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Y después plagió sin pudor una frase brillante que alguien había dicho en su presencia: "La poesía no se vende porque la poesía no se vende".
Francisco Umbral se mordió los labios y encajó el golpe, no supo qué decir. El, que era la palabra, el adjetivo que hiere, se quedó como desnudo, sin verbos arrojadizos, sin interjecciones.
La frase de Bousoño convirtió a Umbral en un soldado desarmado.

 

Don Camilo, desde el umbral y en honor a la vieja amistad le dijo, sonriente y mundano, una frase para el recuerdo: "Adiós, querido Carlos, te dejo, que hace un frío de carallo", y el Nobel cerró la puerta de hierro forjado con una doble vuelta de llave.

BREVIARIO DE FALSEDADES
¿QUE SERIA DE VOSOTROS SIN LOS POETAS?
POR JOSE MANUEL VILLABELLA

El hombre que iba a morir a las seis y media no sabía a las cinco y cuarto que apenas le quedaban setenta y tantos minutos de vida, porque como decía Camilo José Cela en las entrevistas, y le dijo a él una tarde en su casa de Guadalajara ante un vaso de tinto cuando hablaban de la morcilla de Burgos y sus cualidades dietéticas, todas las horas hieren y la última mata.
Don Camilo estuvo muy amable, contestó a sus preguntas con resignación cristiana y le dedicó una primera edición del Viaje a la Alcarria, que el hombre que iba a morir a media tarde había conseguido en una librería de lance de la Cuesta de Moyano, y le acompañó hasta la puerta de la finca cuando un sol rojizo estaba a punto de desaparecer en el horizonte cercano y el rocío empezaba a dejar su huella en los cristales del Ibiza y se echaba de menos una prenda de abrigo. Don Camilo, desde el umbral y en honor a la vieja amistad le dijo, sonriente y mundano, una frase para el recuerdo: "Adiós, querido Carlos, te dejo, que hace un frío de carallo", y el Nobel cerró la puerta de hierro forjado con una doble vuelta de llave y, a buen paso y frotándose las manos por el relente, se encaminó a la casa cercana con aires y hechuras de obispo de Manila.
La última hora mata pero no avisa; la muerte se pasa la vida advirtiendo a la gente que sus intenciones son perversas, pero el personal va a lo suyo y se hace el sordo: "Niño, no te subas al sillón que te vas a caer y te puedes desnucar", le dijo una mañana de primavera cincuenta años atrás, y aunque no se mató le tuvieron que poner un collarín y durante seis meses tuvo que ir al colegio con muletas. La muerte, que nunca dejó de enviarle recados, le rogó con lágrimas en los ojos que no hiciese parapente, que no fuese de vacaciones a Argelia en el verano del 94, que no repelase con glotonería la ensaladilla rusa en aquella tasca de Sevilla y que no se casase con Laura. Pero él sonrió con suficiencia ante el peligro inminente y se fracturó las dos piernas, un integrista le dio una puñalada trapera, la colitis estuvo a punto de terminar con él y Laura le dio el primer zarpazo a su patrimonio y aunque al final el lavado de estómago le hizo vomitar las cincuenta pastillas de barbitúricos, estuvo más allá que aquí y si la parca no se lo llevó por delante fue, sin duda, porque con el trato y las largas conversaciones le había cogido afecto, que el roce hace el cariño y la muerte, en esta historia, es una dama bien vestida que da buenos consejos a la clientela, una señora que se preocupa del prójimo, una viejecita amable y sentimental.
