
Quisiera yo imponer el ritmo y la idea, pero
se que lo que nace de mi no sirve si no es sumado a lo que nace en ti, y en ti, y en ti, y
asi hasta ese infinito numero de gotas de agua que componemos este mar. |
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EL
ALEPH
COMO UNA GOTA EN MEDIO DEL MAR
POR JOSE ROMERO SEGUIN
A
menudo me siento como una gota de agua en medio del mar, una gota de agua crítica que
intenta a toda costa preservar su intimidad, pero que a su vez se siente sola y frágil,
porque sabe que al final lo que perdura es el mar; y de todos sus actos, aquellos que lo
han definido desde siempre: la tempestad, las olas, las mareas y cómo no, la calma,
también la bendita y maldita calma de su vanidad. Me siento así exactamente, como una
gota que sabe que al final lo que importa, lo que de verdad origina cambios reales es el
movimiento en masa, ese movimiento a veces lento y pastoso que se pudre durante
interminables años bajo tiranos cielos sin vientos, y que por el contrario a veces
estalla con furia de titán levantando olas de cientos de metros que se llevan por delante
todo cuanto alcanzan. Y ese conocimiento a veces me abruma, me desanima, me irrita.
Quisiera yo imponer el ritmo y la idea, pero sé que lo que nace de mí no sirve si no es
sumado a lo que nace en ti, y en ti, y en ti, y así hasta ese infinito número de gotas
de agua que componemos este mar. Sé que de nada va a servir mi maravillosa visión del
mundo si no se refleja también en los ojos de toda esa masa que nos rodea, esa masa que
inconscientemente calificamos tratando de ignorarla como la antípoda, la antagonista, la
razón última y que sin embargo está en nosotros, con nosotros y es nuestra primera y
única razón para vivir. La masa como definición corresponde a la abstracta percepción
de aquellos que a lo largo de la historia han tenido la osadía de pensar que una gota
puede cambiar el curso de un río. Es más, ni aún cuando una mayoría de gotas lo
consiguen, si no lo hacen contando desde la primera a la última de nada habrá servido.
Puede dar la apariencia de que sí, porque son muchas las gotas que jamás luchan por
liberarse, que jamás preguntan a sus libertadores; son muchas las que se dejan llevar y
son lo que marque la mayoría, calma, tempestad o el ir y venir de las lunáticas mareas.
Gotas que viven al ritmo de tarde, mañana y noche, y así un día y luego otro y otro
hasta que alguien las lleva a una tempestad y más tarde a una calma o viceversa, donde
todo vuelve a su ser, que más le da.
Sí, soy una gota en medio del mar, una sola y frágil gota, pero que
nadie piense por ello me resigno o me entrego. Y no lo hago porque me sienta un ser
especial, sino por simple responsabilidad con ese mar, porque soy parte de él, y donde
él vaya iré yo, y lo que él haga lo estaré haciendo yo. Somos parte del mar social,
somos responsables de nuestra suerte y de la de nuestros hermanos y la de nuestro planeta.
Podremos morir, sé que vamos a morir sin ver cumplido nuestro sueño, y así debe ser
porque esa es la fuerza de la vida que no se agota en un acto concreto, sino que van
concretando actos a través de los tiempos. De qué serviría alcanzar el último
horizonte... Siempre debe haber uno delante de nuestros ojos. El día que no sea así
significará que hemos asesinado la vida, que hemos parado el reloj divino de la
existencia.
Es cierto, una gota jamás llegará a ser por sí sola marea. Jamás
podrá constituirse en tempestad, ni en ola, ni tampoco imponer la calma. Pero es que debe
ser así, tiene que ser así, porque el mar no le pertenece a ninguna gota; el mar es la
suma de todas las gotas que lo habitan. El tener conciencia de uno mismo es grandioso pero
no definitivo sino frente a tu propio destino y experiencia existencial. Jamás puede
constituirse en un privilegio y aún menos darte poder frente a los demás.
No creáis por tanto en las gotas que os arengan desde el estúpido
podium de su convicción. Cada una de nosotros tenemos la ineludible responsabilidad de
comprometernos para que el pulso de la vida siga, para que nadie detenga ni tan siquiera
durante un segundo el curso implacable de la misma; lo que de ningún modo supone
renunciar a luchar contra la injusticia y demás lacras sociales, no, no se trata de
sentirse vencido sino de no sentirse vencedor, de no sentirse caudillo sino miliciano, de
no sentirse dios sino lo que de verdad somos: seres que buscan y como tal no pueden
ofrecer sino la duda que les habita.
La verdad no existe, existen nuevos estados de conciencia. Todo está en nuestras manos
y todo en las de los demás. Donde vayan iremos, donde vayamos irán. Es el curso mágico
de la vida, el paraíso que un día perdimos cuando decidimos ser contra corriente gota y
gota hasta la saciedad. |