración de los animales de compañía.

 

 

Aquel perro esperaba; ¿qué esperaba? ¿se contentaría con un plato de comida caliente y una buena atención sanitaria? ¿Tenía ambiciones de poder?

 

 

"Soy un violador y un asesino, pero, coño ¡cómo me quiere mi perro!"

 

 

Al parecer llevaba muerto un par de días y apenas quedaban restos de sus harapos; los zapatos estaban al lado del cuerpo y una bolsa con trapos y otros objetos personales no había sido violentada por los asesinos

BREVIARIO DE FALSEDADES
LAS OSCURAS RAZONES DE LOS ANIMALES
DE COMPAÑIA
POR JOSE MANUEL VILLABELLA

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Sabe usted en qué momento Oscar Pimentel, el autor de "Las oscuras razones de los animales de compañía", se dio cuenta de que la evolución del perro no era casual y que detrás del gran éxito alcanzado por este animal alentaba una estrategia inteligente? ¿Lo sabe? No, no; no fue exactamente así. La suya no fue una deducción razonada, una tesis que se va formando poco a poco por un proceso deductivo. Toda la teoría la intuyó de golpe, en un segundo. Su libro lo concibió en un abrir y cerrar de ojos y tardó en escribirlo tres meses; para ser más exactos 97 días, como él puntualizó después hasta la saciedad.

La historia es apasionante desde el principio y el calendario es un maratón inquietante que carece de momentos muertos; una carrera sin desfallecimientos. Como ha demostrado el profesor Arangüren en su libro y Cela en sus intervenciones en la Academia de la Lengua, no hay precedentes en la historia de la literatura o el ensayo. El fenómeno es único. Antonio Gala lo calificó de "explosiva inspiración literaria que rompe el orden natural de las cosas", creo que fue, textualmente, lo que dijo.

Oscar Pimentel había llegado al fondo de su degradación personal y cuando formaba parte de esa legión de mendigos sin casa, de esa población que se mueve sin cesar de cubo de basura a cubo de basura, de ciudad en ciudad, de vaso de vino peleón a vaso de vino peleón, vio detrás de una ventana de un chalecito adosado a un niño que le sonreía con simpatía y a un setter irlandés que seguía con mirada inquisitiva todos sus movimientos. El hombre hurgaba en un cubo de basura para conseguir algo de comida; tenía un aspecto lamentable: sucio, cubierto de harapos, con el pelo desgreñado lleno de piojos y una barba entrecana que le llegaba casi a la cintura. El niño le saludó con la mano y el perro, entonces, le enseñó los colmillos. Fue sólo un segundo, los expertos le dijeron más tarde delante de las cámaras de televisión que el gesto del animal no pudo ser tan fiero como él lo describió, que el setter irlandés es un animal bondadoso y nada inquietante, de carácter apacible y confiado. Otra cosa hubiese sido la mirada del doberman, el ladrido del dogo, la carrera enloquecida del pastor alemán o ese movimiento aleonado del chow-chow; pero, ¡por Dios! el setter, no, el setter no puede nunca causar ese pavor.

Oscar Pimentel que hasta aquel momento había sido un vagabundo y un alcohólico, dejó de rebuscar en el cubo de basura y se convirtió en otro hombre. Se sacudió los andrajos, se lavó y se peinó en una fuente cercana, tiro la botella de coñac que llevaba en uno de sus bolsillos e hizo recuento de todas sus pertenencias: tenía, exactamente, 187 ptas. Localizó el número de teléfono de su hermana Leonor y puso una conferencia a cobro revertido.

-¿Aceptan ustedes la llamada de un caballero que dice llamarse don Oscar? -preguntó la telefonista-.
A Leonor casi le da un síncope. Llevaba 15 años sin saber nada de su hermano y lo habían dado por muerto.
-¿Eres tú? gimoteó por el teléfono.
Oscar la saludó. Y después, con toda desfachatez, inventó una historia para justificar su prolongada ausencia. Le mintió sin ningún tipo de reparo y le contó a grandes rasgos su vida imaginaria en la Argentina, sus años difíciles en Buenos Aires, su experiencia en la Pampa, sus amoríos y posterior matrimonio con doña Guadalupe de Salvatierra, dama bonaerense de las mejores familias de la República y el fallecimiento de su amada al dar a luz a los gemelos don Oscarín y doña Trinidad.

