Comprendes Moctezuma? Ordenó sobre la mesa de nogal las
plumas, la navaja, el tintero y los pliegos de papel de barba que había mercado aquella
misma mañana en la librería de don Lisardo Narváez y se dispuso a escribir la historia
que había imaginado durante meses. Decía que tenía vocación de escritor y quería
demostrarle al mundo su valía y aspiraba a ser tan famoso como don Lope, tan respetado
como Góngora y, como ambos hacían, aunque eso sí, de tapadillo, ambicionaba yacer con
hembra placentera hasta quedar exhausto y medio muerto pues, como es bien sabido, los
poetas en particular y los escritores en general, son gentes rijosas de licenciosas
costumbres y proceder liberal y despreocupado. Con letra de pendolista y una sonrisa en
los labios comenzó su libro: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme", escribió de un tirón y sin respirar. Leyó el renglón y la felicidad
del contador de historias recorrió todo su cuerpo y le sumió en un estado de placidez
física. Ya era uno de ellos, ya había escrito su primera línea. El principio era bueno.
Decidió continuar, mojó la pluma, la apoyó en el papel y, de pronto, ocurrió lo
inesperado: se le nubló la vista, el cerebro se cerró de golpe y le faltaron al mismo
tiempo el aire y las palabras; o sea, no supo cómo seguir ni qué escribir y poco a poco
la sonrisa se trocó en asombro, la alegría en estupor y la confianza y el goce en pasmo
y desespero. "Pero ¿qué ocurre aquí?", se preguntó alarmado al percibir que
la inspiración se había ido sin despedirse; se rascó la cabeza dubitativo y al
comprobar que las letras se hacían las remolonas y las palabras se escondían detrás de
los espacios blancos, garabateó unos dibujos al margen y azuzó a los personajes de la
historia para que saliesen raudos de su madriguera. "¡Tenéis que vivir,
malditos!", gritó cabreado.
Insultó con palabras soeces a los seres que le sonreían como mentecatos desde el
interior de su cabeza y les amenazó con el puño cerrado, les llamó a voces. Pero no
hubo forma; todo resultó inútil. Veía las imágenes pero no encontraba las palabras
para describirlas. Se estrujó el magín pero todos los esfuerzos resultaron baldíos.
Sabía qué quería decir pero no sabía cómo decirlo. Los sustantivos, los adjetivos y
los verbos eran brillantes y escurridizos como sardinas recién pescadas y se le
escurrían entre los dedos. Se burlaban de él y se negaban a obedecer sus órdenes. No
consiguió escribir la segunda línea.
Se acordaba perfectamente del pueblo en que vivía don Alonso Quijano y lo imaginó
leyendo los libros de caballerías y luchando con los molinos de viento convertido en Don
Quijote; a su cuñado Sancho, que había sido testigo del suceso, le asignó el papel de
escudero del enloquecido devorador de aventuras épicas y lo vio delante de sus narices
cabalgando al lado del caballero montado en un rucio apestoso y a su vecina Benita, la de
los pechos duros y generosas posaderas, la que hoy aceptaba sus caricias y mañana
rechazaba sus ardorosos abrazos, la bautizó con el gracioso nombre de Aldonza/Dulcinea
porque quería inmortalizarla y vengarse de ella, porque la amaba y la odiaba a la vez,
porque la veía en sueños, y estaba presente en todos sus pecados, porque se le había
metido en el corazón una noche de luna llena y allí se quedaría agazapada en el
recuerdo hasta el fin de sus días, que lo que rompe el corazón de los poetas no es la
pasión sino el recuerdo de las pasiones, la ceniza del amor y sus palabras inútiles y
volanderas. ¡Qué guapa era Benita y qué distante le parecía ahora la sin par Dulcinea
que tanto le había hecho sufrir en el Toboso! La historia la veía con toda claridad en
su cerebro, la leía de corrido en su interior, pero su mano se negaba a plasmarla por
escrito. ¡Oh, cielos, qué difícil es componer una historia y contarla con donaire y
gracia!, se dijo a sí mismo el desdichado joven al comprobar que sus palabras de escritor
eran perezosas y torponas y las ideas que bullían tan ricamente en su cabeza se
resistían a salir al exterior para saludar al respetable. Lo intentó durante treinta
días y treinta noches infructuosamente y desistió el día treinta y uno, un martes y
trece, por más señas. Perdió una a una todas las batallas; las palabras le habían
ganado la guerra y le habían dejado malherido y maltrecho. El lenguaje era un enemigo
cruel y sólo se rendía ante los elegidos. Una línea invisible separaba a los escritores
de los que no lo eran y él estaba condenado a vivir al otro lado de la literatura y nunca
sabría contar una historia. Jamás sería un poeta. "Me iré a las Américas a
conquistar mundos nuevos", se dijo ante la evidencia de que la prosa no era lo suyo y
en un hatillo metió sus pertenencias y arrugó la hoja de papel y renunció a la gloria
literaria. Abur, adiós, hasta la vista, le dijo a las cuatro paredes. Cerró la puerta y
con paso decidido se lanzó escaleras abajo y casi se da de bruces con el vecino del
segundo piso, un viejo soldado amargado y manco, taciturno y altanero, antipático y
huraño. El anciano, que casi pierde el equilibrio y a punto estuvo de rodar y desnucarse
en la caída, masculló dos juramentos horrendos, dijo no sé qué sobre la parentela del
joven, concretamente mentó a su señora madre, le amenazó con el puño cerrado y le
pidió explicaciones por las urgencias y se llevó, con algo de chulería, la mano diestra
a una daga diminuta que colgaba del cinto; el joven, asustado, se inclinó con respeto y
le contó el porqué de sus prisas, su proyecto de hacer fortuna en las Américas y la
historia de su fracaso literario, esbozó con algún detalle la historia que no había
podido escribir y le pidió perdón por la violencia involuntaria y le rogó aceptase como
regalo los cuadernillos de papel, el tintero y la colección de plumas. "Ya no voy a
necesitar para nada el recado de escribir y a vuesa merced, que según tengo entendido
compuso algunas obras de mérito cuando era joven, tal vez le sean de utilidad", se
lamentó contrito y para granjearse la simpatía del iracundo anciano sonrió con
zalamería y le tendió papeles y chirimbolos.
