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BREVIARIO DE FALSEDADES

POR JOSE MANUEL VILABELLA

Querido Benedicto.

A don Pedro le gusta quedarse solo en su mansión en ruinas. La casa, que en el pasado estuvo poblada de criados que formaban una hilera interminable de subalternos: el maestresala, el galopín, el jardinero, el veedor, el trinchante y un largo etcétera de gentes uniformadas que se quedaban adormiladas en cualquier rincón enroscados como gatos de Angora, se había ido quedando vacía con el paso del tiempo. Cada generación se había llevado un criado y hoy, ay, sólo una asistenta le atendía los jueves -y dos horas contadas para más inri- y en lugar del señor conde le llamaba señorito.

Don Pedro es un caballero de edad madura que vive, o malvive o, tal vez, sobrevive, a costa de unas exiguas rentas que le dejaron sus mayores. Don Pedro corta el cupón con elegancia, pues esas habilidades se llevan en la sangre, pero fatalmente ya queda poco que cortar; apenas unos cientos de Eléctricas, solamente unos foros pendientes de redimir y unos jirones de prados sin aprovechamiento posible que él gusta llamar "las fincas", constituyen todo su patrimonio. La casa, el palacio de los Piedrahita, otrora floreciente, se ha ido vaciando de muebles y enseres sin prisas pero sin pausas. Hoy un bargueño del siglo XV, mañana una silla isabelina, pasado mañana una cornucopia de mérito. Don Pedro ve salir a los mozos del anticuario con lágrimas en los ojos arrebujado en su batín de seda; dice adiós al pasado, piensa: "¡tempus fugit!", porque las locuciones latinas han sido siempre patrimonio de las gentes bien nacidas y bebe con parsimonia un Chablis frío, único lujo que se niega a abandonar en las horas amargas del naufragio.

Don Pedro habla, conversa y discute con Su Santidad el Papa. Llegó a esta conclusión después de seleccionar a sus interlocutores cuidadosamente. Invitó a su mesa a Mussolini, Maquiavelo, Shakespeare y Quevedo, pero a todos los fue echando con cajas destempladas porque el Duce sólo hablaba de política, Maquiavelo del Príncipe, las dudas del dichoso Hamlet eran en realidad los miedos mezquinos y domésticos de don Guillermo y Quevedo, tratado en persona, visto de cerca, resultó ser demasiado inteligente y amargo. Y, sobre todo, excesivamente impertinente. Don Pedro, al final, se quedó con Benedicto XV, un papa un poco antiguo, de su época; un papa de tiara y silla gestatoria, limpito, discreto, bien vestido.

-¿Va Su Santidad a salir esta noche? -pregunta don Pedro a su invitado.

El Papa, que no responde, duda un momento y opta, como siempre, por encogerse de hombros y complacer a su anfitrión.

-Quedaos, por favor, prometo no hablar de teología, pues ya sabéis que detesto conversar de temas que no domino, y vos, querido primo, sois en eso un maestro.

El Papa asiente con la mirada y se deja caer en un chester ajado mientras don Pedro enciende las velas del candelabro con mano temblorosa; las llamitas doradas se quedan al principio inmóviles, como niñas asustadas, pero después se alargan y estiran, señalan el techo, se desentumecen, cuentan historias del fuego infernal, murmuran de la idiotez de los fuegos fatuos y dejan escapar de su pecho incandescente suspiros de amor que abrasan el alma hueca de las polillas.

Vencida la tarde, al filo del crepúsculo, se abre la memoria del anciano caballero y los recuerdos puntualmente, uno detrás de otro, desfilan con disciplina castrense, ante sus ojos cansados.

-Perdonadme, Benedicto, si filosofo con tanto descaro, pero a mi edad es el único lujo o acaso la última perversión que me permite la naturaleza. Prefiero el verso a la prosa, pero siempre estuve mal dotado para la rima. Me figuro que será por mi absoluta falta de sentido musical. Sí, sí, no os riáis; confieso humildemente mi torpeza. Mi madre, la condesa doña Engracia, se desesperaba cuando el ayo le aseguraba que nunca llegaría a ser un Mozart. "¡Tiene que serlo por pelotas!", exclamaba con furor dejándose llevar por aquel genio suyo, tan vivo. Y el criado, como siempre ocurre, tuvo más razón que un santo y hoy puedo presumir de no saber tocar el piano. Soy una desdicha como músico y mi prosa prosaica, al final, se ha ido convirtiendo en máximas prudentes, en útiles consejos de anciano, en transparentes gotas de sabiduría. Ya veis mi prosa hizo ¡plaf! y se convirtió en filosofía.