-¡Tengo dos sobrinos! -exclamó la pobre mujer alborozada.
-No, no. Murieron a manos de los esbirros de Videla cuando la gran represión -puntualizó él y suspiró con resignación cristiana.
Todo era falso, él nunca había salido de España. Oscar Pimentel que había tenido una vida gótica era barroco para la mentira y en aquella ocasión lo único que pretendía era obtener trescientas mil pesetas prestadas para poder escribir el libro que se le acababa de ocurrir.
-Mándalas, por favor, a la lista de Correos de Madrid. Necesito tenerlas en mi poder dentro de una hora o la mafia calabresa me irá cortando los dedos uno a uno.
Leonor, que en apenas media hora había recuperado a un hermano muy querido y perdido a su cuñada y a sus dos únicos sobrinos, le envió por giro postal todos sus ahorros.

Oscar Pimentel tres horas después de haber sufrido la amenaza del setter irlandés había cambiado diametralmente de vida. Se desprendió de los andrajos, se vistió de pies a cabeza en un gran almacén y localizó una pensión con buena pinta y contrató una habitación por tres meses que pagó por adelantado; consiguió una máquina de escribir de segunda mano y compró en una librería cercana quinientos folios y media docena de bolígrafos; rogó a la patrona que no se le molestase, salvo para anunciarle que la comida estaba servida, y se puso a escribir compulsivamente mañana, tarde y noche.

foto 100B.gif (2982 bytes)A los 97 días "Las oscuras razones de los animales de compañía" estaba terminado. Era un libro espléndido, brillante, un original tratado de la evolución del mundo, la crónica de la lucha de dos inteligencias que se solapan, que se complementan; la descripción de una seducción que dura siglos. Oscar Pimentel, en su libro, desenmascaró al perro y denunció por primera vez la conspiración de los animales de compañía.

¿El éxito? Inmediato. Cuando dio por finalizado el trabajo se puso en contacto telefónico con Lara, el editor, y le mandó el manuscrito. Su actitud fue calificada por testigos presenciales como inconveniente y poco habitual; sabía que su libro era una revelación escandalosa y se atrevió a darle un ultimátum al patrón de Planeta. Le dijo textualmente: "Le doy diez días para estudiar el manuscrito. Ni uno más. Contésteme o me iré a otro editor".

A los cuatro días tenía el contrato de edición encima de la mesa y a los treinta el libro estaba en las librerías y en las listas de éxito. Dos meses más tarde se había traducido a veinticinco idiomas y un año después se habían vendido más de diez millones de ejemplares y Pimentel, que era un hombre rico y mundialmente famoso, no había conseguido convencer a nadie aunque había fascinado a todos sus lectores; su éxito había sido calificado de clamoroso pero su teoría de acientífica; su tesis fue aplaudida por ingeniosa pero nadie tomó en serio sus amenazas ni el anuncio de las catástrofes venideras que anunciaba en el libro. Sólo la teoría central, la de la lealtad, fue aceptada por todos e incorporada inmediatamente por las multinacionales que querían mejorar su productividad y, curiosamente, el perro, elevó la cota de su estimación social y fue puesto de ejemplo entre los maridos, los padres, los empleados fieles y los patriotas. Para alcanzar la excelencia, el óptimo reconocimiento, había que ser un animal, había que ser bueno, cariñoso, sacrificado y leal como un animal de compañía. Había que ser un perro.

Pimentel dio conferencias y se desgañitó inútilmente en los foros más prestigiosos del mundo. ¡Qué gran ingenio el suyo!, decían sus admiradores y aunque le elogiaban con todo entusiasmo lo hacían siempre con una sonrisa en los labios porque sus argumentos eran aportaciones literarias y no aseveraciones científicas. El público sonreía y valoraba la brillantez de sus tesis pero, en el fondo, no le tomaba en serio; tenía prestigio, sí, pero el prestigio de los hombres de letras, la buena fama de los poetas y la falta de credibilidad de los que se empecinan en predicar brillantemente en el desierto.