Laura era una mujer tipo Barbi como lo fueron después Cary y Lucas. El hombre que iba a morir a las seis y media tenía muy claro el tipo de anatomía femenina que le interesaba y la muerte le decía y con razón: "¡Hombre, no tropieces siempre en la misma piedra que se ve a la legua que esa señora no te conviene!", pero él se sentía atraído por las rubias exuberantes de piernas largas y aunque se casó tres veces con mujeres distintas, parecía que había fracasado tres veces con la misma mujer y que el divorcio había sido un único drama, la misma representación teatral tristona, sórdida y aburrida, dividida en tres actos. Todas sus ex esposas tenían granitos en la espalda, no limpiaban el lavabo después de peinar sus rubias cabelleras, ceceaban y habían sido implacables en el Juzgado, duras y despiadadas como sólo las frágiles compañeras de infortunio saben serlo cuando el amor se acaba: Laura, le rompió el corazón y se llevó el estudio de la calle Mayor y la casa de Cercedilla, y las otras dos se tuvieron que conformar con los restos del naufragio. Lucas -Lucanora, como gritaba su carnet de conducir- huyó con lo que quedaba de su menguado patrimonio, con los recuelos de su fortuna y se llevó incluso la biblioteca, los tres mil ejemplares heredados de su padre, el viejo Espasa, la colección completa de Hermano Lobo y los libros dedicados por los poetas de la generación del 27. Qué desastre.
El caballero que tenía las horas contadas empezó a ganarse la vida como gastrónomo para poder comer y a escribir de cocina para poder vivir. El señorío y la ruina le habían dejado una culturita y un buen gusto, un singular concepto de la estética y la dietética, y un cierto dandismo desgarrado y desenvuelto, porque el dilapidar una fortuna imprime carácter, cultiva la sensibilidad y enseña a distinguir los riojas del 70 de los riberadeduero del 84 por el aroma y el color, por esa tristeza honda que tienen los grandes vinos, por el regustillo de las añadas, la memoria remota de las soleras y la alegría ruidosa de los blancos con aguja, que la risa distingue al joven del que lo ha sido y si los hombres viajan del rosa al amarillo, los vinos hacen el recorrido al revés y van del ribeiro al Vega Sicilia, del dorado al carmesí y algunos, para su desgracia, se quedan varados en la mediocridad de los claretes y otros, porque la vida es así, no saben envejecer, se les agria el carácter, el tiempo les descompone las asaduras, les pudre el alma y las entrañas, y terminan su existencia aderezando ensaladas, convertidos en vinagre o en vino turbio y canalla, en el tintorro peleón y violento de las tabernas.
Antes de ser un escritor conocido, cuando todavía no había publicado ni una sola línea era considerado, por el público en general y por la aristocracia de las letras en particular, como un poeta famoso. El hombre que iba a morir a las seis y media era un glorioso por fuera antes de ser un prosista por dentro. Tenía la cabeza grande, un cráneo distinguido, la nariz aguileña, el perfil rotundo. La gente le trataba con respeto y le pedía autógrafos: "Don Carlos, por favor, ¿puede firmarme este libro?".
El no se negaba jamás. Ponía una frase brillante y firmaba, simplemente, Carlos. Acudía a los cenáculos literarios y si había que recitar se recitaba y si había que ofender se ofendía.
Umbral, hasta Umbral, le trataba con deferencia y respeto: "¡Qué bien escribes, Bousoño!", le dijo una tarde. El le contestó con un piropo envenenado: "Tú también lo haces bien, Paco; aunque, claro, los dos sabemos que la prosa es sólo la calderilla de la poesía, la moneda menuda de la literatura". Y después plagió sin pudor una frase brillante que alguien había dicho en su presencia: "La poesía no se vende porque la poesía no se vende".
Francisco Umbral se mordió los labios y encajó el golpe, no supo qué decir. El, que era la palabra, el adjetivo que hiere, se quedó como desnudo, sin verbos arrojadizos, sin interjecciones.
La frase de Bousoño convirtió a Umbral en un soldado desarmado, en un acorazado a la deriva. Los contertulios del Café Gijón interrumpieron la animada charla y Manuel Vincet derramó media taza de café con leche sobre su impecable terno azul, Mingote preguntó: "¿Qué dice Carlos?", Máximo se hizo el sordo, Cándido sonrió divertido y Rafael Alberti, para romper el hielo, recitó arrastrando las palabras como si fuesen toros muertos y desorejados que se llevaban las mulillas al desolladero, los versos del marinero en tierra.
