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BREVIARIO DE FALSEDADES

POR JOSE MANUEL VILABELLA

FOTOBREVIARIO.JPG (38780 bytes)Comprendes Moctezuma? Ordenó sobre la mesa de nogal las plumas, la navaja, el tintero y los pliegos de papel de barba que había mercado aquella misma mañana en la librería de don Lisardo Narváez y se dispuso a escribir la historia que había imaginado durante meses. Decía que tenía vocación de escritor y quería demostrarle al mundo su valía y aspiraba a ser tan famoso como don Lope, tan respetado como Góngora y, como ambos hacían, aunque eso sí, de tapadillo, ambicionaba yacer con hembra placentera hasta quedar exhausto y medio muerto pues, como es bien sabido, los poetas en particular y los escritores en general, son gentes rijosas de licenciosas costumbres y proceder liberal y despreocupado. Con letra de pendolista y una sonrisa en los labios comenzó su libro: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme", escribió de un tirón y sin respirar. Leyó el renglón y la felicidad del contador de historias recorrió todo su cuerpo y le sumió en un estado de placidez física. Ya era uno de ellos, ya había escrito su primera línea. El principio era bueno. Decidió continuar, mojó la pluma, la apoyó en el papel y, de pronto, ocurrió lo inesperado: se le nubló la vista, el cerebro se cerró de golpe y le faltaron al mismo tiempo el aire y las palabras; o sea, no supo cómo seguir ni qué escribir y poco a poco la sonrisa se trocó en asombro, la alegría en estupor y la confianza y el goce en pasmo y desespero. "Pero ¿qué ocurre aquí?", se preguntó alarmado al percibir que la inspiración se había ido sin despedirse; se rascó la cabeza dubitativo y al comprobar que las letras se hacían las remolonas y las palabras se escondían detrás de los espacios blancos, garabateó unos dibujos al margen y azuzó a los personajes de la historia para que saliesen raudos de su madriguera. "¡Tenéis que vivir, malditos!", gritó cabreado.

Insultó con palabras soeces a los seres que le sonreían como mentecatos desde el interior de su cabeza y les amenazó con el puño cerrado, les llamó a voces. Pero no hubo forma; todo resultó inútil. Veía las imágenes pero no encontraba las palabras para describirlas. Se estrujó el magín pero todos los esfuerzos resultaron baldíos. Sabía qué quería decir pero no sabía cómo decirlo. Los sustantivos, los adjetivos y los verbos eran brillantes y escurridizos como sardinas recién pescadas y se le escurrían entre los dedos. Se burlaban de él y se negaban a obedecer sus órdenes. No consiguió escribir la segunda línea.

Se acordaba perfectamente del pueblo en que vivía don Alonso Quijano y lo imaginó leyendo los libros de caballerías y luchando con los molinos de viento convertido en Don Quijote; a su cuñado Sancho, que había sido testigo del suceso, le asignó el papel de escudero del enloquecido devorador de aventuras épicas y lo vio delante de sus narices cabalgando al lado del caballero montado en un rucio apestoso y a su vecina Benita, la de los pechos duros y generosas posaderas, la que hoy aceptaba sus caricias y mañana rechazaba sus ardorosos abrazos, la bautizó con el gracioso nombre de Aldonza/Dulcinea porque quería inmortalizarla y vengarse de ella, porque la amaba y la odiaba a la vez, porque la veía en sueños, y estaba presente en todos sus pecados, porque se le había metido en el corazón una noche de luna llena y allí se quedaría agazapada en el recuerdo hasta el fin de sus días, que lo que rompe el corazón de los poetas no es la pasión sino el recuerdo de las pasiones, la ceniza del amor y sus palabras inútiles y volanderas. ¡Qué guapa era Benita y qué distante le parecía ahora la sin par Dulcinea que tanto le había hecho sufrir en el Toboso! La historia la veía con toda claridad en su cerebro, la leía de corrido en su interior, pero su mano se negaba a plasmarla por escrito. ¡Oh, cielos, qué difícil es componer una historia y contarla con donaire y gracia!, se dijo a sí mismo el desdichado joven al comprobar que sus palabras de escritor eran perezosas y torponas y las ideas que bullían tan ricamente en su cabeza se resistían a salir al exterior para saludar al respetable. Lo intentó durante treinta días y treinta noches infructuosamente y desistió el día treinta y uno, un martes y trece, por más señas. Perdió una a una todas las batallas; las palabras le habían ganado la guerra y le habían dejado malherido y maltrecho. El lenguaje era un enemigo cruel y sólo se rendía ante los elegidos. Una línea invisible separaba a los escritores de los que no lo eran y él estaba condenado a vivir al otro lado de la literatura y nunca sabría contar una historia. Jamás sería un poeta. "Me iré a las Américas a conquistar mundos nuevos", se dijo ante la evidencia de que la prosa no era lo suyo y en un hatillo metió sus pertenencias y arrugó la hoja de papel y renunció a la gloria literaria. Abur, adiós, hasta la vista, le dijo a las cuatro paredes. Cerró la puerta y con paso decidido se lanzó escaleras abajo y casi se da de bruces con el vecino del segundo piso, un viejo soldado amargado y manco, taciturno y altanero, antipático y huraño. El anciano, que casi pierde el equilibrio y a punto estuvo de rodar y desnucarse en la caída, masculló dos juramentos horrendos, dijo no sé qué sobre la parentela del joven, concretamente mentó a su señora madre, le amenazó con el puño cerrado y le pidió explicaciones por las urgencias y se llevó, con algo de chulería, la mano diestra a una daga diminuta que colgaba del cinto; el joven, asustado, se inclinó con respeto y le contó el porqué de sus prisas, su proyecto de hacer fortuna en las Américas y la historia de su fracaso literario, esbozó con algún detalle la historia que no había podido escribir y le pidió perdón por la violencia involuntaria y le rogó aceptase como regalo los cuadernillos de papel, el tintero y la colección de plumas. "Ya no voy a necesitar para nada el recado de escribir y a vuesa merced, que según tengo entendido compuso algunas obras de mérito cuando era joven, tal vez le sean de utilidad", se lamentó contrito y para granjearse la simpatía del iracundo anciano sonrió con zalamería y le tendió papeles y chirimbolos.