Oscar hizo un estudio riguroso de la evolución del perro y su adaptación a la vida del hombre; describió con toda minuciosidad la variedad de tamaños, caracteres, funciones, y habilidades de la población canina. Uno de los axiomas de la vida moderna es un sitio para cada perro y cada perro en su sitio.
Cada necesidad tiene su animalito y cada quehacer un compañero.
El muestrario es una delicia; hay modelos para todos los gustos y precios para todos los bolsillos: Chihuagua para llevar metido en el bolso, pekinés para acompañar a la anciana dama con posibles, caniche para la pareja sin hijos, scott-terrier para los amantes de la aventura, bóxer para los que no se dejan llevar por las apariencias, pastor alemán para los que desconfían de la noche y se sobresaltan con los ruidos misteriosos, bulldog para cuidar a los niños traviesos, collie para darle sentido a los soliloquios, dogo para las gentes con complejo de inferioridad.

Demostró que ninguna criatura del universo tenía tal variedad de tamaños y formas; cada año surgía un perro nuevo que venía de lejanos países. Había perros dotados para sobrevivir en minúsculos apartamentos y enormes animales que sólo podían habitar las grandes granjas. Los perros servían para todo: guíar ciegos, salvar náufragos, encontrar fugitivos, detener delincuentes, detectar drogas, oler enfermedades, acompañar enfermos, hacer equilibrios circenses. Se aseguraba que una dolencia cardíaca que no se podía detectar con procedimientos científicos era capaz de olfatearla antes de que fuese irreversible un fox-terrier de pelo blando, que el sida se quedaba estacionado cuando se convivía estrechamente con un cocker, que los solteros que compartían su vida con un pekinés tenían 5 años más de esperanza de vida que los que vivían solos.

El perro, siempre el perro. El inevitable perro. El que mata un perro va a la cárcel, el que abandona a un perro sufre un linchamiento social. Hay que desconfiar del que no tiene perro.
Por un perro que mató mataperros le llamaron.

Con estadísticas en la mano Oscar Pimentel demostró que el nivel de vida, atención médica, satisfacción culinaria, equilibrio sexual y educación cívica de un perro del primer mundo era muy superior al de un ser humano del segundo mundo; su vida era diez veces mejor que la de un hombre del subdesarrollo y cuarenta veces más satisfactoria que la de un habitante del cuarto nivel. Un perro en los países de vida difícil valía más que un hombre y corría menos riesgo que un niño. "¡Quién fuese perro!", exclamaban los pobres del mundo con nostalgia y ellos también ladraban a la luna. En Nigeria era más barato un esclavo que un perro y el tunecino Mohamed Ben Turiol se hizo pasar por un galgo del desierto y estuvo viviendo en París durante diez años como animal de compañía; aprendió a ladrar y a mover el rabo, roía huesos, corría como un loco tras una pelotita amarilla y tuvo relaciones sexuales con su dueña y fue desenmascarado, por casualidad, por un veterinario cuando le estaba poniendo la vacuna antirrábica. Naturalmente los dueños lo echaron a la calle y fue sacrificado en las perreras municipales con una inyección de estricnina. "Te juro, René, que no sabía que Cuqui era un señor y para más inri un tunecino. ¡Qué horror!", no dejó de lamentarse durante el resto de su vida la propietaria del falso perro.

foto 99B.gif (3744 bytes)La industria que en Occidente se mueve en torno al perro ocupa el décimo lugar en el ranking. Y es el sector productivo más rentable de la Economía, el que engorda el producto nacional bruto, el que tira de todos los demás. En España cuatrocientas mil personas viven del perro, para el perro y a pesar del perro: veterinarios, entrenadores, cuidadores, psicólogos. Existen hoteles, peluquerías, hospitales, restaurantes, jugueterías, clínicas dentales, cementerios y tiendas de alimentación para perros. El perro ladra a su antojo, orina donde quiere, hace sus necesidades como le viene en gana. El perro es el rey de la casa y la calle es suya, porque, ay, el perro es el cliente y el cliente siempre tiene razón.