Benedicto XV sonríe y con un gesto le invita a que continúe su parlamento.

-Los dos nos parecemos, por eso, tal vez, me encuentro tan a gusto con Su Santidad. Sois un gran compañero de viaje. El mejor que he conocido. Sois prudente, amistoso, paciente y entrañable. Y nunca tenéis prisa; esa es, acaso, vuestra mejor virtud.

El último rayo de luz de la tarde se cuela por la ventana entreabierta e ilumina la cara cerúlea del anciano Pontífice. Don Pedro le observa atentamente; sus rasgos son nobles, aristocráticos; sus manos, distinguidas, se mueven con parsimonia, nunca con brusquedad. Son manos hechas para bendecir; dedos para el gesto, para el lenguaje críptico de la ceremonia religiosa, para el rito esotérico, para la solemnidad y el protocolo.

-Hay sólo dos tipos de aristocracia y las dos requieren tiempo, porque se hacen lentamente, se destilan a caballo de los siglos, en el alambique de la Historia. Vos sois el eslabón de una cadena. Recibís el mandato con una mano y lo entregáis con la otra. Sois el peldaño de una escalera de caracol que nunca se termina. Vos, Benedicto, sois noble por vuestro espíritu y yo lo soy por mi sangre, pero estoy muy cansado y sé que se acerca el final de mi familia. Hay que echar, sí, el telón y hay que hacerlo con elegancia.

El Papa le consuela con un gesto, con una cálida sonrisa.

-Me he preguntado estos últimos años, por qué tengo que morir sin descendencia; por qué yo, precisamente, tengo que ser el último de mi estirpe, el que cierre la puerta del futuro, el que clausure una época. Y ya lo sé; las reflexiones han dado su fruto. Sí, sí, no os sorprendais. He dado con la solución. Ante Vos teneis a la síntesis genética de los Piedrahita, al último miembro de una familia ilustre, al fruto final de un árbol genealógico. Después de mí la nada, el vacío. Conmigo se cierra una página de la historia de España. El Rey se quedará indefenso cuando mi brazo pierda la fuerza. Ya nadie campeará por mi campo de gules. Adiós, adiós, blasones. Miradme atentamente, Santidad, y en mí veréis a los que me han precedido; soy como un muestrario, algo mío está en todos ellos y, a su vez, todos los que me han precedido han dejado su señal en mi anatomía. No es por presumir pero un servidor es como un libro de firmas del otrora. Benedicto sonríe con algo de ironía y don Pedro, que percibe la desconfianza se yergue digno, soberbio y exclama casi a gritos:

-¡Seguidme, os lo suplico, y podré mostraros mi teoría!

Don Pedro y el Papa recorren los intrincados pasillos del palacete, cruzan salones vacíos, habitaciones fantasmales, patios desiertos, aposentos ruinosos. Don Pedro, que porta un candelabro de ocho brazos abre la marcha caminando con algo de dificultad y Benedicto le sigue con buen ánimo. "Cuidado, Santidad, con ese escalón", advierte el anciano caballero a su amigo el Pontífice.

"Tened precaución con el vano de esa escalera, pues aquí mismo perdió la vida mi tío don Raimundo cuando sólo contaba cinco años de edad y ya sabía latines", le señala unos segundos más tarde.

Después de una fatigosa marcha se detienen, por fin, ante una sólida puerta de nogal. Don Pedro extrae del bolsillo una voluminoso llavero y durante varios minutos, con parsimonia, selecciona la llave correcta.

-Aquí está la condenada... -se dice para su coleto, y la introduce a duras penas en una mohosa cerradura.

La puerta, naturalmente, chirría quejumbrosa al abrir perezosamente su boca desdentada. Una ola de humedad les golpea violentamente el rostro. "Aquí nunca entra nadie", dice Don Pedro a modo de disculpa. Una sala de generosas proporciones les acoge y docenas de fantasmas les observan desde los óleos que decoran las paredes. El Papa se estremece; los mausoleos le impresionan.

Don Pedro, solemnemente, hace un amplio gesto, sonríe con orgullo y presenta a los mudos habitantes de la estancia.