El viejo aceptó sus disculpas y sus regalos, le deseó buena suerte y le dio incluso
la mano a regañadientes para demostrarle que había olvidado el incidente y que la
afrenta había sido perdonada y le vio marchar hacia la gloria y las Américas como alma
que lleva el Diablo.
Renqueando subió hasta el segundo piso, abrió con una llave mohosa la puerta
desvencijada que, como es natural, chirrió y pidió a gritos algo de aceite y un trato
más exquisito, y una vez en su casa desarrugó la hoja de papel y se puso a pensar en la
historia que acababa de escuchar, una historia verídica y singular que había acontecido
unos meses atrás en un pueblón manchego. "Un hombre que enloquece por leer sin
mesura. ¡Qué fascinante! Este país nuestro es único y no tiene remedio", se dijo
para su coleto. Le gustó lo que había escrito el joven en el único renglón que había
logrado componer en un mes de trabajo: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no
quiero acordarme".
El texto le pareció espléndido. No se puede despreciar mejor, abofetear con más
habilidad, herir con más crueldad. Les quita todo cuanto les quita el nombre; les condena
al olvido y al misterio. Qué grandeza de ofensa. El anciano llevaba cuatro lustros sin
escribir y ya había perdido el hábito de hacerlo.
Nunca había conocido el éxito y sus cuentecillos morales y sus plúmbeas historias
habían aburrido a propios y extraños, a amigos y enemigos. El anciano no tenía la
gracia de la gracia, ni se adornaba con la simpatía desbordante y nadie había dicho de
él que era un hombre brillante y agradable. Jamás se le había acusado de ser
inteligente, ni había pasado por agudo, ni se había murmurado de él que era original y
divertido. No tuvo fama de ser un buen amante, ni un discreto oyente, ni un amigo leal, ni
un padre tierno, ni un marido fiel. Nadie se había reído con sus historias o admirado su
talento. Era pequeño, enteco, malhumorado, anodino, de hablar monótono, premioso,
altanero, picajoso, violento y se decía, incluso, que era mal pagador y algo sablista.
Encarcelado por deudas, apaleado por llevar mal las cuentas, preso y humillado en tierra
de moros, deshonrado por la liviandad de su familia y corroído por la envidia que sentía
por don Lope y el éxito que el fénix de los ingenios tenía con las actrices y las
musas, se aburría mortalmente y veía pasar los días y esperaba con impaciencia una
muerte que no acababa de llegar, una muerte que nadie sentiría y que costearía la
caridad pública, porque el vecino del segundo piso no contaba con bienes materiales, no
disfrutaba de rentas conocidas y disimulaba el hambre con el apetito, la necesidad con la
insatisfacción y compensaba los calores que sufría en verano con los fríos que padecía
en invierno. "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme",
leyó una vez más y una vez más le pareció un brillante comienzo. Aquello, sí, era
España. Allí palpitaba lo telúrico, lo carpetovetónico, lo mestizo, lo fronterizo.
Aquello era el horror y la bandera, el himno y la patria. Allí estaba España desnuda
y sin tapujos, vieja y digna, soberbia y orgullosa. Desarrugó el papel y lo colocó con
mimo encima de la mesa, abrió el estuche y tomó una de las plumas y con parsimonia
abrió el frasco que contenía la tinta y reanudó su carrera de escritor. Llevaba veinte
años sin componer una línea pero se sentía joven y animado, ligero como una pavesa y
cantarín como un zagal; por la ventana entró un rayo de luz, se posó sobre su cabeza, y
durante un instante la iluminó y pareció un busto de sí mismo, la estatua dorada de su
breve anatomía. Escribió de corrido: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no
quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,
adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..."
El joven soldado, con los años, alcanzó fama y fortuna, conquistó México y se hizo
inmensamente rico y sólo a su íntimo enemigo, al cacique/emperador de los salvajes, le
confesó una soleada tarde de primavera que durante treinta días y treinta noches había
intentado ser escritor, pero que en tan dilatado periodo sólo había conseguido escribir
una línea. El cacique, que era un hombre culto y triste, un general que había perdido
una guerra, le pareció apasionante que el tosco español tuviese la sensibilidad de los
poetas y le interrogó con la mirada.
"Sí, sí, sólo conseguí escribir una línea. ¿Comprendes Moctezuma por qué
llegué hasta aquí y soy soldado ahora? No tuve más remedio; las musas, querido amigo,
no me dejaron ser un poeta y eso que luché con ellas a brazo partido. Y como no pude
escribir un libro tuve que decapitar un dragón. Así es la vida, la guerra y la
literatura".
El cacique insistió con la mirada y Cortés no tuvo más remedio que pronunciar la
frase en voz alta después de tantos años; la dijo pomposamente, la recitó como lo
habría hecho un actor mediocre y engolado.
Y Moctezuma, que no aplaudió la actuación de su adversario, tuvo que reconocer a su
pesar que, "en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme", era
una excelente forma de empezar un libro y de terminar la crónica de un imperio que se
desmoronaba para siempre, que se venía abajo sin remedio.
Renunciar a la memoria y al nombre de las cosas, era una forma hermosa de desvanecerse
en el tiempo, de decirle adiós a la tristeza, a los fantasmas...
|