El viejo aceptó sus disculpas y sus regalos, le deseó buena suerte y le dio incluso la mano a regañadientes para demostrarle que había olvidado el incidente y que la afrenta había sido perdonada y le vio marchar hacia la gloria y las Américas como alma que lleva el Diablo.

Renqueando subió hasta el segundo piso, abrió con una llave mohosa la puerta desvencijada que, como es natural, chirrió y pidió a gritos algo de aceite y un trato más exquisito, y una vez en su casa desarrugó la hoja de papel y se puso a pensar en la historia que acababa de escuchar, una historia verídica y singular que había acontecido unos meses atrás en un pueblón manchego. "Un hombre que enloquece por leer sin mesura. ¡Qué fascinante! Este país nuestro es único y no tiene remedio", se dijo para su coleto. Le gustó lo que había escrito el joven en el único renglón que había logrado componer en un mes de trabajo: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme".

El texto le pareció espléndido. No se puede despreciar mejor, abofetear con más habilidad, herir con más crueldad. Les quita todo cuanto les quita el nombre; les condena al olvido y al misterio. Qué grandeza de ofensa. El anciano llevaba cuatro lustros sin escribir y ya había perdido el hábito de hacerlo.

Nunca había conocido el éxito y sus cuentecillos morales y sus plúmbeas historias habían aburrido a propios y extraños, a amigos y enemigos. El anciano no tenía la gracia de la gracia, ni se adornaba con la simpatía desbordante y nadie había dicho de él que era un hombre brillante y agradable. Jamás se le había acusado de ser inteligente, ni había pasado por agudo, ni se había murmurado de él que era original y divertido. No tuvo fama de ser un buen amante, ni un discreto oyente, ni un amigo leal, ni un padre tierno, ni un marido fiel. Nadie se había reído con sus historias o admirado su talento. Era pequeño, enteco, malhumorado, anodino, de hablar monótono, premioso, altanero, picajoso, violento y se decía, incluso, que era mal pagador y algo sablista. Encarcelado por deudas, apaleado por llevar mal las cuentas, preso y humillado en tierra de moros, deshonrado por la liviandad de su familia y corroído por la envidia que sentía por don Lope y el éxito que el fénix de los ingenios tenía con las actrices y las musas, se aburría mortalmente y veía pasar los días y esperaba con impaciencia una muerte que no acababa de llegar, una muerte que nadie sentiría y que costearía la caridad pública, porque el vecino del segundo piso no contaba con bienes materiales, no disfrutaba de rentas conocidas y disimulaba el hambre con el apetito, la necesidad con la insatisfacción y compensaba los calores que sufría en verano con los fríos que padecía en invierno. "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme", leyó una vez más y una vez más le pareció un brillante comienzo. Aquello, sí, era España. Allí palpitaba lo telúrico, lo carpetovetónico, lo mestizo, lo fronterizo.

Aquello era el horror y la bandera, el himno y la patria. Allí estaba España desnuda y sin tapujos, vieja y digna, soberbia y orgullosa. Desarrugó el papel y lo colocó con mimo encima de la mesa, abrió el estuche y tomó una de las plumas y con parsimonia abrió el frasco que contenía la tinta y reanudó su carrera de escritor. Llevaba veinte años sin componer una línea pero se sentía joven y animado, ligero como una pavesa y cantarín como un zagal; por la ventana entró un rayo de luz, se posó sobre su cabeza, y durante un instante la iluminó y pareció un busto de sí mismo, la estatua dorada de su breve anatomía. Escribió de corrido: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..."

El joven soldado, con los años, alcanzó fama y fortuna, conquistó México y se hizo inmensamente rico y sólo a su íntimo enemigo, al cacique/emperador de los salvajes, le confesó una soleada tarde de primavera que durante treinta días y treinta noches había intentado ser escritor, pero que en tan dilatado periodo sólo había conseguido escribir una línea. El cacique, que era un hombre culto y triste, un general que había perdido una guerra, le pareció apasionante que el tosco español tuviese la sensibilidad de los poetas y le interrogó con la mirada.

"Sí, sí, sólo conseguí escribir una línea. ¿Comprendes Moctezuma por qué llegué hasta aquí y soy soldado ahora? No tuve más remedio; las musas, querido amigo, no me dejaron ser un poeta y eso que luché con ellas a brazo partido. Y como no pude escribir un libro tuve que decapitar un dragón. Así es la vida, la guerra y la literatura".

El cacique insistió con la mirada y Cortés no tuvo más remedio que pronunciar la frase en voz alta después de tantos años; la dijo pomposamente, la recitó como lo habría hecho un actor mediocre y engolado.

Y Moctezuma, que no aplaudió la actuación de su adversario, tuvo que reconocer a su pesar que, "en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme", era una excelente forma de empezar un libro y de terminar la crónica de un imperio que se desmoronaba para siempre, que se venía abajo sin remedio.

Renunciar a la memoria y al nombre de las cosas, era una forma hermosa de desvanecerse en el tiempo, de decirle adiós a la tristeza, a los fantasmas...

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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