-Esta es mi familia, Santidad. Estos son los Piedrahita. Todos están aquí; son el pasado. No dicen nada porque yo hablo por ellos; sus genes son los míos y sus recuerdos se atesoran en mi mente. Ellos son la historia y yo el surco; ellos la gloria y yo la señal, el testimonio. Si los observáis atentamente veréis que no hay ningún parecido entre ellos, pero que todos, a su vez, se parecen a mí. Aquí, sin ir más lejos, tenéis a don Nuño de la Lanzada, el quinto conde de la estirpe. Noble rostro ¿verdad?

Benedicto XV observa al caballero del retrato. Es un ser pequeño, enteco, de atontolinada expresión. Viste un negro jubón y se toca con un emplumado sombrero. Todos los vicios de la época han dejado su huella en el rostro macilento y cansado y sus ojos, estrábicos, miran a derecha e izquierda con cierto temor. Don Nuño ¡ay!, no parece tener la conciencia tranquila.

-Observaréis, Santidad, que de don Nuño he heredado los ojos. Sí, lo digo con orgullo: Yo también soy estrábico.

Don Pedro conduce al Papa ante el retrato de un anciano monstruoso. Un ser deforme, de enormes orejas, boca sensual y nariz roma. Una de sus manos es casi normal y la tiene repleta de sortijas, pero la otra es sólo un pingajo de carne fofa, que se une al cuerpo por un hilillo de piel y nervios. El Pontífice, admirado, reconoce en el retrato la mano de don Pedro, pues la naturaleza, sabiamente, ha reproducido, cinco siglos más tarde, la manquedad que parecía irrepetible.

Don Pedro ríe alborozado ante la sorpresa de Benedicto XV y exclama gozoso: "¡Son los genes, Santidad, son los genes!".

Examinan uno a uno los retratos del salón y todas las singularidades de don Pedro aparecen reflejadas en sus antepasados. El labio leporino, las llagas purulentas, las orejas de coliflor, la doble joroba, los juanetes, la característica nariz de los Piedrahita -enorme, colorada, húmeda- están allí, en otros rostros, en otras figuras, en otras personas.

-Con don Severino, el noveno conde de la estirpe, cambia nuestra característica figura, otrora espigada y enteca, y pasamos a ser bajitos y regordetes. De don Nicanor heredamos el ceceo, de don Marcial la tartamudez y a partir de don Martín la sudoración excesiva se generaliza en la familia y se incorpora a nuestras señas de identidad. Mirad, mirad, este retrato de don García y observad como las gotas de sudor perlan su frente y discurren formando un riachuelo de regular caudal que empapa su elegante jubón color verde botella.

Benedicto XV se pasea por el salón tratando de encontrar una cara amiga, un ser de apariencia humana, un rostro vulgar. Se detiene ante un pequeño retrato de mujer. Es una dama etérea, de ojos almendrados y bellos y dulce expresión. Unas venas azuladas surcan su rostro y mueren en torno a los labios formando un mar violáceo. Es una hermosa mujer, aunque excesivamente frágil y quebradiza, como de cristal.

-Mirad, Santidad, a doña Leonor de Velasco y Andrade. Murió a los quince años de un violento ataque al corazón. Cuando nació el físico de la familia aseguró que no cumpliría los veinte años y, por una vez, el galeno tuvo razón. Tenía el mal azul, la dolencia de los elegidos. Sus arterias estaban endurecidas prematuramente, sus venas obturadas, sus vasos capilares se quebraban al menor esfuerzo. La más ligera corriente de aire la postraba en el lecho durante largas temporadas. Una brisa inoportuna que se colase por una ventana entreabierta hacía peligrar su vida. Quince veces, quince, se le administró la Extremaunción y quince veces, quince, el sacerdote que la confesó salió estupefacto de su dormitorio: "¡Es un ángel que muere sin haber pecado!" gritaba espantado el sacerdote. Porque los puros de corazón, querido Benedicto, producen pavor a los pecadores.

Y el cura aquel era, por su oficio, un perito en maldades ajenas.

Dicen las crónicas que era hermosa, discreta y distante. Tenía dentro de sí la clave de un secreto que ni siquiera ella llegó a conocer. Quiso advertirnos de algo, avisarnos de algún peligro oculto, pero siempre le faltaron las palabras, sólo tenía los miedos de los inocentes. Cuando murió pronunció en un susurro dos veces mi nombre. Dijo: "Pedro, Pedro"... y expiró.

Benedicto se sobresalta ante el retrato de la bella dama.