Y en este punto del discurso Oscar Pimentel se pregunta: ¿por qué el perro ha logrado desbancar a los otros animales de compañía que le hacían la competencia? ¿Por qué el gato ha perdido la guerra, la tortuga está de capa caída, el loro se ha quedado mudo y el canario ha perdido la voz? ¿Qué cualidades tiene el gran seductor y cuál es el secreto de su éxito?

Pimentel es rotundo: la lealtad. El perro sólo tiene una cualidad sobresaliente que lo distingue del resto de los animales: el perro es un amigo, es fiel hasta la muerte, capaz de cualquier sacrificio por su amo, no conoce del egoísmo ni la envidia, es generoso y valiente. El perro es el amigo del hombre, sí, aunque habría que decir para ser más exactos que un perro, uno concreto y determinado, es el amigo de un hombre con nombre y apellidos y enemigo de todos los demás. La relación hombre/perro es unívoca, de hombre a perro pero, sobre todo de perro a hombre. Su lealtad no es abstracta ni espontánea, tampoco es desinteresada o gratuita. No. El perro sabe muy bien lo que hace y dónde deposita el cariño y a quién le hace las carantoñas.

Si la gallina cacarea cuando pone un huevo para que todo el mundo se entere, el perro escandaliza cuando llega su amo para que su cariño y su lealtad sean del dominio público; quiere con desmesura y lo demuestra con exceso. Y el primer sorprendido es el amo del perro que se extraña de que alguien pueda llevarse ese alegrón por el mero hecho de verlo entrar por la puerta. "No soy tan malo como dicen en la oficina y buena prueba de ello son las muestras de afecto de este perro". "Soy un violador y un asesino, pero, coño ¡como me quiere mi perro!". El perro lava conciencias y adormece remordimientos y si bien no todos los que tienen un perro son unas malas personas está demostrado que todos los monstruos tuvieron un perro en su vida al que querían como a un hijo: Hitler lloró únicamente cuando murió su perro Pierre, Nerón dormía con su perrita Porcia, Calígula hizo general a su caballo y filósofo a su perro y el estrangulador de Boston tenía cinco pekineses que compartían con él su vida y su destino. Y en este punto del discurso Pimentel se pregunta: ¿Finge el perro su fidelidad? ¿Es todo una representación teatral?

Comparemos al perro con el gato, su íntimo enemigo, su competidor más cualificado. El gato quiere sólo a quien se lo merece; su amor es selectivo, crítico, limitado; el gato no quiere para siempre, su afecto tiene altibajos, supera crisis y un buen día se termina como las íntimas amistades y el gato vuelve a la selva, se convierte en un tigre, saca las uñas y le da un zarpazo a su casero. El gato no renuncia a su animalidad jamás y el perro, en cambio, es cada vez más humano. El gato no tiene dueño ni señor: tiene caballeros que le hospedan, amigos que le reciben en sus casas, admiradores que lo acogen en sus hogares; el gato es libre y se rebela cuando le viene en gana; te da su afecto y te lo quita, te mira con cariño o te retira el saludo; si les llamas viene o no viene, el perro no. El perro escoge a un hombre y lo quiere para siempre, le dedica su existencia, lo adopta; le adora la margen de sus cualidades y de su comportamiento. Su lealtad es ciega y perruna, un poco revulsiva y viscosa. El perro quiere a quien lo merece y a quien es odioso por naturaleza, no cuestiona la cualidad moral de su amo; es siempre un cómplice. Al perro le vale todo y puede ser entrenado para lo más sublime o lo más abyecto; puede guíar a un ciego o torturar a un niño. "Si quieres un amigo cómprate un perro", dicen los americanos con cinismo y una pizca de desilusión y Oscar Pimentel completó la frase: "Pero si quiere un compañero que te diga la verdad comparte tu vida con un gato. Te divertirá a veces, lo admirarás casi siempre, lo odiarás con frecuencia y casi seguro que no te hará feliz; posiblemente porque no te lo merezcas".