El hombre que iba a morir a las seis y media de la tarde se comportaba como el poeta Carlos Bousoño. O para ser más exactos, como él se comportaría si fuese Bousoño el poeta, que era, precisamente, como Carlos Bousoño, con su acrisolada educación y su reconocida bonhomía, era incapaz de comportarse.
¿...? ¡...! Pero, ojo, que no cunda el pánico entre los numerosos lectores, que los miembros de la Academia no se echen las manos a la cabeza, que los críticos no digan palabras gruesas, ni que nadie se alarme. Explicaré inmediatamente el misterio: El poeta y él se parecían como dos gotas de agua.
Tenían las mismas canas e idénticas arrugas, sonreían de la misma manera y el sol les mandaba en verano idénticos lunares; nadie hubiese podido distinguir sus gestos, su letra, su acento. Los dos hablaban un pésimo francés y desafinaban en la ducha. El sujeto que iba a fallecer sin remedio unos minutos más tarde sabía que era él, porque sabía que no era el otro, se reafirmaba cada día en la negación del poeta, lo suplantaba para tener conciencia de su propia identidad. Una noche se cruzó con su sosia en el hall del Hotel Palace. Los dos iban impecablemente vestidos con un traje de terciopelo carmesí y una capa española, los dos se tocaban con sombreros de ala ancha y se apoyaban en sendos bastones de empuñadura de plata. Bousoño le miró espantado y él aguantó la mirada, tomó la iniciativa y audazmente se acercó al ilustre académico, le dio un fuerte abrazo, pues de hecho lo conocía de toda la vida al abrazarlo a él se abrazaba a sí mismo y le dijo con pompa, engolamiento y chulería:
-Te saludo ilustre vate. Las musas me envían para comunicarte que te esperan al otro lado de las palabras, en el envés de los conceptos, al borde del espanto. Pero, ay, antes de enviarte al arcángel tienes que demostrar quién eres. Te exigimos que ganes el Nobel y puebles las enciclopedias del mundo de inquietantes imágenes poéticas. Queremos que rompas la poesía y que la vuelvas a poner en pie. No queremos que seas un buen poeta, te exigimos que seas el mejor, el más grande, incluso el más maldito. Adelante, hijo mío, no desfallezcas; te esperamos en el más allá con impaciencia y el laurel y la rosa preparados.
Bousoño se desmayó y cambió radicalmente de vida. Fue otro a partir de entonces. Su poesía se hizo más críptica y profunda, sus imágenes fueron más luminosas y surrealistas, sus textos más comprometidos. Bousoño le dijo a los íntimos que si el de Tarso se había caído del caballo camino de Damasco, a él le había ocurrido igual pero en el recibidor del Hotel Palace, al lado de la maquinita de tabaco, sobre la moqueta floreada y que se había dado, además, un trompazo de muerte, y para demostrarlo les enseñaba una cicatriz donde le habían tenido que dar seis puntos de sutura.
Bousoño, gracias al falso Bousoño, encontró al Bousoño verdadero y se hizo más Bousoño que nunca; se subió sobre sí mismo, se multiplicó por dos, se elevó al cuadrado y a veces, incluso, si estaba de buen humor se subía al cubo de su anatomía, al mirador de su esqueleto de acero inoxidable para otear la llegada del Arcángel San Gabriel y ver en el horizonte de la literatura. El resultado está ahí y cualquier observador podrá constatar la veracidad de mis palabras: Aquel año sus libros figuraron entre los más vendidos y, sin embargo, seguía siendo un poeta de minorías; fue, a partir de entonces, candidato al Nobel y todos lo encontaron distinto y él mismo, al mirarse al espejo, se encontró diferente, como más etéreo y volador, mucho más divertido y ameno; se hizo hondo y frívolo, superficial y trascendente, trágico y cómico. ¿Qué quieren que les diga de Bousoño que ustedes no sepan? Bousoño se convirtió en Bousoño; con eso está dicho todo.
