allábame, hace pocos
días, en un bar musical cuando observé que la persona que pinchaba música invitaba a un
cliente a escuchar el tema que estaba sonando. Por los gestos y porque luego se calzó los
cascos, deduje que no escuchaba bien la letra de la canción que lógicamente le era
desconocida.
"Romero el madero", del grupo Skape, era la canción, y quien
la escuchaba era un policía. La letra obviamente no le gustó y, aunque lógicamente no
se enfadó, comenzó a disertar sobre los grupos y los individuos.
Que cada cual piense lo que le venga en gana, pero yo también soy
libre para pensar y, como poco, me hace gracia la canción que, aunque se las trae, no
creo que esté especialmente alejada de la realidad.
La policía, como otros funcionarios, tiene asegurado el pan de cada
día, de por vida; algo muy grave tiene que acontecer para que se queden en el paro. Cada
cual defiende su trabajo, que lógico que así sea, pero que lo hagan bien, que para eso
cobran de lo que todos, y algunos con sacrificio extremo, aportamos.
Como poco, les debemos pedir que se comporten y que no practiquen
conductas que están fuera de ley. Conducen, algunos, a velocidades de vértigo, fuman
tabaco americano y le dan al porro, por no decir otras cosas que no he visto pero que cada
poco salen a la luz en los diarios e informativos.
No todos son iguales, ¡claro que no!, algunos habrá que cumplan con
su deber y que no practiquen aquello que curiosamente deben perseguir. ¿Cuántos habrá?
Y lo del vacileo, ¿para qué hablar? Es probablemente el gremio que
más se endiosa. Llevar un uniforme debe marcar estilo, si te pones borde la fastidiaste,
y como poco te largan lo de subversión a la autoridad, por tanto, achantando, que es lo
que procede.
En la calle hay mucho animal, mucho delincuente y mucho degenerado, en
muchos chiringos corre la droga sin tregua, los baños son el lugar idóneo y los
intercambios se suceden sin tregua. ¿Dónde está la policía, que casi nunca ve nada?
Pues muchas veces donde no debe estar.
En cierta ocasión me referían unas conocidas cómo una patrulla de la
policía, las llevó a la discoteca a la que se dirigían, con billete de vuelta, por
supuesto, porque también las fueron a recoger a la salida; tipo taxi, vamos. ¿La culpa?
De ellos y de ellas. Ellos porque no cumplen con el trabajo, y ellas por contribuir a que
sigan vacilando sin que, casi nadie les diga, por si a ellos se les olvida, lo que tienen
que hacer.
Luego el rollo, como siempre, desgastado de uso y abuso, se sienten
desmotivados, dicen, porque los "cacos" que ellos detienen son puestos
inmediatamente en libertad por los jueces. ¡Y dale! Digo yo, su función es intervenir,
no juzgar, que para eso ya están señores cualificados que con la ley en la mano habrán
de decidir, y en las decisiones se dan equivocaciones, pero ese es otro cantar, no el
suyo.
Otros uniformes, los parientes pobres: guardias de seguridad.
Engreídos, autosuficientes y vacilones; algunos, claro, que ni son
todos los que están ni están todos los que son.
El autoconcepto en algunos está por los suelos, pero si les visten
diferentes y les proporcionan un walki, se convierten, al menos por horas, en los fuertes,
los distantes y las autoridades del lugar. La diferencia, de cualquier forma, es abismal,
ante algunas quejas la compañía que paga exige responsabilidades y si se pasan también
se puede proceder sin ninguna timidez porque el uniforme de poco sirve en tal situación.
Seguridad en algunos bares o discotecas: los vulgarmente llamados
"matones". El otro día acaeció en un lugar un grave acontecimiento: tres
drogadictos querían acceder a un local, se les prohibió la entrada pero ellos oídos
sordos y a seguir intentándolo; el cuidador de la seguridad, ni corto ni perezoso, bate
en mano descargó su furia contra uno de ellos en la cabeza. El agredido no pudo
levantarse y fue llevado por la ambulancia, el charco de sangre que dejó en la calle era
escalofriante.
No juzgo, porque no soy quién para hacerlo, pero los hechos son los
hechos. En una ciudad hay recursos rápidos para solucionar el tema y el que toma la
justicia por su mano debería pagarlo.
Hay trabajos arduos, estresantes y desmotivantes pero nadie debe,
agredir de forma tan cruel, a no ser que su vida esté en peligro.
Aquellos que no son capaces de ejercer su profesión, con lo bueno y lo malo que
conlleva deberían optar por dedicarse a otra cosa con lo cual todos saldríamos
beneficiados.