Don Pedro habla, conversa y discute con Su Santidad
el Papa. Llegó a esta conclusión después de seleccionar a sus interlocutores
cuidadosamente. Invitó a su mesa a Mussolini, Maquiavelo, Shakespeare y Quevedo, pero a
todos los fue echando con cajas destempladas porque el Duce sólo hablaba de política,
Maquiavelo del Príncipe, las dudas del dichoso Hamlet eran en realidad los miedos
mezquinos y domésticos de don Guillermo y Quevedo, tratado en persona, visto de cerca,
resultó ser demasiado inteligente y amargo. Y, sobre todo, excesivamente impertinente.
Don Pedro, al final, se quedó con Benedicto XV, un papa un poco antiguo, de su época; un
papa de tiara y silla gestatoria, limpito, discreto, bien vestido.
-¿Va Su Santidad a salir esta noche? -pregunta don
Pedro a su invitado.
El Papa, que no responde, duda un momento y opta,
como siempre, por encogerse de hombros y complacer a su anfitrión.
-Quedaos, por favor, prometo no hablar de teología,
pues ya sabéis que detesto conversar de temas que no domino, y vos, querido primo, sois
en eso un maestro.
El Papa asiente con la mirada y se deja caer en un
chester ajado mientras don Pedro enciende las velas del candelabro con mano temblorosa;
las llamitas doradas se quedan al principio inmóviles, como niñas asustadas, pero
después se alargan y estiran, señalan el techo, se desentumecen, cuentan historias del
fuego infernal, murmuran de la idiotez de los fuegos fatuos y dejan escapar de su pecho
incandescente suspiros de amor que abrasan el alma hueca de las polillas.
Vencida la tarde, al filo del crepúsculo, se abre
la memoria del anciano caballero y los recuerdos puntualmente, uno detrás de otro,
desfilan con disciplina castrense, ante sus ojos cansados.
-Perdonadme, Benedicto, si filosofo con tanto
descaro, pero a mi edad es el único lujo o acaso la última perversión que me permite la
naturaleza. Prefiero el verso a la prosa, pero siempre estuve mal dotado para la rima. Me
figuro que será por mi absoluta falta de sentido musical. Sí, sí, no os riáis;
confieso humildemente mi torpeza. Mi madre, la condesa doña Engracia, se desesperaba
cuando el ayo le aseguraba que nunca llegaría a ser un Mozart. "¡Tiene que serlo
por pelotas!", exclamaba con furor dejándose llevar por aquel genio suyo, tan vivo.
Y el criado, como siempre ocurre, tuvo más razón que un santo y hoy puedo presumir de no
saber tocar el piano. Soy una desdicha como músico y mi prosa prosaica, al final, se ha
ido convirtiendo en máximas prudentes, en útiles consejos de anciano, en transparentes
gotas de sabiduría. Ya veis mi prosa hizo ¡plaf! y se convirtió en filosofía.
Benedicto XV sonríe y con un gesto le invita a que
continúe su parlamento.
-Los dos nos parecemos, por eso, tal vez, me
encuentro tan a gusto con Su Santidad. Sois un gran compañero de viaje. El mejor que he
conocido. Sois prudente, amistoso, paciente y entrañable. Y nunca tenéis prisa; esa es,
acaso, vuestra mejor virtud.
El último rayo de luz de la tarde se cuela por la
ventana entreabierta e ilumina la cara cerúlea del anciano Pontífice. Don Pedro le
observa atentamente; sus rasgos son nobles, aristocráticos; sus manos, distinguidas, se
mueven con parsimonia, nunca con brusquedad. Son manos hechas para bendecir; dedos para el
gesto, para el lenguaje críptico de la ceremonia religiosa, para el rito esotérico, para
la solemnidad y el protocolo.
-Hay sólo dos tipos de aristocracia y las dos
requieren tiempo, porque se hacen lentamente, se destilan a caballo de los siglos, en el
alambique de la Historia. Vos sois el eslabón de una cadena. Recibís el mandato con una
mano y lo entregáis con la otra. Sois el peldaño de una escalera de caracol que nunca se
termina. Vos, Benedicto, sois noble por vuestro espíritu y yo lo soy por mi sangre, pero
estoy muy cansado y sé que se acerca el final de mi familia. Hay que echar, sí, el
telón y hay que hacerlo con elegancia.