El éxito clamoroso del auténtico poeta favorecía también al falso vate. El hombre que iba a morir a las seis y media consiguió ganarse la vida con facilidad. En las editoriales lo reconocían al primer golpe de vista y cuando pedía trabajo se lo daban inmediatamente. "¡Es Bousoño!", exclamaban los editores alborozados y se frotaban las manos porque sabían que el éxito estaba garantizado. "Quiero utilizar un seudónimo", decía, guiñaba un ojo y buscaba la complicidad de su interlocutor que sonreía encantado y él, a partir de entonces, empezaba a mandar sus manuscritos firmados por Brillat, en honor del legendario Brillat Savarín. Escribió sobre vinos y aguas minerales, pontificó sobre quesos, describió la vida y andanzas de J. de Candelucus y del Marqués de Sade, hizo el panegírico del arroz con verduras y se enamoró de una joven rechoncha, porque habían dejado de gustarle, después de tres intentos fallidos, las rubias de piernas largas y perversas intenciones. El hombre que iba a morir a las seis y media se convirtió en un pobre feliz; su mujer le preparaba berenjenas rellenas y huevos a la flamenca y sus editores le pagaban poco, pero con puntualidad. Y, sobre todo, pagó sus viejas deudas y le devolvió a Bousoño la fama que le había pedido prestada. Se la devolvió convertida en popularidad. Los poetas en España pueden ser gloriosos, famosos o conocidos pero nunca consiguen ser populares. Populares son, a veces, los que escriben en prosa prosaica, los prosistas; los que colaboran en los periódicos de gran tirada y pontifican sobre todas las cuestiones en televisión y reparten bendiciones urbe et orbi y anatemas a diestro y siniestro desde las antenas. Los poetas y sobre todo los viejos poetas, son creyentes de la literatura y entran en el mundo de las letras como el que se va al Císter, se trabajan la vida eterna y la gloria venidera con el soneto de todos los días, pulen a mano su propia calavera, le sacan brillo a su mala fama y atesoran las grandes palabras para devolvérselas a la gente en momentos difíciles. El pueblo llano ama la poesía aunque no lo sepa y se pasma ante los poetas aunque no los entienda; el verso se esconde en la vida cotidiana, palpita en la sonrisa y se va de picos pardos en las canciones; el verso sonríe en la ternura con vergüenza de llamarse verso, que la poesía es el traje más bello que tienen las palabras, el vestido de torear de la conversación, el sombrero de copa del idioma, el orden mágico y telúrico de los diccionarios. ¿Qué sería de todos nosotros si los poetas no vigilasen el fuego de las letras e impidiesen que el verbo se extinga? ¿Qué sería de los hombres prácticos si los poetas no estuvieran en su rincón de zapatero inventando imágenes absurdas y escribiendo insensateces? ¿Qué sería de nosotros, di, qué sería de nosotros sin los poetas?
Cuando a Carlos Bousoño se le otorgó el Premio Nobel de Literatura, nadie se acordaba del hombre que iba a morir a las seis y media, porque llevaba muerto cincuenta años. Bousoño había cumplido su primer siglo de vida hacía dos décadas y esperaba la llamada del más allá con paciencia y resignación cristiana y mientras tanto, y para matar el tiempo, leía una y otra vez sus obras completas. Lo que más le entretenía eran sus celebrados ensayos gastronómicos, aquellos hijos espurios y desvergonzados que los editores habían colocado en el último tomo bajo el título general de "Varios", con la esperanza de que la posteridad se olvidase de ellos. Leía los ensayos con suma atención y no lograba recordar cuándo y cómo los había compuesto: "¡Qué bien escribía yo cuando tenía setenta años!", se decía para su coleto y volvía a empezar el elogio del vaso de agua, los comentarios marginales del cocidito madrileño, las prosas en torno al cochinillo asado, las reflexiones sobre el caldo gallego, el cómo comerse un percebe con conocimiento de causa.
Bousoño había recibido todos los honores académicos, las universidades de medio mundo le habían nombrado hacía mucho tiempo doctor honoris causa y estaba en posesión de los más prestigiosos galardones literarios y de las condecoraciones más dispares. Como era el poeta más viejo del universo y el único superviviente de su generación, el mundo le entregaba a él los honores que le habían negado a los demás, y derramaba sobre su cabeza el vino y las rosas de los poetas muertos y enterrados.