¿Qué vio Oscar Pimentel en el setter irlandés que le amenazó desde el otro lado del cristal? El aseguró que inteligencia, reflexión, astucia. Estaba limpio y bien alimentado; vivía espléndidamente y lo único que tenía que hacer era mover el rabo y dar unos saltitos cuando llegaba el dueño de la casa. Con aquella muestra externa de alegría se ganaba el pan. Aquel perro esperaba; pero ¿qué esperaba? ¿Se contentaría con un plato de comida caliente y una buena atención sanitaria? ¿Tenía ambiciones de poder?

El éxito de Oscar Pimentel y su encumbramiento científico y literario tuvo una importancia decisiva en el estudio del mundo canino pero, sobre todo, revolucionó las relaciones sociales y laborales. A partir de la aceptación de la Teoría Pimentel se exigió a los trabajadores del mundo civilizado la lealtad sin mácula, el sometimiento absoluto y ciego, la actitud perruna y servil. El perro fue un ejemplo a seguir. El hombre se convirtió voluntariamente en esclavo, se colocó él mismo las cadenas y sonrió alborozado ante la explotación. Fue un humillado mimoso, un criado cordial, un sirviente divertido. La lealtad ciega era recompensada públicamente. La lealtad sin reflexión, instintiva, complaciente, automática: "Déjese llevar por la lealtad, abandónese en brazos de la fidelidad, disfrute del acatamiento sin reservas y viva feliz con su hueso y como un perro".

Oscar Pimentel llegó a la cúspide de su popularidad cuando denunció que abortadas todas las revoluciones del mundo se estaba preparando una revuelta canina, la revolución de los perros. ¿Qué es lo que les falta hacer? preguntó. Y la respuesta era obvia: hablar. Los perros lo hacían todo menos hablar. ¿Su evolución culminaría cuando pudiesen mantener una conversación? Entonces sí que serían el mejor amigo del hombre y el mejor amante de la mujer. Las largas conversaciones con el perro, las veladas íntimas, los paseos campestres, las discusiones filosóficas, la marginación social, el feminismo: ¿Tratamos igual a las perras que a los perros? ¿Qué nos diría nuestro boxer cuando regresásemos a casa después de una larga jornada laboral? ¿Sería como una esposa? ¿Nos reprocharía que nunca pensábamos en él? Se valoraría su capacidad dialéctica, su facilidad para aprender idiomas, sus sabios consejos. "Nadie asesora en cuestiones financieras como un fox-terrier de pelo blando". "A mí la renta me la hace un caniche. Qué talento tienen para los números".

Su segundo libro fue un fracaso: "¡Sacrificad al can!", escrito entre admiraciones carecía de la brillantez del primer discurso. Fue calificado de panfleto, de delirio de alcohólico. Las cañas, en aquella ocasión, se tornaron lanzas y los ataques fueron inmisericordes.
-Está loco. El éxito se le ha subido a la cabeza -dijeron los que le habían seguido hasta entonces con veneración-.
Había que matar al perro, a todos los perros; había que exterminarlos sin piedad y con urgencia. El perro, el can, era el enemigo. Ellos habían evolucionado más que nosotros, su selección natural había sido más estricta, su entrenamiento más duro, sus ambiciones más desmesuradas.
-¡Ellos o nosotros! gritaba el ilustre escritor y para predicar con el ejemplo maltrataba a todos los perros que se encontraba por la calle, los pateaba sin ninguna consideración y llegaba a su casa desgreñado y tumefacto porque aunque los pobres animalitos apenas se defendían sus dueños respondían con inusitada violencia y le daban unas palizas de muerte.