La mira una y otra vez, se acerca al cuadro y analiza con todo detenimiento el rostro que conoce desde hace tantos siglos. El Papa quiere gritar pero no puede. No sabe si dar un alarido de júbilo o de terror. No puede hacer nada, pero si hubiera podido la duda le habría impedido moverse. Es ella, sí. Siempre estuvo presente en sus sueños, fue el testigo silencioso de sus pesadillas de niño, la protagonista de sus pecados de juventud, la que le trajo las dudas terribles y obsesivas en la vejez. El pecado no es el muslo, la nalga, el pecho, los labios entreabiertos, como aseguraban los desdichados cardenales cuando desnudaban su alma en el confesionario. El pecado no es el sexo, como gritaban avergonzados los seminaristas. Lo perverso no es el guiño ni la sonrisa insinuante. Para él, para el Papa, el pecado cabalga siempre a lomos de la expresión inocente, del desamparo. No hay nada más excitante que el candor sin límites, ni nadie más voluptuosa que una virgen. Por ella tuvo una mala muerte. Nunca pudo arrepentirse de sus pecados. Jamás la deseó tanto como en el último momento. "¡Arrepiéntete!", le gritó el confesor cuando la vida se le escapaba en cada suspiro. "¡Arrepiéntete, maldito!", le gritó un instante antes del estertor final. Pero él se fue al más allá con el pecado a cuestas. Se fue al otro lado con el alma rota, feliz, perdido, condenado. Y por su culpa, por su inocencia, deambula sin rumbo después de tantos años...

-Contemplando a esta mujer me he pasado la vida, Benedicto. He analizado su retrato mil veces. Creo que es el único ser al que he amado de veras. Creo que he vivido, sí, sólo para guardar su memoria, para cuidar este pequeño lienzo sin mérito, que pintó hace quinientos años un artista sin nombre ni apellidos.

Todo ocurrió en un instante, como siempre. Así es la muerte.

El drama se consumó en un segundo largo y estrecho. Si el Papa no hubiese sido un espíritu inmaterial, un ánima doliente, sin duda habría socorrido a su amigo cuando don Pedro cayó fulminado al suelo por un agudo dolor en el pecho. La muerte es así: desproporcionada, teatral, exuberante. A don Pedro se le metió la muerte por la boca; la vida se le atragantó y apenas ofreció resistencia; la muerte se abrió paso como una bestia, como un perro. A la muerte le sobran fuerzas; va armada de cuchillos y de gritos y si a veces sonríe lo hace para adentro y con disimulo.

Es estúpida, cerril, inútil, para nadie. La muerte es una cosa muy seria, Benedicto.

El anciano caballero al que tanto le gustan las filosofías comprende que ha llegado su último momento. El rigor mortis le atenaza, siente como la bestia le descoyunta y se imagina a sí mismo amortajado por la asistenta, vestido con el hábito de san Francisco y bien instalado en una cajita de pino barnizado. "Esto se acaba, don Pedro", se dice a sí mismo para darse moral. Su monstruosa anatomía se distiende, sus músculos se relajan, su expresión se dulcifica. Un instante antes de morir, sólo en el último momento, don Pedro mira el retrato de doña Leonor y se reconoce en la mujer que ha amado. El siempre estuvo allí, esperando. El nunca llegó a existir del todo; fue sólo una señal, un espejismo. "Yo creo que se mueren los demás; que yo no tengo necesidad de hacerlo". Se alegra de no haber sido, de no haber venido del todo: "Soy un lamento, una plegaria, una idea, nada".

Se regocija, se ríe, por ser sólo una sombra. Un murmullo de rezos se enseñorea de la estancia. Los fantasmas piden por sus muertos, los monstruos rezan por ellos mismos: "Señor ten piedad, Cristo ten piedad". El Papa Benedicto se asoma al lienzo y ve como se alejan cogidos de la mano un apuesto don Pedro y una sonriente doña Leonor. Les dice adiós agitando un pañuelo blanco, pero ellos exultantes, felices, se van sin despedirse. Qué egoísta, ay, es la felicidad. El periplo ha concluido para todos los fantasmas, excepto para el Papa de Roma. El también podrá regresar algún día cuando haya expiado sus pecados. Y Benedicto antes de difuminarse, antes de continuar su camino y hacerse definitivamente transparente, levanta el brazo y con su mano de pontífice -hecha para el gesto, la solemnidad y el protocolo- les bendice.

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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