El Papa le consuela con un gesto, con una cálida
sonrisa.
-Me he preguntado estos últimos años, por qué
tengo que morir sin descendencia; por qué yo, precisamente, tengo que ser el último de
mi estirpe, el que cierre la puerta del futuro, el que clausure una época. Y ya lo sé;
las reflexiones han dado su fruto. Sí, sí, no os sorprendais. He dado con la solución.
Ante Vos teneis a la síntesis genética de los Piedrahita, al último miembro de una
familia ilustre, al fruto final de un árbol genealógico. Después de mí la nada, el
vacío. Conmigo se cierra una página de la historia de España. El Rey se quedará
indefenso cuando mi brazo pierda la fuerza. Ya nadie campeará por mi campo de gules.
Adiós, adiós, blasones. Miradme atentamente, Santidad, y en mí veréis a los que me han
precedido; soy como un muestrario, algo mío está en todos ellos y, a su vez, todos los
que me han precedido han dejado su señal en mi anatomía. No es por presumir pero un
servidor es como un libro de firmas del otrora. Benedicto sonríe con algo de ironía y
don Pedro, que percibe la desconfianza se yergue digno, soberbio y exclama casi a gritos:
-¡Seguidme, os lo suplico, y podré mostraros mi
teoría!
Don Pedro y el Papa recorren los intrincados
pasillos del palacete, cruzan salones vacíos, habitaciones fantasmales, patios desiertos,
aposentos ruinosos. Don Pedro, que porta un candelabro de ocho brazos abre la marcha
caminando con algo de dificultad y Benedicto le sigue con buen ánimo. "Cuidado,
Santidad, con ese escalón", advierte el anciano caballero a su amigo el Pontífice.
"Tened precaución con el vano de esa escalera,
pues aquí mismo perdió la vida mi tío don Raimundo cuando sólo contaba cinco años de
edad y ya sabía latines", le señala unos segundos más tarde.
Después de una fatigosa marcha se detienen, por
fin, ante una sólida puerta de nogal. Don Pedro extrae del bolsillo una voluminoso
llavero y durante varios minutos, con parsimonia, selecciona la llave correcta.
-Aquí está la condenada... -se dice para su
coleto, y la introduce a duras penas en una mohosa cerradura.
La puerta, naturalmente, chirría quejumbrosa al
abrir perezosamente su boca desdentada. Una ola de humedad les golpea violentamente el
rostro. "Aquí nunca entra nadie", dice Don Pedro a modo de disculpa. Una sala
de generosas proporciones les acoge y docenas de fantasmas les observan desde los óleos
que decoran las paredes. El Papa se estremece; los mausoleos le impresionan.
Don Pedro, solemnemente, hace un amplio gesto,
sonríe con orgullo y presenta a los mudos habitantes de la estancia.
-Esta es mi familia, Santidad. Estos son los
Piedrahita. Todos están aquí; son el pasado. No dicen nada porque yo hablo por ellos;
sus genes son los míos y sus recuerdos se atesoran en mi mente. Ellos son la historia y
yo el surco; ellos la gloria y yo la señal, el testimonio. Si los observáis atentamente
veréis que no hay ningún parecido entre ellos, pero que todos, a su vez, se parecen a
mí. Aquí, sin ir más lejos, tenéis a don Nuño de la Lanzada, el quinto conde de la
estirpe. Noble rostro ¿verdad?
Benedicto XV observa al caballero del retrato. Es un
ser pequeño, enteco, de atontolinada expresión. Viste un negro jubón y se toca con un
emplumado sombrero. Todos los vicios de la época han dejado su huella en el rostro
macilento y cansado y sus ojos, estrábicos, miran a derecha e izquierda con cierto temor.
Don Nuño ¡ay!, no parece tener la conciencia tranquila.