Su última intervención televisiva fue patética y todavía la recuerdan con rubor los directivos de Televisión Española. Oscar Pimentel llegó a los estudios desgreñado, sucio, sin afeitar y posiblemente borracho; eructó delante de las cámaras, se metió el dedo en la nariz en vivo y en directo y con las palabras entrecortadas describió un futuro dantesco.
-Los perros nos dominarán y nos convertirán en sus esclavos, -gritaba mientras miraba fijamente al puntito rojo de la cámara-.
El entrevistador no sabía que hacer y despistaba como buenamente podía. Oscar describió las diferentes etapas de la revolución de los perros y su estrategia para conseguir el poder.
Si durante siglos nos habían seducido con su lealtad después nos dominarían con sus palabras, más tarde nos esclavizarían con su fortaleza y posiblemente nos eliminarían con su crueldad.
-¡Los perros son feroces! -gritó un momento antes de venirse abajo al recordar la sonrisa del niño y los colmillos del setter.
El presentador le miró aterrado. Y él fue concluyente.
-Que Dios os proteja, amigos -fue lo último que dijo, lo que susurró antes de caerse de bruces y quedarse profundamente dormido. Durante quince años no se supo nada de Oscar Pimentel; se esfumó sin dejar rastro y hasta que su hermana Leonor lo dio por desaparecido y tal vez por muerto:
-¿Qué habrá sido del pobre Oscar? Era bueno pero un cabeza loca; ¡qué pena de hombre! Lo tenía todo, Sultán, y dilapidó su fortuna por aquella locura idiota de vuestra revolución, la rebelión de los perros. ¿Cómo puedes hacer tú una cosa tan fea con lo bueno que eres? -le decía la anciana a su cocker negro que la escuchaba con adoración mientras movía el rabo para demostrar su alegría.
-¿Qué habrá sido de él? Pobrecillo...

Palmero, el comisario de Policía, fue el que lo reconoció después de examinar las fotografías de su cadáver durante horas.
El lado izquierdo de la cara apenas había sufrido daños y a pesar del tiempo transcurrido el perfil era inequívoco.
-Este hombre es Oscar Pimentel; bueno, lo que queda de él-, se dijo para su coleto el policía.
El otro lado de la cara y el resto del cadáver era una masa informe e irreconocible. Había aparecido cubierto de hojas en el Parque del Retiro; al parecer llevaba muerto un par de días y apenas quedaban restos de sus harapos; los zapatos estaban al lado del cuerpo y una bolsa con trapos y otros objetos personales no había sido violentada por los asesinos. El guardia los desparramó sobre el césped y los analizó uno por uno con curiosidad: una navaja de cachas de nácar, un pañuelo sucio, un par de calcetines descabalados, un anillo de latón, una bombilla y un ejemplar gastado de un libro: "Las oscuras razones de los animales de compañía", leyó a duras penas el funcionario.

Palmero esperó pacientemente en el Instituto Forense a que el doctor Cabezas hiciese la autópsia. Tardó seis horas en concluirla y cuando salió el rostro ceniciento del médico y el temblor de su voz denotaba una mezcla de pánico y estupor:
foto 101B.gif (4196 bytes)-Murió devorado -le dijo al policía-, y sus asesinos dejaron claramente sus huellas en el cadáver. Fueron más de trescientos sus matadores y no han querido pasar desapercibidos. Y lo malo es que aunque sabemos quienes fueron nunca vamos a tener la oportunidad de detenerles. Su cuerpo es un pliego de firmas, un documento lleno de rúbricas. Se nota claramente las dentelladas del scott-terrier, los mordiscos del dogo, los colmillos del pastor-alemán, las huellas del caniche, las mordeduras diminutas del pekinés, las señales del boxer, los rastros del galgo, las dentelladas del bulldog.
-¡Qué horror! exclamó el policía.
-El que terminó con él, el que le arrancó el corazón de una dentellada feroz fue el setter irlandés.
-¡No puede ser, doctor!
acertó a decir Palmero. Y después justificó la defensa que hacía del asesino: el setter irlandés es un animal bondadoso y apacible, de carácter tranquilo, sumamente manso. Le aseguro que el setter irlandés es un encanto de perro; yo mismo tengo uno en mi casa. Es un perro muy inteligente; sólo le falta hablar...

 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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