Pasamos mucho tiempo de nuestra vida
preocupándonos por mucho más de lo que realmente acontece y, sin duda alguna la
preocupación, que es un estado de indecisión e incertidumbre, es una emoción
profundamente perniciosa, es el núcleo fundamental de la ansiedad.
Preocuparse es absolutamente normal, pero
preocuparse indefinidamente sin tomar ninguna determinación solamente puede producir
efectos negativos. Hay que trabajar con la preocupación para resolverla, cuando acontece
un problema o una dificultad la regla de oro es: Si hay algo o mucho que se pueda hacer,
se hace; si nada se puede hacer hay que mirar adelante.
¿Cómo actuar entonces cuando nos
encontramos sumergidos en ese estado de desesperación en que tenemos la impresión que no
hay salida posible? Sin duda sólo cabe una alternativa válida: actuar.
Para ello hay que sentarse ante lo que nos
preocupa y preguntarnos ¿qué se puede hacer? Todas las alternativas son válidas, en
principio; una vez que ya no se puedan generar más hay que tomar una decisión, sopesarla
pero no postergarla excesivamente. El paso siguiente es ponerla en práctica
inmediatamente.
Una vez que se ha comenzado a trabajar en la
alternativa elegida, la atención y los esfuerzos deben focalizarse sólo y exclusivamente
en ese trabajo; reflexionar nuevamente sobre las que han sido descartadas es un tiempo
inútil, derrochado y no productivo.
Volvamos, por tanto, a la sabia frase con
que comenzó esta reflexión porque es, sin duda, el error de cada día en la vida de las
personas, no olvidemos que la sociedad en que vivimos requiere del individuo preparación,
competitividad, formación constante, reciclaje y consumo. No da el tiempo para otra cosa
porque así lo hemos asumido.
Nos preocupamos por todo, y cuando no
tenemos motivos serios por los que preocuparnos los buscamos. Pero al final llega el
momento en que replanteando la vida, mirando hacia atrás, hacia el paisaje atravesado,
como dice S. Leacock, las personas se percatan de que han derrochado mucho tiempo en
preocuparse por lo que finalmente nunca ocurrió.
Vivamos el presente, cada instante, el
pasado, pasado está y el futuro está por venir. Reservemos para nosotros un tiempo
diariamente para dedicarnos en cuerpo y alma a lo que nos apetezca, para deleitarnos con
las cosas de las que disponemos y de las que podemos disfrutar, apresemos con todos
nuestros sentidos los momentos de placidez que la vida nos proporciona y que,
generalmente, no tienen mucho que ver con las cosas materiales que constantemente nos
está ofertando la sociedad de consumo.
¿Por qué preocuparse en comprar un coche
nuevo? ¿Por qué preocuparse en adquirir unos muebles más modernos? ¿Por qué
preocuparse en adquirir ropa de marca porque algunos la lleven?
Finalmente, una vez adquiridos todos esos
caprichos el individuo sigue preocupado porque tiene que trabajar más, puesto que con lo
que hay no da para pagar todo aquello que adquirió creyendo que le produciría placer
pero que, a fin de cuentas, ha adquirido porque otros también lo han hecho.
Y a fuerza de tanto preocuparse no queda
tiempo para disfrutar, para mirar alrededor, para pasear sin prisa y para examinar las
propias necesidades y no las que la sociedad impone.
Luego no hay vuelta atrás. El tiempo
derrochado en banalidades, derrochado está, no puede recuperarse. Solamente al final de
los días el hombre piensa que desearía tener tiempo para ver por última vez su playa
favorita, para pasear por última vez por los lugares donde pasó su niñez y para
charlar, por última vez, relajadamente con sus amigos o conocidos ante una taza de té.
¡Con qué poco tiempo se conforma el hombre
en sus últimos días! Con lo justo para satisfacer algunos deseos que no son materiales
pero que considera vitales. ¿Por qué esperar al final de la vida para saborear lo que
está a nuestro alrededor?
Hace bastante tiempo comencé a practicar lo
que defiendo.
Siempre que puedo, y me las arreglo para que
sea con frecuencia, vivo intensamente cada momento, paseo con frecuencia y lo hago
sacándole partido a lo que me rodea. Si hace sol me fijo en lo maravilloso que luce el
paisaje, el mar, los árboles, la hierba, etc; si llueve he aprendido que en vez de
lamentarme necesariamente he de interpretarlo como algo natural, necesario, renovador y
bello.
Hay que sacar partido de todo. Cuesta
trabajo y tiempo porque es algo que al principio requiere entrenamiento. Luego pasa a
formar parte de los hábitos de la persona porque, a fin de cuentas, si hoy no eres capaz
de sacarle partido a la vida quizá mañana sea demasiado tarde.
Disponte a practicar desde ahora y no
esperes a jubilarte, como dicen muchos, porque algunos no llegan a ese momento.