-Observaréis, Santidad, que de don Nuño he
heredado los ojos. Sí, lo digo con orgullo: Yo también soy estrábico.
Don Pedro conduce al Papa ante el retrato de un
anciano monstruoso. Un ser deforme, de enormes orejas, boca sensual y nariz roma. Una de
sus manos es casi normal y la tiene repleta de sortijas, pero la otra es sólo un pingajo
de carne fofa, que se une al cuerpo por un hilillo de piel y nervios. El Pontífice,
admirado, reconoce en el retrato la mano de don Pedro, pues la naturaleza, sabiamente, ha
reproducido, cinco siglos más tarde, la manquedad que parecía irrepetible.
Don Pedro ríe alborozado ante la sorpresa de
Benedicto XV y exclama gozoso: "¡Son los genes, Santidad, son los genes!".
Examinan uno a uno los retratos del salón y todas
las singularidades de don Pedro aparecen reflejadas en sus antepasados. El labio leporino,
las llagas purulentas, las orejas de coliflor, la doble joroba, los juanetes, la
característica nariz de los Piedrahita -enorme, colorada, húmeda- están allí, en otros
rostros, en otras figuras, en otras personas.
-Con don Severino, el noveno conde de la estirpe,
cambia nuestra característica figura, otrora espigada y enteca, y pasamos a ser bajitos y
regordetes. De don Nicanor heredamos el ceceo, de don Marcial la tartamudez y a partir de
don Martín la sudoración excesiva se generaliza en la familia y se incorpora a nuestras
señas de identidad. Mirad, mirad, este retrato de don García y observad como las gotas
de sudor perlan su frente y discurren formando un riachuelo de regular caudal que empapa
su elegante jubón color verde botella.
Benedicto XV se pasea por el salón tratando de
encontrar una cara amiga, un ser de apariencia humana, un rostro vulgar. Se detiene ante
un pequeño retrato de mujer. Es una dama etérea, de ojos almendrados y bellos y dulce
expresión. Unas venas azuladas surcan su rostro y mueren en torno a los labios formando
un mar violáceo. Es una hermosa mujer, aunque excesivamente frágil y quebradiza, como de
cristal.
-Mirad, Santidad, a doña Leonor de Velasco y
Andrade. Murió a los quince años de un violento ataque al corazón. Cuando nació el
físico de la familia aseguró que no cumpliría los veinte años y, por una vez, el
galeno tuvo razón. Tenía el mal azul, la dolencia de los elegidos. Sus arterias estaban
endurecidas prematuramente, sus venas obturadas, sus vasos capilares se quebraban al menor
esfuerzo. La más ligera corriente de aire la postraba en el lecho durante largas
temporadas. Una brisa inoportuna que se colase por una ventana entreabierta hacía
peligrar su vida. Quince veces, quince, se le administró la Extremaunción y quince
veces, quince, el sacerdote que la confesó salió estupefacto de su dormitorio:
"¡Es un ángel que muere sin haber pecado!" gritaba espantado el sacerdote.
Porque los puros de corazón, querido Benedicto, producen pavor a los pecadores.
Y el cura aquel era, por su oficio, un perito en
maldades ajenas.
Dicen las crónicas que era hermosa, discreta y
distante. Tenía dentro de sí la clave de un secreto que ni siquiera ella llegó a
conocer. Quiso advertirnos de algo, avisarnos de algún peligro oculto, pero siempre le
faltaron las palabras, sólo tenía los miedos de los inocentes. Cuando murió pronunció
en un susurro dos veces mi nombre. Dijo: "Pedro, Pedro"... y expiró.
Benedicto se sobresalta ante el retrato de la bella
dama.
La mira una y otra vez, se acerca al cuadro y
analiza con todo detenimiento el rostro que conoce desde hace tantos siglos. El Papa
quiere gritar pero no puede. No sabe si dar un alarido de júbilo o de terror. No puede
hacer nada, pero si hubiera podido la duda le habría impedido moverse. Es ella, sí.
