
Un asunto cualquiera puede pasarse por las neuronas y dedicarle una
reflexión, o puede pasarse por salvas sean las partes para zanjarlo por la vía rápida. |
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CONTRAPUNTO
EL ARCO DEL TRIUNFO
POR CAROLINA FERNANDEZ
Cuando tocan elecciones, una parte del país, la que vota, se levanta
por la mañana con una sobredosis de responsabilidad civil. Hay que ir a votar: esa es la
obligación. El que no vota, que no proteste: esa es la mentalidad.
Es una mañana de sol, aunque no haga sol, porque se mezclan las
promesas de los que votan con las esperanzas de los votados. La euforia democrática de
todos se hace un nudo con el sentido del deber resucitado, por obra y gracia de la
campaña electoral. Y así, por un día, un domingo radiante de sol vamos los demócratas,
todos de la mano, todos iguales ante el sistema, todos españoles, al colegio electoral a
ejercer nuestro legítimo derecho a elegir a nuestros representantes. La papeleta, la
urna, la liturgia electoral conducen al éxtasis del escrutinio. El sistema funciona.
Luego llega el lunes. Siempre hay un lunes, el día en que se paga la
resaca. Los vapores democráticos empiezan a asentarse, y la costumbre vuelve a tomar las
riendas de la situación. Entonces, cuando amanece en el país la rutina diaria, cuando el
panadero se va a su panadería, el zapatero a sus zapatos y el parado a lo que le traiga
el día, es cuando el sistema se pone en su sitio. Por las rendijas asoma una presencia
que no aparece en las campañas, pero que es la verdadera protagonista de la vida del
país. Una presencia que impregna desde La Moncloa hasta el último ayuntamiento;
diputaciones, gobiernos autónomos, consejerías y todo tipo de lugares con membrete
oficial. Es un poltergeist democrático... Pongamos algún ejemplillo cotidiano para que
podamos entendernos: ¿De qué depende que un pueblo dejado de la mano de dios tenga o no
tenga por fin esa pista asfaltada que llevan diez años reclamando los vecinos? Pues de la
voluntad política. Ni del alcalde, ni de su ideología, ni siquiera de los presupuestos,
que tantas veces se ponen de excusa. No. Depende exclusivamente de eso que se llama
voluntad política. ¿Por qué -otro ejemplo- sigue estancado el asunto del terrorismo en
este país? Pues porque no hay voluntad política. ¿Por qué no se esclarecen nunca esos
escándalos y corruptelas que cada poco acaparan las noticias? Porque la voluntad
política tiene otros intereses. ¿Por qué nuestros olivos no valen dos duros? Porque la
voluntad política no ve más allá de Maastricht. No hay más que fijarse. ¿Qué quiere
todo esto decir? Pues que a la hora de la verdad, durante ese periodo de cuatro años
entre domingo de elecciones y domingo de elecciones, este país está en función de lo
que a unas cuantas personas, elegidas eso sí democráticamente, les sale de sus
democráticas narices. La observación empírica del día a día me lleva a la conclusión
de que la nariz es, pues, un factor importante en política, porque es de ahí
precisamente de donde surgen muchas decisiones importantes que luego nos afectan a todos.
Se me ocurre sobre la marcha que alguien debería hacer un estudio en profundidad sobre la
importancia de este apéndice en nuestra historia reciente. Y se me ocurre también que
hay otro apéndice todavía más importante que debería ser observado, analizado y
estudiado atentamente por el electorado. Me refiero a esa parte de la anatomía por donde
se pasan aquellos asuntos sobre los que no se admite discusión. Me refiero, claro, al
arco del triunfo, exactamente 'ese' arco del triunfo. Ahí radica en ocasiones, y enlazo
con el comienzo de esta reflexión, la voluntad política de los gobernantes. Ahí hay que
buscar la razón última de muchas decisiones. Un asunto cualquiera puede pasarse por las
neuronas y dedicarle una reflexión, o puede pasarse por salvas sean las partes para
zanjarlo por la vía rápida. Claro, así las reuniones son más cortas y más llevaderas,
menos discusiones y menos estrés. El arco del triunfo es el argumento por excelencia
porque no se puede rebatir, al menos no con un diálogo racional. Con lo cual, y como el
debate social sencillamente no existe, el arco del triunfo es lo que nos queda, es la
explicación con mayúsculas, el porque sí, el punto y final.
Visto lo visto, he pensado en dejar de buscar en sentido común entre líneas,
olvidarme de programas, pasar de rastrear ideologías y dedicarme a escudriñar con
atención los diferentes arcos de triunfo, que por más que nos pese es lo que manda. Y
eso porque de alguna manera he empezado a convencerme de que cuando un señor me pide el
voto un día cada cuatro años, lo que pretende en realidad es que le confíe mi destino,
mi futuro, mi trabajo, mis impuestos, la educación de mis hijos, y hasta mis recetas de
la Seguridad Social. Vamos, que me entregue en cuerpo y alma a sus designios y me mantenga
sumisa y callada lo que dure la legislatura, como una esposa lela. Qué menos entonces que
estudiar el terreno con terquedad científica, a ver si yendo directamente al meollo, a lo
práctico, a lo tangible, a la anatomía, logro sacar algo en limpio sobre los arcos del
triunfo, sus diferentes morfologías, y su relación la conducta política pos-electoral.
Buen título para una tésis. A lo mejor ahí esta la clave que no hemos logrado encontrar
en veinte años de democracia. Ya les contaré. |