Sólo el Nobel se le resistía. Bousoño lo acariciaba cada año y soñaba con él y hacía planes anticipados. Era el eterno finalista, el ilustre derrotado, el perejil de todas las votaciones. Primero no se lo dieron porque era demasiado joven y más tarde se lo negaron porque pasaba de los cien años; en una ocasión lo perdió por vanguardista y al año siguiente no lo consiguió por clásico. El no sabía a qué carta quedarse.
-No te preocupes; aquí, el que resiste, gana. El Nobel caerá como un fruto maduro. ¡No me dieron a mí el Cervantes después de diez años de espera! -le dijo Cela un día en la Academia.
Se lo concedieron cuando no lo esperaba, cuando le decía a todos que no lo quería, cuando el galardón era un fastidio y ya no cabía ningún diploma más en la pared frontal de su estudio.
La asistenta fue la que le comunicó la buena nueva.
-Don Carlos, don Carlos. ¡Le han concedido el premio ese que lleva usted esperando cincuenta años! -le dijo una mañana blandiendo un telegrama que venía de Estocolmo.
Y el ilustre escritor suspiró aliviado, se levantó con parsimonia y se acicaló con cuidado exquisito. Se cepilló los dientes durante tres minutos, recortó un poco su barba rizada y blanca y ordenó todos y cada uno de los pelos de su poblado bigote. Escogió un traje cómodo y un gabán de franela, se enfundó en una camisa amarilla, se anudó al cuello una corbata de flores y preparó una maleta con lo imprescindible para irse de viaje al más allá y se sentó en el recibidor a esperar la visita de su amigo el Arcángel San Gabriel. Estaba ilusionado; al fin conocería a Lorca y a Rubén Darío, le daría la mano a don Francisco de Quevedo, abrazaría a Cervantes, hablaría del tiempo con Neruda y volvería a ver a su entrañable amigo Vicente Aleixandre. Entregaría el dichoso premio a las musas y les diría: "¡Misión cumplida, queridas señoras!" y ellas le invitarían a sentarse a su lado y a tomar el té de las cinco y desentrañarían para él el secreto de la literatura, le dirían dónde radica el intríngulis de la emoción y cuál es el mecanismo de la inspiración: "Que la poesía, amigo Bousoño, aunque parezca mentira, es un juego de niños que lo único que pretende es..."
El hombre que iba a morir a las seis y media, no sabía, a la cinco y cuarto, que apenas le quedaban setenta y tantos minutos de vida, y se paseaba como un tonto por el paseo marítimo de La Coruña con las manos metidas en los bolsillos. Que la última hora mata pero no avisa, y la amable señora vestida de negro no podía decirle que ella no tendría ni arte ni parte con aquel crimen que parecería un accidente y que su mujer había previsto hasta en los menores detalles para cobrar el seguro de vida; que ella era la responsable de las enfermedades y las desgracias, controlaba las guerras y los terremotos, organizaba la llegada de los virus y el recorrido de los vientos huracanados, pero no tenía nada que ver con los asesinatos mezquinos, ni con la loca ambición de las esposas que querían convertirse al mismo tiempo en viudas y millonarias, que el desamor es cosa de la vida y de los hombres, no de la muerte y de los dioses.
Y la muerte, que en esta historia es una vieja dama algo sentimental que nunca ha entendido a las criaturas que tiene la obligación de llevarse por delante, se disfrazó de gaviota y levantó el vuelo mucho antes de que en el reloj de la plaza mayor una solitaria campanada anunciase al mundo que eran las seis y media y voló mar adentro para aturdirse una vez más, porque no quería confesarse a sí misma que, después de tantos años de oficio, odiaba su trabajo y la mano le temblaba cuando tenía que decirle adiós a los amigos, por eso, tal vez, musitó con estupor y rabia, con una amargura que no venía a cuento y una misericordia impropia de su feroz condición: "¿Qué sería de todos vosotros sin los poetas? Di, ¿qué sería? Y a ella también le pareció espantoso tener que ir al día siguiente a la oficina.

 

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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