Siempre estuvo presente en sus sueños, fue el testigo silencioso de sus pesadillas de
niño, la protagonista de sus pecados de juventud, la que le trajo las dudas terribles y
obsesivas en la vejez. El pecado no es el muslo, la nalga, el pecho, los labios
entreabiertos, como aseguraban los desdichados cardenales cuando desnudaban su alma en el
confesionario. El pecado no es el sexo, como gritaban avergonzados los seminaristas. Lo
perverso no es el guiño ni la sonrisa insinuante. Para él, para el Papa, el pecado
cabalga siempre a lomos de la expresión inocente, del desamparo. No hay nada más
excitante que el candor sin límites, ni nadie más voluptuosa que una virgen. Por ella
tuvo una mala muerte. Nunca pudo arrepentirse de sus pecados. Jamás la deseó tanto como
en el último momento. "¡Arrepiéntete!", le gritó el confesor cuando la vida
se le escapaba en cada suspiro. "¡Arrepiéntete, maldito!", le gritó un
instante antes del estertor final. Pero él se fue al más allá con el pecado a cuestas.
Se fue al otro lado con el alma rota, feliz, perdido, condenado. Y por su culpa, por su
inocencia, deambula sin rumbo después de tantos años...
-Contemplando a esta mujer me he pasado la vida,
Benedicto. He analizado su retrato mil veces. Creo que es el único ser al que he amado de
veras. Creo que he vivido, sí, sólo para guardar su memoria, para cuidar este pequeño
lienzo sin mérito, que pintó hace quinientos años un artista sin nombre ni apellidos.
Todo ocurrió en un instante, como siempre. Así es
la muerte.
El drama se consumó en un segundo largo y estrecho.
Si el Papa no hubiese sido un espíritu inmaterial, un ánima doliente, sin duda habría
socorrido a su amigo cuando don Pedro cayó fulminado al suelo por un agudo dolor en el
pecho. La muerte es así: desproporcionada, teatral, exuberante. A don Pedro se le metió
la muerte por la boca; la vida se le atragantó y apenas ofreció resistencia; la muerte
se abrió paso como una bestia, como un perro. A la muerte le sobran fuerzas; va armada de
cuchillos y de gritos y si a veces sonríe lo hace para adentro y con disimulo.
Es estúpida, cerril, inútil, para nadie. La muerte
es una cosa muy seria, Benedicto.
El anciano caballero al que tanto le gustan las
filosofías comprende que ha llegado su último momento. El rigor mortis le atenaza,
siente como la bestia le descoyunta y se imagina a sí mismo amortajado por la asistenta,
vestido con el hábito de san Francisco y bien instalado en una cajita de pino barnizado.
"Esto se acaba, don Pedro", se dice a sí mismo para darse moral. Su monstruosa
anatomía se distiende, sus músculos se relajan, su expresión se dulcifica. Un instante
antes de morir, sólo en el último momento, don Pedro mira el retrato de doña Leonor y
se reconoce en la mujer que ha amado. El siempre estuvo allí, esperando. El nunca llegó
a existir del todo; fue sólo una señal, un espejismo. "Yo creo que se mueren los
demás; que yo no tengo necesidad de hacerlo". Se alegra de no haber sido, de no
haber venido del todo: "Soy un lamento, una plegaria, una idea, nada".
Se regocija, se ríe, por ser sólo una sombra. Un
murmullo de rezos se enseñorea de la estancia. Los fantasmas piden por sus muertos, los
monstruos rezan por ellos mismos: "Señor ten piedad, Cristo ten piedad". El
Papa Benedicto se asoma al lienzo y ve como se alejan cogidos de la mano un apuesto don
Pedro y una sonriente doña Leonor. Les dice adiós agitando un pañuelo blanco, pero
ellos exultantes, felices, se van sin despedirse. Qué egoísta, ay, es la felicidad. El
periplo ha concluido para todos los fantasmas, excepto para el Papa de Roma. El también
podrá regresar algún día cuando haya expiado sus pecados. Y Benedicto antes de
difuminarse, antes de continuar su camino y hacerse definitivamente transparente, levanta
el brazo y con su mano de pontífice -hecha para el gesto, la solemnidad y el protocolo-
les bendice.